Odette ya tenía diecinueve años, y se había convertido en una joven muy hermosa, con un carácter muy fuerte y exigente, por haber sido criada como un militar. André, por su parte, seguía haciéndose cada vez más apuesto, y poseía un carácter muy dulce, altruista y sobre todo, generoso con quienes necesitaban de su ayuda.
Era una tarde soleada y ambos estaban paseando a caballo. Después de unas horas, se cansaron y decidieron quedarse a contemplar el cristalino lago.
—¿Recuerdas André? Aquí mismo estuve a punto de ahogarme… —Dijo ella serena, como pocas veces se sentía.
—Lo recuerdo perfectamente.
—Éramos muy pequeños… - Suspiró ella. —Quisiera volver a ser una niña, no preocuparme por nada y, jugar como lo hacíamos todos los días. ¿No crees que hoy el lago se ve especialmente hermoso?
<<¿Hermoso?>> –Pensó André <<¿Podría haber algo más hermoso que ella en todo el mundo?>>
Con el tiempo, el muchacho había descubierto que el inmenso cariño que le tenía a su compañera de juegos, se había convertido en algo distinto y que solo ella lograba provocarle un sentimiento tan fuerte y tan intenso, que él mismo sentía miedo de confesarlo en voz alta. Protegerla siempre lo hacía feliz, porque era la única forma que tenía de manifestarle, aquello que había tenido que ahogar en el fondo de su corazón, porque no estaba seguro desde cuando la había comenzado a mirar con otros ojos.
—Sí, transmite mucha paz… —Decía él observándola con sus brillantes ojos verdes, llevaba su oscura melena sujeta en una cola de caballo a la altura de su nuca. Le gustaba todo de ella y contemplarla era su único placer, aunque eso también le producía pensamientos muy tristes.
—Estar en el ejército es cada vez más agotador, pero, al menos, tú estás a mi lado, sino sería más estresante cuidar a su Majestad, aunque ella es bondadosa, la gente que la rodea es muy mala y astuta, y la pobre es tan ingenua. <<¿Por qué siento que no me estás poniendo atención?>> – La muchacha miró fijamente a su amigo. —¿Estás bien?
—¡Sí! –Al fin él reaccionó. Estaba pensando en el inmenso dolor que algún día sentiría al verla lejos, cuando ella decidiera ser la dueña de su vida y por fin hacer su voluntad, realidad que no veía muy lejana, pues sabía que su amiga estaba por llegar a su límite. Incluso su padre podría llegar a aceptar que se casara con tal de no perderla y salvarla de cualquier peligro, después de todo, los pretendientes llegarían a diario de no ser por el carácter frío y distante que Amelie mostraba a los demás, por supuesto que André, no podía ni soñar con pretenderla.
—Volvamos a casa, ¡Hagamos una competencia! – Se levantó de un brinco y tomó su caballo, mientras André hizo lo mismo.
El joven permanecía detrás de ella, no quería hacer el esfuerzo de alcanzarla. Ver su espalda y su cabello rozar con el viento, era una fiesta para él, teniendo en cuenta que la risa que le regalaría al sentirse la ganadora de la competencia, la haría lucir aún más bella.
Pasar momentos tan agradables con Odette era un arma de doble filo. André volvió a torturarse con un recuerdo muy cercano, mientras que un joven de apellido Fersen y ella, se reunieron para tratar varios asuntos del palacio. Con profunda tristeza, tenía que aceptar que su interés por el militar era más que evidente y ante su presencia, la expresión relajada e inmutable de la mujer, se volvía tensa. Aunque le dolía la idea de que tal vez, estuviera enamorada de otro, también lamentaba que no pudiera desarrollar sus afectos por un hombre, como cualquier joven de su edad.
Una mañana, Odette buscaba a su valet pues, se sentía especialmente fastidiada luego de tener una seria conversación con sus superiores, así que practicar un poco con la espada la ayudaría a relajarse. Se dirigió a la cocina a ver si estaba allí, pero, al escuchar el cuchicheo de las sirvientas, se detuvo a unos centímetros de la puerta.
—Educado y tan guapo… –Dijo soñadoramente Mathilde, la más joven del personal a otra compañera de labores.
—¿Te lo imaginas en unos cinco o seis años? –cuchicheo otra sirvienta de la casa.
—Esos ojos verdes
—Su cabello oscuro… es tan varonil. –Dijo como si se tratara del platillo más suculento de un banquete.
—¡Tonta! – Comenzó a reír. – Eres mayor que él, en cambio yo sí que podría comerme el pastel.
—Solo por unos años… ¡Reclamo mi derecho a postular para ser su novia! – Ambas mujeres comenzaron a reír a carcajadas.
—Buenas noches. – Interrumpió Odette con fuerte voz. –Las muchachas se pusieron algo nerviosas, pero guardaron la compostura.
—¿En qué podemos servirle mi Lady?
—¿Saben dónde está André? –Dijo en un tono severo, como si estuviera mandando a sus soldados en el regimiento.
—Está en las caballerizas. –Dijo Mathilde asustada, la mirada de Odette era más seria y fría que de costumbre. Odette salió rápidamente a su encuentro.
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—Casi me matas de un susto… ¿Estás bien? –André la podía ver en todo su esplendor. Sabía que estaba molesta y, eso la hacía ver aun más atractiva.
—Ya sé lo que haces con las sirvientas de mi casa. – Dijo muy enojada. André no entendió, ya que él no hacía nada con las sirvientas de la casa, excepto ayudarlas.
—No sé a qué te refieres, explícate por favor. –Dijo muy confundido.
—¡Las escuché hablando de ti! —gritó ella.
—No estoy entendiendo nada y la verdad, es que me da la impresión de que solo quieres pelear. —le respondió André.
—¡Idiota! –Se acercó a él y, le dio una cachetada, luego ella salió corriendo.
Al día siguiente, ambos realizaban sus rutinas como si no hubiera pasado nada. Practicaban con la espada, montaban a caballo, peleaban, reían juntos, comían juntos, iban al Palacio de Versalles, todo marchaba igual entre ellos.
André la acompañaba a todos lados y para su desgracia, el valor de los admiradores de Odette parecía haber incrementado, ya que, ya no lucían tan intimidados a causa de su fama de ser una de las comandantes más estrictas de la Guardia Imperial, y sus ganas de cortejarla, eran más que evidentes. Gerodere era sin dudas el más insistente y astuto de todos, la observaba con mucha atención, siempre trataba de ser cordial y no generar tensiones. El hombre era bien parecido y eso mataba tanto de celos a André, que no dejaba de pensar en la posibilidad de que desease hacerla su esposa, lo que no sería complicado para alguien que tenía el título de Conde, como era el caso de Gerodere, además, de pertenecer a una de las familias más poderosas de la corte francesa. Aunque Odette no presentaba signos de interés alguno, André sentía la sangre hervir cuando el soldado se acercaba a ella.
En medio de sus cavilaciones, el muchacho llegó a la conclusión de que crecer, estaba siendo más difícil de lo que alguna vez imaginó. Con los años, sus sentimientos se hacían más profundos y eso, solo hacía que temiera cada vez más, que llegara el día de su despedida.
Lo más difícil del asunto, es que, a veces, Amelie se tomaba tan en serio su papel de varón, que terminaba agotada y él, era su pañuelo de lágrimas. Por contradictorio que pareciera, el dolor de Amelie, hacía más fuerte a André, pues, él tenía que resistir y tragarse sus sentimientos, para poder seguir siendo su apoyo y protector.
Cierto día, la carcajada de Odette resonó en toda su habitación.
—¿Qué disparates dices? Mírame bien, creo que todos los días envío un mensaje bastante claro, a la distinguida corte francesa. –Habló ella en tono de burla.
—A pesar de eso, tu lista de admiradores es muy larga y sigue creciendo. –Insistió André.
—Cambiemos de tema por favor, a menos que quieras pelear. —respondió Odette.
—Es que estoy harto de tener que espantarte los pretendientes. –Confesó él en un arrebato.
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