Lía fue criada para obedecer.
En Sierra Oscura, nadie desafiaba a Damián Velasco, el Alfa que convertía lobos jóvenes en armas y llamaba ley a sus cadenas. Lía era su ejecutora más perfecta: fría, letal, incapaz de temblar... hasta que le entregaron a Mateo Rojas, un prisionero con el lobo sellado y una sangre de Alfa que nadie debía reconocer.
El primer roce de su aroma lo cambió todo.
Mateo no era solo otro cautivo. Era su pareja destinada. Y Velasco lo supo antes que ellos.
Atados por un juramento de sangre y castigados con acónito cada vez que intentan desobedecer, Lía y Mateo deberán sobrevivir a la manada que los quiere rotos, a una atracción que duele como una herida abierta y a una verdad capaz de incendiar todos los territorios: ella no nació para servir al rey oscuro, y él no nació para arrodillarse.
Cuando la luna reclame lo que es suyo, Lía tendrá que elegir entre seguir siendo el arma de un Alfa cruel... o marcar al enemigo que su loba ya reconoció como hogar.
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Capítulo 1
Capítulo 1: El heredero encadenado
Mateo escupió sangre sobre la tierra negra.
La saliva cayó espesa, mezclada con polvo, sudor y ese olor amargo que ya reconocía aunque nadie se hubiera tomado la molestia de explicárselo: acónito. Lo llevaba en la lengua, debajo de las uñas, en la piel abierta de la espalda. Lo respiraba cada vez que el viento bajaba por las paredes de piedra del foso y arrastraba consigo el hedor de los cuerpos que no habían logrado levantarse.
Dos noches antes de la luna nueva.
La peor hora para sanar.
La mejor, al parecer, para romper a un lobo.
—Arriba —ordenó uno de los Warriors desde el borde del foso.
No gritó. No hizo falta. Su voz venía cargada con la autoridad prestada de la manada, una presión sucia que empujó los hombros de varios prisioneros hacia abajo antes de obligarlos a ponerse de pie. Algunos obedecieron con la cabeza baja, el cuello ladeado, mostrando la sumisión que sus lobos todavía entendían aunque sus cuerpos ya no tuvieran fuerzas.
Mateo no.
Se apoyó en una rodilla, luego en la otra. La pierna izquierda le tembló al recibir su peso. Un corte mal cerrado le tiró desde el muslo hasta la cadera, caliente y húmedo bajo el pantalón roto. Su lobo, atrapado en algún lugar profundo de su pecho, arañó una vez.
Nada más.
El sello volvió a cerrarse como una garra alrededor de sus costillas.
No podía cambiar. No podía llamar a sus garras. No podía dejar que sus huesos se partieran y se reconstruyeran en algo más fuerte, más rápido, más honesto que esa carne humana llena de golpes. Cada vez que intentaba alcanzar a su lobo, el acónito le quemaba los nervios y le dejaba un sabor metálico en la garganta.
Pero podía levantarse.
Así que lo hizo.
El Warrior soltó una risa breve.
—Mírenlo. El cautivo todavía cree que tiene orgullo.
Mateo alzó la mirada.
El foso de los Omega Trials era una garganta excavada en la montaña. Arriba, detrás de las antorchas, se levantaban las empalizadas de Sierra Oscura, negras contra un cielo sin estrellas. Más allá había bosque, humedad, niebla. La libertad tenía olor a pino mojado y tierra viva. Allí abajo solo había sangre vieja, miedo fresco y cadenas.
Treinta y siete seguían en pie.
Al amanecer habían sido sesenta.
—El orgullo no sirve para correr —dijo Mateo, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Pero ayuda cuando quieren verte gatear.
El golpe llegó rápido.
La vara del Warrior le cruzó la cara y lo mandó contra el suelo. El mundo se inclinó. La tierra le entró en la boca. Por un segundo, el foso entero se volvió sonido: respiraciones rotas, botas moviéndose, un quejido que alguien intentó tragarse demasiado tarde.
Mateo no respondió.
No porque no quisiera.
Porque todavía necesitaba sus dientes.
—Otra frase así y te los saco —dijo el Warrior.
—Sí, señor.
La cortesía salió limpia. Fría. Casi bonita.
El Warrior entrecerró los ojos, pero antes de decidir si aquella respuesta merecía otro golpe, una campana de hierro sonó desde lo alto. Una vez. Dos. Tres.
Los cuerpos alrededor de Mateo se tensaron.
Todos habían aprendido ya lo que significaba.
Otra ronda.
Las compuertas del extremo norte se abrieron con un gemido pesado. El olor llegó primero: pelaje mojado, hambre, rabia. Después los vieron. Tres lobos jóvenes, no rogues del todo, no Warriors todavía. Bestias entrenadas para perseguir cualquier cosa que sangrara.
Un chico a la derecha de Mateo empezó a rezar.
Otro se orinó encima.
Nadie se burló.
Elder Ibarra apareció en la plataforma superior, enorme bajo su abrigo oscuro. Tenía el cabello gris recogido en la nuca y una cicatriz que le partía la ceja. No olía a miedo, ni a rabia. Olía a cuero viejo, hierro y paciencia. Esa era la parte más cruel: para él, aquello no era una masacre. Era administración.
—Regla simple —dijo el Elder—. Lleguen al muro sur antes de que los alcancen.
El muro sur estaba a unos trescientos metros.
Entre ellos y el muro había barro, piedras, estacas bajas, cuerpos caídos y tres lobos con las costillas marcadas por el hambre.
—Los últimos diez no recibirán agua —añadió Ibarra—. Los que caigan no serán recogidos hasta mañana.
Una muchacha muy joven, quizá dieciséis, quizá menos, levantó la mano con un temblor que le sacudía todo el brazo.
—Elder, mi tobillo...
Ibarra ni siquiera la miró.
—Entonces aprende a correr con el otro.
La compuerta se abrió por completo.
Mateo corrió.
El primer paso fue una llamarada en el muslo. El segundo le arrancó el aire. El tercero lo obligó a morderse la lengua para no gruñir, porque si gruñía, si dejaba salir demasiado de lo que estaba encerrado dentro, el sello reaccionaría y lo doblaría en dos.
A su izquierda, alguien cayó.
El grito duró menos que el impacto del lobo.
Mateo no miró.
No podía salvar a nadie.
Todavía no.
El barro le chupaba las botas. Un olor ácido de pánico se abrió entre los corredores, tan fuerte que incluso con los sentidos apagados por el acónito le llenó la nariz. Su lobo golpeó otra vez desde dentro, una sombra contra una puerta. Mateo apretó los dientes.
No ahora.
Una figura se emparejó con él.
Delgado, moreno, con un corte sobre la ceja y una sonrisa que no debería existir en un lugar así.
—Corres como si hubieras nacido en una casa bonita —dijo el chico, jadeando.
Mateo esquivó una estaca.
—Y tú hablas como si quisieras morir cansado.
El chico soltó una risa sin aire.
—Nico.
—No pregunté.
—Pero vas a recordarlo cuando te salve.
Algo enorme chocó contra un cuerpo detrás de ellos. Huesos. Barro. Un chillido húmedo.
Nico dejó de sonreír.
—A la derecha —dijo de pronto.
Mateo no tenía razón para obedecerle.
Lo hizo.
Un lobo pasó por donde habría estado su espalda, las fauces cerrándose sobre vacío. Mateo sintió el viento caliente de su hocico, el olor a carne podrida entre los dientes. Giró, tomó una piedra del suelo y la lanzó contra el ojo de la bestia.
El lobo aulló.
No cayó.
Pero perdió medio segundo.
Mateo y Nico lo usaron.
Llegaron al muro sur con las piernas ardiendo y los pulmones llenos de cuchillos. Los Warriors esperaban arriba, indiferentes. Uno dejó caer una cuerda. No era ayuda. Era otra prueba. Quien tuviera fuerza, subía. Quien no, se quedaba con los lobos hasta que sonara la campana.
Nico llegó primero a la cuerda y miró a Mateo.
—Tú pesas más.
—Gracias por notarlo.
—Sube antes de que me arrepienta de ser buena persona.
Mateo lo estudió un instante. El chico olía a lima amarga, polvo y sangre reciente. También a miedo, claro. Todos olían a miedo. Pero no a mentira.
—Si me empujas, te rompo el brazo.
—Si pudiera empujarte, ya estaría arriba.
Mateo tomó la cuerda.
El acónito despertó en sus venas cuando tensó los brazos. Le subió como fuego líquido por los hombros, le mordió la nuca, le llenó los ojos de puntos negros. Su lobo se agitó en la oscuridad, furioso, inútil.
Un Alpha heir no suplica.
El pensamiento no llegó como recuerdo. Llegó como una cicatriz.
Mateo subió.
Arriba, un Warrior le pisó los dedos antes de que terminara de pasar el borde.
—Despacio, cautivo.
Mateo se quedó colgando un segundo, con la mano aplastada bajo la bota. Abajo, Nico maldijo.
—¡Déjelo subir!
El Warrior sonrió.
—¿Te importa?
Nico se calló.
Inteligente.
Mateo levantó la mirada hacia la bota, luego hacia el rostro del hombre.
—Si quiere que caiga, empuje más fuerte.
El Warrior presionó.
Un dedo crujió.
El dolor fue blanco. Limpio. Casi amable comparado con el acónito.
Mateo no soltó la cuerda.
Por primera vez, algo cambió en la expresión del Warrior. No compasión. Nunca eso. Pero sí una duda pequeña, molesta, como una astilla debajo de la piel.
Elder Ibarra habló desde la plataforma.
—Déjalo.
La bota se retiró.
Mateo terminó de subir y rodó sobre la piedra, respirando por la nariz para no vomitar. Un momento después, Nico cayó a su lado, cubierto de barro hasta la garganta.
—Estás loco —susurró Nico.
—Y tú sigues hablando.
—Es mi forma de no llorar.
Mateo giró la cabeza.
Nico no sonreía ahora. Miraba el foso, donde los lobos todavía corrían entre los que no habían llegado. El olor de la muerte subía en oleadas calientes.
—No van a parar —dijo Nico, tan bajo que solo Mateo pudo escucharlo—. Esta fue la ronda fácil.
Mateo cerró los ojos un segundo.
La mano le latía. El muslo seguía sangrando. La garganta le ardía con sed. En otro tiempo, su cuerpo habría cerrado esas heridas antes del amanecer. En otro tiempo, su lobo habría roto la noche con un aullido capaz de hacer retroceder a hombres menores.
En ese lugar, bajo ese sello, solo era carne.
Carne con memoria.
Carne que se negaba a obedecer.
—¿Cuántos quedan? —preguntó.
Nico contó con la mirada.
—Veintiséis. Quizá veinticinco si el rubio deja de respirar.
—¿Cuántos pasan?
—Dicen que tres.
Mateo abrió los ojos.
Tres.
El número cayó entre ellos como otra cadena.
Nico se limpió la sangre de la ceja con el hombro.
—Escucha, casa bonita. Tú no confías en mí. Perfecto. Yo tampoco confiaría en mí. Pero si dormimos solos, morimos. Si uno vigila mientras el otro cierra los ojos media hora, quizá lleguemos a mañana.
Mateo miró el foso. Luego al chico.
—¿Y cuando solo queden cuatro?
Nico tragó saliva.
—Entonces ya estaremos demasiado cansados para fingir que somos santos.
Era una respuesta honesta.
Fea, pero honesta.
Mateo extendió la mano herida.
—Mateo.
Nico la miró como si no supiera si era una oferta o una trampa.
Luego la tomó.
—Nico.
No fue un juramento. No hubo luna, ni sangre compartida, ni palabras sagradas. Solo dos lobos rotos sentados en piedra fría, aceptando que la noche quería devorarlos y que quizá podían morderla de regreso si lo hacían juntos.
La campana volvió a sonar al fondo del campo.
Los Warriors empezaron a empujar a los sobrevivientes hacia los corrales de descanso: jaulas abiertas, sin techo, con piso de madera húmeda y espacio apenas suficiente para acostarse de lado. El agua llegó en cubos sucios. La comida fue una pasta gris que olía a grasa rancia.
Mateo comió.
No por hambre.
Por estrategia.
Nico se sentó frente a él, de espaldas a la reja.
—Duerme primero —dijo.
Mateo soltó una risa seca.
—Claro. Porque eso no suena a una pésima idea.
—Tienes la mano rota. Si sigues despierto, vas a desmayarte antes de la siguiente ronda.
—¿Y tú?
Nico levantó dos dedos.
—Todavía veo doble, pero eso significa que puedo vigilar el doble.
Mateo lo observó en silencio.
El chico tenía miedo. Mucho. El olor le salía de la piel en capas agrias. Pero no apartaba la mirada. No intentaba vender valentía. Solo ofrecía una posibilidad miserable y real.
Mateo apoyó la espalda contra la madera.
—Media hora.
—Media hora.
—Si te acercas a mi garganta, te mato.
—Si roncas, te despierto a golpes.
Mateo cerró los ojos.
El sueño no llegó suave. Lo golpeó.
En la oscuridad, su lobo se movió detrás del sello. No era voz. No todavía. Era dolor con forma de garra. Era rabia encerrada en una jaula demasiado pequeña. Era el recuerdo de correr bajo árboles que no conocía y aun así extrañaba.
Mateo respiró el olor del barro, la sangre y el acónito.
Sobre ellos, muy arriba, una sombra blanca apareció en la pasarela norte.
Los Warriors se enderezaron.
Elder Ibarra inclinó la cabeza apenas.
La mujer no habló.
Llevaba el cabello oscuro recogido, un abrigo claro que parecía absorber la poca luz de las antorchas y botas sin una sola mancha de barro. A esa distancia, sus ojos eran dos puntos pálidos, fijos en el corral donde los sobrevivientes intentaban no morir antes del amanecer.
Su mirada pasó sobre Nico sin detenerse.
Luego encontró a Mateo.
Él dormía con la mandíbula apretada, la mano rota contra el pecho y el cuello recto, sin ofrecerlo, sin rendirlo, ni siquiera inconsciente.
Uno de los Warriors susurró:
—Kaia.
La Enforcer más joven de los Dark Howlers apoyó una mano sobre la baranda.
Por primera vez en toda la noche, algo parecido al interés cruzó su rostro frío.
—Ese —dijo.
Y abajo, como si hubiera escuchado su voz en medio del sueño, el lobo sellado de Mateo arañó la oscuridad.
Porque lo que ellos no ven es que una niña de 6 años no tiene poder para decidir si quiere no convertirse en una asesina....
Ah pero buenos para exigir A los demás