Quiero celebrar contigo

Sí, estaba enamorada de Fersen y era su más grande secreto, ni siquiera había podido contarle a André, le daba vergüenza, sobre todo, porque ambos sabían que él amaba a María Antonieta, la ahora reina de Francia. Por más que quería contrarrestar su naturaleza femenina, esa verdad le recordaba constantemente, lo que en verdad era. Lo que la joven comandante ni siquiera imaginaba, era que su gran amigo lo supo todo desde el primer momento, y desde entonces moría en silencio.

Las cosas en Francia no marchaban bien. Los ricos se hacían más ricos, y los pobres, cada vez más pobres. Los reyes se daban la gran vida mientras que su pueblo moría de hambre. Las rivalidades de ambas clases sociales, comenzaban a retumbar en las calles parisinas, y lo inevitable se estaba acercando.

Por otro lado, los rumores del amorío de María Antonieta y Fersen, eran cada vez más terribles, y eso incrementaba la antipatía del pueblo por sus reyes. En un intento por silenciar los rumores de la infidelidad de la austriaca, se envió a Odette a informarle al militar sueco, que debía pelear fuera del país, otro motivo de sufrimiento para Odette.

André era el más desdichado de los espectadores, pero aún así, sus sentimientos seguían intactos, el amor que sentía por su patrona era incondicional y su sufrimiento, parecía no tener fin si el de su amada tampoco cesaba. Eran incontables las noches en que soñaba con tenerla a su lado, pero desde cualquier ángulo, seguía siendo un amor imposible y que le demandaba, cada vez más autocontrol.

La joven Jarjayes había comenzado a tomar mucho. Estaba harta, cansada de aparentar algo que no era. Su falso papel ya no era interpretado con la misma facilidad que en el pasado, y más cuando estaba enamorada de Fersen.

<>. —pensó Odette. Ya no aguantaba más, ya no le importaba nada.

—Se acabó, esta es la última copa. –André trató de quitarle la copa vacía.

—No seas tan estricto, mejor ven, ¡Bebe conmigo, querido André! –Dijo ella sentada en un sillón de su habitación.

<<¡Cómo duele verte así, mi hermosa Odette! Daría mi vida con tal de ahorrarte este sufrimiento... si tan solo me amaras, si me dejaras amarte>>. André se sentó frente a ella, en la mesa de su habitación, en la mesa en donde habían estudiado juntos desde niños, y en la que ahora se hallaban dos botellas de vino, una vacía en su totalidad, y la otra a punto de terminarse.

—Ya has tomado mucho.

Odette posó su dedo índice en los labios de su valet. Fue un movimiento tan extraño en ella, pero a la vez tan sensual, que el muchacho tuvo que controlarse para no cometer una locura. Sentía tantas ganas de abrazarla, de besarla, de descubrir todo su cuerpo y hacerle ver cuánto la amaba.

—Por favor, no sigas. –Él casi le suplicó.

—¡No! –gritó la joven comandante.

—Odette.

—André… André. –Se acercó a su rostro—. ¡Qué apuesto eres! Debe ser muy difícil para esas mujercitas tenerte tan cerca, y no poder intentar nada porque yo se los he prohibido. Sí, sí, son muy bellos. – Otro sorbo de vino se tomó ella—. Tus ojos verdes, todo el tiempo hablan de tus ojos… ¡Las aborrezco! –Intentó levantarse pero tambaleó y aunque cayó, André le sirvió de amortiguación, y ella se recostó en sus brazos.

—Estoy muy cansada, pero tú siempre estás conmigo para evitar que caiga, o al menos, para que el golpe no sea tan duro. -Dijo Odette refiriéndose a esa situación

—Ni me lo recuerdes, gracias a Dios pude impedirlo.

—Fue una tontería, realmente no lo iba a hacer... –Y Soltó una carcajada. Odette no sabía si reía por lo sucedido, o porque sencillamente su presencia la puso nerviosa.

—No le veo la gracia. – André habló muy serio, como casi nunca lo hacía–. ¿Y si no venía a verte? Estarías muerta, o al menos herida.

—Pero, me salvaste como siempre. Muchas gracias otra vez.

—Será mejor que comas algo, te ves muy pálida.

—Está bien. –Se sentía débil y, no estaba segura si quería comer.

—No me moveré de aquí, hasta que comas una buena cantidad. –Dijo al percibir sus intenciones. –Y con trabajo, pudo comer una cantidad considerable.

—Agradécele también a mi nana por favor.

—Lo haré. –Él acomodó la bandeja de comida en sus piernas. –Te dejo para que descanses.

—Espera.

—Dime.

—Vuelve después, me aburro aquí sola y no puedo levantarme, me da vueltas la cabeza.

—Está bien, trataré de terminar mis deberes pronto, para venir a verte. —y diciendo esto, André salió y cerró la puerta.

Odette se sintió extraña. Su molestia no era algo físico, era la incertidumbre de saber si lo que recordaba era un sueño o no. La rubia despertó después de unas horas, cuando el sol comenzaba a ocultarse. Repentinamente, se sintió muy sola y triste, quería salir y pasear un rato, pero, aún no estaba del todo bien.

Comenzó a anochecer, y André no iba a su habitación, eso la impacientó, había sido muy clara en pedirle a su valet que regresara. Juntó las fuerzas que su malestar le permitía, y bajó las escaleras con cuidado. Se dirigió a la cocina y dijo:

—¿Han visto a André?

—¡Miladi! – Se sorprendió Mathilde. —¿Cómo se siente?

—Bien, gracias ¿has visto a André? – Preguntó nuevamente.

—Salió con su abuela a hacer unas compras de última hora, su nana dijo que quiere hacer un pequeño agasajo para el joven André.

—Es cierto, no me había percatado de la fecha, por favor, cuando llegue André, le pides que me lleve una taza de té a mi habitación.

—Entendido Lady Odette.

—Gracias. —Mathilde le dio la espalda y siguió lavando los patos. Odette la observó con detenimiento, mientras pensaba:

<>.

Horas después, la misma Mathilde le llevó la taza de té a su cuarto, explicando que André estaba muy ocupado, ayudando al general con varios asuntos. Al día siguiente, Odette había despertado y no pudo dejar de pensar en Fresen. Le preocupaba no haber recibido noticias de él en mucho tiempo, pensando que tal vez le había pasado algo malo. Se percató que era la primera vez que pensaba en su seguridad y bienestar, más que en el desesperado amor que sentía por él. También había otro tema que no dejaba de rondar su cabeza; André y la posibilidad de que ya tuviera una pareja. No podía tapar el sol con un dedo, su amigo era apuesto, trabajador, noble, valiente, fuerte... era todo lo que cualquier mujer soñaba y, por eso Ella tenía la seguridad de que tenía que haber alguien, pero ¿Quién?

—¿Puedo entrar? –Era la voz de André. Odette dio un respingo y habló:

—Sí por favor, ya te estaba esperando.

—Discúlpame por no poder acompañarte anoche, ayer regresé muy tarde, y después tu padre me pidió que lo ayudara, subí a tu habitación, pero ya estabas muy dormida. ¿Cómo te sientes? –Y sonrió dulcemente con esa sonrisa que la hacía creer, al menos por un momento, que su vida no era tan complicada.

—Mejor André, gracias por preguntar. –André se veía agotado. Tenía los tres primeros botones de su camisa desabrochados. Su vello masculino podía verse. Tenía las mejillas muy sonrosadas, producto de su trabajo a la intemperie.

<>. Y al pensar esto, sintió una extraña sensación, y unas enormes ganas de llorar.

—¿Sucede algo? –André se acercó a ella, y se sentó al filo de su cama.

—André. –Y Odette lo abrazó. –Muchas felicidades.

—Por el tono en que lo dices, debo suponer que ya me estoy haciendo viejo. –Él recibió su abrazo muy rígido, no quería volver a caer en la tentación de apretarla contra él—. Odette, ¿Sucede algo más? ¿estás preocupada por Fersen?

—Ahora que lo mencionas, espero que esté bien en Norteamérica, pero, no es eso lo que me tiene así, sucede que… siempre soy la primera en saludarte y, seguramente todas las sirvientas se han de haber peleado por darte el abrazo primero, de solo imaginarlo me dan nauseas. –y diciendo esto, volvió a abrazar a André, pero, esta vez, fue diferente. La joven se apoyó contra su pecho, y pudo sentir su corazón latir más de lo normal. Sentir su cuerpo tan cerca del suyo le daba paz, su olor le gustaba y la tranquilizaba. Por eso, no pudo evitarlo y se abrazó más a él.

Por su parte, André estaba a punto de explotar. Creyó sentir una pizca de celos en sus palabras, al mencionar a las sirvientas. No hizo ningún comentario, pero estaba recibiendo el mejor de los regalos. La apretó contra su pecho, acariciando su espalda y su cabello dorado, sus delicados brazos, tan delgados, pero lo suficientemente fuertes como para blandir una espada, incluso podía sentir la suavidad de su piel, a través de la ropa. Permanecieron abrazados por un largo rato, hasta que André tuvo que romper su unión, porque de lo contrario, podía ser capaz de hacer otras cosas.

—Resulta que sí fuiste la primera en saludarme, desde que me levanté, no me he asomado a la cocina. —le susurró André, y fue la sonrisa más grande que alguna vez le vio a su patrona.

Ambos pasaron juntos este día tan especial para André. Odette le obsequió un perfume que compró hace mucho tiempo pensando en él, y fue recibido con una hermosa sonrisa. Fue un día tan lindo, que ni siquiera importó que todas las sirvientas lo saludaran o abrazaran, incluso, se olvidó de la supuesta novia, después de todo, si la tuviera no estaría ese día tan especial con ella. Una sonrisa adornó su rostro todo el tiempo, y de vez en cuando, se le escaparon comentarios que no hacían nada más que hacer que la mente de André volara. Su día fue bello y tranquilo, como hace mucho no pasaba en casa de sus patrones, pero, también estuvo lleno de confusión. Sin embargo, decidió no preocuparse demasiado y simplemente vivir el momento.

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