Había sido especialmente necesario ese cariño y apoyo incondicional, de ella, de Tina y de Sharon, para superar el amargo sabor que le había dejado el fiasco asqueroso y removedor que había sido su falso noviazgo con Ben.
Esa víbora malnacida que la había engañado, se había burlado de ella sin piedad, por una simple apuesta. Había confiado en él tanto como para entregarle aquello que guardaba para el “verdadero amor”. Su virginidad, pensó con amargura.
Había sido una simple moneda de cambio para que Ben ganara su reto con sus amigos. ¿Se podía ser tan canalla? Sip, él era la prueba. Y ella el resultado. En el camino había arrasado con su ingenuidad, con los sentimientos que había depositado en él, con la confianza en los otros. Ella se había entregado como una tonta y su corazón había sido destruído. De nada valía que luego él se hubiera mostrado gentil y le dijera que había disfrutado del tiempo juntos.
La traición había sido mayúscula, dolorosa. La había sumido en noches de interminable auto desprecio y llanto, hasta que pareció que quedaba seca por dentro. Había llorado mucho, tanto. Por su ingenua visión del amor y de los hombres, por su credulidad, por su escaso orgullo que la hizo aceptar lo inaceptable. Por negar lo que su corazón sentía; que era agraviada, disminuida, desdeñada y usada. Se había aferrado a la ilusión del cariño dejando de lado todo sentido de preservación.
Reconocerlo fue duro y la llevó al límite; lloró por todo. Tal vez más por su propia actitud que por Ben en sí mismo, eso podía reconocer hoy, en la lejanía. Se había enamorado del hecho de que alguien se detuviera a mirarla, de que alguien la considerara bella, deseable, un ser humano como cualquier otro sin importar en el envoltorio o la cantidad de grasa acumulada en su cuerpo. ¡Cuánta razón tenía su tía! Creyó haber encontrado a un príncipe, pero no era más que un sapo.
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Tenía que reforzar sus defensas y mostrarse entera.
No podía claudicar frente al primer hombre que mostrara algo de interés por ella. Pero, no era fácil cuando este era alguien que se parecía a un ángel, no un Dios musculoso, con ojos como una selva tropical tan exótica que hipnotizaba a entrar en ella y dinero para tapar buena parte de la ciudad de Los Ángeles.
No es que esta última parte la conmoviera como punto central. Por más que necesitara dinero, para ella lo primero era la persona, sus dotes, su humanidad. Era lo que aspiraba que vieran en ella. La voz de su jefe recordando que su tiempo libre finalizaba la trajo a la realidad, esa gris y monótona que la envolvía como un manto.
La intensidad de la labor en la pequeña cafetería la sumergió hasta las 3:30 de la tarde en la que sus pies ya no resistían. Se sentía cansada y agobiada, deseosa de retornar junto a sus seres queridos. Y todavía tenía por delante el encuentro con el señor Monahan, lo que la ponía de los nervios. Lo más sensato era correr y esconderse en su casa, suspiró. Como una cobarde, escapar de cualquier situación compleja que él quisiera adjudicarle. No podía ser bueno, no creía que fuera a serlo, se repetía. De todas formas, se dirigió al baño y trató de mejorar su aspecto para dar una impresión menos mala, no tan decadente como la que el espejo mostraba.
Se refrescó y peinó, dando brillo a su cabello cobrizo que ató en una cola de caballo alta. El delineador que siempre llevaba en su bolso le permitió avivar sus ojos y disimular en parte las ojeras. Aplicó labial, uno discreto qué más que colorear daba brillo a sus labios y esparció un poco por sus pómulos. No podía hacer más, decidió.
Con inquietud y expectativa se dirigió a la salida y tomó el primer taxi que encontró. Tentada estuvo en dos ocasiones de pedirle que diera vuelta y la llevara veloz a su casa, pero se contuvo.
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Cuando estuvo frente al enorme rascacielos, punto central de las empresas Monahan, sitio que la noche anterior la había visto irse llorando desconsolada, un estremecimiento eléctrico recorrió su columna vertebral y la hizo detenerse, dudando. Estaba a tiempo de volverse atrás. Si lo hacía, no vería más a ese hombre, probablemente. No sabría qué quería de ella, que propuesta tenía para hacerle.
¿Una oportunidad de cambiar su vida, de mejorar? ¿Un golpe más, problemas?
Nada parecía anunciar esto último, no tenía sentido el miedo. Tomó aire y con decisión se dirigió a la entrada, donde un portero tomó su nombre y le habilitó la entrada tras comprobar que estaba en su lista. No pareció sorprenderse de su ropa o, si lo hizo, tuvo la suficiente decencia como para no hacerlo ver.
Regina estaba segura de que no era nada común que una mujer tan mal vestida atravesara la entrada de este edificio. El hombre la dirigió a la recepción, donde un guardia corpulento y trajeado la recibió y la guio hasta un ascensor que no había visto la noche previa. Aunque el servicio de cáterin había entrado por la puerta de servicio, claro, no había forma de haberlo visto, pensó nerviosa.
—Toque el botón rojo y la dirigirá a las oficinas del señor Monahan—le hizo saber y ella asintió.
No había como perderse, había pocos botones y ninguno correspondía a pisos específicos. Exhaló con fuerza, aunque mantuvo su postura erguida. Debía haber cámaras por todos lados en este sitio. No sabía que esperar y por dentro temblaba por la inminencia de tener enfrente, otra vez, a Milo Monahan, nada más y nada menos que el CEO soltero más codiciado y más adinerado de la ciudad de Los Angeles y posiblemente lo sería también en otros lugares, pero ese pensamiento solo la hizo ponerse más inquieta, pero ya no podía dar marcha atrás.
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Comments
Gabriela
Que linda, así de sencilla es mejor 😘
2024-01-18
4
Maria Méndez
que Milo enloquezca con ella
2023-01-14
1
Maris Benitez
Que nervios 😬😬😬😬😬
2023-01-09
2