—Si tanto extrañas a la niña Odette, ¿Por qué no intentas arreglar las cosas con ella? Sabes muy bien lo estricto que es su padre, quizá… —había sugerido su abuela.
—Yo no tengo que disculparme, y además ¡No la extraño para nada! Es una niña caprichosa, fea y malcriada y… —Ni terminó de pronunciar la última palabra, cuando su abuela le pegó en la cabeza usando un cucharón.
—Nunca más vuelvas a decir esas cosas de la niña Odette ¿he sido clara?... cuida tus palabras, muchachito imprudente y malagradecido, ella es la hija del patrón de esta casa. —André se sobaba el pequeño chichón que le había salido en la cabeza producto del golpe, pensando en que en realidad, sí la extrañaba, y mucho, pero, ciertamente no le parecía justo ser él quien pidiera disculpas, cuando no había hecho nada malo.
—Lo siento mucho abuela, juro que no volveré a hablar mal de Odette, pero, no le pediré disculpas. –Se fue corriendo lo más rápido que pudo, Nana quiso alcanzarlo, pero, ya no era tan sencillo como antes.
Siempre que lo regañaban, se sentía triste, o si simplemente no podía dormir, iba a las caballerizas para estar un momento a solas. Abrió con cuidado el portón para evitar hacer demasiado ruido y entró sigilosamente. Allí estaba Odette acariciando su hermoso corcel blanco. Los rayos de la luna se filtraban a través de las pequeñas ventanas del lugar y, caían sobre su dorada cabellera. André creyó ver un ángel.
—¡Ahí estás! Te estaba esperando… te busqué por todas partes… imaginé que estarías aquí… vengo a disculparme por… por mi conducta… mi padre me dijo que te presionó mucho para que no me digas nada. –La cara de Odette se ensombreció al pronunciar estas palabras. André pudo entender perfectamente que padre e hija, habían tenido un encuentro poco agradable.
—En cierta forma te lo mereces, a veces eres tan… —Dijo André, pero Amelie inmediatamente se arrojó a sus brazos llorando desesperadamente. Se quedó estático unos segundos, pero, al sentir que se aferraba con fuerza a su pecho, comenzó a acariciar la espalda frágil de su amiga.
—No André, no me digas más… ya mi padre me dijo demasiado… nunca podré lograrlo… no podré entrar a la Guardia Imperial… soy un desastre… dijo ella llorando.
—¿Qué dices? Eres muy fuerte… debo decir que me cuesta mucho trabajo vencerte con la espada… casi siempre me ganas… además… - La niña levantó su rostro y André la observó por un rato. Se quedó mirando fijamente su triste, pero bello rostro. —Tienes la cara de un ángel… —A Odette pno le pareció que eso la ayudaría a cumplir los objetivos que su padre había trazado para ella, pero, aun así, agradeció el gesto esbozando una pequeña sonrisa.
—Dudo que eso me ayude, es mi objetivo de verme como un hombre. —Dijo limpiándose la cara y apartándose de su amigo.
—¡Solo tienes que seguir esforzándote! Te ayudaré a practicar todos los días, pero para que te animes ahora ¿qué te parece si vamos a nadar al lago en secreto? —Susurró lo último y, a la rubia no se le pudo iluminar más el rostro. Pronto ambos se echaron a la carrera, deteniéndose de cuando en cuando para ver si alguien los seguía.
No cabía la menor duda, que así discutieran o se dejaran de hablar, sus problemas no tardaban demasiado en solucionarse y volvían a ser los amigos de siempre. Que ambos fueran tan unidos agradaba mucho al general, pues, veía en André un excelente ejemplo para la hija que trataba de convertir como sea en un hijo. Sin duda, había sido muy acertado en traerlo a vivir a su casa.
Al cumplir catorce años, en medio de mucha confusión y por insistencia de su padre, Odette aceptó cuidar a la joven Princesa María Antonieta, al igual que su cargo como comandante de la Guardia Imperial. Su padre se sentía muy satisfecho con aquella situación. El general siempre le encargaba a André, que evitase que Amelie cometiera errores, aunque siempre era muy difícil tratar de doblegar la voluntad de la joven.
—¡Toma esto! –Carcajadas de satisfacción expresó Odette—. ¿Qué pasa André? ¡Pierdes concentración! —le dijo un día a la joven comandante.
—¡Eres una insensata! No debiste rechazar una invitación de la Princesa, para ir a su salón privado. —fue la respuesta que recibió de parte de él.
—¡Hablas como los aristócratas tradicionalistas! No pensé que tuvieras esas inclinaciones, querido André… - Dijo ella con una sonrisa en el rostro, mientras arremetía con la espada.
—¡No eres más que una chiquilla caprichosa!
—¡No me llames así!
—Te pareces en eso a la Princesa… tienen la misma edad. A última hora aceptaste protegerla igual que ella, que a última hora ya no quería casarse… —Dijo André con dificultad, defendiéndose de la agilidad de Odette.
—¡Cállate, André!
—¡Es la verdad!... –Rápidos movimientos con la espada de él y... —¡Te desarmé!
—¡Me tienes harta! Si no fueras el nieto de mi nana… yo… ¡Eres un insoportable! —Se fue a paso firme pensando en las palabras de su amigo.
Tantas responsabilidades cayendo sobre su hombro, y aparentando ser un hombre, lo que se volvía cada vez más difícil, sobre todo, teniendo a su querida nana tan cerca, para recordarle continuamente que no era un hombre.
André sabía que su mejor y única amiga sufría, pero, también callaba. Desde su enrolamiento en la Guardia Imperial, se esforzaba mucho más en interpretar mejor su falso papel, y aunque todos la admiraban por su poderosa personalidad, André conocía perfectamente su fragilidad. Si había alguien que realmente la conocía era él, y lo que más detestaba era que Odette fuera golpeada y maltratada por su propio padre, cuando sólo se desvivía en mantener una situación que se volvía cada vez más dura de sostener para ella.
André también era el consuelo de Odette, ya que, en él, ella encontraba ese gran apoyo y podía desahogarse llorando en silencio sobre su pecho, o peleándose a puños con todas sus fuerzas. La fortaleza de su amiga lo conmovía y todos los días hacía el juramento de no fallarle jamás.
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