Lo que tenían en frente no podía ser real. El ocaso se mostró impasible ante todo lo que estaba sucediendo en aquel lúgubre motel y las luces del sol se escondían lentamente. Seth observó con detenimiento, analizando el cuerpo que se alzaba ante ellos, con fanales rojos y una gran sonrisa.
—Es un honor conocer al chico que ha causado tanto revuelo en todos lados —habló tranquilamente el hombre. Thomas cubrió a Seth con su cuerpo y este se quedó paralizado intentando saber qué pasaba o por qué—. Seth… Lennox… un nombre apropiado. Me duele en el alma… ¡Bueno, yo no tengo alma! —El tipo se carcajeó mientras que sus rehenes no lo dejaban de ver con temor—. Soy muy gracioso…
—Maldición… —musitó Thomas, mirando a todos lados en busca de una salida. Tal vez, era la luz del ocaso o la brisa fresca que corría, pero el rubio no pudo concentrarse en su tarea, pues, unos mareos lo atacaron desprevenido. El desconocido de ojos rojos se acercó a Tom y lo analizó lentamente.
—¡Pero mira qué tenemos aquí, un mago de clan! —alarmó el tipo, regocijándose con la noticia que gritó con emoción—. Creí que estaban muertos, pero me equivocaba. Además, no eres cualquier mago… ¿No? —preguntó, mirándolo de reojo, atrapando la mirada celeste de Thomas. El rubio no dijo ni hizo nada, entonces, el desconocido se agitó molesto por no recibir respuesta—. En fin… no importa porque tu poder no puede compararse con alguien como yo, un Caballero de la oscuridad eterna—agregó sonriendo altaneramente.
—¡Lo sabía! —gruñó Thomas y creó una barrera que alejó al desconocido. Los Caballeros del Infierno no eran más que un mito para muchos, sin embargo, Thomas luchó con uno hacía ya mucho tiempo. Sabía que existían y solo salían en casos excepcionales, además de ser capaces de ocultar su aura. Richy no lo sabría porque jamás tuvo la desgracia de toparse con uno de ellos. Ahora comprendía y, honestamente, esperaba que no fueran ellos los que andaban detrás de Seth.
El rubio y Seth se desplazaron hasta el hotel. Se escabulleron dentro de las paredes húmedas y el mal olor inundó sus sentidos, obligándolos a cubrirse con sus manos—. Maldita sea, los demonios andan muy cerca de nosotros —musitó el rubio, escondiéndose en una habitación vacía. El olor a putrefacción solo significaba dos cosas; un cadáver y/o demonios de bajo rango. En esta ocasión, Thomas decidió optar por la opción número dos.
Seth atisbó a la entrada de la habitación y notó que algo se deslizaba por debajo de la puerta. Era un líquido negro que derramaba un fétido olor. El pelirrojo logró ahogar su vómito en la garganta que le dolió por la acción. Se giró para hablarle a Tom, pero la masa oscura se deslizó rápidamente hasta él y lo sujetó del tobillo. Un grito ahogado se escapó del muchacho, quien, de la sorpresa, se giró rápidamente. Thomas, mostrando su rostro preocupado, volteó su cuerpo para encontrar a Seth luchando con una extraña masa negra.
—Esta cosa apesta —se quejó el pelirrojo, pateándola con su pie libre. No ayudaba, pero intentaba algo. Sin embargo, todos esos esfuerzos se vieron opacados por la figura que empezaba a materializarse en frente de ellos. La masa se transformó en una mujer alta, de cabellos negros y ojos cafés. Vestía un elegante vestido carmín y unos tacones negros con adornos rojizos. Atrapó a Seth; sosteniendo sin mucho esfuerzo el tobillo del chico. Con nulo cuidado, lo elevó un poco, obligándolo a quedarse cabeza abajo y sentir como la sangre subía hasta su cerebro.
En un rápido movimiento, la mujer tomó a Thomas por el cuello y lo apretó fuertemente, quitándole el aire. El rubio se agitó para poder soltarse, pero ella era muy fuerte. La pelinegra sonrió morbosamente y arrojó a Tom contra una pared que se rompió por el impacto, haciendo que el hombre terminara en la habitación contigua, atrapado entre los escombros.
—Ahora veremos de qué estás hecho, Seth Lennox —sentenció la mujer, mostrándose satisfecha con la situación. Balanceó su cuerpo junto al cuerpo colgante del joven pelirrojo, y taconeó con elegancia el suelo mientras caminaba. Seth seguía mirando al lugar donde Tom había aterrizado, nada se movía y eso inquietó al chico.
El tiempo transcurrió tan lento, que Lennox pudo ver cómo su padre se levantaba en cámara lenta. Sintiéndose aliviado, el de ojos dorados sonrió al verlo de pie. Thomas se acomodó los mechones rubios que caían sobre su rostro y tomó un conjuro de su chaqueta. Cuando lo arrojó al suelo, la mujer se giró sorprendiéndose por la resistencia del moreno. Las tupidas cejas negras se curvaron y fruncieron, la respiración se volvió pesada y su enojo creció.
La mujer desconocida agitó su brazo libre hacia una esquina y Thomas voló en la misma dirección. La única diferencia, era que ella no se golpeó, pero él fue atizado contra las paredes del pequeño y maltrecho motel. Los ojos dorados de Seth se vieron angustiados y furiosos al ver como maltrataban a su protector.
—¡Detente! —Logró ordenar el chico, pero el dolor en su cabeza le impedía hacer mucho más. Solo cuando vio a Thomas caer al suelo, ensangrentado, magullado y adolorido, gritó con todas sus fuerzas—. ¡Tom! —Su ruego vino acompañado por una brisa que atravesó todo el edificio fugazmente. La mujer se sintió extraña y arrojó al chico al suelo.
El crujido de las paredes, el rechinido de los suelos y el silbido del aire los hizo mirar hacia arriba. La tierra cayó y el polvo se elevó; los cimientos se venían abajo y las paredes empezaron a colapsar. Incluso el cuerpo de aquella malévola entidad femenina se dividió en dos, soltando borbotones de sangre, salpicando el suelo y el rostro de Seth, inundando el ambiente con el olor metálico del líquido rojo, que se deslizaba a sus anchas por lo que quedaba de suelo. Sus entrañas se dispersaron por los restos y su mitad de arriba chocó con el suelo haciendo un horroroso sonido.
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