Ariel murió… y despertó como un omega condenado.
Un “villano” acusado de traición y asesinato, aunque no recuerda nada.
Su destino: un matrimonio con un alfa violento… una sentencia de muerte.
Hasta que aparece Kael, un delta temido que lo protege…
como si ya lo hubiera perdido antes.
Porque en cada vida…
Kael lo ha estado buscando.
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Capítulo 1 – El omega que debía morir
Decían que los villanos siempre bajaban la mirada.
Ariel no lo hizo.
Permanecía de rodillas frente al consejo, la espalda recta a pesar del hierro helado que le mordía las muñecas. Las cadenas pesaban, pero no tanto como las miradas.
Su cuello estaba expuesto. Vulnerable.
Y la marca de omega ardía como una herida abierta, palpitando con una insistencia cruel… como si su propio cuerpo ya comprendiera que el veredicto estaba decidido.
El salón de piedra era inmenso.
Solemne.
Y aun así, el aire resultaba sofocante.
Denso.
Hostil.
Los murmullos no intentaban ocultarse.
—Ese es el omega.
—El que provocó la caída del clan del norte.
—El que envenenó a su propio alfa.
—El que disfruta destruir desde dentro.
Las palabras se deslizaban entre las columnas como veneno lento, impregnándolo todo.
Aparentemente, tengo muy mala fama, pensó Ariel, con una calma que ni él mismo lograba explicarse.
No recordaba nada de eso.
Ni el supuesto crimen.
Ni el clan.
Ni al alfa muerto.
Lo único que su mente conservaba con una claridad despiadada era otra cosa:
El recuerdo de haber muerto en otro mundo.
El dolor abrasador.
La oscuridad absoluta.
Y luego… despertar aquí.
Atrapado en un cuerpo marcado para la desgracia.
—
—El consejo ha deliberado —anunció el anciano del centro, golpeando el suelo con su bastón—. En lugar de ejecutar la sentencia máxima, se te concede una oportunidad de redención.
Ariel alzó apenas una ceja.
—Serás entregado en matrimonio —continuó—. La ceremonia se celebrará en siete días. Agradece la misericordia.
Misericordia.
La palabra resonó en su mente como una burla grotesca.
Porque todos en esa sala sabían la verdad que nadie se atrevía a pronunciar:
El alfa al que sería entregado ya había enterrado a dos omegas anteriores.
Muertes “accidentales”.
Vínculos que no sobrevivieron.
—
El consejo se levantó.
El juicio había terminado.
Para ellos.
—
Esa noche, encerrado en una habitación demasiado lujosa para ser una celda y demasiado vigilada para ser un refugio, Ariel se sentó en el borde de la cama.
Observó la ventana abierta.
El viento nocturno agitaba las cortinas como una invitación silenciosa.
Tal vez saltar sería menos doloroso, pensó, con una lucidez inquietante.
No llegó a decidirse.
—
El aire cambió.
No fue un sonido.
Ni un movimiento.
Fue un aroma.
Profundo.
Estable.
Abrumadoramente presente.
No pertenecía al castillo… ni a nadie que Ariel hubiera conocido antes.
El olor tensó su pecho.
Su marca reaccionó con un pulso ardiente.
Casi desesperado.
—
—Siempre tan dramático —dijo una voz grave desde la sombra—. En todas tus vidas.
Ariel alzó la cabeza de golpe.
Un hombre estaba apoyado contra la pared, como si siempre hubiera estado allí.
Alto.
Imponente.
Su presencia no necesitaba imponerse para dominar el espacio; simplemente lo hacía.
Sus ojos brillaban en la penumbra con una intensidad inquietante.
Un delta.
Poderoso.
Y, por alguna razón…
dolorosamente familiar.
—
—¿Quién…?
La pregunta murió a medio camino cuando el desconocido avanzó.
Se arrodilló frente a él, rompiendo toda expectativa, y con una delicadeza que no coincidía con su aura tomó el rostro de Ariel entre sus manos.
El contacto fue suficiente.
El vínculo despertó.
No como una explosión—
sino como un latido antiguo que retomaba su ritmo tras siglos de silencio.
El cuerpo de Ariel reaccionó antes que su mente:
Su respiración se entrecortó.
La marca ardió.
Y algo muy profundo en su interior—
lo reconoció.
—
—Ah… genial —murmuró, con una ironía débil—. Encima estoy alucinando.
El delta sonrió.
No fue una sonrisa amable.
Fue una sonrisa cansada.
La de alguien que había esperado demasiado tiempo.
—
—No —dijo—. No estás alucinando.
Pronunció su nombre con una certeza que le erizó la piel.
—Vengo a sacarte de aquí.
Hizo una pausa.
—Y esta vez… no voy a llegar tarde.
—
Ariel tragó saliva.
—¿Y tú eres…?
—
—Kael.
Sus ojos no se apartaron de los suyos.
—El que te prometió que nunca volverías a morir solo.
—
Afuera, las campanas del castillo marcaron la medianoche.
Siete días para un matrimonio.
O una ejecución.
—
Kael se puso de pie.
Y por primera vez, Ariel comprendió algo con absoluta claridad:
Si se quedaba, moriría.
Si huía con ese delta…
el mundo entero podría arder.
—
Y, extrañamente—
ya no estaba seguro de cuál de las dos opciones era la más peligrosa.
—
Y aunque Ariel no lo sabía—
esa no era la primera vez que alguien llegaba tarde por él.
Ni la primera vez…
que alguien le prometía que no volvería a morir solo.
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💭 Kael dice que ya lo ha encontrado antes…
¿Crees que realmente llegó tarde…
o lleva buscándolo en todas sus vidas?
Si quieren, pueden contarme qué les pareció este capítulo.”