Otra vez a mi lado. Parte 2

—Gracias, dile a mi nana que estaba delicioso.

—Yo lo hice.

—¿Tú?

—Claro, tú eres mi responsabilidad, mi abuela y las demás tienen que hacer otras cosas, no quiero que cometan errores, y prefiero ocuparme de absolutamente todo con respecto a ti, sobre todo, después de que nadie se diera cuenta de que no te estabas alimentando bien.

—André gracias, pero tú también tienes otras cosas qué hacer.

—Yo soy tu valet, y mis otras obligaciones no están siendo descuidadas, además, tu padre me ha pedido que te vigile. Por otra parte, me siento más tranquilo si yo te cuido, no quiero que nadie más se entrometa, no después de que no te cuidaron bien.

—No te enojes con nadie en todo caso… –Odette quería reprocharle que él la hubiera abandonado tanto tiempo.

—Yo solo quiero que estés bien, aún no tienes mucho color en la cara.

—Verás que en unos días estaré bien. –Lo dijo con un tono molesto, aguantándose las ganas de decirle lo que sentía.

—Bueno, te dejo porque tengo que darles de comer a los caballos. Regreso más tarde.

—Odette ya no estaba tan segura de si se seguía sintiendo feliz, de tener a André de nuevo a su lado. Nuevamente su cabeza parecía sumida en sentimientos y sensaciones, que la hacían cuestionarse más sobre ciertos puntos de su vida. Por más que trataba de comprender, su razón, su forma de ser, todo a su alrededor, parecía prohibirle y dificultarle entender sobre lo que su corazón y su mente le decían en ocasiones. Algo nuevo se descubría en ella. ¿En realidad sería algo nuevo, o, quizá solo algo que había estado oculto o dormido?

—Tiempo, ella necesitaba tiempo, pero no es bueno demorarse, pensar demasiado sobre algo que está ahí, pero, que de pronto no vemos. No es bueno tomarse más tiempo del que realmente debemos, alguien se nos puede adelantar, las cosas pueden cambiar de un momento a otro y ser demasiado tarde.

Capítulo IX La hora de la verdad

Odette estaba casi completamente recuperada gracias a los extremos cuidados de André, quien no descansó un solo día hasta volver a verla tan fuerte y sana como siempre. Lamentablemente, un triste suceso llegó a la casa de los Jarjayes.

—Es mejor así. –Habló con tristeza. – Nunca podré pagarle todo lo que ha hecho por mí.

—Todo lo hice con mucho gusto, así que no me debes absolutamente nada, querida Rosalie, de verdad lamento mucho que tengas que irte, me harás mucha falta. – La tomó de las manos. – Te deseo lo mejor del mundo, y si vivir con tu madre te hace feliz, te apoyo.

—Muchas gracias y sí, creo que es lo correcto, no debo despreciarla, después de todo es mi madre y con mi hermana muerta, imagino que debe sentirse muy sola. Trataré de ser una buena compañía para ella.

Rosalie le estaba mintiendo a su protectora. La pobre joven había sido amenazada por la misma Madame de Polignac, quien había jurado que si no accedía de buenas maneras a irse a vivir con ella, Lady Odette y su familia pagarían las consecuencias.

—Si esa es tu decisión, parabienes.

—Muchas gracias Lady Odette… bueno, me están esperando, ya debería marcharme. – Fue imposible evitar que una lágrima cayera por su rostro. Las mujeres se abrazaron, Rosalie tomó una pequeña maleta y comenzó a caminar hacia la salida.

—Esta siempre será tu casa Rosalie, regresa cuando quieras por favor. –Gritó Odette. Al escucharla, Rosalie solo pudo correr, de lo contrario, se arrepentiría de lo que estaba haciendo. Mientras corría con todas sus fuerzas a darle el encuentro al carruaje que la esperaba, su pequeño cuerpo se chocó con una figura alta y muy conocida.

Rosalie… –André evitó que cayera al suelo con el impacto.

—André…

—Recuerda que siempre podrás contar conmigo. Si alguna vez necesitas ayuda, no dudes en buscarme por favor. –André la abrazó fuerte. Rosalie le correspondió entre más lágrimas.

—¡Qué tristeza alejarme de todos ustedes! –Rosalie se acercó a su oído y le habló muy bajito, sin romper el tierno abrazo que los unía. —Tienes que armarte de valor, querido amigo, debes confesarle lo que sientes, sé que todo saldrá bien.

André rompió con delicadeza su abrazo y la miró, entre sorprendido y preocupado, mostrando un peculiar brillo en sus hermosos ojos. En medio de su llanto, la joven le ofreció una cálida sonrisa, se empinó y depositó un corto beso en su mejilla. Finalmente, ella se marchó.

André se quedó parado en el mismo punto durante un buen rato, pensando en las últimas palabras de su amiga. Claro que él quería decirle lo que sentía, pero, ¿qué caso tenía si ella no lo amaba y tal vez con eso se le podría despojar del consuelo de su amistad? Una lágrima calló por su mejilla y, eso lo hizo despertar de su ensimismamiento. Se repuso rápidamente y, se fue al establo a seguir con sus labores.

Sin embargo, que nadie lo hubiera notado, Lady Odette había visto todo y una vez más, su mente comenzaba a imaginar un sinfín de situaciones.

<<¿Qué fue todo eso? ¿Será posible que sean más que amigos y que me lo hayan ocultado?>>. Esas y más preguntas rondaban por su más que confundida cabeza.

Cierto día, André y Mathilde estaban en la cocina, cuando la chica comenzó una extraña conversación, sobre la vida privada del hombre.

—¿Qué tiene de malo que te enamores?

—No es que tenga algo de malo, es solo que nadie me interesa en estos momentos. –André no había terminado de comer, por culpa del interrogatorio de Mathilde.

—Entonces… ¿sí te gustaría casarte? André no respondió inmediatamente, trataba de pensar en una buena respuesta que le permitiera, poner fin a la conversación. Justo en ese momento, la mano de la joven rozó una olla que estaba hirviendo, hecho que la obligó a dar un grito. André se puso de pie.

—¿Qué pasó? –Se acercó a ella.

—Me quemé.

—No debes distraerte mientras cocinas, será mejor que pongas la mano bajo el chorro de agua fría, para evitar que te salga alguna ampolla.

—Sí, así lo haré.

André volvió a sentarse para seguir comiendo.

—Mathilde apresúrate, los invitados del patrón aumentaron y debemos ser más rápidas. Pero niña ¿qué te pasó? –Preguntó la abuela.

—Me quemé.

—Por andar de distraída ¿quién la manda a hacerme ese tipo de preguntas? –Sonrió burlonamente.

—¿Qué clase de preguntas? –Como llamada por el diablo, Odette apareció. —¿Me pueden servir algo de cenar? Comeré aquí, el comedor está atestado de los amigos de mi padre, y no tengo ganas de involucrarme en sus conversaciones. –Odette se sentó frente a su valet. —Por cierto, sigo esperando tu respuesta Mathilde, ¿qué le preguntabas a André?

—Pues… yo… –La muchacha estaba tan roja como la quemadura de su mano, así que para tratar de disimular un poco la vergüenza, agachó la cabeza y cerró el caño. Para suerte de Mathilde, André respondió por ella.

—Mathilde me preguntaba si tengo novia. –Dijo casi jugando, ya que sentía curiosidad de ver la reacción de su patrona.

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