Askary ya murió una vez.
Y cuando despertó de nuevo, el mundo la señaló como villana.
Reencarnada en una historia que conoce demasiado bien, Askary comprende que no habrá redención sin sangre. Traicionada por quienes juraron protegerla, aprende a moverse entre intrigas, deseo y poder, mientras hombres peligrosos la rodean con intenciones que oscilan entre la obsesión y la devoción.
En un reino donde la virtud es una máscara y la crueldad una moneda corriente, Askary deberá elegir: aceptar el destino que le fue impuesto… o abrazar la oscuridad que la reclama.
Porque algunas villanas no nacen.
Se forjan.
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CAPÍTULO II
—¡Señorita!, ¿por qué persiste en leer ese libro? Debería buscar algo acorde a su edad, cuentos de hadas o crónicas de salón —Miel depositó una pesada taza de chocolate sobre la mesa. El vapor dulce y denso chocó contra el ambiente gélido de mi habitación, una estancia que, a pesar de los lujos, siempre se sentía como una celda de mármol.
—Miel, ¿vos creés que no soy capaz de digerir estas palabras? —Cerré el tomo de tapa dura con un golpe sordo que levantó una mota de polvo, un sonido que resonó como una sentencia—. Mi edad es una cáscara, un envoltorio engañoso que no limita mi accionar ni mi entendimiento.
Al pronunciar aquellas palabras, un espasmo de agonía pura me recorrió la columna vertebral, como si un alfiler de hielo se deslizara entre mis vértebras. Suspiré profundamente, cerrando los ojos para contener el jadeo de dolor; el escozor de mi "enseñanza" anterior seguía vivo. No eran simples lecciones de etiqueta; eran cicatrices invisibles, quemaduras en mi alma que ardían bajo mi piel cada vez que mi voluntad desafiaba el destino que otros escribieron para mí.
Miel, con esa sensibilidad casi mística que solo ella poseía, negó con la cabeza en un gesto de muda tristeza. Se arrodilló, colocándose a mi misma altura para eliminar cualquier rastro de jerarquía señorial, y tomó mis pequeñas manos entre las suyas. Eran manos cálidas, marcadas por la rugosidad del trabajo honesto y el roce constante con el agua fría, pero se sentían como el único refugio seguro en un mundo de lobos. Eran las manos de una madre, la que yo habría tenido si la mujer que me dio la vida no fuera una estatua de hielo tallada en el orgullo de los Askary.
—Señorita, yo sé que usted es capaz de todo. Incluso de portar una corona y ser una emperatriz —me dedicó una sonrisa de una dulzura tan genuina que resultaba desgarradora.
¿Emperatriz? El concepto se incrustó en mi psique como un sello de hierro al rojo vivo, marcando mi piel espiritual para siempre. Me agradaba la idea, pero no por el brillo del oro o la seda de la capa, sino por el poder absoluto de aplastar todo aquello que me produjera hastío. Realizaría la mejor rebelión que la historia hubiera registrado jamás; no sería un cambio político, sino un parto de sangre tan violento e inesperado que el imperio quedaría mudo de horror. La "hija estúpida" del duque, la decepción viviente, la nada que todos ignoraban... nadie sospecharía jamás que en este cuerpo menudo, bajo el rosa de los encajes, se gestaba un golpe de Estado. Sería una oda brillante a las estrellas de aquellas noches de agonía, esas luces frías y distantes que fueron los únicos testigos fieles de la mayor injusticia cometida contra mi lealtad.
Mi hermana melliza, Elsa, nació bañada por la fortuna. Poseía un ki maravilloso, una energía pura que fluía por sus venas como oro líquido, otorgándole una luz que todos querían adorar. El mío, en cambio, era una bestia encadenada y hambrienta. En mi vida pasada, cometí el error de bloquearlo voluntariamente por amor al príncipe, un sacrificio infantil que terminó siendo mi soga. Siento la bilis subir por mi garganta al recordar la gran mentira oficial: el mito de que Elsa se había devorado mi energía en el vientre materno.
La verdad era mucho más siniestra. Recuerdo una noche de mi infancia, el olor penetrante a alcanfor y la presencia de un extraño de túnica oscura que mis padres introdujeron en la mansión bajo el manto de la noche. Le dieron un medicamento prohibido, una pócima que pudrió las raíces de mi ki antes de que pudiera brotar, reduciéndolo a cenizas estériles. Mi voluntad se retorció en una agonía silenciosa contra la droga; esa lucha interna me dejó como una cáscara "seca", una existencia que todos consideraban inútil.
Laura, mi hermana mayor, no era más piadosa. Su amor silencioso y tóxico por el príncipe se tradujo en un sadismo refinado hacia mi persona. Me lastimaba en los rincones donde el ojo de los sirvientes no llegaba, con palabras que cortaban con la precisión de un escalpelo. Mis padres jamás me dedicaron una mirada que no fuera de asco o vergüenza; yo era la mancha en el lienzo, la anomalía que atraía la desgracia a su linaje de perfección artificial.
Decidí que, si querían una desgracia, yo les daría una catástrofe sin precedentes. Estudié con una diligencia maníaca, devorando tratados de economía para aprender a asfixiarlos financieramente, estadística para predecir sus debilidades, e historia para evitar los errores de los tiranos caídos. Me especialicé en estrategias de guerra que me permitieran visualizar el campo de batalla antes de que se derramara la primera gota de sangre. Sería la villana más aclamada, la mujer que borraría el apellido Askary y el linaje del príncipe traidor con sus propias manos manchadas.
Un golpe seco sobre la madera noble de la puerta me arrancó de mi abismo mental. De inmediato, el aire en la habitación se volvió pesado, rancio; podía jurar que percibía el hedor del príncipe traidor, esa mezcla de perfume caro y falsedad.
—¡Hermana, el príncipe ha venido a jugar con vos! —La voz de Elsa, aguda y vibrante, destilaba una felicidad que me resultaba obscena, casi un insulto a mi existencia.
—Elsa, diles que esperen en el jardín. Iré en un momento, debo prepararme —respondí. Mi voz era un hilo de seda helada, capaz de estrangular sin dejar marca.
Antes de que el amor me pudriera el juicio, habíamos sido amigos. Tal vez fue esa amabilidad hipócrita, esa máscara de dulzura la que me cegó. Miré a Miel, que ya desplegaba mi vestuario sobre la cama. Cada prenda era un agravio: vestidos pomposos, colores chillones y encajes que me hacían parecer una muñeca de porcelana diseñada para romperse al primer contacto.
—Miel, a partir de hoy, buscaremos otros modelos. No volveré a disfrazarme de cordero —aparté la seda rosa con un desprecio físico. Elegí un conjunto celeste, de corte severo y funcional. Até mi cabellera en una trenza tensa, una corona de guerrera lista para el combate o la huida.
En el jardín, la escena era una parodia de la felicidad aristocrática. Félix y Elsa hacían una pareja encantadora ante los ojos del mundo, pero yo solo veía los hilos de la traición retorciéndose. Él la miraba con un hambre, con una atención que nunca, ni en mil vidas, me dedicó a mí. Éramos niños, sí, pero los sentimientos más oscuros nacen siempre en la cuna. Me senté bajo la sombra de un roble, ignorando sus risas infantiles, y bebí té verde. "Qué sabor tan amargo", pensé, saboreando el líquido como si fuera el veneno que pronto les daría a probar. Observé el sol radiante, pero me sentí poderosamente atraída por las nubes negras que empezaban a devorar el horizonte. La oscuridad era mi único hogar seguro.
—¿Qué estás tramando ahora, príncipe? —pregunté sin siquiera mirarlo cuando sentí sus pasos acercarse sobre la hierba. Mi voz, cargada de una madurez impropia, detuvo su avance—. No es de caballeros asustar a una dama, aunque supongo que para usted solo soy un objeto de curiosidad.
Me levanté con una rigidez militar que lo desconcertó y me dirigí a la casa principal. Mi padre estaba en su despacho, sepultado bajo informes de guerra y balances económicos. Me arrodillé ante él, no por respeto filial, sino para que no pudiera ver el incendio de odio en mis ojos. Mi frente tocó el suelo de madera, absorbiendo el frío que emanaba de las tablas.
—Padre, sé misericordioso y concédeme este único deseo —mi voz sonó pequeña, quebrada; la actuación de una niña vulnerable era mi mejor arma.
—¿Qué es lo que querés ahora, Askary? —Su voz era un bloque de hielo golpeando un yunque de hierro.
—Quiero ir a la región del Sur, a las tierras fronterizas del ducado. Quiero dedicarme a la agricultura, a entender el valor de la tierra —le pedía, en realidad, las llaves de mi futuro ejército, pues la agricultura es la base de todo suministro militar. Él, en su soberbia, no vio más que un capricho de niña inútil.
El duque soltó los papeles y se acercó a mí con una rapidez violenta.
—¿Cuál es la verdadera razón? —espetó. Enterró sus dedos en mi cabello y tiró de mi cabeza hacia atrás con una fuerza que me arrancó un gemido de dolor físico.
Vi sus ojos, esos espejos de crueldad absoluta, y no hallé ni un átomo de humanidad. Solo desprecio por la hija que no servía para sus ambiciones políticas.
—Quiero madurar, padre. Aprender el valor del esfuerzo. Por favor, permita que Miel me acompañe —supliqué, dejando que lágrimas falsas nublaran mi visión para ocultar mi asco.
Él me soltó como si mi contacto lo quemara, como si yo fuera una lepra que pudiera manchar su prestigio, y volvió a su escritorio sin un gramo de remordimiento.
—Vete cuando quieras. No me estorbes más —dijo, regresando a su lectura como si yo ya fuera una muerta en vida.
Una meta cumplida. Alejarme de este nido de víboras para construir un imperio en el Sur donde nadie me viera llegar. Pero al salir, el destino puso a la bestia en mi camino una vez más.
—Señorita Askary, ¿a dónde vas con tanta prisa? —La voz de Félix me revolvió las entrañas.
Su cabello rubio y sus ojos dorados... el maldito sol de este reino que todos adoraban. Si él era la luz, yo sería el vacío absoluto que lo consumiría por completo hasta que no quedara ni un rastro de su resplandor.
—Su alteza, Félix, no debe angustiarse. Será un viaje corto —le dediqué una sonrisa fría—. Ahora debo prepararme. Por favor, vuelva al jardín con mi hermana; ella es mucho más dócil y predecible que yo.
Me di la vuelta antes de que pudiera articular palabra. Escuchar su voz era como sentir manos invisibles cerrándose alrededor de mi cuello. Recordar cómo Elsa se reía con él mientras yo era desechada como basura, o cómo jugaba a la inocencia mientras conspiraba con mis enemigos, era el combustible que mantenía mi corazón latiendo. Quería verlos sangrar hasta que el suelo se tiñera permanentemente.
—Miel, prepara todo. Mañana, antes de que el sol tenga la osadía de salir, nos habremos ido. En el Sur no habrá nadie que nos lastime sin pagar un precio de sangre —tomé un pergamino y empecé a trazar mi destino con tinta negra.
Anoté nombres de libros prohibidos, manuales de guerra olvidados y métodos prohibidos para despertar el ki a través del dolor extremo. Bajé hasta el mensajero, entregándole el oro que compraría su lealtad y su silencio. Al mirar la mansión desde la distancia, el pecho me dolió, pero no por nostalgia. Recordé el futuro: el momento en que Félix, con esa misma cara de niño bueno, ordenó que me arrancaran la lengua con pinzas oxidadas mientras Elsa observaba con una curiosidad científica. Recordé el olor a carne quemada de mi propio cuerpo marcado por el hierro.
—Señorita Askary, me encantaría darle un regalo antes de su partida. ¿Cuándo se marcha exactamente? —La voz del príncipe volvió a aparecer, ahora cargada de una curiosidad que me resultaba repugnante.
—No tengo una fecha fija, alteza. Mi partida será tan silenciosa como mi existencia en esta casa —no quería mirarlo; mis ojos se clavaron en el lago, imaginando su cuerpo flotando sin vida en sus aguas—. No quiero regalos. Solo espero que conserve su salud, para que pueda ser testigo de lo que está por venir.
—¿Qué te sucede, Ask? Vos no sos así, antes eras... más cálida —su tono era de una incomodidad fingida—. Déjame visitarte en el Sur.
—Conmigo no sucede nada, alteza. Pero para evitar rumores innecesarios, mantenga los honoríficos. Y le sugiero que no viaje al Sur. Es una tierra ruda, peligrosa para alguien tan... delicado como usted —le sostuve la mirada por primera vez en esta vida, y vi con satisfacción cómo retrocedía un paso ante la oscuridad que emanaba de mis pupilas.
—Pero, ¿por qué vos podés ir y yo no? —preguntó, sujetando la manga de mi vestido con una familiaridad que me provocó náuseas físicas.
—Porque yo no soy el futuro de este país —le aparté la mano con una brusquedad que lo dejó mudo y humillado—. Que tenga un buen viaje de regreso a palacio, alteza.
Cretino. Arrogante. En unos años, tendré tu cabeza servida en una bandeja de plata y jugaré con ella a mis pies mientras el reino arde. Debo irme ya. El príncipe caído, el que el imperio ha olvidado, me espera. Juntos, convertiremos este reino en un hermoso montón de cenizas.
Es un hecho, antes de señalar a alguien, aprende a corregir tus errores.
En fin, disfruta más de la novela, y si tienes una corrección envía por privado o algo, no hace falta que tengas que demostrar cuánto sabes humillando a alguien que escribe y estudia al mismo tiempo.
Estoy segura que nuestra autora fav, se le pasó por alto tal conjugación.
Sigue disfrutando con amor💕💕
Gracias autora!!! Tremendo capp