¿No eres feliz conmigo?

—Entonces… ¿No eres feliz conmigo?

—Claro que sí. Pero, debo hacer mi propia vida, algo solo mío y de nadie más.

—Jamás te hemos dado algo insignificante, en ningún sentido. En mi casa, todos te aprecian, nunca hemos hecho diferencias, ¿acaso tú te has sentido inferior por el trato que te hemos dado?

—No comprendes Odette.

—Entonces explícame, te hemos dado tanto y tú respondes con esas palabras que me suenan a ingratitud, ¿crees que no me importas? Me duele tanto lo que dices, pensé que las cosas eran diferentes, que estar juntos era suficiente, pero me equivoqué.

—Odette, tú también te irás en cualquier momento.

<>. —pensaba André con tristeza.

—Eso no se sabe, no des nada por sentado, podría morir mañana en batalla, y comprende que no concibo una vida en la que no estés, porque, eres parte de mi mundo, de lo que soy, o de lo que no puedo ser. —expresó Odette con vehemencia.

André nunca esperó esas palabras, mucho menos la intensidad con la que fueron pronunciadas, y quizás, hasta un poco de amor. Su expresión era de decepción, con una inconfundible dosis de enojo. Entonces, André recordó el distante beso que le robó y le dijo:

—No comprendes lo que siento aquí adentro.

Habla más claro entonces, porque pareces otro –Repentinamente, una buena explicación se instaló en su cabeza—. André… tú… te has enamorado ¿verdad?

—¿Qué?... ¿de dónde sacas eso? – Habló atropelladamente y muy nervioso de que la conversación, haya llegado a ese peligroso punto—. No hay nadie y ya basta con esto. En ese momento, André sintió que su alma había escapado de su cuerpo.

—No te creo. —respondió Odette.

—¿Qué puedo hacer para que lo hagas? Lo juro no me interesa nadie.

André, tú eres lo más importante de mi vida, la única persona en la que confío, y aunque me siento muy triste justo ahora, voy a tratar de entender que quieras marcharte y construir un futuro. Yo seré la primera en rogar que pronto halles tu felicidad, aunque esté muy lejos de mí. —Y ambos se miraron por largo rato.

Al cabo de unas horas, ya en casa André se disponía a tomar un baño frío, era el mejor remedio para soportar cada noche sin ella. Tocaron a su puerta y dio permiso para que entraran.

—Aquí está la ropa limpia que me pidió. –Dijo Mathilde.

—A veces me tuteas, pero en otras ocasiones, dejas de hacerlo, pero debes recordar que tú y yo somos iguales, así que relájate. –le guiñó un ojo.

—Es que… -la chica dudó en dar la información, pero... —Lady Odette nos ha ordenado que no debemos tutearlo, que no debemos tratarlo con tanta familiaridad..

¿Eso les ha pedido?

—Sí, de hecho nos ha ordenado a todas guardar una distancia prudente.

–Pero, André no escuchó la última frase, porque solo pensaba:

<<¿Podrían ser celos? ¡Descarta esas ideas de tu cabeza! Ella no siente lo mismo, tal vez ha reaccionado así a raíz de la conversación que tuvimos, y de alguna forma, quiere darme un lugar distinto en su familia, pero, creo que exagera. Ahora entiendo la reacción de las chicas, parecían asustadas si les hacía la conversación como normalmente lo hago>>.

—Odette exagera, pero tampoco quiero contradecirla, solo recuerda en no tutearme cuando ella esté cerca, y no se preocupen, apenas me sea posible trataré de tranquilizarla, ha estado muy estresada últimamente.

—Lo comprendo… ella es buena y respetuosa, pero creo que trabaja demasiado.

—Exacto, y gracias por la ropa, me voy a dar un baño y a descansar. Pero, Mathilde no se movió. André sonrió y entonces la joven pudo procesar sus palabras, y muy avergonzada lo dejó.

Odette buscaba a su valet, había tenido que cuidar a María Antonieta en una reunión solo para mujeres, en donde se la había pasado jugando y apostando. Se sentía hastiada de haber estado en medio de tanta frivolidad y despilfarro. Se dirigió a su habitación, porque necesitaba una buena copa de vino con su amigo. En el camino se cruzó con Mathilde.

—¡Buenas noches Miladi! –Dijo la chica más alegre que de costumbre.

—Buenas noches. ¿Sabes dónde están todos? No encuentro a nadie.

—Su nana ya está descansando, su padre salió a recoger a Madame Jarjayes, y el joven André está en su habitación.

Bien, gracias. – Mientras Odette subía, Mathilde la observaba mientras pensaba. <<¡Quien fuera ella para estar siempre cerca de André! Aunque dudo mucho que pueda aguantar su ritmo de vida>>.

Odette llegó al pasadizo en donde se encontraba su habitación y la de André. Y en ese instante, Odette caía en la cuenta de que seguramente, Mathilde había estado con él.

<>. —pensó Odette con molestia. Sin embargo trató de tranquilizarse. Tal vez solo fue a llevarle ropa limpia, o comida, cualquier pretexto es bueno para estar cerca de él.

Una extraña sensación recorrió su cuerpo, era una mezcla de cansancio e incomodidad. Al llegar a la puerta del cuarto de su amigo, respiró profundo, no quería estropear su idea de estar tranquila con él. Iba a tocar la puerta pero, le pareció escuchar unos murmullos en el interior. Presa de la curiosidad y muy molesta de imaginar que estuviera con alguna coqueta sirvienta, no contuvo sus ganas y se agachó para observar por la cerradura.

Entonces lo vio, la rubia enmudeció. La imagen de André era demasiado perfecta y sensual como para apartar la vista. Agradeció a los cielos no encontrar la llave puesta del otro lado. Se acomodó lo mejor posible y decidió observar hasta que tuviera las fuerzas de alejarse. Nunca lo imaginó, era como estar en un mundo paralelo, y de pronto sintió envidia de la afortunada que pudiera tocar el masculino cuerpo. Sus brazos torneados, sus piernas largas y fuertes, el pecho amplio y su cabello negro mojado. Sin que pudiera estar preparada, André salió de la tina, y Odette casi lanza un grito, porque no había palabra para describir, el espectáculo que estaba ante sus ojos.

Odette sintió que su cuerpo entero se ruborizaba y, cuando estaba a punto de pensar que no lograría reaccionar y salir del hechizo que había resultado ser la imagen de su amigo, éste comenzó a llorar silenciosamente, se notaba que un gran sufrimiento, se encerraba dentro de su corazón, por lo que hacía un gran esfuerzo por no sollozar.

Finalmente, Oscar se alejó de la puerta y sintió que algo le oprimía el pecho, por la angustia de pensar que algo o alguien lo hacían sufrir de esa manera.

<<¿Qué te hace llorar así? ¿qué me ocultas? ¿qué estoy ignorando? Maldita sea, André, tengo ganas de matar a quien te provoca esa tristeza>>. —reflexionó Odette estando a solas. Estaba mareada y luego de seguir rebuscando en su mente, solo pudo llegar a la conclusión de que André también estaba viviendo un amor no correspondido, como el que ella sentía por Fersen. Con esa dolorosa resolución, Odette empezó a llorar, contagiada por el llanto de André.

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