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NuevaEl Veredicto De Las Olas: Renacer En El Búnker

NuevaEl Veredicto De Las Olas: Renacer En El Búnker

Status: En proceso
Genre:Apocalipsis / Viaje a un mundo de fantasía / Reencarnación
Popularitas:546
Nilai: 5
nombre de autor: Santiago López P

Sinopsis
Tras morir en un trágico accidente, Sheila Roy despierta en el cuerpo de Saori, la hermana mayor de un personaje secundario en una popular novela de supervivencia zombie. Sabiendo que el fin del mundo comenzará en cuestión de días, utiliza sus conocimientos y los recursos de sus padres para construir un búnker inexpugnable y rescatar a sus hermanos.
Sin embargo, tras la primera noche del apocalipsis, Saori recupera un recuerdo aterrador: el mundo en el que habita no pertenece a una sola novela, sino a la fusión de dos historias distintas. La segunda trama introduce las "Olas de Mutación", eventos globales que transforman el clima, la flora y la fauna en depredadores letales.
Ahora, con un bebé rescatado, un perro que empieza a mostrar una inteligencia inquietante y un grupo de supervivientes bajo su mando, Saori debe liderar a los suyos a través del "Destello de los Mil Soles", un sueño profundo que marcará el inicio de la verdadera evolución biológica.

NovelToon tiene autorización de Santiago López P para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 2

Saori sintió cómo el bolígrafo le cortaba la piel de la mano por la presión. Con el pulso acelerado, comenzó a plasmar los detalles más críticos de Salvando a la humanidad. Su letra, al principio temblorosa, se volvió firme al revivir la escena que detonaría todo.

​La trama original estallaba con la rutina de una clase cualquiera. Haruto y Daichi estaban en el baño, refrescándose tras la clase de educación física. De pronto, los altavoces escupieron la voz aterrorizada del director. Él suplicaba que cerraran las puertas y mantuvieran el orden, ignorando que el pánico ya se había desatado. Su advertencia terminó abruptamente en un alarido de agonía que recorrió todo el edificio. Casi al mismo tiempo, el compañero que estaba junto a ellos se desplomó, solo para levantarse segundos después con los ojos desprovistos de humanidad, listo para devorar la primera cosa que se moviera.

​Saori dejó de escribir y se frotó la frente, sintiendo un dolor punzante tras los ojos. El resto de la historia estaba nublado, pero recordaba lo suficiente: ese fue el momento en que Haruto se convirtió en el "héroe" que todos seguían.

​—Haruto... el protagonista que sobrevive gracias a la suerte —murmuró para sí misma, con una mezcla de amargura y envidia.

​Dejó el cuaderno sobre el regazo y miró hacia la puerta de su habitación. Sus hermanos, los mismos que habían irrumpido hacía unos minutos, seguían siendo una incógnita. ¿Dónde encajaban ellos? ¿Eran personajes secundarios, o piezas que el autor original había olvidado mencionar?

​Si el apocalipsis empezaba en la escuela, ella necesitaba una ruta de escape antes de que el virus se propagara. Y si ella era la segunda protagonista femenina destinada al sacrificio, tenía que encontrar la manera de reescribir su propio final, incluso si eso significaba aliarse con el mismísimo protagonista.

​Un golpe en la puerta la sobresaltó, haciéndole cerrar el cuaderno de golpe.

​—¿Saori? —la voz de su hermano, el adulto, sonó a través de la madera—. La cena estará lista en diez minutos. Será mejor que bajes.

​Saori miró su cuaderno y luego la puerta. El apocalipsis podía esperar unos meses o unos años, según recordaba, pero su supervivencia empezaba hoy.

​—¡Ya voy! —respondió, tratando de que su voz no temblara.

La tinta se corrió sobre el papel, formando manchas negras que parecían cenizas. Saori se detuvo, con el pulso martilleándole en las sienes. No podía seguir resumiendo la trama como si fuera un simple espectador; cada palabra que escribía arrancaba un fragmento de un trauma que no debería ser suyo, pero que se sentía tan real como el peso del bolígrafo en su mano.

Escribió sobre Sora. Pero no se limitó a describir el cierre de la puerta.

Describió el silencio que siguió. El sonido sordo de los golpes contra la madera, un ritmo frenético que se apagó lentamente hasta transformarse en un arañazo débil, casi agónico. Sora no solo había cerrado una puerta; había sellado la sentencia de muerte de personas que aún gritaban su nombre. El autor del libro había querido que él sufriera, que cargara con el peso de haber sido su verdugo. Y Saori podía sentir ese peso ahora: el frío del metal del picaporte, el remordimiento que se le instalaba en el estómago como un ácido corrosivo.

Luego, pasó a la parte que le impedía respirar.

El recuerdo de su hermano menor no era una imagen clara; era una pesadilla sensorial. Recordaba el olor metálico, el hedor rancio a sangre fresca mezclado con el polvo del pasillo. Recordaba sus propios pasos, sus piernas fallándole, el aire cortándole la garganta.

Y finalmente, el momento del hallazgo.

No hubo tiempo para despedidas. Solo el sonido húmedo, el desgarro de la carne y esos ojos —esos ojos que aún la buscaban en medio del caos— apagándose bajo el peso de algo que ya no era humano. Saori soltó el bolígrafo. Sus manos estaban empapadas en un sudor frío. No podía simplemente anotar «mi hermano murió». Aquello fue una mutilación de su propia alma. El arrepentimiento, ese deseo quemante de haber llegado un segundo antes, de haber corrido un poco más rápido, la dejó paralizada.

¿Cómo podía estar escribiendo esto? ¿Cómo podía estar sentada aquí, en una habitación inmensa, anotando la receta de su propia tragedia?

Un golpe seco en la puerta la hizo saltar. El cuaderno salió volando, golpeando el suelo.

—¿Saori? —la voz de su hermano, el que estaba al otro lado, sonó amortiguada por la madera, pero extrañamente familiar—. La cena se enfría. Tenemos que hablar sobre lo que pasó esta mañana en el baño.

El corazón de Saori se aceleró a un ritmo doloroso. Su mente, todavía anclada en el recuerdo de su hermano siendo devorado, se fusionó con el presente. La puerta del baño, la puerta del salón de clases, la puerta de su habitación... todo parecía estar cerrándose sobre ella.

Se puso en pie, tambaleándose. Se acercó a la puerta, pero no la abrió. Apoyó la frente contra la superficie fría y cerró los ojos, intentando estabilizar su respiración.

—Estoy... estoy saliendo —dijo, luchando por mantener la voz firme—. Solo dame un minuto.

Necesitaba un segundo más. Si salía ahora, con los ojos inyectados en sangre y las manos temblorosas por recuerdos de muertes que aún no ocurrían, los delataría a todos. O peor, terminaría haciendo algo de lo que no podría volver atrás.

Saori se quedó mirando la última línea de su cuaderno con incredulidad.

Cura para el virus: Chocolate caliente.

Dejó caer el bolígrafo. Una carcajada seca, carente de cualquier atisbo de alegría, escapó de sus labios. ¿Chocolate caliente? ¿Inyectado en vena? Si el autor de esa historia no estaba bajo los efectos de algún alucinógeno al escribir, definitivamente tenía un sentido del humor retorcido y carente de lógica.

—Es el apocalipsis, un mundo lleno de vísceras y desesperación, ¿y la salvación es una taza de cacao? —murmuró para sí misma, sintiendo cómo el absurdo combatía el pánico—. Increíble. Absolutamente ridículo.

Pero, a pesar de lo estúpido que sonaba, recordaba perfectamente cómo esa "cura" terminaba salvando a Haruto y a su adorada Amaya. Claro, porque al final del día, esto no era una historia de supervivencia real; era un capricho de un autor mediocre que quería ver a su protagonista rodeado de mujeres lindas mientras salvaba el mundo con postres.

Recordó el "harem". Recordó cómo se esforzó por cambiar, por volverse popular, por ser la chica perfecta y atlética, todo para llamar la atención de un idiota que, al final, solo la veía como una pieza de recambio. Su mente se llenó de recuerdos de ella, la otra Saori, sonriéndole a Haruto, creyendo que el amor correspondido era un trofeo que ella ganaría si se esforzaba lo suficiente.

Qué desperdicio de vida.

Y luego estaba Amaya. La "tierna y positiva" Amaya, que no sabía ni cómo defenderse sola, pero que siempre terminaba siendo la damisela salvada, mientras las demás —incluida ella— morían una a una.

Saori cerró el cuaderno con brusquedad. El sonido del golpe resonó en el silencio de la habitación, rompiendo la atmósfera espesa.

Tenía que bajar. Tenía que ver a Sora, su hermano. Él era el único que, en la historia original, había tenido la decencia de mandarlo todo al infierno cuando ella murió. A diferencia de las otras piezas del harem, que murieron de formas misteriosas y casi "convenientes" para que Haruto se quedara solo con su chica ideal, Sora al menos tuvo la valentía de no perdonar.

Se puso en pie, alisando la ropa que llevaba puesta. Sus manos ya no temblaban. La indignación era una droga mucho más efectiva que el miedo.

Se miró una última vez en el espejo. La chica que le devolvía la mirada —pálida, de ojos oscuros, cargada de una tristeza ajena— no sería la misma que se sacrificaría por un protagonista egoísta.

Abrió la puerta de la habitación. El pasillo estaba en penumbra, iluminado solo por una luz amarillenta que venía de la planta baja. Bajó las escaleras con pasos firmes.

Al llegar al final, la figura de su hermano, el mayor, la esperaba apoyado contra el marco de la puerta de la cocina. Él la observó bajar, con esa mirada intensa de ojos rojos que tanto la inquietaba.

—Te ves... diferente —dijo él, entrecerrando los ojos con sospecha—. Como si hubieras visto un fantasma, o como si finalmente hubieras decidido dejar de ser una niña pequeña.

Saori le sostuvo la mirada. No iba a bajar la cabeza.

—Solo me he dado cuenta de algunas cosas, hermano —respondió ella, forzando una sonrisa gélida—. Cosas que no me gustan nada.

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