—Voy a asesinar a ese tipo —sentenció Seth, poniéndose de pie. La pintura goteaba desde su cabeza y la harina se escabullía por debajo de su camisa. Salió del oscuro cobertizo y corrió al Helgedomen para darse una ducha. Seth no sabía cómo, tampoco le interesaba, pero el refugio poseía habitaciones con baños propios y cada una de las duchas tenía agua caliente. No era lo que se esperaría de un pueblo fantasma.
Una vez dentro de su baño, se quitó la ropa y abrió el grifo de agua caliente. Al principio no lo notó, pero mientras la pintura era quitada y la harina limpiada, su nuca ardía mucho, picaba ansiosamente y dolía tanto que lo obligó a agarrarse el cuello, en busca de lo que le causaba dolor.
—¿Qué demonios? —se quejó Seth y palmeó su cuello. Al no encontrar nada, decidió salir de la ducha, envolviéndose en una toalla blanca y pisando con cuidado. Se miró en el espejo, encontrándose con un extraño brillo que salía de su marca de nacimiento. Su atención se desvió a la puerta, no porque hubiera algo ahí, sino porque escuchó una melodía clásica, extravagante, una sinfonía exótica que cautivó a Seth, durmiendo sus sentidos, poseyendo su cuerpo lentamente, apoderándose de su frágil ser.
El chico de cabellos rojizos salió de la habitación, aun con la mano en su cuello, se dispuso a buscar el origen de tan bella música. No parecía que estuviera dentro del Helgedomen, por lo que, tomó el camino hacia arriba. Subió las escaleras que daban a un escondite detrás de un santo de yeso, dentro de la iglesia. Una vez fuera del templo, continuó su búsqueda; camino hasta estar fuera del resguardo de Helgedomen y terminó parado en un cementerio. Se sintió cansado, así que miró hacia atrás y pudo ver. Allí no había nada más que bosque y una carretera desierta. Seth se volteó incrédulo, buscó la iglesia, pero no había nada más que lapidas y una senda vacía. Se observó a sí mismo, encontrándose con ropa limpia. ¿En qué momento me vestí? ¿Dónde estoy? ¿Qué demonios sucede?
No sabía qué hacer y estaba entrando en pánico al formularse tantas incógnitas, pero no poder responder ninguna. En un arranque de nervios, tomó su celular, gracias a todos los dioses que tenía de nuevo un celular, ahora más que nunca lo necesitaría. Marcó el número de Thomas y mientras la llamada era efectuada, el pelirrojo notó que alguien estaba parado a lo lejos, observándolo sin disimular. La silueta era oscura y parecía vestir traje y galera, además de cargar con un bastón. Seth se volteó cerrando los ojos. Si no lo veo, no está, concluyó. Abrió los ojos cuando escuchó la voz de Thomas al otro lado, pero solo era su buzón. Justo en frente suyo, estaba la misma figura, mirándolo y acechándolo. Seth, volvió a girarse, pensando: Oh, fingiré no haber visto eso. Su respiración se aceleró de manera drástica al sentir una respiración rozando su nuca, sus vellos se erizaron y una gota de sudor recorrió su frente. Abrió sus ojos dorados de par en par, pero intentando no voltearse. Sé que no me va a gustar lo que sea que está detrás, pero si hay algo allí, prometo llorar, se dijo, girándose con toda la valentía que se proporcionó.
Como lo suponía, no hay nadie, aseguró viendo que detrás de él no había nadie. Volvió a girarse, pero esta vez sí se encontró de frente con un hombre sin rostro. Su espanto fue tal, que su cuerpo se petrificó luego de que su rostro se desfigurase por el asombro. Terminó en el suelo, acostado y con los ojos bien abiertos. El hombre sin rostro lo saludó moviendo sus dedos furtivamente.
—Seth Lennox… —murmuró el desconocido mientras se retorcía y doblaba de manera extraña. Su cuerpo se contorneó y, tomando una pose aterradora, se acercó al mencionado. Ladeó su cabeza lentamente, haciendo sonar los huesos del cuello, mirándolo fijamente. Seth solo esperaba su muerte, su muerte inminente.
Al caer, Seth logró ver, de reojo, a un niño, parado a la altura de su cabeza. Se giró rápidamente para encararlo y palideció. No podía procesar lo que estaba pasando. ¿Por qué estoy parado, mirándome? Se preguntó al darse cuenta de que el niño era él mismo. Creyó estar alucinando y quiso cerrar fuertemente los ojos hasta despertar, pero solo atinó a retroceder del chico que era idéntico a él. Se asustó al verse levantar la mano para apuntarse a sí mismo.
Seth empezó a sudar frío cuando escuchó la voz del niño cantarle. No era porque la voz fuese demasiado angelical, no, era por la letra misma. Casi como anunciándole su muerte.
“Desesperación, te arrastras hacia mí con tu veneno y miseria.
Oh, muerte, vienes a robar con tu veneno y miseria… “
De repente, más de esas criaturas, sin rostro y atuendos tétricos, se levantaron con movimientos erráticos, veloces, lentos y descuidados. Todos y cada uno de ellos, rodeándolo, encerrándolo en aquel lugar junto al niño que seguía mirándolo con una expresión totalmente vacía. Entonces, cuando todo estuvo en silencio, desde lo más profundo de cada uno, empezó a entonarse una horripilante melodía de ultratumba.
“Muerte, muerte, muerte, la muerte te rodea, te canta suavemente.
Es una sombra que te corroe.
Sus alas te incineran.
En la noche, cierra los ojos… “
Y en medio de toda esa canción, una voz mucho más oscura, se dejó escuchar. Una voz totalmente diferente que provenía de su mente, desde lo más profundo de su mente.
“Puedes escucharlo, llamándote. Así es como se siente estar destrozado.
En la noche, cierra los ojos.
Puedes escucharlo llamándote.
Puedes sentir… las sombras arrastrándose en tu mente”.
—¡No cierres los ojos! —atinó a decirse Seth cuando sintió su mente hecha un desastre, sus ojos cansados y su cuerpo totalmente adormecido. Sin embargo, todos sus intentos fueron en vano y se rindió ante la somnolencia que le provocó todo lo que escuchaba. Y quiso, aunque sea un poco, abrazar al niño que tenía en frente. Y su brazo quedó extendido sobre el suelo al caer sin más.
—Orkestrar, un placer hacer tratos con ustedes, presentadores de la Orquesta del mal —habló una voz femenina—. Ahora, con este hijo de perra, tendremos el reconocimiento que siempre nos hemos merecido. No fue nada fácil encontrarlo, pero el mago está lejos, lo dejó sin protección —continuó mientras salía de entre los árboles. Era una mujer de tez blanca, cabello ondulado y oscuro, sus ojos eran pequeños y poseían el color del café. Se acercó a Seth y apretó su cuello duramente—. Así que, este niño es quien ha provocado tanto escándalo estos meses. —Los Orkestrar asintieron lentamente. Seth Lennox… ¿Qué tiene de especial este niño? Se preguntó la mujer.
—El señor… la señora… los príncipes están ansiosos, quieren a… Seth Lennox cuanto antes… —anunció un miembro de la orquesta. La pelinegra dejó al joven y se puso de pie. Detectó un aura imposible de analizar y eso la hizo temblar.
De repente, emergió de la densa oscuridad del bosque, un hombre. Aplaudía y sonreía de oreja a oreja. La pelinegra supo de quién se trataba, pero no le gustaba la idea de verlo allí.
—Impresionante, Nisha. No creí que serías capaz de atrapar al escurridizo muchacho —comentó él, un tipo alto, con cabellos rubios y un par de ojos rojos como la sangre misma, los cuales cambiaban de color para camuflarse. Nisha no pareció gustar del humor ajeno de aquel hombre, así que, no rio ni mostró diversión—. Ay, vamos, es un halago. Hiciste lo que mis dos mejores soldados no pudieron. Ellos eran unos inútiles, en cambio, tú eres inteligente, pequeña Nisha —explicó y caminó hasta donde estaba Seth, dormido.
—Señor, es tiempo de llevarlo. El efecto de la Orquesta no durará mucho —habló Nisha y se paró a un lado del rubio, esperando nuevas indicaciones.
—Le diré a Eidolon que venga a recogerlo. Mi hermano hará esto más rápido. Yo, por otro lado, disfrutaré de este momento de libertad antes de volver. No es fácil encontrar a un vehículo digno de mí, pequeña Nisha. —El de fanales rojizos pestañeó y cambió el color a un celeste claro. La pelinegra lo observaba con detenimiento.
—Sí, señor Belial —murmuró la chica y el rubio desapareció en un suave pestañeo. Nisha se quedó mirando a Seth mientras esperaba la llegada del Príncipe Eidolon.
La Orquesta se retiró en un silencio casi imperceptible y, pasados unos minutos, Nisha sintió el aura de alguien que no pertenecía a ninguno de su especie.
Orkestrar: Seres sobrenaturales, poco agresivos. Devoran almas de humanos, pues, son sus presas preferidas. Pueden dormir o drogar a sus presas con la música que producen al tocar unas flautas hechas de allanita pura. No se sabe por qué o cómo es que tienen este efecto sobre los humanos, pero logran sedarlos para luego sacar su alma, en raras ocasiones, se devoran la carne hasta no dejar nada más que huesos. Suelen vivir bajo tierra, pero cuando tienen que atacar, se dispersan por toda el área. Prefieren los bosques frondosos para acorralar a la presa. La melodía que crean es imposible de imitar y nadie sabe por qué, pero han recibido el nombre de La Orquesta del mal por sus efectos mortales. Son débiles, pues, nunca pelean cuerpo a cuerpo y son muy lentos, además, solo necesitas cubrirte los oídos para contrarrestar su ataque.
Nivel de peligro: Medio.
Allanita: Mineral de tierra rara. Es de color negro y se ubica en los silicatos.
Cierre del primer arco: Cuando se cierran los ojos.
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