🔞🔞En una ciudad donde las torres de cristal ocultan mafias, corrupción y cuerpos bajo neón, Cassian Cooling intenta vivir lejos de la violencia que marcó su juventud. Arquitecto prodigio de Central City, heredero de una fortuna y dueño de un talento capaz de construir maravillas, lleva años enterrando al monstruo que alguna vez aterrorizó las calles de Cuatro Leguas.
Cuando su mejor amigo queda atrapado en una deuda y la mujer de la que se enamora resulta herida, Cassian descubre que el pasado nunca desapareció. Solo esperó en la oscuridad el momento para volver.
Una guerra criminal comienza a devorar las dos ciudades más peligrosas, Cassian deberá decidir qué parte de sí sobrevivirá: el hombre que construye hospitales… o el que aprendió a destruir mafiosos.
Entre conspiración, mafias, tecnología, romance oscuro y una violencia tan brutal como adictiva, Cenizas y Cristal es una novela noir de ciencia ficción donde el amor puede salvar… o romper lo poco humano que queda dentro de t
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Primer Acto: Una Vida de Cristales y Ceniza.
...¡Advertencia!...
...Esta novela relata escenas de violencia y temas sensibles. Escenas íntimas explícitas, muertes violentas y crímenes violentos. Consumo de sustancias nocivas legales e ilegales. Escenas de terror psicológico y vocabulario vulgar....
...Dirigida al público adulto y maduro. Si usted es una persona sensible, se le recomienda no leer esta Novela....
Esta novela cuenta con partes extensas, para qué disfrutes más la historia sin tanto comercial. Te pido seguir y dar un like a la historia, para apoyar esta iniciativa creada con paciencia y pasión.
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...Capítulo 1....
...Una Vida de Cristales y Ceniza....
La lluvia nocturna cae sobre Central City como si el cielo intentara lavar algo que jamás va a desaparecer.
El silencio en el apartamento de la Torre Zenith no es un vacío, es una presencia sólida que respiro con cada despertar. Las paredes de hormigón pulido y los ventanales que van del suelo al techo me ofrecen una vista panorámica de Central City, la metrópolis que nunca duerme, bañada en luces de neón azul y el zumbido constante de los vehículos magnéticos.
Me levanto de la cama. Las sábanas se sienten más pesadas de lo habitual… el holograma azul marca las 02:02 a.m.
—Solo tres horas… —murmuro.
Tomo el vaso sobre la cómoda, junto a la cama. Camino al ventanal.
Desde el piso ciento treinta y ocho, la ciudad parece perfecta. Torres de cristal atravesando las nubes negras. Anuncios holográficos flotando entre avenidas aéreas. Vehículos suspendidos cruzando el vacío como luciérnagas eléctricas. Pantallas gigantes reflejándose sobre el vidrio mojado de los edificios.
Hermosa. Artificial. Podrida.
Apoyo la frente contra el ventanal mientras sostengo el vaso, aun con whisky —perdió el hielo hace horas—. Las gotas resbalan lentamente por el cristal frente a mí, deformando las luces de la ciudad.
A veces Central City parece un cementerio iluminado.
A mis veinticinco años tengo lo que muchos considerarían la cima del éxito: un nombre respetado en la arquitectura, una cuenta bancaria envidiable y un talento que convierte el acero en poesía visual. Sin embargo, este espacio de lujo se siente como un mausoleo desde hace un mes.
Lo siento… El apartamento está en silencio. Demasiado silencio… Desde que mi padre murió, el silencio se volvió insoportable. Antes había llamadas. Mensajes. Discusiones sobre negocios que yo no entendía ni quería entender.
La muerte de mi padre dejó una grieta en mi estructura interna que ningún plano puede reparar. El cáncer de cerebro fue un arquitecto cruel, desmantelando la mente de un hombre brillante habitación por habitación, hasta dejar solo un cascarón vacío. Todavía recuerdo sus manos, antes tan firmes, temblando sobre las sábanas blancas del hospital. Ese recuerdo es un clavo ardiendo incrustado en mi memoria.
Mi madre se mudó con Damián, mi hermano mayor, buscando consuelo en la unidad familiar. Yo elegí el aislamiento de esta fortaleza de cristal.
Ahora solo queda el ruido del aire acondicionado y el zumbido lejano de los drones policiales patrullando la ciudad.
Miro mi reflejo sobre el cristal. Cabello negro. Ojos dorados… Ojos malditos. Desde niño la gente los mira demasiado. Algunos sienten curiosidad. Otros miedo. Otros admiración… Yo solo siento cansancio.
Esta noche, la luz de las lunas se filtra por los cristales tintados, proyectando sombras alargadas sobre mis maquetas desordenadas. No soy el típico arquitecto de pulcritud obsesiva. Mi mesa de trabajo es un caos de bocetos a mano alzada, restos de café frío y herramientas digitales de última generación. En este desorden encuentro la lógica de la creación.
El comunicador suena sobre la cómoda. Me giro y leo el holograma. Javier…
Con un gesto de mano respondo la llamada. El holograma se alza en el centro de la habitación.
—Hola, Javier… —respondo sin verlo.
—Buenas noches —la voz de Javier se siente alegre—. Tengo buenas noticias.
Me giro y miro el holograma directo a sus ojos.
—¿De qué se trata ahora…?
—Ya está aprobado el proyecto del Hospital. Felicidades. Mañana comienza todo. Llega temprano para la reunión con los candidatos que enviará la Fundación Helix. Recuerda que ahora eres el Gran Jefe.
Algo se acomoda dentro de mi pecho. Algo parecido al triunfo… aun que, hace tanto que no tengo esta sensación que mi cuerpo la rechaza por instinto.
—Bien. Gracias, si son buenas noticias —respondo girándome a ver nuevamente la noche de la ciudad.
Javier no habla por un segundo exacto. Luego suelta un suspiro como si no tuviera otra opción.
—Lena. Confirma la reunión para la mañana. A las 08:30 a.m. Que no la olvide.
—Confirmado —responde la voz de la IA.
—Mañana te espero en mi oficina, niño. No llegues tarde.
No respondo de inmediato. Le doy otro trago al whisky suavizado por el hielo derretido.
—Buenas noches, Javier.
Muevo la mano y corto la llamada.
Me siento frente al ventanal a ver la noche convertirse en amanecer. El vaso me dura horas, solo sorbos amargos a cada suspiro.
Detrás de mí, una voz femenina rompe el silencio del apartamento.
—Señor Cooling, son las siete cuarenta. Tiene reunión con la Fundación Helix en cincuenta minutos.
Giro apenas el rostro. Lena aparece proyectada junto al comedor como un holograma azul translúcido. Inteligencia artificial doméstica de última generación. Rubén insistió en regalarme el sistema cuando compré este lugar.
Todavía odio escuchar frases suyas apareciendo en mi cabeza: “Un hombre exitoso necesita asistencia adecuada.”
—Cancela el desayuno —digo.
—No ha desayunado correctamente en cuatro días.
—Cancélalo igual.
La inteligencia artificial permanece en silencio dos segundos.
—Entendido señor.
Vuelvo a mirar la ciudad… Muy abajo, las calles parecen venas iluminadas. Miles de personas moviéndose entre lluvia, neón y humo industrial.
Central City nunca duerme… Solo cambia de máscara.
Tomo el vaso y doy un último trago antes de dejarlo sobre la mesa negra del salón.
El apartamento entero parece una vitrina de lujo: mármol oscuro, cristal, metal cromado, luces tenues, muebles minimalistas. Todo impecable. Todo vacío.
Camino hacia el dormitorio mientras Lena activa automáticamente las luces del pasillo. La ropa ya espera preparada sobre la cama: abrigo negro, camisa gris, guantes táctiles, botas urbanas de cuero sintético.
Elegante. Frío. Exactamente como debe verse un arquitecto exitoso en Central City.
Mientras termino de vestirme, mi mirada se desvía inevitablemente hacia la fotografía sobre la mesa de noche.
Rubén… Mi padre sonríe con un vaso en la mano mientras sostiene a mi madre por la cintura. Damián aparece detrás de ellos con expresión seria. Yo tengo dieciséis años y una venda cubriéndome media mano derecha.
Recuerdo perfectamente esa noche. También recuerdo que había roto la mandíbula de un traficante dos horas antes de la foto. Nadie más lo sabía. Excepto Damián. Siempre Damián. El único que conocía realmente la clase de monstruo que era su hermano menor.
Aparto la mirada. No quiero pensar en eso ahora.
Lena vuelve a hablar.
—Señor. Su vehículo está listo.
—Bien, gracias…
Tomo mi abrigo negro y abandono el apartamento.
El ascensor panorámico desciende lentamente por el interior de la Torre Zenith mientras la ciudad se despliega detrás del cristal.
Ciento treinta y ocho pisos. Rubén adoraba presumir eso: “El hombre más exitoso de Central City merece tocar el cielo.”
Qué ironía. Pasó toda su vida construyendo imperios para terminar muriendo conectado a máquinas… Cáncer neuronal degenerativo. Ni toda su fortuna pudo comprarle más tiempo.
Cuando las puertas del ascensor se abren, el vestíbulo privado me recibe con música ambiental suave y el aroma artificial del sistema de ventilación. Un guardia de seguridad inclina ligeramente la cabeza.
—Buenos días, señor Cooling.
Asiento apenas alzando una mano como saludo.
Afuera, la lluvia golpea el pavimento con fuerza. Mi vehículo espera junto a la acera: un Aeromóvil Vortex clásico modificado. Negro. Elegante. Motor gravitacional silencioso. Los vehículos modernos parecen cápsulas médicas flotantes. Yo prefiero las máquinas con personalidad.
Subo al asiento del conductor mientras el sistema automático ilumina el tablero. La pantalla frontal proyecta información sobre el tráfico aéreo. Treinta y dos minutos hasta Zenith Architecture.
Perfecto.
El vehículo se eleva lentamente sobre la avenida mientras cientos de luces atraviesan la tormenta. La radio reproduce tecno-pop suave mezclado con interferencias urbanas. Durante unos minutos solo conduzco. Sin pensar. Sin sentir. Hasta que el comunicador del tablero vibra.
DAMIÁN…
Aprieto la mandíbula antes de aceptar la llamada. El rostro de mi hermano aparece holográficamente frente al parabrisas. Cabello castaño impecable. Traje oscuro. Ojeras visibles. Siempre parece más cansado que yo.
—Mamá preguntó por ti otra vez —dice sin saludar.
Miro el tráfico aéreo frente a mí. El solo hecho de escuchar la palabra “Mamá” me hace apretar el volante.
—He estado ocupado —respondo, intentando sonar sincero.
—Siempre estás ocupado.
Su tono no tiene rabia. Eso sería más fácil. Solo agotamiento interno.
—¿Cómo sigue? —pregunto.
Damián guarda silencio unos segundos, los suficientes como para recordar su rostro la primera vez que vimos a mamá perdida.
—Hoy me llamó Rubén…
Cierro los ojos un instante. Mierda…
—¿Fue muy grave?
—Creía que seguía viviendo en Cuatro Leguas. Quería que cerrara las ventanas porque decía que iban a disparar desde afuera.
No respondo… Porque recuerdo perfectamente esas noches: Disparos. Sirenas. Sangre bajando por las calles mojadas. Cuatro Leguas nunca necesitó lluvia para parecer un infierno.
—Deberías venir a verla —dice finalmente.
—Iré esta semana.
Damián suelta una pequeña risa amarga.
—Claro. Como quieras…
La comunicación termina.
Y otra vez queda el silencio. Aprieto con fuerza el volante.
Odio esta sensación. La culpa… Damián se quedó. Yo escapé. Él cuidó de nuestros padres. Yo construí rascacielos. Y aun así… Rubén quería dejarme todo a mí.
Nunca entendí por qué…
Mi torre aparece a los minutos. Zenith Architecture ocupa los últimos veinte pisos de una torre de cristal en el distrito financiero sur.
Bajo la velocidad y desciendo. El hangar se despliega sobre unos metros del suelo. Mi estacionamiento privado. Siento el anclaje automático tomar la parte inferior de mi Vortex. Abro la puerta antes de que el hangar termine de bajar. Salgo del coche cubriendo mis ojos con las gafas.
El mundo se siente menos brillante tras el cristal oscuro.
Cuando entro al edificio, decenas de empleados se mueven entre pantallas holográficas y estructuras digitales suspendidas en el aire. Diseños. Planos. Modelos arquitectónicos.
Todo limpio. Todo ordenado. Todo perfecto… Nada que ver con el recuerdo de Cuatro Leguas.
El ascensor privado me lleva directamente al piso ejecutivo. Las puertas se abren. Y ahí está Javier Retor: Sesenta y cinco años. Cabello completamente blanco. Espalda recta. Traje impecable. Parece un político retirado capaz de romperte la nariz con una sola mano.
Me espera apoyado en el marco de la oficina principal. Es un hombre que mide el éxito en metros cuadrados y ceros a la derecha, pero conmigo siempre ha tenido algo que se acerca a lo paternal. Sabe que soy la gallina de los huevos de oro de la empresa, el que hace que los contratos más ambiciosos caigan por sí solos.
Levanta una ceja al verme acercarme.
—Tienes cara de mierda, Cassian.
—Buenos días para ti también.
Javier sonríe apenas. Se mete las manos a los bolsillos, su lindo reloj de platino brilla bajo su manga bien cortada.
—¿Dormiste dos horas otra vez? —pregunta con un tono de burla curiosa.
—Tres…
—Eso no mejora nada, niño.
Paso junto a él hacia la oficina.
—Cassian, entra, por favor… —dice con sarcasmo, señalando una de las sillas de cuero ergonómico—. He estado revisando los informes del proyecto del hospital oncológico. Los Helix acaban de confirmar el financiamiento total. Es oficial. Vamos a construir el centro de tratamiento más avanzado del continente.
Lo veo caminar tras su escritorio. Se sienta y se acomoda en su asiento de jefe.
Asiento lentamente mientras me siento. Debería sentir un triunfo arrollador. Yo mismo peleé por este contrato como un animal, volcando todo mi dolor en cada línea del anteproyecto, deseando crear un lugar donde la luz y la naturaleza ayudaran a sanar lo que la medicina muchas veces no puede. Pero el peso en el pecho sigue ahí, pesado, frío.
—Es una buena noticia —respondo con voz monocorde.
—Es una noticia necesaria —matiza Javier, observándome con esa preocupación que intenta esconder tras sus gafas de montura fina—. Sé que este último mes ha sido un infierno. Pero necesito que uses este proyecto para despejar la mente. No dejes que el luto te coma vivo. Tu padre estaría orgulloso de ver este hospital levantarse. Ahora, necesito que selecciones al personal de apoyo. He filtrado a los mejores candidatos. Quiero que tú elijas a quien te acompañará en el día a día. Busca competencia, gente que no se rompa bajo tu ritmo.
—¿Ya llegaron los candidatos? —pregunto.
—Hace unos diez minutos.
—¿Muchos?
—Cinco. Los mejores que encontraron… La Fundación Helix quiere perfección absoluta para este hospital.
—Entonces vinieron al lugar correcto.
Javier resopla, mientras saca una tableta del cajón.
—Tu ego sigue intacto. Eso me tranquiliza.
Tomo la tableta que me tiende. Paso los perfiles con indiferencia: currículums brillantes, recomendaciones de universidades prestigiosas, rostros que prometen eficiencia pura. Estoy a punto de cerrar la aplicación cuando una fotografía me detiene en seco.
Es ella…
Piel morena, ojos verdes, como esmeraldas que parecen guardar una seriedad antigua y una determinación que casi intimida. Se llama Lekan. Tiene mí misma edad y un expediente impecable en estructuras complejas.
Por un segundo, algo que creía muerto dentro de mí —una chispa, un pulso— se remueve. No es solo su belleza, que es evidente y jodidamente perturbadora. Es la sensación de que esta mujer tiene el orden que a mí me falta.
—¿A quién miras? —pregunta Javier, asomándose—. Ah, Lekan. Es una perfeccionista nata. Dicen que sus planos no tienen ni un milímetro de error. Quizás sea exactamente el contrapunto que necesitas para tu caos artístico.
Bien. Vamos a ver que nos encontramos.