Camila y Luciano son grandes amigos desde pequeños, ambos se quieren como hermanos, pero las trampas y envidia de una mujer perversa hacen que dos amigos, unan sus vidas por el bienestar de una inocente.
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—¡Camila, por favor, no nos dejes! ¡No puedes irte! —grita Luciano, con la voz quebrada y empapada en llanto, aferrándose a la mano aún tibia de su esposa— Sabes cuánto te amo, eres mi mejor amiga desde la infancia, mi todo, nuestra hija acaba de nacer, te necesita, yo te necesito, lo que ocurrió con Lourdes fue una trampa ¡Lo juro! Jamás te traicioné. ¡Camila, vuelve!
En sus brazos, envuelta en mantas suaves, descansa la pequeña recién nacida, apenas con unos minutos de vida, ajena a la desgarradora despedida que estaba ocurriendo.
—Señor, por favor, debe salir de la habitación —Le pide el médico con tono suave pero firme, extendiendo las manos para recibir al bebé— Permítanos revisarla, es necesario.
* Luciano obedece apenado y con el espíritu destrozado, mientras él se alejaba dejando a su hija con los especialistas, el personal de salud traslada a Camila a otra área del hospital.
Camila lo había dejado todo escrito, claro y preciso, su última voluntad era donar sus órganos, así su vida, aunque se apagara en este mundo, seguiría latiendo en otros.
A unos pasos de allí, en una sala de cuidados intensivos, luchaba por su vida Daniela, una joven de apenas diecinueve años, una falla cardíaca severa le estaba robando las fuerzas, los médicos lo habían dicho sin rodeos, solo un trasplante podría salvarle la vida.
Aquella tarde, por fin, llegó la noticia que habían esperado, llegó un corazón compatible.
Tras exámenes rigurosos que confirmaron la compatibilidad, el corazón de Camila comenzó a latir dentro del pecho de Daniela.
Los días pasaron y la joven se recuperó con una rapidez que sorprendía a todos, el nuevo corazón funciona a la perfección, con una fuerza y un ritmo envidiables, sin embargo, algo extraño ocurría.
Daniela se siente inquieta, como si una sombra de melancolía la acompañara siempre, se despertaba con el pecho apretado, sin saber bien por qué, y a veces, sin razón aparente, se le llenaban los ojos de lágrimas, tenía salud, tenía vida, pero sentía que le faltaba algo, no lograba sentirse feliz por completo, algo en ese corazón que ahora era suyo parecía seguir amando, esperando, extrañando a quien había dejado atrás.
***
Pasaron las semanas y Daniela ya podía caminar por los jardines del hospital, respirando sin dificultad, sintiendo cómo aquel corazón latía fuerte y firme en su pecho, como si nunca hubiera dejado de hacerlo, Pero cada tarde, cuando el sol se ocultaba tras los edificios, una tristeza profunda la invadía, no era su dolor, estaba segura de ello, era como si escuchara, muy dentro de sí, ecos de palabras que no conocía, te amo, nuestra hija, jamás te traicioné.
A veces, se le escapaban lágrimas sin motivo aparente, otras veces, sentía un impulso irresistible de mirar hacia la entrada principal, como si estuviera esperando a alguien que no llegaba.
—Estás perfectamente —Le dice su médico en su chequeo médico.—El corazón funciona mejor de lo esperado. Físicamente estás sana.
—Lo sé. —Responde Daniela, llevándose la mano al pecho.— Pero me siento incompleta, siento que, que este corazón extraña algo, O a alguien.
_ El doctor guarda silencio un instante, con una expresión suave y comprensiva.
—Es algo que a veces ocurre. —Le dice entonces. — No podemos explicarlo con ciencia, pero se dice que el corazón guarda recuerdos, sentimientos, huellas de quien lo amó en vida, la donante era una mujer joven, no podemos decir su procedencia, por motivos de confidencialidad, su última voluntad fue regalar su vida a quien la necesitara.
Daniela se quedó inmóvil, al mencionar a la persona que le regaló la oportunidad de seguir viviendo, golpeó el alma como si siempre lo hubiera conocido. ¿Era joven?
_Aquel corazón latió con fuerza, más rápido, como si reconociera.
—¿Dejó familia? —preguntó ella, con la voz temblorosa.
—Un esposo y una niña recién nacida, dicen que él no ha podido volver a casa, viene todos los días, se sienta en la banca del jardín y parece hablarle al aire. Como si ella pudiera escucharlo.
_ Esa tarde, Daniela sale al jardín, sus pasos la llevaron sin saber por qué hacia una banca apartada, allí estaba, un hombre de pie, frente al horizonte, sosteniendo entre sus brazos, con infinita ternura, a una pequeña envuelta en mantas, hablaba en voz baja, suavemente, como compartiendo un secreto.
—Creció un poquito más hoy —decía él—. Tiene tus ojos, Camila y cuando sonríe, juro que te veo a ti, no te olvido. no sé si podré hacerlo.
_ Al escuchar aquella voz, algo se rompió dentro de Daniela, su corazón comenzó a latir desbocado, con una punzada de dolor tan real y tan hondo que le arrancó un sollozo, Luciano se giró al oírla, sus miradas se cruzaron y, en ese instante, ambos se quedaron sin aliento.
Él no la conocía, ella tampoco a él. Pero mientras sus ojos se encontraron, Daniela sintió que aquel corazón, que ahora vivía en su pecho, acababa de reconocerlo y latió, y latió, como si en ese momento, tras tantos días de silencio, por fin hubiera vuelto a casa.
***** La trampa que rompió todo
Soy Luciano Monrroy, tengo 21 años, heredero único de todo lo que lleva mi apellido, pero lo que valía de verdad no eran riquezas ni apellidos, era Camila.
Crecimos juntos, ella era hija adoptiva de mi nana, la mujer que me crió con amor verdadero, desde niños fuimos inseparables, nos queríamos como hermanos, hasta que llegó el día que cambió todo, el gran cumpleaños de mi padre.
Llegaron empresarios poderosos, entre ellos la familia Mendiola, y con ellos Lourdes. Una mujer fría, altiva, calculadora, elegante por fuera pero vacía y cruel por dentro. La eligieron para mí: un matrimonio por conveniencia, negocios unidos por sangre. Jamás la quise, me repugna verla tratar mal a quienes servían, y su odio hacia Camila se notaba en cada mirada oscura que le lanzaba, yo siempre le dejé claro, Camila es mi amiga, la única persona sincera que tengo y nadie la humillaría mientras yo estuviera.
Esa noche, al brindar, yo andaba resfriado, apenas probé mi copa y dejé la mitad llena, Camila sin sospechar nada, se tomó el resto sin dudar, minutos después todo se volvió pesado, confuso, caliente, sentí el fuego correr por mis venas, perdí el control de mi propia voluntad.
Camila también apenas podía sostenerse, la seguí hasta su habitación, entré tras ella, y entre la confusión y el descontrol la besé, la abracé, y entre besos y lágrimas que no podía detener, le repetía una y otra vez.
—Perdóname, Camila, perdóname mi niña, no sé qué me pasa, perdón.
Al despertar al día siguiente, la realidad me destrozó, ella lloraba abrazada a su almohada, con el alma rota, en eso entraron mis padres, y sin escuchar nada, sin preguntar nada, le dieron una bofetada fuerte a Camila, gritaron insultos y echaron a mi nana y a ella de inmediato, como si fueran culpables de todo.
No me quedé callado, me fui con ellas, dejé atrás lujos y comodidades, estudié duro, aproveché todo lo aprendido, me esforcé día y noche hasta convertirme en un ejecutivo capaz, respetado y trabajador y decidido.
Alquilé un departamento sencillo pero cálido para vivir juntos, ahí entendí el dolor más grande de mi vida, Camila no me amaba, ella amaba a Emiliano, mi mejor amigo, compartían sueños, planes, un amor puro y sincero y fui yo, solo yo, quien le quitó esa felicidad, manchó su cuerpo y rompió todas sus ilusiones para siempre.
Me enamoré de ella con cada día que pasaba, amé su tristeza, su bondad, su forma de mirar, sin odiarme aunque tenía motivos de sobra.
Hicimos una promesa solemne, frente al silencio y nuestras penas, vivir juntos, cuidarnos, lealtad absoluta y respeto eterno y cumplimos, esperamos, y llegó el milagro esperábamos una hija.
Ocho meses y medio de embarazo, ella hermosa, radiante a pesar de todo, nuestra pequeña pronto llegaría, Pero Lourdes no olvidaba, ni perdonaba y su maldad no tenía límites.
Ese día tenía una reunión importante de accionistas, donde yo ya tenía voz y peso propio, al entrar, sentí un escalofrío, ahí estaba ella, Lourdes, junto a su padre, sonriendo con falsa cortesía, al finalizar, sirvieron copas de Champán para el brindis final, no podía negarme, parecería grosero y sospechoso, así que bebí.
Poco a poco sentí el mismo calor, mareo, oscuridad que meses atrás sentí y perdí el conocimiento.
Desperté sobresaltado por gritos que me helaron la sangre, estaba en mi cama matrimonial, a mi lado sonriendo con risa malvada y triunfal se encontraba Lourdes.
—¡Por fin eres mío, Luciano! —decía ella.
— Esta vez nadie me arruina mi plan.
_ Miro hacia la puerta y veo a Camila, en sus ojos no había rabia, ni gritos, solo una desolación profunda, un vacío que me gritó que me había perdido para siempre, sin decir palabra salió corriendo, bajó escaleras, subió a su auto y aceleró con desesperación.
Me pongo mi ropa como pude, mi cuerpo temblaba, con el corazón a punto de estallar, salgo corriendo del departamento y me dirijo a mi auto y la persigo gritando su nombre, aunque ella no me escuchara.
Kilómetros después, veo el auto destrozado de Camila, había chocado contra un árbol, siento que el suelo se abre bajo mis pies, Corro hacia ella, la levantó entre mis brazos mi llanto se deja escuchar, no puedo perder lo más preciado que existe en mi vida y corro al hospital más cercano.
Los médicos salieron corriendo para recibirla, todo pasó muy rápido y ya saben lo que sucedió después.
Perdí a Camila, el amor de mi vida, mi compañera, mi todo, por culpa de la envidia y crueldad de una mujer que nunca supo amar.
Me quedé solo, con nuestra pequeña hija que acababa de nacer, con recuerdos, culpas y ese vacío que jamás nadie podrá llenar.