NEGATIVO

Estaba sentado en su casa y miraba la televisión como cualquier otro día. Su día había iniciado como siempre había querido y todo parecía marchar de la misma manera.

A las 8 am, 2 horas antes de la exposición, despertó mientras la alarma interrumpía su sueño. Había tenido un sueño hermoso con su amada, que dormía justo a su lado con los ojos cerrados y su cara tan bella como el día en que la conoció. En aquel sueño, él disfrutaba de su casa, ubicada a orillas de una colina que sobrepasaba por algunos metros las nubes y en cuyo pie se encontraba un lago rodeado de montañas que ofrecía una vista impresionante. Ahí estaban ellos, dos criaturas más pequeñas, resultado del amor de dos almas que mutuamente deseaban una vida y una historia.

Cuando sonó la alarma, despertó y miró a su alrededor, admirando la siesta que tomaba aquella razón de su felicidad y esperanzado de darle a su pareja esos hijos con los que había soñado hacía unas horas. De buen humor se levantó de la cama y comenzó a cocinar una carne sabrosa y jugosa, que se había empezado a vender en la ciudad a un bajo precio. Marinándola en salsa de soja con vinagre y limón, decidió hacer un platillo delicadamente exquisito para su esposa que estaba a minutos de despertar.

Prendió la flama bajo el sartén, movió el aceite caliente por todo el recipiente y, como chef profesional, lanzó el filete, haciendo el sonido tan peculiar del aceite hirviendo sobre la carne y debajo de ella. La carne estaba lista y la mesa preparada, unas velas rojas y cortinas negras que no permitían la luz del sol dentro de la habitación adornaban el hermoso escenario para crear vida, en un sofá reclinado y ondulado especializado para dicho acto.

Cortó delicadamente la carne y comió un trozo de la misma, pero se llevó una sorpresa desagradable: estaba mal cocida. Un ligero dolor de dientes comenzó a brotar por una cortada en su encía y, por accidente, también mordió un hueso afilado que cortó su mejilla.

A las 10:30, cinco minutos después de la exposición, una vez cocida nuevamente aderezada con especias y salsa sobrante del marinado, dos copas de vino tinto acompañaban los platos. Aquella cena sin duda traería, con el amor de su vida, la razón de que se aferrase a la vida; un hijo. La esposa se levantó por fin y la cena estaba lista, pero no le mencionó que la carne estaba mal cocida como la primera vez. Ambos comieron y, satisfechos, seguían conversando bajo la luz de las velas rojas.

A las 14:52, cinco horas después de la exposición, una copa de vino inició una conversación torpe, la segunda hizo que hablaran sobre cómo se conocieron, la tercera narró lo que sucedía en sus vidas, la cuarta mencionó su futuro y cómo deseaban que fuera. Al terminar la quinta copa, los dos se miraron fijamente con deseo, con lujuria, con amor. Ambos estaban alcoholizados y los besos sonaban por toda la habitación, al igual que en la cabeza oscura al tener los ojos cerrados que se sentía en el corazón.

Las manos bajaban por las cinturas y los labios danzaban al ritmo de un ebrio cerebro con mala presencia motriz. De pronto, la ropa comenzaba a desprenderse como la corteza de un árbol de eucalipto rojo. Los cuerpos desnudos comenzaban a crear vida y los latidos del corazón eran la melodía de las trompetas. Ella había comenzado a rasguñar la espalda de él, él comenzaba a dar ligeras mordidas por su cuello. Ella en un momento lo jaloneaba de un lado a otro mientras la semilla estaba siendo implantada en sí, él solo esperaba el momento en que la tierra había sido bien removida.

Después de un rato, ella mordió su labio y este sangró. Él mordió su cuello y de igual forma, un trozo de piel se desprendió. Ella rasgó su costilla y sus dedos tocaban el corazón, él mordía su yugular y se ahogaba en la pasión de la sangre con sabor a vino tinto. Ella metió su mano por la herida ya antes abierta y sacó su intestino grueso, rompiéndola en dos por donde la comida procesada hacia todo un espectáculo con el ácido estomacal y la sangre que de él salía. Él, sin sentir dolor y estar alcoholizado, danzó con el cuello de su amada, mientras ella dejaba ir su lengua en la mandíbula de él, y ella al mirarlo aplastó sus ojos cuando él le tomó su cabello y dobló su cuello con el que danzaba. Después de un baile lento, los dos cayeron al piso, abrazados y juntos, a soñar eternamente con sus hijos, quienes serían bellos y hermosos, pero como eso, un sueño.

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