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Jefe, afuera somos desconocidos

Jefe, afuera somos desconocidos

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Aventura de una noche / Posesivo / Completas
Popularitas:16.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Siti Kembang

Una noche que debió ser olvidada lo cambió todo.

Valentina Solís, profesora universitaria de idiomas, jamás imaginó que el desconocido con quien despertó en un hotel de montaña sería Sebastián Montero — el hombre más poderoso de San Valero.

Él es frío, implacable y acostumbrado a que el mundo se mueva a su voluntad. Ella es brillante, independiente y arrastra heridas que prefiere no mostrar.

Lo que empezó como un accidente se convirtió en un acuerdo: en privado, fuego; en público, desconocidos.

Pero los secretos en una ciudad donde todos se conocen tienen fecha de caducidad. Entre cenas familiares que derriten el hielo, rivales que acechan en las sombras y una atracción que ni las reglas pueden contener, Valentina descubrirá que amar a Sebastián Montero es fácil.

Lo difícil es que el mundo no se entere.

"Jefe, afuera somos desconocidos."
"¿Y adentro?"
"Adentro... soy tuya."

NovelToon tiene autorización de Siti Kembang para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Capítulo 1: Hotel Sierra Verde

—Tómate esto, Vale. Te va a caer bien con el postre.

Valentina Solís no aceptó la copa de inmediato.

La sostenía Rodrigo Serna, con esa sonrisa demasiado confiada que había usado toda la noche.

—Gracias, pero mañana tengo clase temprano —dijo ella, empujando la copa apenas con dos dedos.

—Una copa no mata a nadie.

Luciana Torres, sentada a su lado, levantó una ceja por encima de su vaso de agua mineral.

—Si la profesora dijo que no, es no, Rodrigo.

Él sonrió sin mirarla.

—No seas intensa, Luciana. Estamos celebrando. Valentina fue la estrella de la noche.

Eso sí era cierto. La Universidad de San Valero la había enviado como apoyo lingüístico al cóctel de cierre de un convenio educativo con inversionistas extranjeros, y ella había pasado dos horas interpretando del inglés al español y del portugués al español sin perder una sola cifra.

Luego llegó Rodrigo, representante de una de las empresas patrocinadoras, decidido a felicitarla como si felicitar significara invadirle el espacio.

—Solo un brindis —insistió él, acercando la copa—. Por tu talento.

Valentina miró el líquido ámbar. Olía a vino dulce, quizá demasiado dulce. Pensó en rechazarlo por tercera vez, pero el rector Sandoval estaba a dos mesas y Rodrigo sonreía como si todos estuvieran mirando.

Tomó la copa.

—Por el convenio —corrigió.

Bebió apenas un sorbo.

Rodrigo no dejó de mirarla.

Media hora después, el salón empezó a doblarse en los bordes.

Primero fue el calor. No el calor normal de un evento lleno de gente, sino una llamarada incómoda detrás de la nuca, bajando por su espalda, pegándole la blusa a la piel. Valentina dejó el tenedor sobre el plato y trató de concentrarse en la conversación de Luciana, pero las palabras le llegaban tarde, como si atravesaran agua.

—Vale —Luciana le tocó el brazo—, ¿estás bien?

—Sí. Creo que necesito aire.

Se puso de pie con cuidado. El tacón derecho resbaló un poco sobre el piso pulido. Rodrigo apareció junto a ella antes de que pudiera dar dos pasos.

—Yo te acompaño.

—No hace falta.

—Te ves pálida.

Valentina quiso contestar, pero la lengua se le sentía pesada. Una alarma pequeña, fría, le atravesó el pecho. Miró hacia la mesa. Luciana estaba levantándose, pero el rector la llamó justo en ese momento, obligándola a girarse.

Rodrigo apoyó una mano en la parte baja de la espalda de Valentina.

Ella se apartó.

—No me toques.

La sonrisa de él no cambió, solo se volvió más delgada.

—Tranquila. Estás mareada. Te voy a llevar a una habitación para que descanses.

Habitación.

La palabra hizo que todo el calor se convirtiera en hielo.

Valentina caminó hacia la salida del salón con la mayor firmeza que pudo reunir. No corrió. Correr habría llamado la atención, y Rodrigo sabía aprovechar el caos. Sonrió a una pareja que entraba, pasó junto a una charola de copas vacías y dobló hacia el pasillo de los baños.

Rodrigo la siguió.

—Valentina, no seas dramática.

Ella empujó la primera puerta que encontró. No era el baño. Era un pasillo de servicio, estrecho, con paredes color crema y olor a detergente. Entró igual. Al fondo había un elevador para huéspedes, detenido con las puertas abiertas porque una camarista acomodaba toallas en un carrito.

—Señorita, esa zona es—

—Perdón —susurró Valentina, metiéndose al elevador.

Presionó un botón sin mirar. Luego otro. Las puertas empezaron a cerrarse.

La última imagen que vio fue Rodrigo apareciendo en el pasillo, ya sin sonrisa.

—¡Valentina!

Las puertas se cerraron.

Valentina apoyó la espalda contra el espejo del elevador. Su respiración salía corta, rota. Sacó el celular del bolso, pero la pantalla se duplicó frente a sus ojos. Intentó desbloquearlo. Falló una vez. Dos. A la tercera, el aparato se le cayó sobre la alfombra.

—No, no, no...

Se agachó para recogerlo y casi se fue de lado. Cuando el elevador se abrió, tomó el celular como pudo y salió.

No sabía en qué piso estaba.

El pasillo era silencioso, alfombrado, con lámparas bajas y puertas de madera oscura. Una de ellas, al final, estaba apenas entornada. Quizá alguien del servicio la había dejado así. Quizá era una estupidez.

Rodrigo podía subir en cualquier momento.

Valentina entró.

La suite estaba casi a oscuras, iluminada por la ciudad distante y por una lámpara encendida junto al minibar. Olía a madera cara, a lluvia en la montaña y a whisky. Ella cerró la puerta y giró el seguro con manos torpes.

—¿Quién está ahí?

La voz salió desde el área de la sala.

Valentina se quedó inmóvil.

Un hombre se levantó del sofá.

Al principio solo distinguió su altura. Después, cuando él avanzó hacia la luz, vio la camisa blanca abierta en el cuello, las mangas dobladas hasta los antebrazos y el cabello oscuro ligeramente húmedo. No llevaba saco. Aun así, había algo en su postura que no necesitaba traje para mandar.

—Esta es una suite privada —dijo él.

Valentina retrocedió hasta chocar con la puerta.

—Me equivoqué.

Él miró el seguro echado, luego su cara, luego el modo en que ella apretaba el celular contra el pecho.

—Eso parece.

No sonó burlón. Sonó sobrio. Demasiado sobrio para el olor a alcohol que flotaba en la habitación.

Valentina tragó saliva. La garganta le ardía. El cuerpo, en cambio, parecía no pertenecerle: cada latido le golpeaba bajo la piel con una fuerza vergonzosa.

—Necesito... necesito llamar a mi amiga.

El hombre no se acercó más.

—¿Quieres que llame a recepción?

—No.

La respuesta salió demasiado rápido.

Él entrecerró los ojos.

—¿Alguien te sigue?

Valentina quiso decir que sí. Quiso explicar la copa, la mano de Rodrigo en su espalda, el elevador, el miedo. Pero las palabras se le enredaron. El aire de la suite rozaba su piel como una tela caliente. Se llevó una mano al cuello de la blusa.

La mirada del hombre bajó un segundo y volvió de inmediato a su rostro.

—Siéntate —ordenó, señalando el sofá individual, lejos de él—. Voy a llamar a un médico.

—No llame al hotel.

—Dije un médico, no al hotel.

Valentina dio un paso y las rodillas le fallaron.

Él se movió rápido. Demasiado rápido para alguien que había estado bebiendo. La sostuvo por los codos antes de que cayera al piso. Sus manos eran firmes, calientes, y Valentina sintió el contacto como un golpe que le subió hasta la boca.

—No... —murmuró, más asustada de su propio cuerpo que de él.

El hombre la soltó de inmediato, pero no la dejó caer.

—Mírame. ¿Qué tomaste?

—Un sorbo.

—¿De qué?

—Vino. Rodrigo... Rodrigo me lo dio.

La mandíbula de él se marcó.

—¿Rodrigo Serna?

Valentina abrió los ojos, tratando de enfocar.

—¿Lo conoce?

—Conozco demasiada gente que debería estar lejos de una mujer mareada.

Sacó su celular de la mesa. La pantalla se encendió con varias llamadas perdidas de "Marcos". El hombre marcó un número, pero antes de que contestaran, alguien golpeó la puerta.

Tres golpes.

Después, la voz de Rodrigo.

—Valentina, abre. Sé que estás ahí.

Ella dejó de respirar.

El hombre miró la puerta. Todo en él cambió. La fatiga, el alcohol, la ligera sombra de desorden que traía encima desaparecieron detrás de una calma fría.

—Quédate detrás de mí.

Rodrigo volvió a golpear.

—No hagas una escena. Te voy a cuidar.

Valentina soltó una risa seca, casi enferma.

El hombre caminó hasta la puerta, pero no abrió.

—La señorita no quiere hablar contigo.

Hubo un silencio al otro lado.

—¿Quién demonios eres?

—Alguien con menos paciencia que tú.

Rodrigo bajó la voz.

—Esto no es asunto suyo.

—Lo será si vuelves a tocar esa puerta.

La amenaza no fue alta. No necesitó serlo. Rodrigo no contestó. Pasaron unos segundos. Luego se escucharon pasos alejándose por el pasillo.

Valentina se cubrió la boca con una mano.

—Gracias.

El hombre no respondió enseguida. Volvió hacia ella, más despacio esta vez, como si cada movimiento estuviera medido para no asustarla.

—¿Cómo te llamas?

—Valentina.

—Valentina, escúchame. Necesitas atención médica.

—No puedo... si esto se sabe...

La vergüenza le apretó los ojos antes de que llegaran las lágrimas. Vio la escena completa como si ya hubiera pasado: su nombre en los pasillos de la universidad, Rodrigo haciéndose la víctima, la gente preguntando qué hacía una profesora joven en una suite de hotel.

—No voy a llamar a recepción —dijo él—. Mi asistente puede traer a una doctora de confianza.

—No.

—Valentina.

—No.

Se le quebró la voz. Odiaba eso. Odiaba sonar pequeña.

El hombre respiró hondo. Había una botella de whisky sobre la mesa y un vaso a medio terminar. Él también olía a noche larga, a alcohol caro, a control sostenido con los dientes. Cuando se inclinó para recoger el celular de ella del piso, sus dedos rozaron los de Valentina y ambos se quedaron quietos.

El calor volvió con una violencia absurda.

Ella apartó la mano como si se hubiera quemado.

—Perdón.

—No te disculpes por lo que te hicieron.

Esa frase la golpeó peor que el mareo.

Valentina levantó la vista. El hombre la miraba con una seriedad que no pedía nada. Había rabia contenida, y esa rabia no iba contra ella.

—¿Cómo se llama usted? —preguntó.

—Sebastián.

Solo eso. Sin apellido.

La noche perdió el orden después.

Valentina recordaría pedazos, no una línea completa. La toalla fría en su nuca. La voz de Sebastián repitiendo que respirara. Su propia mano aferrándose a la manga de él cuando intentó alejarse. El nombre de Rodrigo convertido en un nudo de asco. La lluvia golpeando el ventanal.

También recordaría una frase, dicha por él con la voz rota por una lucha que no sabía nombrar:

—No estoy en condiciones de ser el hombre sensato de esta habitación.

Y la suya, imprudente, desesperada, saliendo de un cuerpo que no le obedecía:

—Entonces no me deje sola.

Él se quedó.

En algún momento, la distancia dejó de existir. No hubo música, ni velas, ni nada parecido a una escena bonita. Hubo torpeza. Hubo temblor. Hubo una pregunta de él, áspera y baja, antes de cruzar una línea que ninguno de los dos parecía capaz de entender del todo.

—Dime que sabes quién soy.

—Sebastián —susurró ella.

—Dime que quieres que me quede.

Valentina cerró los ojos.

—Quédate.

Más tarde, entre la fiebre química y el alcohol que también le había soltado a él los bordes del control, Sebastián confesó contra su frente algo que ella no supo si soñó:

—Nunca he hecho esto.

Ella soltó una risa pequeña, dolorida.

—Yo tampoco.

Después solo quedó el amanecer.

Valentina despertó con un hilo de luz gris sobre la cara y una punzada profunda entre las piernas.

Por un segundo no supo dónde estaba. Luego vio el techo alto, las cortinas pesadas, la camisa de hombre tirada junto al sillón y su propio vestido negro doblado de cualquier manera sobre una silla.

El corazón se le fue al estómago.

Giró la cabeza.

Sebastián dormía a su lado, boca abajo, con un brazo bajo la almohada y la espalda desnuda marcada por arañazos que ella no recordaba haber hecho. Incluso dormido ocupaba la habitación como si le perteneciera.

Valentina se sentó despacio. El cuerpo protestó. La memoria llegó en fragmentos ardientes, incompletos, suficientes para hacerle arder la cara.

No.

No, no, no.

Recogió su ropa con movimientos silenciosos. Encontró su ropa interior debajo de la mesa, un zapato junto a la puerta del baño, el celular descargado entre los cojines del sofá. Cada objeto parecía acusarla.

En el baño, se miró al espejo.

Tenía los labios hinchados, el maquillaje corrido y una marca roja cerca de la clavícula. Se lavó la cara con agua fría hasta que le dolieron los dedos.

"Piensa", se ordenó.

Rodrigo le había puesto algo en la bebida. Eso era un hecho.

Había entrado en la habitación equivocada. Eso también.

Y luego...

No pudo terminar la frase.

Volvió a la habitación con el bolso apretado contra el pecho. Sebastián seguía dormido. En la mesa de noche, junto a su reloj y una cartera de piel negra, había un anillo grueso de oro oscuro. No era de matrimonio. Tenía un escudo grabado: una M entre ramas de laurel y una estrella pequeña sobre la corona.

Valentina lo reconoció antes de querer reconocerlo.

El escudo de los Montero.

La familia cuyo apellido aparecía en edificios, becas universitarias, columnas de negocios y chismes de sociedad. La familia que tenía suficientes contactos para que medio San Valero bajara la voz al mencionarlos.

Se le secó la boca.

Sebastián.

Sebastián Montero.

El hombre más inaccesible de la ciudad estaba desnudo en la cama que ella acababa de abandonar.

Valentina retrocedió un paso. Él se movió apenas, como si sintiera el vacío. Ella se quedó paralizada hasta que su respiración volvió a hacerse lenta.

Abrió la puerta con el mayor cuidado del mundo y salió al pasillo, todavía con el olor de él pegado a la piel y el escudo Montero quemándole la memoria.

Cuando el elevador se cerró frente a ella, Valentina entendió que no acababa de escapar de una habitación.

Acababa de meterse en la vida de un hombre cuyo apellido podía destruir la suya.

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Keyla M Borrero
😂😂😂🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️
Eliana Barraza navarro
Que mujer tan cansona
Rosa Rodelo
Foto porfa
Rosa Rodelo
Foto de los protagonistas de la historia 🥰🥰
b zamitiz
🙂
Marixa Burgos
las vueltas de la vida 9🤣
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