¿Qué pasa cuando tu oficina se convierte en un campo de batalla entre risas, deseo y emociones que no puedes ignorar?
Sofía Vidal nunca pensó que un simple trabajo en una revista cambiaría su vida. Pero entre reuniones caóticas, sabotajes inesperados y un jefe que parece sacado de sus fantasías más atrevidas, sus días pronto estarán llenos de sorpresas.
Martín Alcázar es un hombre de reglas. Siempre profesional, siempre en control... hasta que Sofía entra en su mundo con su torpeza encantadora y su mirada desafiante. ¿Qué sucede cuando una chispa se convierte en un incendio que nadie puede apagar?
"Entre Plumas y Deseos" es una comedia romántica llena de tensión sexual, momentos hilarantes y personajes inolvidables. Una historia donde las plumas vuelan, los corazones se tambalean y las pasiones estallan en los momentos menos esperados.
Atrévete a entrar a un mundo donde el humor y el erotismo se mezclan con los giros inesperados del amor.
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Entrada Memorable
Antes de que pudiera preguntar qué significaba exactamente eso (¿era "Martín" código para "vas a morir sola rodeada de gatos"?), las puertas se abrieron en el quinto piso. El caos organizado de una redacción en plena actividad la recibió como una oleada: escritores tecleando furiosamente como si sus vidas dependieran de terminar esa oración perfecta, diseñadores discutiendo sobre paletas de colores como si estuvieran negociando la paz mundial ("¡Te digo que es cerúleo, no azul cielo!"), y el constante zumbido de creatividad en el aire mezclado con el aroma a café premium y desesperación por cumplir deadlines.
Fue entonces cuando lo vio.
"¡La puta madre!", pensó Sofía, "¡la puta madre!", "¡la puta madre!", “triple puta madre con dulce de leche."
Martín Alcázar estaba de pie junto a un ventanal, su silueta recortada contra el paisaje urbano de Buenos Aires como si la ciudad misma fuera su telón de fondo personal. Alto, con un traje gris que parecía haber sido cosido directamente sobre su cuerpo por sastres italianos bendecidos por el Vaticano, y una expresión de concentración absoluta mientras revisaba algo en su tablet. Sofía sintió un cosquilleo en el estómago que no tenía nada que ver con los nervios del primer día y todo que ver con el hecho de que parecía la versión corporativa y porteña de todos sus sueños húmedos combinados.
*"Mantén la compostura"*, se ordenó mentalmente. *"Eres una profesional. Una profesional que no babea sobre ejecutivos sexys que parecen sacados de tus artículos sobre fantasías de oficina"*.
Por supuesto, ese fue el momento exacto en que su tacón —comprado en oferta y claramente no diseñado para mujeres con su nivel de torpeza— decidió atorarse en una rejilla de ventilación del piso. El tropiezo fue espectacular: sus papeles volaron por el aire como una bandada de palomas asustadas (incluyendo, porque el universo la odiaba, sus borradores sobre "Cómo seducir a tu jefe sin perder tu trabajo - una guía práctica"), su bolso escupió su contenido en todas direcciones (revelando tres barras de chocolate, porque el estrés), y ella misma se precipitó hacia adelante con la gracia de un pato en patines intentando hacer una rutina de Patinaje Artístico.
Unos brazos fuertes la atraparon antes de que su cara se encontrara con el suelo. El problema era que esos brazos pertenecían precisamente a quien menos quería impresionar de esta manera. Y vaya brazos. El tipo de brazos que te hacen entender por qué la evolución decidió que los humanos caminaran erguidos.
—Veo que decides hacer una entrada memorable —la voz de Martín era grave y divertida, con un deje de ironía que hizo que las mejillas de Sofía se encendieran. Su voz era como el whisky añejo: profunda, rica y probablemente peligrosa en grandes cantidades.
Ella se enderezó rápidamente, notando con horror que sus manos habían quedado apoyadas en su pecho. Un pecho sorprendentemente firme, su traicionero cerebro no pudo evitar notar, mientras archivaba la información en una carpeta mental etiquetada como "Material para futuros artículos sobre amor en la oficina que definitivamente NO están basados en experiencias personales".
—Lo siento, yo... la rejilla... —balbuceó, apartándose como si quemara, aunque su cuerpo protestó ante la pérdida de contacto como un niño al que le quitan su juguete favorito.
—Sofía Vidal, supongo —Martín arqueó una ceja, y algo en su mirada hizo que el estómago de Sofía diera un vuelco. Sus ojos eran del color exacto del chocolate amargo que tenía escondido en su escritorio para emergencias. Y esto definitivamente calificaba como una emergencia—. Sergio me advirtió que serías... interesante.
La forma en que dijo "interesante" debería ser ilegal en al menos tres provincias argentinas.
Antes de que pudiera responder —o intentar recoger los pedazos de su dignidad esparcidos por el suelo junto con el contenido de su cartera—, una voz resonó desde el otro extremo de la oficina:
—¡Ah, veo que ya se conocieron! —Sergio Montenegro apareció como por arte de magia, con el timing perfecto de alguien que probablemente había estado observando todo el espectáculo desde su oficina mientras bebía un espresso y planeaba cómo hacer más interesante su día—. Martín, Sofía será tu nueva compañera en la columna semanal. Creo que sus estilos... se complementarán perfectamente.
La pausa estratégica en esa última frase contenía más insinuaciones que todos los artículos que Sofía había escrito sobre citas. Sergio Montenegro, con su traje italiano y su sonrisa de gato de Cheshire, parecía el tipo de jefe que dirigía una revista de estilo menos como un negocio y más como una telenovela personal de alto presupuesto.
Sofía observó cómo la expresión de Martín se tensaba ligeramente, como un nudo de corbata demasiado ajustado. Sus ojos se encontraron, y por un momento, la electricidad entre ellos fue casi tangible. El tipo de electricidad que podría alimentar toda la red eléctrica de Buenos Aires durante un apagón.
—Señor Montenegro, con todo respeto... —comenzó Martín, su mandíbula tan tensa que Sofía casi podía oír el rechinar de sus dientes perfectamente blanqueados.
—Sergio —le interrumpió el director, agitando la mano como quien espanta una mosca particularmente molesta—. Sabes que odio las formalidades. Y mi decisión está tomada. Necesitamos sangre nueva, perspectivas frescas. —Su sonrisa se amplió como la del Joker después de una sesión particularmente exitosa de caos—. Además, ¿no crees que ya es hora de que alguien desafíe un poco al gran Martín Alcázar?
La forma en que pronunció "gran Martín Alcázar" sugería que había estado esperando esta oportunidad desde que había inventado el concepto de las revistas de estilo. O al menos desde el desayuno.
Sofía se irguió, olvidando momentáneamente su vergüenza y el hecho de que todavía quedaban restos de su dignidad esparcidos por el suelo en forma de recibos arrugados y un tampón perdido. Si había algo que odiaba más que hacer el ridículo —y la lista era sorprendentemente corta—, era que la subestimaran. Años de escribir sobre relaciones fallidas le habían enseñado que el mejor momento para mostrar tu valor era precisamente cuando alguien pensaba que no lo tenías.
—No se preocupe, *señor* Alcázar —dijo, inyectando cada palabra con dulce veneno, el tipo de dulzura que hace que los dentistas se froten las manos con anticipación—. Prometo no eclipsarlo... demasiado.
*"¿De dónde salió eso?"*, se preguntó su cerebro, mientras su boca decidía seguir cavando su propia tumba profesional con una pala de oro.
La mirada que Martín le dirigió fue indescifrable, una mezcla de irritación y algo más profundo que hizo que su pulso se acelerara como si hubiera tomado cinco cafés seguidos. Era el tipo de mirada que debería venir con una advertencia de "Peligro: Puede causar combustión espontánea en escritoras incautas".
—Veremos —respondió simplemente, pero sus ojos prometían una batalla que iba más allá de las palabras escritas. Era una promesa velada de guerra, seducción o ambas, y Sofía no estaba segura de cuál opción la aterrorizaba más... o la excitaba más.