El Helgedomen se mostraba más majestuoso que de costumbre; se alzaba, en el horizonte, con un fulgor radiante de la madrugada que se anunciaba con elegancia, su estructura deteriorada se asemejaba a ruinas de grandes ciudades perdidas, de aquellas misteriosas localidades que solo se podían apreciar en fotos. El brillo del sol mañanero se ubicó con delicadeza sobre sus grandes pilares de marfil, se escondía detrás de las divinidades de yeso y jugueteaba con el jardín alegre.
Desde fuera, el Helgedomen no parecía más que una iglesia en ruinas, tan devastada por la vida misma que era triste verla, sin embargo, en sus cimientos, más profundo, había una estructura totalmente diferente; la habitación de pánico o casa de seguridad que se había construido debajo del santuario era inmenso, poseía cientos de habitaciones, grandes salones, una cocina gigantesca y baños exclusivos. No podía compararse en nada con un hotel de lujo, pues, este se quedaba pequeño ante lo lujoso que era el interior del Helgedomen. Sus habitaciones vestían un rojo opaco con detalles en negro, dándole un aire más sobrio. Los pisos eran de madera pura, bien lustrada y tan brillosa que podías ver tu reflejo en él. Era casi surreal.
Más allá de las habitaciones, pasando el gran comedor y las dos salas (una de entretenimiento y la otra de descanso), se encontraba una sala de entrenamiento, con una gran variedad de herramientas de combate; espadas, lanzas, arcos, flechas e incluso armas de fuego. Su almacén era inmenso. Al fondo, en el lugar más tétrico del Helgedomen, se ubicaba una zona poco reconfortante, los calabozos. Existían espaciosas y espeluznantes habitaciones con gruesos barrotes de hierros, cada una de estas piezas eran vastas y poco iluminadas. En cada una había unas cadenas, herramientas varias y una silla dispuesta en medio del cuarto. No era lo más hermoso del Helgedomen.
El sonido de un auto estacionarse invadió la acústica del sitio maltrecho. El primero en bajar fue el rubio de ojos azules, se veía terrible y no tenía una buena expresión. A este le siguió el muchacho de los ojos dorados y cabello rojizo, observaba todo con un rostro cansado y molesto. Finalmente, el hombre, de cabellos negros, decidió bajar con la molestia pintada en su rostro, tirando de la cadena, provocando que el último pasajero se bajara luchando por mantenerse en pie.
Thomas y Seth fueron los primeros en entrar, pero Richy se quedó atrás por la negativa del albino. El mago arrastraba al prisionero con fuerza hacia el Santuario, donde pretendía encerrarlo con las cadenas sagradas. Pero al llegar a la entrada, el albino se detuvo en seco y se negó a avanzar. Su mirada se posó en el umbral de la puerta, donde un ángel de yeso yacía en el suelo, en pedazos.
El mago lo empujó con más fuerza, tratando de ignorar las protestas del chico. Pero cada vez que lo hacía, él se resistía aún más. Finalmente, el moreno se dio cuenta de que algo andaba mal.
—¿Por qué te detienes? ¡No hay nada allí, solo un ángel de yeso! —dijo el mago con un tono de impaciencia—. Oye, mocoso, si no entras, te obligo a entrar —amenazó el hombre mostrando su puño, anunciando que estaba listo para atacar, pero el albino solo lo ignoró retrocediendo un poco, alejándose de la entrada. Este acto fue la gota que derramó el vaso. Entonces, Richy se preparó; suspiró mientras se daba vuelta, giró nuevamente y levantó su pierna con fuerza, pateó la espalda del chico haciendo que este cayera estrepitosamente por las escaleras. Para su mala suerte, Seth aún seguía en medio del camino, entonces, el albino arrasó con el pelirrojo, llevándolo escaleras abajo.
Seth estaba mareado y se fijó en el albino, quien estaba sobre él, inconsciente. Clavó su mirada afilada en Richy, quien parecía algo divertido con la situación.
—¡Gracias, Seth! —emocionó con algarabía el hombre que aún se encontraba arriba, en la entrada—. Sin ti, eso hubiera quedado peor —agregó, bajando lentamente. El pelirrojo se quitó al chico de arriba y lo observó unos segundos, estaba totalmente desmayado. Seth se giró rápidamente para encarar a Richy.
—¡En serio que tengo ganas de golpearte! —gruñó el más joven, causando una ruidosa carcajada en el hombre mayor. Eso enfureció a Seth y, sin pensarlo mucho, le propinó un puñetazo a Richy.
El lugar se quedó en silencio, uno sepulcral. Thomas observó al par con indiferencia, era así hasta que Richy estaba más que dispuesto a atacar al pelirrojo. El rubio se movió ágilmente hasta pararse entre ambos y detener a Richy; agarró su mano y la apretó un poco hasta que el hombre se soltó bruscamente y empujó a ambos para luego ingresar al Helgedomen sin importarle el estado del albino, quien yacía en el frío suelo sin consciencia alguna.
—Ah… —Suspiró Thomas al ver que Richy volvía por el chico albino, pero como no respondía, simplemente soltó la cadena y se fue de nueva cuenta—. Seth, ayúdame a ponerlo en un calabozo. Si se escapa, estaremos en graves problemas. —El mencionado asintió tranquilamente, pero desbordaba ira pura, casi palpable.
Así, el pelirrojo tomó al chico y caminó con él en brazos hasta llegar a los calabozos. Richy también estaba ahí. Seth dejó al albino dentro y luego salió, pero se quedó observando como Thomas y Richy lo encadenaban a la pared, simplemente lo empotraron la cadena a la pared, dejándola bien segura. Ambos salieron y se dirigieron a las habitaciones, mientras que Seth se quedó observando al chico que dormía en el suelo de aquel calabozo.
Seth no entendía; tenía un extraño sentimiento que lo abrumaba, oprimía su pecho con fuerza y le brindaba una sensación cálida y reconfortante, una sensación de paz que se mezcla con la incertidumbre y la preocupación. Se sentía mal, demasiado. Se dejó caer al suelo apoyándose en la pared, estaba entumecido por alguna razón. Sin más, sus ojos se cerraron enviándolo a un profundo sueño.
Se encontraba de pie, de pie, bajo el cielo nublado en una noche invernal. La nieve caía al suelo amontonándose con el resto. Sus pies estaban cubiertos de la blanca nieve. Hacía frío y una ventisca congeló su rostro. Caminó lentamente en alguna dirección y tropezó estrepitosamente cayendo sobre la nieve. Miró sobre su hombro y se encontró con el rostro sin vida de un niño, ensangrentado y con una expresión de terror. El chico se horrorizó levantándose. Estaba oscuro, pero aun así podía apreciar el rostro desfigurado que tenía en frente. Otra ventisca lo asaltó, pero esta traía consigo un mensaje: “Ya es hora…” susurró la noche y el chico cayó al suelo sin poder evitarlo.
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