Vida en Trana

He vivido en este pequeño poblado costero desde mi huida puse una tienda hace unos ocho meses y de ahí gano suficiente para vivir, ya tengo treinta años y me parece que me veo más vieja, bueno no es que busque un novio ni nada parecido; pero sigo siendo una mujer vamos que me gusta verme bonita. A veces como hoy me da envidia ver a las mujeres con sus niños, miré a otro lado, había hecho arreglos para que le llegara una tarjeta a Mateo después de todo era nuestro aniversario, me aseguré que no podría rastrearla, lo bueno de haber pertenecido a una organización criminal como la que manejaba Ronaldo Silva es que nos crió para ser delincuentes, así que no era rastreable, ¿Mateo estaría bien?, las lágrimas volvieron a escapar de mi rostro “es lo mejor” murmuré, centré mi atención en el cielo, ese banco frente al mar me encantaba tristemente no podía acudir seguido  porque vivía un poco lejos, como no necesitaba trabajar se dió el día libre. Algunas veces buscaba noticias suyas, pero no había ninguna, era como si nada sucediera, por temor a ser encontrada no se atrevía a buscar más información.

Esperaba con todo mi corazón estuviera mejor que cuando me marché, al principio me escondí esperando que pudiera dar con mi pista, eso me aterraba, por las noches recordaba mi infancia de delincuente, las peleas, y a mis hermanos, los extrañaba demasiado, pero a nadie como a Mateo, a él verdaderamente deseaba verlo, un mal presentimiento me invadía, podría hacerse daño a sí mismo, pero ya no podía estar cerca de él, no es que me hubiera criado en el mejor de los entornos, pero sabíamos los límites uno del otro y él los rompió, no sólo al matar a la chica o serme infiel, sino al convertirse en Ronaldo, ese hombre tampoco fue malo al principio, se corrompió, mis ojos se llenaron de lágrimas, miré ese cielo estaba lleno de nubes y me deprimía aún más pensé.

-         ¿también estás triste? – esa vocecita me sacó de mis pensamientos, un chico de cinco o siete años me miraba con curiosidad, parpadeé un par de veces tratando de encontrar a sus padres alrededor – me escapé de casa – dijo el chico sentándose a un lado mío como si leyera mi mente, observé su reloj era de marca cara sin duda, fruncí el ceño, lo que menos quería era que me acusaran de secuestrar a un niño, este país era bastante bueno conteniendo a los delincuentes y si me encontraban los antecedentes estaría frita, mi identificación servía para engañar al ciudadano promedio, no a la policía y menos la que se involucraría con un crío como este.

-          Te llevaré con tus padres – dije resoplando pensando que el chico se perdió, después de todo no era común ver turistas en este pueblito

-          No, deja quedarme hasta la puesta de sol, mamá me prometió que hoy la veríamos, es mi cumpleaños – dijo el chico mostrando una sonrisa, también era el mío, eso me ablandó, lo admito

-         ¿Y tu madre? – enarqué una ceja con incredulidad

-          Murió hace un mes – el chico sollozó ahogando su voz, me dio un brincó el corazón, tan joven y sin su madre, no tuve el valor para alejarlo, no podría.

-          Está bien después de la puesta de sol te llevo a casa con tu padre – el niño asintió con la cabeza, me sorprendí a mí misma por permitirle quedarse conmigo, quizá me estaba ablandando

-          También es mi cumpleaños – le dije al chico que ensanchó su sonrisa, sus ojitos tan azules parecieron brillar un poco, hablamos un poco de todo y nada, tratando de disfrutar, incluso compartí el pastel que compré por la mañana tratando de alegrarme, hacía tanto que no disfrutaba.

Al ocultarse el sol le indiqué que era hora de volver a casa, el chico sacó una chaqueta de su mochila, estaba refrescando; me gustaba su sonrisa, hasta cierto punto me recordaba a mi Mateo, ya saben esa manera de mostrar los dientes de forma franca y sincera, sin mencionar el aura de una persona fuerte, esto no se aprende, se nace con este poder interno; estaba encantada en un modo extraño pues era la primera persona con la que hablaba por más de media hora desde que llegué a este país. Cuando le dije al chico que le llevaría a casa preguntó dos veces si estaba segura, al confirmarlo me dio su dirección y casi me desmayé.

Ni en sueños me hubiera imaginado que el chiquillo hubiera tomado dos autobuses para llegar a mi pequeño pueblo, a su edad dependía de Mateo para todo lo que concernía a mi persona, me tenía impactada por su independencia. Literalmente yo sólo le acompañaba, él me indicaba qué hacer y cómo viajar, por fin llegamos hasta la entrada de su casa la miré con asombro, era una mansión, sabía que tenía dinero debido al reloj que llevaba, pero esto me superó, se notaba que era parte de la crema innata de Trana, Mateo y yo nunca encajamos en la sociedad de Magnolia en Mirra, decían que éramos nuevos ricos y aunque vivíamos en una mansión nunca fue cerca de las familias de abolengo, el corazón latía con rapidez disparando mis alarmas internas quiero irme y rápido.

-          Bueno, ya te dejé en casa ahora toca el timbre y como buen chico entra ¿sí? – le di una palmada en la cabeza y me disponía a irme cuando varios autos nos rodearon instintivamente coloqué al chico detrás de mí, salió un hombre de unos treinta y cinco años, miraba al chico y luego a mí incrédulo y alternando la mirada.

-          Luciano ¿qué estás haciendo despierto a estas horas? – un señor mayor salió agitado de la casa lucía preocupado

-          Joven, le hemos buscado todo el día – parecía angustiado, más que el hombre frente a mí que supongo es el padre ya que se parece al niño del que apenas estaba escuchando el nombre tan a gusto estaba que no le pregunté

-          ¿Qué sucedió? – inquirió el hombre visiblemente disgustado

-          Amo Sebastián – susurró el hombre – perdimos al amo Luciano por la mañana y no sabíamos dónde estaba, estaba angustiado

-          Fui a ver la puesta de sol, donde mamá me prometió que lo haríamos – vociferó el chico – donde tú no quisiste llevarme

-          Y esta – dijo señalándome el hombre- ¿te llevó? – el niño bajó la cabeza, no me gustó su tono

-          Yo sólo lo encontré en mi pueblo y lo traje de regreso, de haber sabido que ni era de la zona le hubiera dejado en el autobús – repliqué enojada, a mí nadie me señala con desprecio – bueno chico hasta aquí llegué, estás en casa como lo prometí, feliz cumpleaños – le dije dándole un abrazo que el niño respondió, comencé a alejarme, necesitaba poner las ciudades por el medio para evitar golpear al hombre, como algunas veces antes deseé poder volar

-          No puedes irte – dijo el hombre, estaba impuesto a mandar, seguí caminando tratando de ignorarlo pero tres hombres me cerraron el paso y otros dos los acompañaron atrás, me quedé parada – vamos a la casa, señorita…

-          Me llamo Sandra Vera – le di mi nombre ficticio, creo que podría al menos abrirme un camino, pero al final decidí acompañarlos no valía la pena llamar la atención necesitaba saber con quién me topé antes de actuar

-          Señorita Vera, por aquí por favor – me indicaron, no quedó otra opción más que entrar, atravesé la reja contando el número de guardias que era alto, había cámaras de seguridad de última generación, comenzaba a sentir que este lugar no era común, establecí una posible ruta de escape, pero era improbable que lo lograra sin ser herida, decidí esperar un poco a ver que sucedía

Cuando entramos pude ver el lujo que existía en esa mansión, tenía buen gusto, el retrato de una mujer muy hermosa y parecida al chico llamado Luciano llamó mi atención, era enorme, miré al hombre frente a mí, me señaló el camino al despacho.

-          Envía a Luciano a la cama, después hablaré contigo – gruñó el padre, no estaba nada contento, pero me indicó que le siguiera

-          Si señor – replicó el mayordomo con una inclinación solemne, nos dirigimos a lo que asumí era su despacho, caminaba con paso firme y decidido rápidamente apresuré el paso

-          ¿A qué se dedica? – preguntó el hombre mientras se servía una copa de vino tinto mirándome como si fuera un bicho raro, me indicó si quería y negué, estaba mirando las ventanas y las puertas por si acaso necesitaba correr

-          Tengo una pequeña tienda en la costa – repliqué tranquila, era un mal día para llevar vestido pensé para mis adentros además era de mis favoritos

-          Un oficio humilde – indicó el hombre, lo miré retadoramente tratando de leer sus emociones sin éxito, parecía una maldita estatua

-          Pero honesto – repliqué molesta por su comentario, procuraba no moverme ni parecer nerviosa

-          Es verdad, - coincidió mirándome fijamente luego preguntó – ¿cómo conoció a mi hijo?

-          Nos sentamos juntos en la misma banca para ver la puesta de sol – repliqué aún de pie honestamente incómoda

-          Qué le dijo mi hijo – no preguntaba ni nada, así que no supe a que se refería – sobre porqué estaba solo – añadió tratando de darme una pista

-          Nada que su madre falleció hace un mes y que prometieron ver esa puesta de sol, como era su cumpleaños – me encogí de hombros, el hombre hizo una mueca obviamente se encontraba molesto, por primera vez leí una expresión en él

-          Mi esposa no ha muerto, bueno ex esposa – suspiró, abrí mis ojos, ese niño me engañó pensé sintiéndome molesta yo también, este chico era bueno engañando – es sólo que Luciano no puede aceptar que ella nos dejó por otro hombre y que se embarazó de él, no me mire así, ella misma le dijo cuanto lo odiaba hace un mes, por eso dice que murió – dio otro trago a su vino – usted es la primera mujer a la que se acerca en ese tiempo, incluso le permitió abrazarlo, ella y Luciano pasaron por un pueblo pesquero hace un año y le prometió ver junto a él esa puesta de sol, sin embargo, creo que ni lo recordó siquiera, supongo él pensó que podría encontrarse con ella allá. Otra promesa que rompe para variar, a estas alturas no me sorprende - concluyó más para sí mismo

-          Todo esto es muy triste, pero ¿por qué me lo cuenta? – pregunté curiosa porque no tenía nada que ver conmigo

-          Le ofrezco ser la niñera de Luciano – soltó de pronto era un hombre experimentado en negociaciones porque lo dijo tranquilamente como si me ofreciera mi mejor oportunidad, me sorprendí por supuesto – ha despedido dos docenas en este mes y me temo que de seguir así no podré trabajar en paz

-          No me diga que por la preocupación no puede hacerlo, ni cuenta se dio que no estaba – contesté casi sin pensarlo, intenté callarme ese fue mi problema antes, de no ser por Mateo o mis hermanos hubiera sido castigada mucho más severamente en el pasado; el hombre se puso de pie colocó su rostro hasta la altura de mi cara, buscaba intimidarme, pero si al final ni Ronaldo pudo, menos este, le devolví la mirada retadoramente, en el peor de los casos lo mataba y me iba del país tenía todo lo que necesitaba en mi bolso, desde hacía un año era así amaba mi nueva vida, pero podría reiniciar otra vez

-          Tiene razón, no me enteré, Jacobo no me dijo nada, ayer fue el primer día que salí a trabajar fuera de casa – intentaba leerme como yo a él, no le dejaría

-          Debió celebrar el cumpleaños de su hijo – reproché, yo que no había tenido una familia normal sabía lo que un niño deseaba especialmente en su cumpleaños, ser felicitado por sus padres y festejando aunque sea humildemente

-          ¿Está casada? – preguntó de pronto sacándome de mis pensamientos

-          Me separé de mi esposo – respondí evasiva, no le iba a contar la historia de mi vida ¿o si?

-          Ya veo – murmuró - ¿pero no se ha divorciado?

-          No podría – repliqué con una sonrisa de medio lado, Mateo nunca lo aceptaría y expondría mi ubicación, quizá el piense que amo a mi esposo, no me importa es la verdad, le amo, pero esa no es la razón por la cual no puedo divorciarme

-          ¿Tiene hijos? – sus preguntas comenzaban a sacarme de quicio resoplé indicándole claramente mi estado emocional

-          No – respondí categóricamente molesta

-          Acepte mi oferta, le pagaré la compra de su tienda un sueldo de siete cifras al año, ¿qué le parece? – volvió al punto, me sorprendió cómo me conducía de un tema a otro así trabajan muchos estafadores

-          Déjeme pensarlo – contesté sin mirarlo

-          De acuerdo – dijo presionando una campana, casi me reí, era como en esas películas del siglo pasado ¿dónde vine a caer? reflexioné – mi mayordomo le preparará una habitación, el hombre entró y me condujo a una habitación en la planta baja, era amplia y limpia, me sorprendió que estuviera lista, me indicaron que era para los sirvientes de confianza.

En realidad lo pensé por dos días, ¿cómo me decidí? bueno, al día siguiente Luciano llegó y desayunamos juntos, era una creatura encantadora, no podía concebir que su madre le confesara una aventura y un embarazo, mucho menos que le dijera que lo odiaba, piénsalo era su propia madre, bueno tampoco tuve mucha suerte con mis padres la verdad, yo nunca podría tener hijos y a pesar de donde me crié jamás le diría algo así a mis pequeños, lloré esa tarde como una loca al dejarlo tomar su siesta. Mis emociones se estaban apoderando de mí con una rapidez que me daba miedo porque de seguir así me involucraría.

Mientras en ciudad Magnolia Mateo “celebraba” su aniversario, con mucha bebida y música aunque sin mujeres esta vez, sus cuatro hermanos estaban a su lado, les faltaba Andrea, el verdadero nombre de Sandra, desde el día que ella se marchó el no volvió a tener una mujer, cada vez que lo intentaba la miraba a ella, y terminaba golpeando a la desafortunada llamándola copia barata, estrelló la botella que terminó en la pared y Apolo le pidió que se retiraran todos a descansar, así lo hizo, llorando por la pérdida de su esposa y odiándose por su comportamiento. La amargura y desesperación eran su única compañía junto al arrepentimiento, recibió una hermosa tarjeta virtual, al menos Andrea estaba con vida.

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