-- Franco Bennati--
Me pareció muy divertida la cara de la sirvienta cuando Leonid la compró, aunque su altanería es algo que me ha dejado sorprendido. Debo admitir que tiene coraje, nadie se atreve a hablarnos de esa forma y menos una mujer. Leonid y yo tomábamos whisky en la sala mientras hablábamos sobre todo lo que logramos en nuestra infancia, hasta que ella bajó. Su pregunta me causó mucha risa. Cuando mi amigo se levantó y ella se dispuso a caminar hacia la salida, la acorralé en la puerta.
- ¿Qué demonios te pasa, bastardo? - me empujó.
- Ahora sí pareces todo un bombón - la solté con brusquedad y salí riendo.
¿Por qué la acorralé? No lo sé, solo sentí ese impulso de molestarla. Ninguna mujer me ha sostenido la mirada y menos con odio como lo hizo ella. Veamos cuánto tarda en doblegarse.
- ¿Vitto? - pregunté.
- Sí, Franco - contestó.
- Creo que nos daremos unas vacaciones en Rusia. Prepara todo, regresaremos con mi amigo - en su rostro se podía ver la oscura mirada que lo caracterizaba.
- Franco, ¿puedo darte un consejo? - preguntó Vitto al notar lo que sucedía.
- ¿Tú darme un consejo? Bien, veamos qué tienes - decía Franco con evidente burla.
- Franco, te conozco desde hace muchos años. Sé perfectamente bien el significado de esa mirada. Es verdad que la mujer tiene una belleza inigualable, pero le pertenece a Leonid aunque sea solo por diversión. Si ambos no se dan cuenta, terminarán destruyendo el mundo por una simple mujer - dijo Vitto mirando a su jefe.
Franco sabía que había verdad en sus palabras, pero ni a él ni a Leonid les gustaba la mujer para algo más que diversión. No creía que llegara a tanto, así que hizo caso omiso al consejo de Vitto y solo asintió en respuesta.
- Vamos, nenas, las haré gritar mi nombre toda la noche - ordenó Franco a las dos rubias que se encontraban sentadas una a cada lado del apuesto hombre.
Le guiñó un ojo a Irina y se levantó sonriente. Esta solo volteó sus ojos en total desagrado. No podía negar que ambos herederos eran realmente guapos, pero totalmente desagradables y altivos. Aunque de los dos prefería estar con Leonid, este solo la quería como acompañante. En cambio, Franco la veía con una mirada que irradiaba oscuridad. Estaba tan enojada e impotente por su vida que copa tras copa la hicieron ir perdiendo la cordura y sin darse cuenta arrastró a Leonid a la pista y comenzó a bailarle sensualmente.
Creo que ya te diste cuenta de lo irresistible que soy - decía éste acercándola más a él.
Sí, sí, eres el mafioso más guapo, pero eres hip... hip... un bastardo - pronunció con dificultad.
Bueno, me gustan las mujeres que no les da miedo decir lo que piensan - susurró en su oído.
Irina sintió cómo se le erizaba la piel al sentir el cálido aliento de Leonid. Cuando la música se volvió más movida y se giró, las copas ya comenzaban a jugarle sucio. Miró detenidamente a Leonid como si estuviera viendo un ángel y dijo:
¿Kole volviste? Sabía que no me dejarías - y colgándose del cuello de Leonid estampó su boca con la suya en un beso desesperado.
Este abrió sus ojos con asombro. ¿Quién demonios es Kole? se preguntó así mismo mientras fruncía el ceño, pero aún así no apartó a la mujer de labios rosados que lo besaba con desesperación. La atrajo más hacia él profundizando el beso. Luego de que se separó, la condujo al auto donde se dirigió de vuelta a la mansión y entre besos y caricias terminaron en su habitación.
Kole, mi amor, hazme tuya otra vez, aunque sea por última vez - pronunciaba ésta con voz dulce mientras desabotonaba la camisa de Leonid.
Pero éste se sintió humillado, empujó a la mujer hacia el otro lado de la cama enojado.
No te haré mía mientras gritas el nombre de otro. Ahora duerme - ordenó.
Irina cerró sus ojos de inmediato cayendo en un profundo sueño. Frente a ella otra vez se encontraban las dos personas que habían asesinado a sus padres. La apuntaban con el arma.
- ¡NOOO! - gritó y luego despertó.
Por las ventanas se asomaban los destellos de los relámpagos. La mañana estaba fría, tal cual aquella noche de verano. El cielo estaba totalmente gris, parecía un día deprimente. Se sentó en la cama sosteniendo su cabeza. Ésta dolía intensamente. Se quedó así unos minutos hasta que una voz gruesa la hizo saltar del susto.
Por fin despertaste. Comenzabas a aturdirme con tus gritos - reclamó Leonid sin expresión.
Estaba sentado en un sillón en una esquina de la habitación. En una mano sostenía el periódico y en la otra una taza de café. Su pecho estaba totalmente descubierto. Se podía apreciar con detalle su abdomen tonificado. El tatuaje de una línea de estrellas adornaban un lado de su abdomen y lo hacían ver extremadamente sexy.
"Sabía que era atractivo, pero no pensé que tanto", dijo con media sonrisa sin apartar la mirada de su taza de café.
Las mejillas de Irina se calentaron de inmediato al darse cuenta de que lo había estado mirando como tonta por demasiado tiempo.
"Ya quisieras", contestó ella con voz fría. Se levantó de la cama y, al darse cuenta de que estaba en ropa interior, casi sufrió un paro cardíaco.
"¿Por qué estoy sin ropa? ¿Fuiste tú? ¿Te aprovechaste de mí?", preguntó.
"Más bien, tú intentaste aprovecharte de mí. Tranquila, cuando pase, será porque tú me ruegues que esté dentro de ti. Ahora dime, ¿quién es Kole?", pronunció él, posando su mirada en ella.
Irina casi se ahoga con su propia saliva tras la mención de ese nombre. Recuperó su postura y contestó: "No es nadie de tu incumbencia". Luego de eso, se enrolló en una toalla y se dirigió a la otra habitación.
"Aunque no quiera decirme, lo averiguaré", se dijo a sí mismo.
EN ALGÚN LUGAR DEL MUNDO
Un hombre de edad avanzada se encontraba en una llamada de larga distancia.
"¿Lo lograste?", preguntó el anciano.
"Por supuesto, abuelo. El plan salió a la perfección", contestó el otro.
"Bien, es hora de recuperar lo que te pertenece".
"Todo a su tiempo, abuelo. Primero necesito ganarme su confianza, pero no seré yo quien los destruya, sino su ego".
"Cuídate. Ya sabes que a donde vayas, no estás sola. Ben está muy al pendiente de tus pasos".
"Lo sé. Adiós".
"Hijo, dentro de muy poco se volverá a alzar tu sangre. En su mirada puedo ver la tuya: dedicación, coraje y ni una pizca de miedo. Es hora de retomar las riendas del negocio familiar, y ella lo está logrando sin problemas", hablaba el anciano frente a una lujosa lápida bañada en oro blanco
--Franco Bennati --
Las palabras de Vitto seguían rondando en mi cabeza. ¿Podría una mujer desatar el caos y acabar con esta amistad y sociedad de años?, se preguntaba. Por supuesto que no. Es solo una mujer cualquiera. Además, no me gusta, ni a Leonid, y mucho menos le agradamos a ella.
Me sorprendió cuando la vi salir de la habitación de mi amigo envuelta en una toalla. Creí que lo odiaba, pero lo que más me extrañó fue la molestia que sentí al verla salir de esa habitación y de esa forma.
"Parece que te divertiste", le dije.
"Eso a ti no te importa, quítate del medio", exigió Irina.
La molestia de Franco se hizo más evidente. La acorraló en la pared y la apuntó con el arma, pero aún así Irina no tembló.
"Veremos cuánto te dura la valentía", exclamó.
La hizo a un lado y se perdió en el pasillo. "No dejaré que una chiquilla estúpida se burle de mí. Cuando la tenga en mi cama rogando por más y a mis pies, la haré pagar su osadía".
"¿Encontraste algo?", preguntó Franco.
"No, ¿y tú?", contestó Franco sentándose en el comedor.
"Sí, al parecer todo va más allá de nuestras fronteras. Las órdenes vienen de afuera".
"¿De afuera? Así que alguien quiere destrozarnos. Hay que acabar con él".
"Así es. Mañana regreso a Rusia. Podré trabajar desde allá".
"¿Te llevarás a la mujer?", preguntó Franco curioso.
"Obviamente sí. Sé que pronto caerá a mis pies", contestó Leonid.
"Sabes amigo, pensé en tomarme unas cortas vacaciones en Rusia", en la cara de Franco se podía ver la determinación por poseer a aquella mujer.
"Me parece bien. Quiero mostrarte la Zona Roja. Sé que te encantará", respondió con una sonrisa neutra.
Irina escuchaba desde la puerta sin querer entrar al comedor. ¿Qué carajos es la Zona Roja? Se llenó de intriga y aunque no quería compartir la mesa con aquellos dos, el hambre la obligó a hacerlo. Miró a ambos lados pensando dónde sentarse, si al lado de Franco o de Leonid.
"Ven, siéntate a mi lado", ordenó Leonid facilitándole la situación.
Se sentó junto a él sin mirarlo. Los ojos de ambos mafiosos estaban sobre ella.
"¿Pueden dejar de mirarme? Parecen idiotas", pronunció.
"Más te vale que aprendas modales si no quieres que te los enseñe yo", contestó Leonid tomándola de la barbilla con fuerza.
Cuando la soltó, pudo notarse el enrojecimiento por la fuerza que este había aplicado. Franco sólo sonreía con satisfacción mirando la escena.
"Eres un maldito", gritó furiosa.
"Parece que te mereces un castigo. Te enseñaré a respetarme", dijo Leonid.
Se levantó de su asiento y la subió en su hombro como un bulto de arena, y sin esfuerzo caminó.
"No quiero que nadie me moleste", ordenó dirigiéndose escaleras arriba.
Le enseñaría a esta niña a respetarlo de una vez por todas, pero no la forzaría. Eso estaba en contra de sus principios. La haría rogarle que la tomara, la haría rendirse ante su tacto hasta que suplicara por más.
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Comments
Elizabeth Ruiz
esta buena se las recomiendo
2023-05-16
4
Elizabeth Ruiz
excelente novela
2023-05-15
1