En el poderoso reino de Valdoria, la belleza es poder… y el amor, una condena.
Lady Anya Naville, segunda hija de un influyente archiduque, ha sido admirada toda su vida como el diamante del reino. Prometida desde la infancia al príncipe heredero, Maxime Iker Lindberg, Anya creció creyendo que su destino era convertirse en reina… y esposa del único hombre que había amado.
Pero todo se derrumba cuando una noble extranjera cautiva el corazón del príncipe.
Consumida por los celos y la humillación, Anya comete un acto imperdonable usando la magia prohibida que corre por su sangre. Su crimen la convierte en la villana del reino y la lleva a enfrentar la ejecución pública.
Sin aliados. Sin amor. Sin esperanza.
Hasta que, en su última hora de vida, lanza un hechizo imposible.
Anya despierta años en el pasado, atrapada nuevamente en su cuerpo de cinco años, pero conservando todos los recuerdos de su trágico futuro.
Esta vez no cometerá los mismos errores.
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Capítulo 2 | Volví
El dolor fue lo primero que sentí.
No era un dolor punzante ni inmediato, sino algo más profundo, como si cada parte de mi cuerpo hubiera sido arrancada y luego cosida nuevamente en su lugar. Mi pecho subía y bajaba con dificultad, y cada respiración parecía rasparme la garganta.
El aire tenía un aroma suave… dulce. Como flores recién cortadas.
Parpadeé lentamente.
Durante unos segundos todo fue confuso, borroso, como si mi mente estuviera intentando recordar cómo funcionar. La última imagen que guardaba era la plaza del reino, el cielo gris sobre mi cabeza y el murmullo de una multitud ansiosa por ver morir a la villana.
Yo era esa villana.
Abrí los ojos de golpe.
Pero el cielo había desaparecido.
En su lugar había un techo alto, blanco, decorado con molduras doradas que brillaban tenuemente bajo la luz cálida de un candelabro. La luz era suave, casi dorada, y se filtraba por las cortinas de seda que cubrían las ventanas.
Me quedé inmóvil.
Podía oír el leve crujido de la madera bajo la cama cuando respiraba. También el susurro del viento moviendo las telas de las cortinas.
Ese sonido… lo conocía. Giré lentamente la cabeza.
Las paredes estaban cubiertas con tapices bordados con flores plateadas. Había una mesa pequeña junto a la ventana, y sobre ella descansaba un jarrón lleno de rosas frescas. Su perfume flotaba en el aire, delicado pero inconfundible.
Mi estómago se apretó.
Reconocía cada rincón de esa habitación, cada mueble, cada sombra y hasta la pequeña mancha de pintura en una esquina. Reconocía todo.
—No… —murmuré.
Mi voz salió suave… demasiado suave.
Me incorporé con torpeza y las mantas resbalaron por mis piernas. La tela era ligera y fría contra mi piel, pero casi no le presté atención.
Había algo más importante, algo terrible.
Levanté las manos frente a mis ojos, y el mundo se detuvo.
Mis dedos eran pequeños. Redondos y tiernos.
La piel lisa, sin las marcas que había visto en ellos durante años de práctica mágica.
—¿Qué…?
El pánico me atravesó como un relámpago.
Salté de la cama, pero mis pies tocaron el suelo con una torpeza extraña, como si mi cuerpo ya no supiera moverse como antes. La alfombra era suave y espesa bajo mis pies descalzos, y el frío de la habitación me erizó la piel.
Corrí hacia el espejo alto que estaba junto a la ventana. Cada paso parecía demasiado corto. Demasiado ligero.
Cuando finalmente me detuve frente al espejo, mi reflejo me miró desde el otro lado del cristal.
Una niña.
Sus ojos eran grandes y azules, abiertos por el shock. Su cabello rojo oscuro caía en ondas suaves sobre sus hombros, brillante como vino bajo la luz del amanecer.
—No… —susurré otra vez.
Levanté la mano.
La niña del espejo hizo lo mismo.
Mi corazón comenzó a latir tan fuerte que podía oírlo en mis oídos.
No era mi imaginación, no era un sueño. Era yo.
Retrocedí un paso, tambaleándome. Los recuerdos comenzaron a golpear mi mente uno tras otro.
La corte, las miradas llenas de desprecio. La llegada de Rosse Borbón, su sonrisa amable, la forma en que todos la miraban. La forma en que Maxime comenzó a mirarla.
Recordé los celos ardiendo en mi pecho como fuego, la magia escapando de mis manos, recordé la oscuridad.
Y luego… la ejecución.
El olor del polvo en la plaza que me causaban náuseas, el murmullo cruel de la multitud, aclamando mi muerte. Y el sonido del metal del hacha moviéndose.
—Morí… —murmuré. Mi voz tembló tanto que apenas pude oírla— Yo morí.
Pero el reflejo frente a mí seguía siendo el de una niña de cinco años. Mi respiración se volvió irregular, entonces lo vi; entre las ondas rojas de mi cabello había un mechón diferente.
Blanco. Puro.
Caía desde el lado derecho de mi cabeza como un hilo de nieve entre llamas. Lentamente, lo tomé entre mis dedos, la hebra era suave, real.
El recuerdo volvió a mi mente con una claridad aterradora.
El círculo mágico bajo mis pies, la sangre en mi boca, las palabras prohibidas que ningún hechicero debería pronunciar.
Había pedido volver, había rogado al tiempo que me diera otra oportunidad. Y el tiempo… me había escuchado.
Mis piernas cedieron.
Caí de rodillas sobre la suave alfombra, y durante un momento solo pude quedarme ahí, mirando el suelo mientras mi corazón golpeaba contra mi pecho.
Una risa pequeña escapó de mis labios, era débil. Casi rota.
—Estoy viva...
Pero la risa desapareció tan rápido como había llegado, porque junto con la vida… también habían regresado todos los recuerdos.
La vergüenza por mis actos infantiles, que hasta ahora veía. La humillación a la que yo sola me había orillado al amar a alguien tan ruin y miserable.
Recordé, también la soledad que sentí en mi pecho el día de la ejecución, nadie había ido a verme cuando estuve encerrada, ni siquiera mi familia. Ellos estaban decepcionados de mí y yo los entendía. Actué por impulso, por enojo y celos, estaba cegada por la rabia.
Me abracé a mí misma, sintiendo el leve temblor en mis brazos.
No.
No iba a repetir ese destino, no volvería a perseguir a Maxime como una niña enamorada, ni volvería a odiar a Rosse, y mucho menos, volvería a perder el control de mi magia.
Respiré profundo, el aroma de las rosas llenó mis pulmones.
Cuando volví a levantarme, el sol comenzaba a filtrarse por las cortinas, tiñendo la habitación de tonos dorados y cálidos.
Me acerqué al espejo una vez más, la niña seguía allí. Hermosa. Inocente. Pero yo ya no era esa niña.
Toqué el mechón blanco de mi cabello que en mi vida pasada no estaba.
Era una marca, un recordatorio del destino o de los Dioses, para advertirme que no volviera a conjurar hechizos de ese estilo.
Incliné la cabeza ligeramente y observé mi reflejo con calma. Esta vez, no habría celos. No habría desesperación. Y, sobre todo, no habría amor.
Una sonrisa pequeña apareció en mis labios, no era dulce, no era ingenua. Era tranquila. Fría.
—Esta vez… —susurré, mis ojos azules brillaron bajo la luz del amanecer—No volveré a enamorarme.
La que la llama es ella del futuro o quien puede ser!?