4.2

Seth, aun aguantando los mareos que le vinieron de repente y la extraña sensación de culpa, corrió a salvar a Thomas, quien seguía inconsciente. El pelirrojo tomó a su padre y lo arrastró fuera del edificio que se venía abajo. Al mirarlo desde afuera, era mucho peor; toda la edificación había sido cortada por la mitad limpiamente, sin error, sin vacilación. Oh, por Dios… susurró en silencio el muchacho cuando vio que la estructura estaba por caer justo encima de ellos, y no se movió. Por alguna razón, su cuerpo estaba derrengado, aturdido y horrorizado como para levantarse y correr.

Entonces, el edificio cayó sobre ellos.

Las horas pasaron y el crepúsculo se alzó con majestuosidad exagerada, por los picos de las montañas renegadas. La celosa oscuridad se abalanzó y cubrió con su belleza los campos nevados y las ciudades despreocupadas. Nadie lo sabía, nadie lo notaba, pero esa noche estaba atormentándolos en silencio. Algo estaba roto, estaba fuera de lugar y desestabilizado.

Hubo un par de orbes celestes que miraban la noche sin estrellas, sin luna, solo para darse cuenta de que ya era tarde. Se deslizaron hasta su costado, viendo el cabello rojizo de su acompañante, cubierto de polvo, manchado por la tierra y masacrado por el golpe. El cuerpo entumecido se removió debajo de los escombros, incómodo, molesto y desganado. Notorios eran los golpes en su cuerpo, pues la piel se mostraba magullada y sangrante, la ropa estaba desgarrada en varias partes y eso provocaba más suciedad en las heridas. Cuando se quitó de encima los escombros, se sentó deshaciendo el sello protector que logró conjurar antes de ser aplastados por el edificio.

Gruñó por lo adolorido que estaba su cuerpo y su alma, no iba a poder usar magia durante varios días. Se excedió y lo sabía, pero no iba a dejar que lastimaran a Seth. Tampoco fui de mucha ayuda… se burló de sí mismo el rubio. Por fin se puso de pie y fue directamente a donde estaba Seth. Levantó unos cascotes y los arrojó para poder levantar el cuerpo inmóvil del chico, del cual, todavía mantenía el sello protector sobre sí.

Entre que lo levantaba e intentaba no caerse, divisó algo a lo lejos, una sombra que veía todo desde lejos. No tenía ningún tipo de emoción, ni siquiera podía analizar su aura. Sin embargo, lo que sí notó fue un brillo dorado que se desvaneció junto a la sombra. Fue extraño, pero realmente majestuoso. Thomas creyó estar soñando, incluso se planteó la idea de estar muerto, pues nunca había sido testigo de un brillo tan fuerte y, ni mucho menos, de uno dorado. Las especies más destacadas de la naturaleza sobrenatural eran los magos, pero ellos no tenían ese tipo de brillo. Y si eran residuos, no quería ni imaginarse lo potente que era esa magia, sin embargo, eso era imposible; no existe ningún tipo de magia de color dorado.

—Eso fue muy extraño —cuestionó Tom, aún aséptico a la situación, terminó de cargar a Seth y caminó. No tenía rumbo fijo, pero necesitaban alejarse de ahí. Sus piernas estaban fatigadas y el chico no despertaba, así que las obligó a caminar; pisando fuerte y respirando con dificultad. Temía por su pronta caída y posterior desmayo, temía por los que rondaban cerca y temía por la vida de su hijo. Levantó el rostro preocupado y pudo ver a alguien que corría hacia ellos. Thomas, con toda la fuerza que le permitió su cuerpo, dejó a Seth en el suelo y preparó un conjuro. Lo arrojó al suelo, rogando porque funcionará, pues sus niveles de fuerza y potencial mágico estaban por los suelos. Cuando estuvo a punto de sobre exigirse, escuchó una voz molesta y preocupada, tan conocida que lo alivió profundamente.

—¡Ni se te ocurra atacarme, imbécil! —protestó Richy, quien se acercaba a pasos apresurados. Sus cabellos color marrón con algunas canas señalaban su edad, su extraño caminar delataban su manía por ser diferente y sus ojos grises fueron testigos de desvanecimiento total del poder de Thomas, quien se desplomó junto después de ver el rostro de su mejor amigo—. ¡Demonios! —se quejó al verlo golpear el suelo.

El viejo Richy cargó al menos pesado primero, o sea, Seth. Lo arrojó al auto con la delicadeza que no caracterizaban a Richy. Fue en busca de su mejor amigo y, sin querer, pisó el conjuro. Por su frente se deslizó una gota de sudor frío, se mantuvo quieto esperando a que no fuera una trampa de Tom. Pero, era justamente eso; la trampa se activó lanzando un rayo justo a la ubicación de Richy. Este se cubrió con un escudo negro, eran los únicos que podían soportar el poder de Thomas. Aun así, algo atrapó su pie, obligándolo a desmaterializar su escudo, lo que provocó que fuera golpeado duramente, quedando cubierto de tierra y despeinado.

Cuando se recuperó, se puso de pie gritando—. ¡Me alegra que no te mataran, infeliz porque lo haré yo! —sentenció el hombre mientras caminaba hacia Thomas. Lo agarró del cuello de la camisa, pero lo soltó rápidamente, golpeándolo en el proceso—. Maldito infeliz…

Finalmente, lo subió a la parte de atrás del auto plateado, porque Richy no dejaría que nadie se sentara en el lado del copiloto, nadie que no fuera su perrita, Molly, una Rottweiler muy protectora con sus allegados, pero sobre todo con Richy, pues él la cuidó desde la fatídica muerte de sus antiguos amos en la Guerra de Heaven Grove. Sin nada más que recoger, se puso en marcha. Su objetivo: Helgedomen.

El pueblo fantasma de Heaven Grove se mostraba iluminado por los rayos débiles del sol de invierno. La luz se coló por las rendijas de las ventanas y se escabulló por todo el lugar. Se podían apreciar grandes imágenes de divinidades, bañadas por el sol mañanero de aquel día. El lugar de los fieles, masacrado por el pecado.

La nieve había cubierto gran parte del gran jardín y ocultó los horizontes. La tenue luz del sol logró escabullirse hasta una estructura desteñida y maltratada, con solo una parte en pie, hundida en escombros y un bello ángel de yeso sin alas. No había entrada, al menos no una convencional; bajando por la escalera sobreviviente, se llegaba al interior de aquella estructura, la cual solía ser una iglesia.

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