Capitulo 2

Los Ángeles, California.

6:45 pm.

Irina se cayó de la cama tras el susto por el fuerte golpe en la puerta. Su hermano Filiphs gritaba del otro lado que ya era hora de preparar la cena para el asqueroso hombre al cual había sido vendida por su hermano adoptivo. Aún recuerda claramente cuando asesinaron sin piedad a sus padres. En ese entonces, Irina tenía apenas unos diez años. Las personas que estaban frente a ella la apuntaban con enormes armas y cuando pensó lo peor, uno de ellos la tomó del brazo dirigiéndola hacia la puerta trasera. Solo le dijeron: "¡Vete!" Y eso fue lo que hizo. Corrió tanto como pudo llorando. Había quedado sola. A la mañana siguiente, servicios sociales la llevó a un refugio para niños desamparados donde dos años después fue adoptada por una familia amorosa. La mujer le dio mucho amor, pero tanto ella como su esposo estaban desahuciados. Cuando Irina cumplió 17 años, ambos dejaron este mundo, quedando así en manos de su hermano Filiphs, quien la vendió a un asqueroso viejo de unos cincuenta y dos años, el cual la tenía como sirvienta por haberse negado a casarse con él.

Irina era una joven de tez blanca, con labios rosados y ojos marrones. Su larga cabellera castaña la hacía parecer toda una belleza y sus largas piernas seguidas de unas curvas de infarto, lo cual atraía a viejos despreciables como el que ahora trabaja.

Llevaba en su mano una bandeja con pollo guisado y vegetales. Tocó la puerta del despacho del viejo Drake y, con desagrado, ingresó dejándola en la mesa de té. Caminó hacia la puerta, pero un brazo canoso se interpuso.

-Acompáñame, Irina- ordenó el viejo.

-No tengo hambre, gracias-.

-Es una orden, no una invitación. ¿O quieres terminar como tu estúpido novio?- sonrió.

-Eres un maldito. Asesinaste a Kole solo por tu asquerosa obsesión y eso hace que más te odie-.

-Eres una zorra- la abofeteó.

Drake tomó a Irina del cuello con fuerza y la aventó a un largo sillón junto a la ventana del despacho. Se subió encima de ella y rasgó el uniforme de sirvienta que esta poseía.

-¡Súeltame, desgraciado!- gritaba mientras pataleaba.

-Quieras o no, serás mía, zorra. Así como lo fuiste de Kole-.

La puerta se abrió de golpe, lo que distrajo al viejo. Irina aprovechó y tomó un buda que adornaba el centro de la mesa. Golpeó al hombre, el cual de inmediato cayó al piso inconsciente.

-Vaya, parece que te me adelantaste- pronunció Leonid mientras verificaba si el hombre seguía con vida.

-¿Quién es usted?- preguntó esta de forma amenazante mientras sostenía el buda dispuesta a usarlo.

-Tranquila, no soy tan descuidado como este vejete traicionero. Andando- la tomó del brazo con brusquedad dirigiéndose a la sala donde tenían a varias personas de rodillas.

-Hermano, creo que te confundiste de persona- decía Franco burlándose.

-No vas a creer, esta belleza se nos adelantó. El bulto de grasa está tendido en la alfombra- reía.

-Con que así es el asunto, creo que merece un castigo por robarnos la diversión- agregó Franco.

-¡No! ¡Soltadme, bastardos!- gritaba Irina furiosa, lo que sorprendió a aquellos desalmados.

-Y también hay que enseñarle modales, ¿no crees? Ya sé, esta se irá conmigo. Veamos cuánto dura trabajando para mí en la mansión- pronunció Leonid con una mirada oscura.

-Bien, cuando te canses de ella, me la prestas, amigo- riendo.

En ese instante, Filiphs decidió abrir la boca para defenderla, lo que sorprendió a Irina.

No pueden llevársela, señor. Hice lo que me pidió, les entregué al espía. Ella es mi hermana - agregó este.

- ¿Cuánto quieres por esta mujer? Si me la vendes, te perdonaremos la vida - preguntó el comprador.

Irina se tensó al escuchar aquellas palabras. Sabía que Filiphs no se preocupaba por ella, solamente le importaba el dinero. Al escuchar aquellas palabras, se enfureció aún más.

- Si me da un millón de dólares, puede hacer con ella lo que quiera, señor - contestó Filiphs.

- Ya nos entendemos mejor - dijo Leonid con una sonrisa siniestra.

- Maldito Filiphs, soy tu hermana. La voluntad de nuestros padres era que me cuidaras, no que me vendieras al mejor postor - reclamó Irina.

- Ya sin tanto drama, cariño. Andando - dijo Franco.

- Lleven a mi nueva mascota a la mansión y encárguense de dejarla muy bien. Quiero el vestido rojo. Tiene buenas piernas. Esta noche celebraremos en el club. Ah, y cortenle la cabeza al bastardo. Se la llevaré a mi padre - ordenó.

- Sí, señor. Andando - a rastras fue llevada Irina mientras maldecía a su hermano.

- ¿A dónde me llevan? - preguntó.

- Tiene que vestirse para acompañar a Leonid - contestó Rocco sin expresión. Le daba un poco de pena la mujer, pero no podía hacer nada.

- Me niego a salir con esa basura - protestó Irina.

- Bien, si quiere quedar sin cabeza, es su decisión. Solo le digo que él no tendrá piedad - advirtió Rocco.

- ¿Qué? Pero no hice nada - se defendió Irina.

- Él la compró, ahora le pertenece. Solo obedezca si quiere seguir viva - sentenció Rocco.

Resignada, no le quedó de otra más que aceptar. Cuando llegaron a la mansión y fue encerrada en una habitación, no pudo evitar llorar. Esta le recordaba la casa donde habían sido ejecutados sus padres. Bien sabía que su padre no era un santo. En su sangre corría el legado de un asesino, pero no quería pensar en eso.

Sobre la cama había un vestido rojo corto con apertura en la pierna y escote en la espalda, también unos zapatos que hacían juego. Se duchó y colocó el vestido. Tocaron la puerta y una mujer joven ingresó informándole que ya era hora de irse.

- No quiero ir. No seré el juguete de ese imbécil - protestó Irina.

Señorita, si no baja ahora mismo, le aseguro que la pasará muy mal. Por favor, obedezca. - suplicó la joven.

Tras un suspiro y sin más opción, caminó escaleras abajo. En la sala estaban los dos idiotas tomando whisky como si nada, hasta que notaron mi presencia. Ambos me miraban sin expresión.

- ¿Tengo algo en la cara? - preguntó con evidente molestia.

- ¡Andando, niña! - ordenó Leonid.

-- Leonid Zaytseva --

Cuando supe que volverían a unir a los cazadores después de tres años sin vernos, me alegré. Franco y yo somos imparables. Sabía que nos divertiríamos como en los viejos tiempos. Rodarían cabezas y correría sangre despreciable. ¿Qué más se puede esperar de nosotros? Después de todo, fuimos criados para ser despiadadas máquinas de matar. Llegué a Los Ángeles e ingresé a la mansión. Y ahí estaba, como siempre, afilando algunos cuchillos.

- Hermano, veo que ya preparaste tus juguetes.

- Bueno, ¿para qué perder el tiempo? Quiero disfrutar antes de regresar. Ya sabes, un par de zorras no estaría mal - decía mientras lanzaba un cuchillo a su amigo, quien lo atrapó sin problemas.

- Tenemos dos horas antes de proceder. ¿Qué tal si practicamos puntería?

- Como en los viejos tiempos. ¿Qué esperas? Te has vuelto algo lento, hermano - rió Franco.

Había un salón de tiro en la mansión. Estos practicaban con sus armas de fuego y sus cuchillos. Después de una hora, Rocco informó que ya todo estaba listo para iniciar.

- Leonid, el viejo está en su casa. Hay poca seguridad. Será fácil - informó Rocco entregándole su arma.

Era una Heckler & Koch VP9, con empuñadura de oro y personalizada con el logotipo de los Zaytseva. El nombre de Leonid relucía en la punta del arma. Era un modelo único y amenazante sin duda. Tomó el arma y la colocó en su espalda. Él y Franco llegaron a la enorme casa de Drake, quien por años había sido el encargado de los clubes que tenían en Estados Unidos. Pero el viejo se había vendido al enemigo. En pocas palabras, había firmado su sentencia de muerte. Llegaron al lugar acabando sin problemas con la seguridad. Rocco y Vitto se encargaron de los empleados, mientras que Leonid fue en busca del traidor.

Pero para su sorpresa, una joven mujer de aproximadamente unos veinte años se les había adelantado. Lo que le impresionó fue que era la única que no se había intimidado ante él, lo que le pareció divertido. Por lo que decidió comprar a la osada mujer, quería ver cuánto tardaba en temblar de miedo ante él. Pero cuando la vio bajar las escaleras con ese sexy vestido, quedó inmediatamente impactado por su belleza, a lo que solo pudo decir:

"Andando, niña".

Con brusquedad, la empujó en el asiento de atrás. Le enojaba el solo hecho de que hubiera podido llamar tanto su atención. Solo era una mujer más del montón, que sería útil solo por un par de noches. Condujo hasta uno de sus clubs seguido de cinco camionetas, como era lo habitual. Al llegar, Franco fue el primero en bajar. En la entrada lo recibieron dos rubias con muy poca ropa y se perdió en el largo pasillo con luces rojas. Leonid abrió la puerta del auto y de un jalón sacó a la mujer que hace un momento y ahora sigue robando su atención, pero no lo demostraba.

"Espero que sepas comportarte, porque de lo contrario te aseguro que no te gustará nada tu castigo", pronunció con media sonrisa mientras colgaba a la mujer de su brazo.

"Imbécil", susurró Irina.

"¿Qué dijiste?", preguntó con el ceño fruncido.

"Nada, que entremos".

"Eres testaruda y eso me divierte, niña".

"Mi nombre no es niña, soy Irina", pronunció con obvia molestia, lo que sacó una sonrisa de Leonid.

"Bien, Irina. Mientras más mal te comportes, peor te irá, así que te aconsejo que me obedezcas", dijo arrogante.

"Pues veamos cuánto tardas en matarme, estúpido mafioso, porque no te la pondré fácil", afirmó.

"Perfecto, me gusta tu reto", la acercó con fuerza hacia él e ingresaron al club.

En la parte alta había una zona exclusiva en tono rojo y negro. En el centro había dos asientos en forma de trono rojos con asientos de cuero fino y el resto del lugar tenía paredes rojas y negras. Leonid se sentó en uno de los asientos y de un jalón sentó a Irina en sus piernas, quien lo veía con desagrado.

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Comments

Elizabeth Ruiz

Elizabeth Ruiz

me gusta la novela ya quiero leer más capítulos

2023-05-14

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