—Ya no te quejes tanto y baja con cuidado, para poder seguirte. —La rubia seguía nerviosa y no dejaba de preguntarse, cómo es que hacía para caminar con tanta seguridad en medio de la noche. Lamentó que no se haya ido de pinta con él, desde hacía mucho antes.
—Me pisaste. –Se quejó el joven. –Ten más cuidado.
—Lo siento. -Las escaleras no tenían fin. En varias ocasiones, sintió como su pecho chocaba con su espalda ancha. Comenzó a sentir un extraño calor en el rostro, y aunque se sentía protegida a su lado, no podía pasar por alto que era la primera vez, desde que eran unos niños, que estaba tan cerca de él.
Finalmente terminaron de bajar las escaleras, y salieron de la casa lo más rápido y silenciosamente que les permitieron sus botas. A lo largo del trayecto, permanecieron tomados de las manos y recién se percataron de eso, cuando cada uno montó su caballo, pero, ninguno dijo nada.
—Rápido André, te sigo. –Dijo aún avergonzada por lo sucedido.
—Sí. –Respondió aún nervioso.
Salieron galopando lentamente, para no hacer ruido, y cuando ya estuvieron lo suficientemente lejos, incrementaron la velocidad. Normalmente era André quien iba detrás de ella para cuidarla, así que esa era seguramente la primera vez, que Odette tenía la oportunidad de observarlo montar. Comenzaba a entender que sus soldados se sintieran intimidados con su presencia.
<<¿Cuándo cambió tanto?>> —Se preguntó asombrada al ver su espalda ancha, y la destreza con que dirigía a su caballo.
Cuando al fin llegaron a la ciudad, dejaron sus corceles en la tienda de unos amigos de André, entraron en la cantina, tomaron una mesa, y se sentaron uno frente al otro. Odette pensó que el lugar no se veía tan mal como quiso hacerle creer su valet. Notó que había muchas mujeres sentadas con algunos hombres muy borrachos, pero eso no la incomodó. Es más, aunque el lugar era muy humilde, el ambiente le parecía agradable, además, no tenía nada que temer si estaba con André.
—Después de todo, eres un gran mentiroso André Grandier, imaginé un lugar de terror.
—Espera a que la mayoría se emborrache.
—Ya no te creo nada. –¿Qué esperas? Pídenos un vino.
—Aquí no hay de los vinos que estás acostumbrada a beber.
—Es muy evidente y no importa.
André giró en su silla y le hizo una señal al único mozo que atendía a todos los clientes. En pocos minutos, ya tenían una botella de vino y dos copas.
—La verdad es que esta cantina tiene aires de nobleza. –Tomó ella un sorbo de su copa y le hizo una señal a su amigo, para que viera al lugar donde estaban sentados tres hombres con ropas bastante finas.
—Muchos vienen aquí atraídos por algo más que el licor que sirven. –André se terminó su copa de vino de un solo trago—. Solo dije que no venía gente de tu clase para que no insistieras más, pero no funcionó, y henos aquí. – Odette no prestó mucha atención a las últimas palabras de André. Había entendido perfectamente qué es lo que llamaba la atención de todos los hombres del lugar. ¿Ese también es el motivo de André para frecuentar tanto esta cantina?
—Ya veo, entonces… también vienes buscando eso. – Afirmó con un dejo de molestia en su voz.
—¿Disculpa? –Él casi se ahoga con el vino.
—¿Vienes a buscar un amor de una noche? —le preguntó Odette con mucha molestia. André rió a carcajadas.
—Sinceramente nunca he sido de amores de una noche. A mí solo me gusta el vino bueno y barato que sirven.
—¿Me vas a decir que nunca te has acostado con alguna de estas damas? – Odette se sorprendió por la osada pregunta que había formulado, pero pronto se le pasó, porque quería saber la verdad.
¿Estoy soñando o Lady Odette acaba de hacerme una pregunta tan íntima? – André sonrió y disfrutó de verla avergonzada—. Creo que es la primera vez que te veo sonrojada.
—No me cambies de tema. –Trató de no perder la compostura—. Mejor confiesa tus pecados.
—No sería ningún pecado. – André tomó otro sorbo de su copa y, le lanzó una inesperada y seductora sonrisa. –No he tenido nada con ninguna de estas señoritas.
Odette le hizo una señal al mozo y apenas llegó la segunda botella, se sirvió ella sola y tomó todo el contenido de su copa, la joven sentía demasiada curiosidad. ¿Será verdad que ninguna de estas mujeres es su amante?
Hábilmente, André desvió la atención de su patrona al mencionar, que después de todo, era muy agradable estar juntos en ese fin del mundo. Comenzaron a recordar su feliz infancia, lo que también dio paso a la nostalgia. La rubia comenzó a sentirse mareada, pero, no le tomó demasiada importancia al hecho, se sentía demasiado bien estar así, con su amigo de toda la vida. Todo marchaba muy bien hasta que una mujer se aproximó a su mesa.
—Buenas noches André. – Colocó una de sus delgadas manos sobre el hombro del susodicho. –Ya comenzábamos a extrañarte. – Miró hacia el grupo de mujeres que estaba cerca, éstas rieron e hicieron coquetos saludos con la mano—. ¿Qué has estado haciendo tantos días sin venir?
—Hola Teresa. – Ella se aproximó y le dio un beso en la mejilla. –He tenido mucho trabajo.
Odette no estaba muy segura de tener la capacidad, de soportar una escena de esas justo en ese instante. Estaba a punto de hablar, cuando la chica se dirigió a ella.
—¿No me presentas a tu amigo? – Teresa dudó y la observó con detenimiento unos segundos. –Perdón, tu amiga… Odette estiró la mano para saludarla.
—Soy… <
—Mucho gusto. –Teresa estrechó su mano amistosamente. –Creo que es la primera vez que te veo por aquí, aunque… me recuerdas a… - Soltó una risita incrédula.
—Rosa es una amiga de mi pueblo natal, llegó hace unos días. – André interrumpió rápidamente.
—Ya veo. Una mujer como tú no debería vestirse así. –Dijo la mujer mientras apretaba el hombro de André.
—En mi pueblo nos gusta vestirnos muy cómodas, hacemos muchos trabajos duros. – Odette vocalizó perfectamente cada palabra, se sentía incómoda al ver la familiaridad con que Teresa, trataba a su amigo.
—¡Qué interesante! – Respondió riendo y fijó la mirada en el joven. – Dime, querido André ¿no me invitas una copa?
—Ahora estoy con mi amiga, hace mucho que no la veía y no quiero ser descortés. – Dijo él algo incómodo.
—Siempre se me escapa. – Esta vez ella habló mirando a Odette.
Ahora Odette fue quien la observó de pies a cabeza, notando que Teresa era muy guapa. Tenía un cabello muy largo, casi tan oscuro como el de André y unos ojos grandes color café, su piel parecía bronceada y eso la hacía ver aún más atractiva. Comenzó a jugar con su cabello mientras miraba con insistencia a André, quien por cierto, ya no podía sonrojarse más.
—Tú debes tener novia… - Dijo la mujer haciendo un puchero. –Seguramente es muy celosa… –Deslizó su mano por la barbilla de André. –Créeme que la comprendo… -Metió la otra mano por el pequeño escote de su camisa y, logró que el joven diera un pequeño brinco. André trató de frenar la caricia con sus manos, pero Teresa parecía estar muy motivada.
Odette iba a explotar en ese preciso instante. Se puso de pie tan rápido que tambaleó y, cuando estuvo a punto de decir la primera atrocidad que se le vino a la cabeza, una botella voló en dirección a ella. Logró esquivarla pero, cayó al suelo.
André se levantó de su silla como si fuera un resorte, olvidando por completo a la otra mujer, que al ver la escena, se retiró rendida. La ayudó a levantarse y otra botella voló, comenzaron a llover botellas por todas partes. André se apresuró a sacar a Odette del campo de batalla, pero tropezó y ambos cayeron al suelo.
—Creo que a mí también se me subieron las copas. —le dijo André.
—Afortunadamente estoy anestesiada con el vino, no me duele nada. – Se apresuró a decir al ver la preocupación en la cara de su valet.
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