Renata Solís nunca imaginó que una cara del pasado volvería a destruirle la vida.
Profesora de idiomas en la Universidad Nacional de Miravalle, inteligente, independiente y con un futuro prometedor, Renata cree haber dejado atrás la noche más oscura de su existencia. Hasta que lo ve a *él* —Dante Montero, heredero del imperio más poderoso de la ciudad— y reconoce en su rostro al hombre que debería estar muerto.
Dante Montero no es quien dice ser. Detrás del traje a medida, la torre de cristal y el apellido que hace temblar a jueces y políticos, se esconde un secreto capaz de destruir a toda una dinastía. Y Renata es la única persona viva que puede demostrarlo.
Pero Dante tiene sus propias armas. Cuando la deuda de su padre cae en manos de los Montero, Renata se ve atrapada en un pacto imposible: acompañarlo, guardar silencio, fingir ser su mujer ante el mundo... o perderlo todo.
Lo que ninguno de los dos esperaba era esto: que la trampa se convirtiera en un juego, el juego en obsesión, y la obsesión en algo que ninguno sabe nombrar.
Ella busca la verdad. Él protege su mentira.
Ella planea huir. Él se asegura de que no pueda irse.
Ella jura que no va a caer. Él ya cayó hace mucho.
En un mundo de lealtades compradas, secretos de familia y balas que no perdonan, Renata tendrá que decidir: ¿revelar al monstruo que se esconde detrás de Dante Montero... o salvar al hombre que se esconde detrás del monstruo?
*Porque en esta historia, la jaula tiene dos prisioneros.*
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Capítulo 1
Capítulo 1
La mujer del cruce
La memoria USB pesaba menos que una moneda, pero Renata sentía su peso como si cargara una pistola.
Estaba de pie en el pasillo del penthouse, descalza sobre el mármol frío. A sus espaldas, los ventanales del piso cuarenta y dos dejaban entrar el resplandor anaranjado de Miravalle de noche —la Torre Montero era lo más alto de la zona financiera y desde aquí la ciudad parecía mansa, inofensiva, como si no hubiera una sola bala enterrada en sus calles—. Pero Renata no miraba la ciudad. Miraba el hilo de luz dorada que se filtraba bajo la puerta del estudio.
Adentro, la voz de Dante —grave, contenida, la clase de voz que no necesita subir de tono para que todos obedezcan— murmuraba algo en su celular. Renata no alcanzaba a distinguir las palabras, solo el ritmo: corto, seco, de mando. Dante dando instrucciones. Dante siendo el Jefe.
Apretó la USB con los dedos de la mano derecha hasta que la carcasa de plástico se le clavó en la palma. La izquierda se aferraba al marco de la puerta como si fuera lo único que la mantenía en pie. Sentía el pulso en las sienes, en la garganta, en las yemas de los dedos, y por un instante absurdo pensó que él podía escuchar su corazón a través de la pared.
Dentro de esa memoria estaba todo. Cada transferencia, cada contrato fantasma, cada firma adulterada de Grupo Montero. Lo suficiente para que Don Aurelio, Marcos y todos los que se sentaban en la mesa de la Hacienda terminaran esposados en una camioneta de la fiscalía federal. Lo suficiente para destruir al hombre que estaba del otro lado de esa puerta.
Al hombre que la llamaba Nata.
Al hombre que, tres horas antes, le había apartado un mechón de pelo de la cara y le había dicho, sin mirarla, "Eres lo único que no me da miedo perder, y eso me aterroriza."
Tenía treinta segundos. Quizá menos. La llamada iba a terminar y Dante se daría vuelta, y entonces Renata tendría que estar adentro, mirándolo a la cara, o camino al elevador privado, corriendo hacia una vida donde él no existiera.
Escuchó el chasquido seco de un encendedor. El olor a tabaco se coló por la rendija de la puerta. Luego el silencio.
"Decide", se dijo. "Decide ahora."
Dio un paso.
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Varios meses antes.
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El martes empezó como todos los martes.
Renata llegó a la Universidad Nacional con quince minutos de anticipación, su mochila cruzada al pecho y el cabello recogido en un chongo flojo que ya se estaba deshaciendo. En la Facultad de Lenguas hacía calor. El ventilador del aula 4B no funcionaba desde marzo y nadie había mandado a repararlo; ella había dejado de preguntar después de la tercera solicitud ignorada.
Abrió las ventanas, acomodó sus notas sobre el escritorio y borró del pizarrón las conjugaciones irregulares que alguien había dejado de la clase anterior.
Sus alumnos de Retórica Avanzada llegaron en oleadas: los puntuales con café en mano, los rezagados con excusas a medio armar. Renata les dio exactamente un minuto después de la hora antes de cerrar la puerta y comenzar.
—Hoy vamos a trabajar con registros —dijo, escribiendo tres columnas en el pizarrón: FORMAL, NEUTRO, COLOQUIAL—. Quiero que me reformulen la misma idea en tres registros distintos. El que me haga reír con la versión coloquial, tiene un punto extra.
Los alumnos se quejaron, pero ya estaban sacando sus cuadernos. Renata notó que Sarah, la chica de intercambio canadiense, tenía cara de pánico, así que se acercó y le repitió la instrucción en inglés. Luego cruzó dos frases en francés con Antoine, el belga de tercer semestre, corrigiendo su uso del subjuntivo con un "Presque, mais pas encore" que lo hizo gruñir.
Tres idiomas en el mismo salón. A Renata le gustaba esa parte del trabajo: el momento exacto en que la cabeza cambiaba de canal, cuando la gramática de un idioma se apagaba y la del otro se encendía. No era algo que pudiera enseñarse del todo. Se tenía o no se tenía.
Emilio Castañeda, su alumno más constante —siempre en primera fila, siempre dispuesto a ayudar—, la esperó al final de la clase para cargar la caja de textos hasta la oficina.
—Profesora, ¿va a necesitar el aula para el repaso del viernes?
—Si el ventilador sigue muerto, no —respondió Renata—. Haremos el repaso en el jardín. Prefiero el sol al infierno.
Emilio se rio. Le sostuvo la puerta de la oficina, dejó la caja sobre el escritorio y se despidió con un gesto tímido que Renata fingió no notar.
Salió de la facultad a las dos de la tarde. Desamarró su bicicleta del estacionamiento, se acomodó la mochila y pedaleó por el camino que bordeaba el lago de la universidad. Los sauces dejaban caer ramas casi hasta el agua y un grupo de estudiantes de Medicina practicaba reanimación cardiopulmonar sobre un muñeco de plástico. Olía a pasto recién cortado y a tacos de canasta del carrito que se estacionaba junto a la fuente.
Este era su mundo. Ordenado, modesto, suyo.
Llegó al departamento en veinte minutos. Tercer piso sin elevador, puerta de madera que se atoraba si no la empujabas con la cadera. Adentro olía a ajo y a albahaca.
Andrés estaba en la cocina, con un trapo sobre el hombro y una cuchara de madera en la mano, cantando una canción que Renata no reconoció. Cuando la vio entrar, sonrió.
—Llegas justo a tiempo —dijo, señalando la olla con la cuchara—. Pasta al pesto. Le puse un poco de chile morita, así que si lloras no es mi culpa.
—Si lloro es porque cocinas mejor que yo y eso es humillante.
Él se rio. Renata dejó la mochila en la silla, le robó una aceituna del tazón y se fue a lavar las manos.
Comieron en la barra de la cocina porque la mesa del comedor estaba cubierta de planos de Andrés —trabajaba como ingeniero en una constructora mediana, el tipo de empleo donde las horas extra no se pagan pero el jefe te invita una cerveza el viernes—. De fondo sonaba una playlist de bossa nova que Andrés había armado el mes pasado y que ya se repetía por tercera vez, pero ninguno de los dos la cambiaba porque a estas alturas era parte del paisaje, como el grifo que goteaba y el vecino que practicaba trompeta los jueves.
Hablaron del repaso de Retórica, del ventilador roto, de la junta que Andrés tenía el jueves, de si valía la pena renovar el contrato de internet o cambiarse al de la competencia. Cosas pequeñas. Cosas que no pesaban.
—Oye —Andrés bajó el tenedor—, el domingo es el cumpleaños de tu papá. ¿Tu mamá ya te mandó la lista de lo que hay que llevar?
—Desde el lunes. Ensalada de nopales, pan de muerto aunque no sea noviembre, y "algo bonito para la mesa que no sean esas servilletas horribles de la otra vez".
—Tu mamá es un amor.
—Mi mamá es un general con delantal.
Se rieron. Andrés le pasó el brazo por los hombros y Renata se dejó caer contra él, solo un momento, sintiendo su calor a través de la camiseta.
El celular de Renata vibró sobre la barra. Paulina.
—Contesta —dijo Andrés—. Yo lavo los platos.
Renata aceptó la llamada.
—¡Reni! —La voz de Paulina llegó a todo volumen, como siempre—. No vas a creer lo que me hizo mi padre.
—¿Te presentó a otro candidato a yerno?
—¡Peor! Le dio mi número a un tipo del Senado. ¡Del Senado, Reni! Un cuarentón divorciado que se llama Armando y que colecciona relojes. ¿Tú crees? —Paulina hizo una pausa dramática—. ¿Quién diablos colecciona relojes?
Renata se tapó la boca para no reír demasiado fuerte.
—Gente que tiene mucho tiempo libre.
—¡No tiene gracia! Mi padre está convencido de que si no me caso antes de los treinta, voy a acabar viviendo con seis gatos y organizando marchas feministas.
—Pau, tú ya organizas marchas feministas.
—¡Ese no es el punto!
Renata rio, subió los pies al sillón y escuchó a su amiga despotricar otros diez minutos sobre Armando-el-de-los-relojes, sobre el Senador Ibarra y su obsesión con casar a su hija, sobre el vestido horrible que su madre le compró para la próxima cena del partido. Cada queja de Paulina era un espectáculo: exagerada, ruidosa, sincera.
—Bueno, ya —dijo Paulina al fin—. Basta de mí. ¿Cómo estás tú? ¿Todo bien con Andrés?
Renata miró hacia la cocina, donde Andrés lavaba los platos silbando.
—Todo bien, Pau.
—Me alegro, Reni. De verdad. Te mereces algo bonito.
Colgaron. Renata se quedó un momento en el sillón, con el celular tibio en la mano y la pasta aún caliente en el estómago. Andrés salió de la cocina secándose las manos con el trapo, se dejó caer a su lado y le quitó un cojín para ponérselo debajo de la nuca.
—¿Paulina bien?
—Sobreviviendo a su padre.
—Normal.
Renata apoyó la cabeza en su hombro. Por la ventana entraba el ruido de siempre: el camión de la basura, un perro ladrando, la señora del cuarto piso regañando a sus nietos. En la mesa de centro había una factura de luz sin pagar y un vaso con restos de agua de Jamaica. La pintura del techo se estaba descascarando en la esquina del baño y el martes que viene habría que ir al mercado a comprar las verduras para la ensalada del cumpleaños de Don Ricardo.
Más tarde, ya en la cama, Andrés se durmió primero. Siempre se dormía primero. Renata se quedó mirando el techo un rato, escuchando su respiración pausada, pensando en nada.
No sabía —no podía saber— que en dos semanas exactas, un hombre con la cara de un fantasma iba a pronunciar su nombre completo desde un escenario, y que la vida quieta que acababa de vivir este martes no volvería nunca.
Pero eso fue después.
Esa noche, Renata cerró los ojos y se durmió tranquila.