“Para heredar el imperio de la mafia, Pedro necesita ser entrenado por los gemelos Danilo y Diogo. Pero las lecciones de poder pronto se convierten en juegos de deseo, donde el placer es el arma más peligrosa y el heredero se convierte en el premio.”
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Capítulo 11
Pedro bajó después de la llamada, encontrando la sala de estar vacía, las luces ya bajas. Se dirigía a la cocina para tomar un vaso de agua cuando una voz lo hizo detenerse en el pasillo oscuro.
"¿Ya hablaste con mamá?"
Era Danilo. Estaba apoyado en el marco de la puerta de la biblioteca, iluminado solo por una única luz de pared, sosteniendo un vaso de whisky. La luz dorada acentuaba la línea de su mandíbula y el brillo de sus ojos.
Pedro se detuvo, el corazón latiendo un poco más rápido. "Sí. Todo está bien en casa."
"Bien," dijo Danilo, levantando ligeramente el vaso. "Misión cumplida."
Comenzó a alejarse, pero Pedro, impulsado por una valentía nocturna, habló. "¿Van a dormir ahora?"
Danilo se detuvo y se giró, una sonrisa lenta formándose en sus labios. "¿Por qué? ¿Tienes miedo a la oscuridad, gatito? ¿Quieres que alguien te haga compañía?"
La provocación era clara, la invitación, aún más. Pedro sintió un calor subir por su cuello.
"No," respondió, intentando sonar despreocupado. "Solo preguntaba. El día fue largo. Pensé que ustedes, los instructores okays, también estarían cansados."
Danilo dio unos pasos en su dirección, cerrando la distancia en el pasillo oscuro. El olor del whisky y de su perfume amaderado envolvió a Pedro.
"¿Cansado?" susurró Danilo, su voz una seducción pura. "¿Después de verte hoy? Después de ver cómo te mueves, cómo aprendes... cómo reaccionas al tacto?" Estaba demasiado cerca ahora. Pedro podía sentir el calor emanando de él. "Cansado es lo último que estoy."
El aire parecía haber sido succionado del pasillo. Pedro conseguía oír la sangre pulsando en sus oídos. Sus ojos se fijaron en los labios de Danilo.
"¿Y Diogo?" preguntó Pedro, la voz fallando. "Él... ¿él también está... cansado?"
Danilo rió bajito, un sonido profundo y vibrante. "Diogo es un caso aparte. Él lucha contra lo que siente hasta el último segundo. Yo... a mí me gusta entregarme."
Levantó la mano libre, no para tocar a Pedro, sino para pasar los dedos levemente por su cabello aún húmedo, arreglando un hilo imaginario. El toque fue rápido, pero eléctrico.
"Eres un peligro, Danilo," susurró Pedro, sin aliento.
"Lo sé," respondió, su boca ahora a centímetros de la de Pedro. Su mirada descendió de los ojos de Pedro a su boca, y se quedó allí. "Y estás empezando a que te guste el peligro, ¿no es así?"
Pedro no respondió. No necesitaba. La respuesta estaba en el modo en que su cuerpo se inclinaba hacia Danilo, en el modo en que su respiración se había vuelto más rápida. El espacio entre ellos era ínfimo, cargado de una tensión tan palpable que casi se podía ver.
Danilo cerró la distancia final.
Pero no fue un beso. Desvió los labios en el último segundo, pasándolos levemente por la mejilla de Pedro, hasta llegar a su oído.
"Buenas noches, Pedro," susurró, su aliento caliente causando escalofríos en la piel de Pedro. "Sueña con blancos verdes y... otras cosas."
Y entonces, se alejó. Retrocedió hacia la oscuridad del pasillo, dejando a Pedro paralizado, con el rostro ardiendo y el cuerpo temblando de deseo y frustración.
Pedro se quedó allí por un largo momento, intentando recuperar el aliento. Cuando finalmente se movió para tomar su agua, sus manos estaban temblorosas.
Mientras subía las escaleras hacia su habitación, podía jurar haber oído una risa baja y satisfecha viniendo de la sala oscura. Era Danilo. O tal vez Diogo.