André puso un brazo de Oscar rodeando su cuello para que se apoyara y así ayudarla a caminar. Fueron varios minutos de silencio, hasta que la mujer se animó a hacer un comentario.
—¡Qué mujercita! —Refutó Odette
—Es su forma de vivir. —Le respondió André
—Sí, pero Teresa se veía muy interesada en ti y tú no parecías tan incómodo. – Dijo fastidiada.
—No quería ser grosero, tenía la esperanza de que desistiría en cualquier momento.
—Seguro ya le habías echado un ojo, es muy atractiva y parece bastante complaciente.
—Es bonita, pero no tenemos nada que ver, ni le he echado ojo a nadie. <
—No te creo nada ¿Por qué otra razón vendrías todas las noches?
—Tú misma la escuchaste, no vengo tan seguido. –Dijo con un dejo de incomodidad—. Si alguna mujer de ese lugar me gustara en serio, no habría ninguna excusa para dejar de verla ¿No crees?
Oscar no dijo nada. De solo recordar la actitud tan provocativa de la mujer, hacía que sus entrañas se revolvieran. No supo qué le pasó, pero no pudo contenerse y lanzó un puño al rostro de André.
André cayó al suelo, pero, se levantó muy rápido. Sabía que la rubia tenía muchas ganas de pelear, así que se paró y le lanzó un puño sin ganas que ella esquivó sin dificultad. En el pasado, hubiera peleado con todas sus fuerzas, pero, en esa ocasión todo era tan distinto y lo último que quería hacer era lastimarla, así que si quería golpearlo, no haría mucho para defenderse. Odette comenzó a tirar golpes por doquier y aunque no eran tan fuertes como de costumbre a causa de su estado, la intensidad iba incrementando pues, se había percatado de que su amigo no daba la lucha. Entonces la joven sintió que todo el alcohol, se le subía a la cabeza, entonces llegó el tiro de gracia y lo dejó tendido en el suelo.
—¡Ponte de pie, defiéndete! – André no se movió. - ¡Deja de actuar que no estoy para tus bromas! Tal vez pasaron segundos que parecieron horas.
Odette se agachó para cerciorarse del estado de André. La cabeza de André había caído en una roca y mucha sangre brotaba de su cabeza. Oscar se horrorizó, y de pronto todo el licor que sentía en la sangre, se había esfumado.
—¡Despierta, André, abre los ojos! —Decía con desesperación, zarandeándolo de tal manera que era casi imposible que no reaccionara. –Tienes que ayudarme. –Dijo tratando de moverlo, pero era inútil. –No puedo yo sola, por favor, ¡André! —Nada, no se movió. Odette arrancó un pedazo de tela de su camisa, y comenzó a presionar la herida sangrante en su cabeza.
—Todo es mi culpa, por mi necedad de pelear en este estado. Por el amor de Dios, despierta… - Miró alrededor y la calles estaban vacías, así que gritar por ayuda sería en vano. No hay nadie por aquí… André… —La atropelló un miedo terrible, como el que sintió cuando el Rey lo condenó a muerte. –No me dejes por favor, no me abandones. —dijo ella desconsolada. —No te atrevas a hacerlo, me mato si te pasa algo ¿Me escuchas? ¡Te mato sino despiertas!
André trató de moverse, pero una punzada en la cabeza lo desanimó. Odette pudo sentir que el aire comenzaba a pasar con normalidad por sus pulmones.
—¿Me ibas a matar de igual forma sino despertaba? Al escucharlo, Odette se lanzó sobre él y comenzó a revisarlo con minuciosidad. André se ruborizó, la cercanía de la rubia lo ponía demasiado inquieto.
—¿Dónde te duele?
—La pregunta correcta es ¿Dónde no me duele? –Se tocó por inercia el punto donde le dolía y no pareció muy sorprendido, al ver sangre en su mano. –Deja de verme así, no me duele y ya casi no sangra. –Se puso de pie, arrancó un pedazo de tela de sus ropas y lo colocó como vendaje. – Con esto bastará, y no te preocupes, nunca te dejaré. –Soltó una risita traviesa que en lugar de contagiarla, la hizo sentirse muy rara.
—¿Tienes que reírte de todo? Estaba tan asustada. —Oscar sintió que algo le obstruía el pecho.
<<¿Qué haría sin ti? Sin tu exagerado instinto protector que me ha salvado más de una vez, y que al final solo logra ponerte en peligro a ti>>. Odette quería abrazarlo, hacerle jurar que jamás se iría de su lado, que no dejaría de ver nunca sus dientes grandes mientras reía, ni sus ojos tibios, cuando el mundo entero parecía odiarla. ¿Por qué siento esta gran necesidad de abrazarlo?... no vuelvo a tomar así nunca más…
—¿Estás bien? –Preguntó preocupado y sin poder evitarlo tomó su mano y la besó. —Ya pasó, todo está bien, lamento haberte asustado. –Su gesto la conmovió y la sorprendió.
<<¡Y para colmo te disculpas!>> Odette se ruborizó y no pudo evitar llorar. <<¿Qué demonios me pasa?>>. En ese momento ella no aguantó más y lo abrazó. Hundió su rostro en su cuello ancho, aspiró su aroma, y lloró allí, como cuando era una pequeña niña.
André estaba demasiado ebrio, demasiado inquieto y demasiado confundido por el comportamiento de la joven, como para desaprovechar la maravillosa oportunidad de estrecharla entre sus brazos. No pudo evitarlo y la apretó contra su cuerpo y pudo sentir sus formas, besó su frente y mejilla, depositó largos besos con la boca entreabierta en toda su cara.
—Tranquila, hierba mala nunca muere… -–Le habló oído, incapaz de soltarla.
Odette se sentía sedada por sus besos y el abrazo tan apretado en el que André la mantenía. Estaba tan cómoda que permaneció refugiada en él, hasta que se tranquilizó.
—Todo es una broma para ti. –Se soltó nerviosa, su cuerpo pedía a gritos seguir en su abrazo.
—Estoy bien Odette, de verdad.
—No lo estás, estuviste inconsciente por unos minutos, debe verte un doctor.
—No creo que sea necesario. – Respondía por inercia, porque el perfume de Odette, lo había embriagado más que el vino.
- No me lleves la contraria, te verá un médico y no se discute más.
La rubia trató de poner uno de sus brazos sobre su cuello para ayudarlo a andar, pero casi provoca otra caída. André evitó que cayera al suelo tomándola de la cintura. La tenía tan cerca otra vez, su olor invitándolo, el recuerdo del beso robado lo inquietaba, su respiración, sus benditas ganas de besarla, de poseerla en su totalidad, aunque después fuera castigado hasta el fin de sus días.
—¿Estás bien? –Logró decir muy agitado.
<<¿Siempre tuvo esos ojos?>> —pensó Odette mientras no podía dejar de mirarlos. Verdes como el campo que le da paz, tan brillantes, sus cejas pobladas y sus tupidas pestañas, su boca ancha y gruesa.
-—Sí, pero creo que serás tú quien me ayude a caminar, me siento muy mareada otra vez. Siento mucho haberte golpeado.
André la acomodó nuevamente para ayudarla a caminar.
—Tus golpes ya son caricias para mí. —le respondió André.
—No creo que te gusten tanto como otras. –dijo Odette recordando la descarada forma en que Teresa lo tocó.
—Ahora eres tú quien dice estupideces.
—Mejor ya no digas nada y ni se te ocurra volver a esa cantina, no volverás y de mi cuenta corre… –Dijo más relajada, feliz de que ambos regresaran con bien a casa.
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