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Mi Amor Verdadero

Mi Amor Verdadero

Status: En proceso
Genre:Amor eterno
Popularitas:857
Nilai: 5
nombre de autor: Estefany Zárraga

A sus 23 años, Alejandro Rodríguez es la personificación del poder sin límites. Frío, implacable y dotado de una mente calculadora que convierte la ambición en destino, no hay negocio ni objetivo personal que se le resista. Él lo tiene todo, excepto lo único que el dinero no puede comprar: el sentimiento. desde la muerte de su hermano por culpa de una mujer lo ha convencido de que el amor es debilidad, condenándolo a vivir en una opulenta soledad, un rey en un trono sin corazón.
Con 21 años, Azul Estrella Luna García ha vivido toda su vida con doloroso pasado el maltrato que vivió con su madre y el abandono de su padre y abandonada en una un orfanato a los cuatro años a forzado su vida con impulso graduándose de diseño gráfico y administración de empresas
¿Podrá Alejandro derribar su muro del cinismo y volver a creer en el amor Azul dejara sus miedos para darle una oportunidad a la felicidad

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Capitulo 1 El eco de un corazón frágil

-El aroma a café recién tostado era lo único que lograba calmar mis nervios en una mañana tan agitada. Me ajusté el delantal con manos temblorosas, sintiendo ese pinchazo familiar en el centro del pecho. A mis 21 años, mi vida no era más que una serie de cicatrices invisibles. Mi madre me abandonó a los cuatro años en un orfanato, no sin antes recordarme que mi padre se había ido por mi culpa, por nacer con un corazón defectuoso y esos ojos verdes que él no quería ver.

—¿Azul? Estás pálida de nuevo —la voz de Allison, cargada de una preocupación casi maternal, me sacó de mis pensamientos.

Ella era mi único pilar. Nos conocimos en la frialdad del orfanato y, desde entonces, habíamos sido inseparables. Ahora, ambas estudiamos Diseño Gráfico y Administración de Empresas, sobreviviendo con becas y turnos interminables en esta cafetería para pagar el pequeño departamento que compartimos.

—Estoy bien, Alli. Solo fue un suspiro largo —mentí, regalándole una sonrisa débil. No quería que sufriera por mí; ella ya deseaba suficiente que yo encontrara a alguien que me amara de verdad, alguien que sanara el daño que mis padres me causaron.

De repente, la campanilla de la entrada sonó con una fuerza inusual. El aire en el local, antes cálido y acogedor, pareció congelarse al instante. Por la puerta entró un hombre que parecía ser el dueño del mundo. Era Alejandro Rodríguez, el CEO del que todos hablaban en Nueva York. Su porte era imponente, vestido con un traje que costaba más que toda mi carrera universitaria, y una mirada tan gélida que cortaba la respiración.

A su lado caminaba su mejor amigo, Alex Hernandez. A diferencia de Alejandro, Alex tenía una expresión más relajada, aunque se notaba que compartían un vínculo inquebrantable desde la infancia.

—Este lugar es insignificante, Alex. Perderemos el tiempo —sentenció Alejandro con una voz profunda y carente de cualquier emoción. Su arrogancia era casi tangible.

—Vamos, Alejandro, relájate. Solo es un café antes de la reunión —respondió Alex con una mueca de paciencia. Él sabía que, desde la muerte de su hermano Alexander, Alejandro se había convertido en una máquina de hielo que solo veía a las mujeres como objetos desechables.

Mis ojos, esos ojos verdes que mi madre tanto odió, chocaron accidentalmente con los de él. Sentí una descarga eléctrica, un magnetismo extraño y aterrador. Él no me miró con ternura, sino con la impaciencia de quien desprecia lo que no está a su nivel.

—¿Señorita? ¿Va a quedarse ahí mirándome o piensa tomar mi pedido? —soltó él, golpeando ligeramente la barra con sus dedos.

El tono despectivo fue el detonante. Mi corazón, siempre rebelde, dio un vuelco violento. El aire se volvió espeso y mis pulmones se negaron a trabajar. Me sujeté del borde de la encimera mientras el rostro de Alejandro empezaba a desdibujarse en una mancha borrosa.

—Yo... lo siento... —susurré, pero mi voz se quebró.

El dolor en el pecho se volvió insoportable. Lo último que vi antes de que mis piernas cedieran fue la expresión de sorpresa de Alejandro, quien por un microsegundo dejó caer su máscara de indiferencia para estirar un brazo hacia mí. Caí en la oscuridad, preguntándome si mi frágil corazón finalmente se había rendido ante la presencia del hombre más frío de la ciudad.

El silencio fue absoluto por unos segundos, hasta que el caos estalló.

—¡Azul! ¡Por Dios, Azul! —el grito de Allison rasgó el aire, cargado de un terror puro que solo alguien que ha temido este momento toda su vida podría emitir.

Alejandro, impulsado por un instinto que él mismo no comprendía, logró sujetarme antes de que mi cabeza golpeara el frío suelo de baldosas. Me sostuvo entre sus brazos, sintiendo lo ligera y frágil que era, como una muñeca de porcelana a punto de quebrarse. Sus manos, acostumbradas a firmar contratos millonarios y a apartar a las personas sin miramientos, ahora sostenían una vida que parecía escaparse entre sus dedos.

—¡Llamen a una ambulancia! —rugió Alejandro. Su voz, antes monótona y fría, ahora vibraba con una extraña urgencia.

Alex se acercó rápidamente, sacando su teléfono, mientras observaba la escena con incredulidad. Nunca había visto a Alejandro tocar a una desconocida, y mucho menos con esa mirada de desconcierto.

—Ya vienen en camino, Ale —dijo Alex, tratando de mantener la calma—. ¿Qué le pasó? Solo le pediste un café.

—No lo sé —respondió Alejandro, apretando los dientes. Miró el rostro pálido de Azul, sus pestañas largas descansando sobre sus mejillas y esos labios que apenas unos segundos atrás intentaban articular una disculpa. Algo en su pecho, algo que él creía muerto desde la pérdida de su hermano Alexander, dio un vuelco doloroso—. Estaba asustada. Sus ojos... eran verdes.

Allison se arrodilló al lado de ellos, sollozando mientras le tomaba la mano fría a su amiga.

—Ella tiene un problema en el corazón... desde que nació. Su madre... esa mujer la golpeaba y la dejaba en el sótano —confesó Allison entre hipos, sin importarle que fueran extraños. Necesitaba que entendieran la gravedad—. Por favor, no dejen que se muera. Es todo lo que tengo.

Alejandro sintió un escalofrío. "Golpeada", "abandonada", "sótano". Las palabras de la chica pelirroja resonaban como ecos de una pesadilla. Él sabía lo que era perder a alguien por la crueldad del destino, pero esto... esto era crueldad humana pura.

Cuando los paramédicos entraron al local, Alejandro no la soltó de inmediato. Se quedó mirando una pequeña mancha de café en el delantal de Azul, un símbolo de su esfuerzo diario por sobrevivir en un mundo que solo le había dado golpes.

—Señor, debemos llevárnosla —dijo un enfermero.

Alejandro se puso de pie, ajustándose el saco gris, tratando de recuperar su máscara de acero, pero sus manos seguían temblando levemente.

—Alex, cancela la reunión con los inversionistas —ordenó Alejandro sin mirar a su amigo.

—¿Qué? Pero es el contrato del año, Alejandro...

—He dicho que la canceles —sentenció, fijando su vista en la ambulancia que se alejaba con la chica de los ojos verdes—. Vamos al hospital. Quiero saber quién es ella y por qué... por qué siento que su corazón no es el único que está roto aquí.

Alex asintió en silencio, comprendiendo que algo había cambiado en ese pequeño café. Alejandro Rodríguez, el CEO que jugaba con las mujeres y despreciaba el amor, acababa de encontrar la única grieta en su armadura de hielo. Y esa grieta tenía el nombre de una chica huérfana llamada Azul.

El hospital olía a desinfectante y a promesas rotas. Alejandro caminaba por el pasillo de urgencias con una elegancia que desentonaba con las paredes blancas y descascaradas del centro médico público. A su lado, Alex mantenía un silencio respetuoso, observando cómo su amigo revisaba constantemente su reloj de lujo, aunque sabía que no estaba preocupado por el tiempo, sino por la incertidumbre.

—Señor Rodríguez, no tiene por qué quedarse aquí —susurró Alex—. Puedo dejar a alguien de seguridad para que se encargue de los gastos y nos vamos.

—Dije que me quedo, Alex —replicó Alejandro, su voz era un látigo de frialdad—. Esa chica... se desmayó frente a mí. Mi nombre no puede verse envuelto en un escándalo si algo le pasa en mi presencia.

Pero la verdad era otra, y ambos lo sabían. Alejandro no podía sacar de su mente la imagen de Azul perdiendo el color en su rostro. Le recordaba demasiado a la fragilidad que vio en su hermano antes de que la tragedia se lo arrebatara.

Minutos después, Allison salió de la sala de espera, con los ojos rojos y el cabello revuelto. Al ver a Alejandro, se detuvo en seco. Para ella, él representaba todo lo que Azul y ella nunca tendrían: poder, dinero y una vida sin miedo.

—¿Cómo está ella? —preguntó Alejandro, dando un paso al frente.

—La estabilizaron, pero... el doctor dice que su corazón está muy débil —respondió Allison, con la voz quebrada—. Necesita reposo absoluto y medicamentos caros que no podemos pagar con el sueldo de la cafetería. Todo por culpa de esa mujer que la llamó "maldita" desde que nació solo por tener los ojos de su padre.

Alejandro sintió una punzada de rabia. Él era un hombre que obtenía todo lo que quería a base de contratos y frialdad, pero la injusticia de la vida de Azul estaba despertando algo que él intentaba mantener enterrado: empatía.

—Alex —llamó Alejandro sin apartar la vista de la puerta de la habitación—, trasládala a la clínica privada de la Fundación Rodríguez. Que le den la mejor suite y los mejores cardiólogos de Nueva York.

—¿Qué? Pero Alejandro, eso es... —Alex se interrumpió al ver la mirada decidida de su amigo.

—Hazlo. Y que no le falte nada a su amiga tampoco.

Allison se quedó boquiabierta. No entendía por qué este hombre, que parecía odiar al mundo entero, estaba ayudando a dos desconocidas.

—¿Por qué hace esto? —preguntó ella en un susurro.

Alejandro se detuvo antes de entrar a la habitación de Azul. Se acomodó los puños de la camisa y recuperó su expresión impasible.

—Considéralo una inversión —mintió—. No me gusta dejar los asuntos a medias.

Entró en la habitación y la vio. Azul estaba conectada a un monitor, su respiración era lenta y pausada. En ese estado de inconsciencia, se veía hermosa, pero terriblemente vulnerable. Alejandro se acercó a la cama y observó su mano pequeña, marcada por alguna vieja cicatriz del sótano donde su madre la encerraba.

Por un momento, el CEO más poderoso de la ciudad olvidó sus empresas, sus conquistas sin amor y su odio por las mujeres interesadas. Solo estaba él y la chica que, sin saberlo, acababa de poner a prueba el muro de hielo que rodeaba su propio corazón.

—Azul... —susurró su nombre por primera vez, sintiendo que algo en su interior se movía—. No te atrevas a rendirte ahora. Apenas estoy empezando a entender quién eres.

La máquina del corazón emitió un pitido constante, un recordatorio de que la vida de Azul pendía de un hilo, y que Alejandro, por alguna razón que aún no comprendía, estaba dispuesto a sostener ese hilo con todas sus fuerzas.

Alejandro se acercó a la cama y observó su mano pequeña, marcada por alguna vieja cicatriz del sótano donde su madre la encerraba. Aquella imagen le revolvió el estómago. Él, que estaba acostumbrado a lidiar con tiburones financieros y mujeres que solo buscaban el brillo de su tarjeta de crédito, se sentía desarmado ante la pureza del dolor que emanaba de esa chica.

—¿Qué es lo que tienes, Azul Estrella? —preguntó en un susurro casi imperceptible, mientras se sentaba en la silla junto a la cama.

Se fijó en los detalles que antes había pasado por alto. Sus pestañas eran largas y oscuras, contrastando con la palidez casi traslúcida de su piel. Parecía una criatura hecha de cristal, alguien a quien el mundo había intentado romper una y otra vez, pero que seguía resistiendo. Alejandro recordó las palabras de la amiga: “su padre se fue por su culpa, por nacer con un problema en el corazón y ojos verdes”.

La mandíbula de Alejandro se tensó. Él también sabía lo que era ser culpado por tragedias que no estaban en sus manos. Desde que Alexander murió, él cargaba con el peso de una empresa gigante y el vacío de una familia que solo valoraba los resultados. Quizás por eso, ver a Azul ahí, luchando por cada bocanada de aire, le resultaba tan insoportable.

De pronto, la mano de Azul se movió levemente sobre las sábanas blancas. Un pequeño quejido escapó de sus labios y sus párpados temblaron. Alejandro, por un impulso que lo desconcertó, no se alejó. Al contrario, se inclinó más hacia ella.

—¿Mamá?... No me encierres... hace frío... —balbuceó ella entre sueños, su voz era un hilo de angustia que llenó la habitación.

El corazón de Alejandro, ese que él juraba que era de piedra, experimentó una grieta profunda. Ver a una mujer de 21 años pedir clemencia en sueños por traumas de su infancia era algo que no estaba en su manual de negocios. Sin pensarlo, rodeó la mano de Azul con la suya. Estaba helada.

—Ya no hay sótano, Azul —dijo él, con una firmeza que intentaba transmitir seguridad—. Y nadie va a volver a tocarte mientras yo esté cerca. No porque me importes... sino porque nadie desafía lo que me pertenece.

Se convenció a sí mismo de esa mentira. Para Alejandro Rodríguez, todo era una cuestión de propiedad y control. Si él decidía salvarla, ella se convertiría en su responsabilidad, en un enigma que estaba decidido a resolver.

Se puso de pie bruscamente cuando escuchó los pasos de las enfermeras acercándose para el traslado. Recuperó su postura rígida, se abrochó el botón de su saco de diseñador y se colocó su máscara de frialdad absoluta. Al salir, se encontró con Alex, quien lo miraba con una ceja levantada, sabiendo que su amigo estaba más afectado de lo que quería admitir.

—El traslado está listo, señor Rodríguez. La ambulancia privada espera abajo —informó Alex.

—Bien. Asegúrate de que nadie sepa que estoy detrás de esto. No quiero que la prensa piense que me he vuelto blando —sentenció Alejandro, caminando con paso firme hacia la salida.

Mientras se alejaba, no pudo evitar mirar hacia atrás una última vez. Azul ya no era solo una camarera que se había desmayado; ahora era la pieza que faltaba en un juego que Alejandro aún no sabía cómo jugar. El destino los había unido en una cafetería mediocre, pero él se encargaría de que su historia continuara en las alturas de sus rascacielos.

-El traslado a la clínica privada fue un despliegue de eficiencia y poder. Mientras la camilla de Azul desaparecía tras las puertas de la unidad de cuidados intensivos cardiológicos, Alejandro se quedó de pie en el vestíbulo de mármol, rodeado por el silencio sepulcral de la noche. El lujo del hospital privado contrastaba amargamente con la historia de miseria que Allison le había narrado.

—Señor Rodríguez, los médicos dicen que la arritmia fue severa, pero está estable por ahora —informó un asistente que había llegado con los documentos del seguro—. Sin embargo, mencionan que el daño emocional que ha sufrido a lo largo de los años ha debilitado su sistema mucho más de lo que muestra su historial clínico.

Alejandro no respondió. Se acercó a un gran ventanal que mostraba las luces de Nueva York. Desde esa altura, las personas parecían hormigas, seres insignificantes que él solía ignorar. Pero esa "hormiga" de ojos verdes había logrado algo que ningún rival corporativo pudo: hacerlo sentir vulnerable.

—¿Qué se siente, Azul? —susurró para sí mismo, viendo su propio reflejo en el cristal—. ¿Qué se siente ser tan frágil y aun así haber sobrevivido a tanto infierno?

Él recordaba el sótano de su propia mente, el lugar donde guardaba el recuerdo de su hermano Alexander. Su madre siempre le decía que Alejandro debía ser el fuerte, el que no llorara, el que cargara con el apellido. Al ver a Azul, se dio cuenta de que ambos eran prisioneros, ella de su pasado y él de su presente.

De vuelta en la habitación, Allison se había quedado dormida en un sillón, agotada por el llanto. Alejandro entró con sigilo, sus zapatos italianos apenas haciendo ruido sobre el suelo pulido. Se acercó a la cama de Azul y observó el monitor cardiaco. El pitido rítmico era lo único que llenaba el vacío.

Pip... Pip... Pip...

Era el sonido de una vida que él había decidido reclamar. No sabía si lo hacía por redención, por capricho o porque, en el fondo, ver a Azul era como verse a sí mismo antes de que el mundo lo volviera de piedra.

—Mañana, cuando despiertes, tu mundo habrá cambiado —sentenció Alejandro, pasando una mano cerca del rostro de la joven, sin llegar a tocarla—. Ya no serás la huérfana que sirve café por propinas. Ahora estás bajo mi protección, y eso tiene un precio que aún no imaginas.

Salió de la habitación y se encontró con Alex, quien lo esperaba con un café amargo en la mano.

—¿Te vas a casa? —preguntó Alex.

—No. Me quedaré en la suite presidencial del piso de arriba —respondió Alejandro—. Mañana tengo una reunión aquí mismo con el director médico. Quiero el mejor tratamiento del mundo para ella. No me importa el costo.

Alex sonrió de lado, viendo a su mejor amigo actuar de una forma tan humana por primera vez en años.

—Parece que la chica de los ojos verdes ha hecho un milagro, Ale. Has vuelto a usar la palabra "querer" para algo que no es dinero.

Alejandro le lanzó una mirada fulminante que habría hecho temblar a cualquier empleado, pero Alex solo se encogió de hombros. El CEO se alejó por el pasillo, con la mente ya trazando un plan. Azul Estrella Luna García Termo. Un nombre largo para una chica tan pequeña, pero un nombre que, a partir de esa noche, quedaría grabado a fuego en su destino.

El sol comenzaba a asomar por el horizonte de la ciudad cuando Alejandro finalmente cerró los ojos en el sofá de la suite, con la imagen de unos ojos verdes persiguiéndolo en la penumbra. El juego apenas comenzaba, y aunque él creía ser el que movía las piezas, el corazón de Azul sería el que dictaría las reglas finales.

Las primeras luces del alba se filtraron a través de los ventanales automáticos de la clínica. No era la luz mortecina y amarillenta del orfanato, ni el reflejo grisáceo que entraba por la ventana rota de su pequeño departamento con Allison. Era una luz dorada, cálida, que parecía acariciar las sábanas de seda egipcia sobre las que Azul descansaba.

Lentamente, Azul comenzó a recuperar la consciencia. Sus párpados pesaban como si estuvieran hechos de plomo. Lo primero que registró fue el silencio; un silencio absoluto, interrumpido únicamente por el suave siseo de un aire acondicionado central y el rítmico latido de su propio corazón, que se sentía más calmado de lo habitual.

—¿Dónde... dónde estoy? —susurró, pero su voz salió como un rasguido seco.

Trató de incorporarse, pero un leve mareo la obligó a retroceder contra las almohadas mullidas. Miró a su alrededor y el pánico comenzó a filtrarse en sus venas. Aquella habitación era más grande que toda su casa. Había muebles de madera fina, una televisión enorme empotrada en la pared y un sofá donde Allison dormía profundamente, envuelta en una manta que parecía costar más que un mes de su alquiler.

Entonces, los recuerdos la golpearon como una ola fría: la cafetería, el dolor punzante en el pecho, el desprecio en la voz de aquel hombre de traje gris... y esos ojos verdes. Esos ojos que la habían mirado con una mezcla de arrogancia y algo más que no lograba descifrar.

—Despertaste —una voz profunda y masculina cortó el aire desde el rincón de la habitación.

Azul dio un respingo, girando la cabeza tan rápido que el monitor cardiaco emitió un pitido de advertencia. Allí, sentado en un sillón individual, con una tableta en la mano y una taza de café humeante a su lado, estaba él. Alejandro Rodríguez. No llevaba la chaqueta del traje, y las mangas de su camisa blanca estaban remangadas, revelando unos antebrazos fuertes y un reloj que brillaba con la luz del sol.

—¿Usted? —Azul apretó la sábana contra su pecho, sintiéndose pequeña ante su presencia—. ¿Qué hago aquí? Yo... yo no puedo pagar este lugar. Allison, tenemos que irnos...

—Cállate y ahorra energía —interrumpió Alejandro, levantándose con una elegancia depredadora—. Ya he pagado todo. Los médicos, la suite, incluso el transporte de tu amiga. No me gustan las deudas pendientes, y tú te desmayaste prácticamente sobre mis pies. Considera esto un acto de etiqueta empresarial.

Azul lo miró con incredulidad. Había crecido escuchando que nadie daba nada a cambio de nada. Su madre le había enseñado que el mundo era un lugar donde los fuertes pisoteaban a los débiles.

—Nadie es tan generoso por "etiqueta" —respondió Azul, reuniendo un poco de la valentía que había forjado en los años de maltrato—. ¿Qué es lo que quiere de mí? No tengo dinero, no tengo familia... solo tengo este corazón que no sirve para nada.

Alejandro se detuvo al pie de la cama. Sus ojos verdes se clavaron en los de ella con una intensidad que la hizo temblar. Por un momento, el CEO frío y calculador desapareció, y quedó un hombre intrigado por la resistencia de esa mujer.

—Tienes razón, Azul. No soy generoso —admitió él, inclinándose ligeramente hacia ella—. Tienes una deuda conmigo ahora. Y aunque todavía no sé cómo la vas a pagar, te aseguro que encontraré la forma de que seas útil para mí. Por ahora, tu único trabajo es no morirte. Sería un desperdicio de mi dinero.

Él dio media vuelta para salir, pero antes de cruzar la puerta, se detuvo sin mirarla.

—Por cierto... tus ojos. No vuelvas a decir que son una maldición. Son lo único en esta ciudad que no parece estar a la venta.

Alejandro salió de la habitación, dejando a Azul con el corazón acelerado, pero esta vez no por su enfermedad, sino por la extraña promesa de peligro y salvación que ese hombre representaba. El primer capítulo de su nueva vida acababa de escribirse con tinta de oro y sombras, y ya no había vuelta atrás.

-Azul se quedó mirando la puerta cerrada por la que Alejandro acababa de salir. El silencio que dejó a su paso no era tranquilo; era un silencio cargado de preguntas sin respuesta y de una tensión que todavía hacía que el aire se sintiera eléctrico.

—"Útil para mí"... —susurró ella, saboreando las palabras con amargura.

A lo largo de sus 21 años, Azul había aprendido que para la gente poderosa, las personas como ella no eran seres humanos, sino herramientas. Su madre la había usado como saco de boxeo para descargar su frustración; los hombres que pasaban por su casa la habían usado para sentirse superiores. Y ahora, este hombre, Alejandro Rodríguez, la veía como una inversión o un rompecabezas que resolver.

Giró la cabeza hacia Allison, que seguía profundamente dormida. Su amiga se veía tan en paz, libre por unas horas de la angustia de las facturas y los exámenes. Azul sintió una opresión en el pecho, pero esta vez no era su arritmia; era el peso de la gratitud mezclada con el miedo. Si Alejandro no hubiera intervenido, ¿dónde estarían ahora? Probablemente en una sala de espera fría, rogando por atención médica que nunca llegaría a tiempo.

Se miró las manos. Estaban limpias, cuidadas, y las sábanas de seda que la rodeaban se sentían como una burla cruel a su realidad. Ella era una chica que había dormido en sótanos húmedos y que había buscado comida entre las sobras. No pertenecía a este mundo de mármol y tecnología punta.

—No voy a ser tu juguete, Alejandro —pensó con determinación, aunque una parte de ella sabía que estaba mintiendo—. Si me salvaste la vida, te lo pagaré, pero no dejaré que me rompas el corazón. Ya está lo suficientemente dañado.

Se hundió de nuevo en las almohadas, cerrando los ojos con fuerza. En su mente, la imagen de la mirada verde de Alejandro se repetía como un mantra. Era una mirada que prometía tanto un refugio como un incendio. No sabía qué tipo de trato querría él, ni qué precio le pondría a su salud, pero Azul Estrella Luna García Termo siempre había sido una sobreviviente.

Si el destino quería que jugara en la liga de los monstruos de Nueva York, aprendería las reglas del juego. No importaba que su corazón fuera débil; su voluntad se había forjado en el fuego del abandono, y eso era algo que ni todo el dinero de Alejandro podía comprar.

Fuera, en el pasillo, Alejandro se detuvo un segundo antes de subir al ascensor. Se tocó el pecho, justo encima del corazón, sintiendo un eco extraño. Por primera vez en años, no pensaba en las acciones de la bolsa ni en la competencia. Pensaba en una chica que, a pesar de estar muriendo, lo había mirado con más desafío que cualquier hombre de negocios que hubiera conocido.

—Prepárate, Azul —murmuró mientras las puertas del ascensor se cerraban—. Porque una vez que entras en mi mundo, ya no hay salida.

Alejandro llegó al último piso del edificio de la Fundación Rodríguez, donde su oficina privada dominaba todo el horizonte de Manhattan. Se dejó caer en su silla de cuero negro, pero por primera vez en su carrera, los informes financieros que descansaban sobre su escritorio le parecieron carentes de importancia.

Abrió un cajón con llave y sacó una pequeña fotografía antigua, desgastada por los años. En ella, un niño rubio reía mientras corría por un jardín. Alexander. Su hermano siempre fue el de la salud frágil, el que necesitaba protección, el que Alejandro no pudo salvar. Al ver a Azul en esa camilla, con sus propios ojos verdes reflejando un dolor que conocía demasiado bien, algo se había quebrado en su estructura de acero.

—No voy a dejar que pase de nuevo —susurró para el aire gélido de la oficina.

Tomó su teléfono y marcó un número privado.

—Habla Rodríguez. Quiero un informe completo de Azul Estrella Luna García Termo. No solo su historial médico. Quiero saber quién era su madre, a qué orfanato fue enviada y quién era el hombre que la abandonó. Busquen debajo de cada piedra si es necesario.

Al colgar, Alejandro sintió una extraña satisfacción. No sabía si lo que sentía por Azul era obsesión, culpa o un destello de algo que los hombres como él no deberían permitirse sentir. Pero lo que sí sabía era que ella no volvería a pisar esa cafetería barata. Si su corazón necesitaba un dueño para seguir latiendo, él se aseguraría de ser el único.

Mientras tanto, en la habitación 402, la joven de los ojos verdes se sumió de nuevo en un sueño profundo, esta vez sin pesadillas de sótanos oscuros. En su inconsciencia, el calor de la mano de Alejandro todavía parecía quemar su piel. El destino ya había tirado los dados, y aunque Azul no lo sabía, su vida como una simple huérfana había terminado en el momento en que sus ojos se encontraron con los del hombre que ahora sostenía su futuro entre sus manos.

Mientras los pasillos del hospital se sumergían en la penumbra de la madrugada, Alex Hernandez observaba a su mejor amigo desde la distancia. Conocía a Alejandro desde que ambos eran niños corriendo por los jardines de las mansiones más exclusivas, y nunca, ni siquiera en los momentos más oscuros tras la muerte de su hermano Alexander, lo había visto perder la compostura de esa manera.

—Alejandro, tienes esa mirada otra vez —dijo Alex, acercándose a él mientras caminaban hacia el estacionamiento subterráneo.

—¿De qué mirada hablas? —respondió Alejandro sin detenerse, con las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón.

—La mirada de quien ha encontrado algo que no puede controlar. Esa chica, Azul... no es como las mujeres con las que sales. Ella no tiene una agenda secreta, ni una cuenta bancaria que proteger. Está rota, Ale. Y tú eres experto en romper cosas, no en arreglarlas.

Alejandro se detuvo en seco frente a su coche deportivo negro. El brillo de las luces LED del garaje se reflejaba en sus ojos verdes, dándoles un aspecto felino y peligroso.

—No voy a romperla, Alex —sentenció con una voz que helaría la sangre de cualquiera—. Voy a reconstruirla. A mi manera. Ella es el primer rompecabezas que me interesa resolver en años. Además, ¿no eres tú el que siempre dice que necesito "sanar"? Considera esto mi terapia personal.

Alex negó con la cabeza, soltando una risa amarga.

—Solo espero que no termines más herido que ella. Ese corazón suyo es frágil físicamente, pero el tuyo... el tuyo está congelado. Y el hielo, cuando se choca contra el cristal, suele hacer que ambos estallen en mil pedazos.

Alejandro no respondió. Subió a su coche y el motor rugió, llenando el espacio de un sonido potente y dominante. Mientras salía del hospital a toda velocidad, no pudo evitar mirar por el espejo retrovisor hacia el piso donde descansaba Azul.

En la habitación, el monitor cardiaco de la joven dio un pequeño salto. Azul, en medio de su sueño inducido por los fármacos, sintió una presencia que la perseguía. Un hombre de ojos verdes que le ofrecía una mano para sacarla del sótano, pero cuyas cadenas eran de oro puro.

El destino no solo las había cruzado; las había encadenado. Y en la ciudad de Nueva York, donde el amor se compra y se vende, el corazón de Azul se acababa de convertir en la posesión más valiosa del hombre más peligroso de la industria.

Mientras los fármacos hacían efecto en el cuerpo de Azul, su mente se hundió en un lugar al que siempre evitaba ir: el sótano de la casa de su infancia.

En su sueño, el frío era real. Podía sentir el olor a humedad y el polvo suspendido en el aire. Tenía seis años. Se abrazaba a sus propias rodillas, tratando de que el latido irregular de su pecho no hiciera tanto ruido, temiendo que ella la escuchara.

—"Eres una carga, Azul" —resonaba la voz de su madre desde el otro lado de la puerta de madera—. "Tu padre se fue porque no quería una hija defectuosa. Tienes su mirada, pero no tienes su fuerza. Eres solo un error que me recuerda mi fracaso".

La pequeña Azul de su sueño lloraba en silencio, tocándose el pecho. Sentía que su corazón era un pájaro atrapado en una jaula demasiado pequeña, golpeando las costillas con desesperación. En aquel entonces, ella deseaba que alguien, quien fuera, abriera esa puerta y le dijera que sus ojos verdes no eran una maldición. Pero nadie llegaba. El orfanato fue su única salida, un lugar donde el maltrato físico cesó, pero donde el vacío emocional se hizo infinito.

De pronto, en la oscuridad de su recuerdo, la puerta del sótano se abrió. Pero no era su madre la que estaba allí. Era una silueta alta, impecable, que bloqueaba la luz del pasillo. Un hombre con un traje gris que parecía emitir su propia luz gélida.

—"Levántate" —le decía la voz de Alejandro en su sueño, fundiéndose con su memoria—. "Ya no eres una víctima. Ahora eres mía".

Azul despertó apenas unos milímetros, soltando un jadeo que hizo que el monitor cardiaco se acelerara. Sus ojos se abrieron apenas un segundo, encontrando el techo blanco de la clínica de lujo. No era el sótano. No era el orfanato. Pero la sensación de ser "propiedad" de alguien seguía ahí, instalada en su pecho como una nueva arritmia.

Afuera, en la ciudad que nunca duerme, la lluvia comenzó a golpear los cristales del hospital. Alejandro, ya en su oficina, observaba las gotas resbalar por el vidrio, pensando en cómo una criatura tan rota podía tener una mirada tan digna. Él no buscaba una mujer para amar, buscaba algo que le recordara que todavía podía controlar el destino, ese mismo destino que le arrebató a su hermano.

—El juego ha comenzado, Azul —murmuró Alejandro para sí mismo, mientras apagaba las luces de su despacho, dejando que solo la penumbra lo rodeara—. Y esta vez, nadie va a morir antes de que yo lo decida.

Con el sonido de la lluvia y el pitido constante de la máquina de vida, el primer capítulo de una historia escrita con sangre, dinero y promesas rotas llegó a su fin, dejando tras de sí el rastro de dos almas que, aunque no lo sabían, estaban destinadas a destruirse o a salvarse mutuamente.

El hospital privado no era solo un edificio; era el imperio de Alejandro manifestado en paredes de cristal y tecnología de punta. Mientras la noche devoraba los últimos restos de luz, el personal médico se movía con una eficiencia casi robótica. Todos sabían que la paciente de la habitación 402 no era una desconocida cualquiera; era la protegida del hombre que podía comprar el hospital entero con un solo movimiento de su mano.

Allison, despertando brevemente por el sonido de las máquinas, se acercó a la cama de su amiga. Le acarició el cabello a Azul, notando que, por primera vez en años, su expresión no era de dolor, sino de un cansancio profundo.

—¿En qué lío nos hemos metido, Azul? —susurró Allison, mirando el lujo que las rodeaba con una mezcla de gratitud y sospecha—. Este hombre... Alejandro... tiene ojos de ángel pero un aura de demonio. Rezo para que este milagro no tenga un precio que ninguna de las dos pueda pagar.

Allison no sabía que, pisos arriba, Alejandro Rodríguez estaba revisando en su pantalla el historial clínico detallado de Azul. Sus dedos tamborileaban sobre el escritorio mientras leía sobre la válvula mitral, las arritmias severas y la falta de tratamiento preventivo.

—Negligencia —masculló Alejandro. Sus ojos se oscurecieron—. Toda su vida ha sido una cadena de negligencias.

Él no solo estaba viendo un caso médico. Estaba viendo un desafío. Para un hombre que lo tenía todo, lo único que le quedaba por conquistar era lo imposible. Y salvar a Azul, tanto de su corazón enfermo como de sus demonios internos, se estaba convirtiendo en su nueva obsesión.

Abrió un cajón de su escritorio y sacó un contrato en blanco. No era un contrato de negocios común. Era el esquema de una vida compartida. Todavía no sabía qué términos pondría, pero sabía que Azul Estrella Luna García Termo no volvería jamás a esa cafetería. Su destino ahora estaba sellado bajo el apellido Rodríguez.

—Duerme bien, pequeña Azul —dijo él, mirando hacia la ventana donde la ciudad de Nueva York brillaba como un mar de diamantes—. Porque mañana, el mundo que conoces dejará de existir.

La última luz de la suite 402 se apagó, dejando a Azul en una oscuridad que, por primera vez, no se sentía fría. El capítulo de su miseria se había cerrado con un golpe de autoridad, y un nuevo libro, escrito con las reglas de un CEO implacable, estaba a punto de comenzar.Mientras el hospital quedaba en silencio, en las redes sociales y los círculos de élite de la ciudad, el rumor empezaba a correr como pólvora. Un testigo en la cafetería había grabado el momento en que el implacable Alejandro Rodríguez, el hombre de hielo, cargaba en sus brazos a una humilde camarera. La imagen, borrosa pero cargada de un drama humano inesperado, ya estaba circulando en los teléfonos de los reporteros de farándula.

¿Quién era esa chica? ¿Por qué el hombre que nunca se detenía por nadie había cancelado la reunión del año por una desconocida?

Ajeno al caos que su acción estaba provocando, Alejandro se encontraba de pie en el helipuerto de la clínica. El viento frío de la noche le golpeaba el rostro, despeinando su cabello perfectamente peinado. Su mejor amigo, Alex, se acercó a él por última vez antes de retirarse.

—Mañana los periodistas estarán en la puerta, Ale. Van a querer saber quién es Azul. ¿Qué les vas a decir? —preguntó Alex con tono serio.

Alejandro giró la cabeza, y su mirada era más afilada que nunca.

—Diles que es propiedad privada de la Corporación Rodríguez —respondió sin pestañear—. Diles que lo que yo decido rescatar, deja de pertenecer al resto del mundo.

Alex suspiró, sabiendo que no había forma de razonar con él cuando se ponía así. Alejandro no veía a Azul como una mujer a la que amar, la veía como una misión de rescate personal, una forma de redimirse por el hermano que no pudo salvar. Pero Alex sabía algo que Alejandro ignoraba: el corazón de Azul, aunque enfermo, era libre. Y tratar de enjaular a un pájaro herido solo lo hacía morir más rápido.

En la habitación 402, una pequeña lágrima resbaló por la mejilla de Azul mientras dormía. En su inconsciencia, soñó con un mar verde, profundo y peligroso, que amenazaba con ahogarla pero que, al mismo tiempo, era el único lugar donde su corazón no sentía dolor.

El monitor cardiaco dibujó una línea constante y rítmica en la pantalla. Pip... pip... pip... Un ritmo que ahora estaba ligado al reloj de oro de Alejandro.

La noche terminó, pero para Azul, el verdadero desafío empezaría al abrir los ojos. Ya no era la huérfana solitaria contra el mundo; ahora era la obsesión de un hombre que no sabía lo que era la derrota. La tormenta perfecta acababa de desatarse, y Nueva York sería el escenario de una batalla entre un poder absoluto y un corazón que se negaba a dejar de latir.

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𝐄𝐜𝐥𝐢𝐩𝐬𝐞 𝐋𝐮𝐧𝐚𝐫
que les parece la novela les gusta poco a poco voy a ir subiendo los capítulos
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