Eve
Me levanté de un salto de la cama y corrí al baño. Comenzaba a hacérseme costumbre vomitar apenas me levantaba, aunque ahora también se le sumaban los malestares durante la noche que apenas me dejaban dormir. Una vez que me repuse un poco, me levanté del suelo, tiré la cadena y me acerqué al lavabo para higienizarme. Cuando terminé, me miré al espejo, volvía a verme pálido, solté un suspiro y pensé unos instantes, desde el lunes me encontraba así, es decir, prácticamente hacía cinco días. Me alisté, salí para buscar mi mochila y bajar a desayunar.
—Buen día, mi niño —saludó papá Ilan sirviéndome un poco de café, simplemente hice un gesto con la cabeza a modo de saludo—. ¿Has dormido bien?
—Supongo —contesté sin mucho interés.
Me senté en el lugar de siempre y tomé un sorbo de café pensando qué era lo que me sucedía. Pensé en los últimos días, no me había sentido mal todo el tiempo como si fuera una enfermedad común, solo habían sido momentos puntuales en los que había tenido náuseas. ¿Debía ir a ver a un médico? Si lo hacía, mis padres terminarían enterándose, papá Aidan trabajaba en la clínica donde me atendían prácticamente desde que nací, casi todos los compañeros de él me conocían y estaba seguro que, si me veían allí, terminarían diciéndoselo.
—Eve —papá Aidan subió un poco la voz sacándome de mis pensamientos, parpadeé un par de veces y lo miré—. Ya es hora.
—¿Eh?
—Que ya es hora, hijo, tienes que ir a la escuela.
Miré el reloj de pared, solté un suspiro asintiendo y me levanté con la hombrera de la mochila en la mano. Fuimos hasta el garaje y subimos en el auto que normalmente usaba papá Aidan para ir a trabajar. Me acomodé en el asiento y miré por la ventanilla, mientras mi padre sacaba el auto. Cuando llegamos al colegio, me despedí distraídamente de él, bajé del vehículo y entré al edificio.
¿Qué debía hacer ahora? Si no voy a la clínica, podría terminar enfermando peor, pero si iba mis padres se enterarían que algo estaba pasando y no necesitaba que me terminasen cuidando más de lo que ya lo hacían.
—Eve, ¿no escuchas o qué? —levanté la mirada del suelo clavándola en el rostro de Dylan—. ¿Sucede algo? Te ves preocupado.
Abrí la boca para contestarle, pero vi por encima de su hombro que las chicas se acercaban, así que me limité a negar con la cabeza, mi amigo me examinó con la mirada con semblante preocupado, pero, cuando escuchó a las chicas, cambió su expresión a la habitual. Nos quedamos hablando en el pasillo hasta que el timbre sonó obligándonos a ir a nuestras respectivas clases. Durante toda la mañana me la pasé intentando decidir lo que haría con todo este asunto, evidentemente, mis amigos se percataron de esto y no dejaban de preguntarme qué me sucedía.
Cuando tocó el timbre para el receso del almuerzo, me levanté de mi lugar como si tuviera un resorte y, sin perder un segundo, salí de mi aula para ir a la de Dylan antes de que las chicas nos encontraran.
—Ven, necesito hablar contigo.
Sin esperar a que me contestara, lo tomé de la muñeca y me lo llevé fuera de su aula, pronto llegarían las chicas para que fuéramos los cuatro a almorzar, así que debía pensar rápido en un lugar en el que no nos pudieran molestar. De pronto, se me ocurrió ir al campo de deporte que estaba detrás de la escuela, normalmente en el almuerzo estaba vacío exceptuando cuando se acercaban competencias. Lo llevé a toda prisa hasta las gradas y nos sentamos.
—¿Qué sucede?
—Que no entiendo por qué de repente siempre tengo náuseas.
—¿Pensaste ir a ver a un médico?
—Sí, pero tengo un problema con ello. Sabes que normalmente voy a la misma clínica en la que trabaja mi padre como psicólogo, casi todos me conocen por él y porque nací ahí —mi amigo asintió—. Necesito otra solución.
—¿Esperar a que se te pase solo? Tal vez debas seguir alguna dieta.
—¿Y si empeora?
—Tendrás que ir de emergencia, pero, como está el panorama, supongo que no tienes más opciones. O le dices a tus padres, o esperas a que pase intentando que no se note que te encuentras mal.
Medité unos instantes, Dylan tenía razón, no tenía más opciones, era cuestión de decirle esto a mis padres u ocultárselos hasta que me encontrara mejor. Solté un suspiro y me pasé la mano por la cara un poco nervioso.
—¿Vamos a almorzar? Me muero de hambre.
Me limité a asentir, yo también tenía hambre ya. Nos levantamos y nos dirigimos al comedor, en la mesa de siempre, se encontraban las chicas que habían comprado nuestra comida ya, ahorrándonos la fila que se había formado.
—¿Dónde se habían metido?
—Tuvimos que hacer algo.
Las chicas se miraron y volvieron a mirarnos con cierta desconfianza.
—Nos están ocultando algo.
—En absoluto. Un profesor me pidió que llevara algo y Eve me acompañó.
Nos escrutaron con la mirada, pero, finalmente, parecía que la mentira de Dylan las había convencido. Solté un pequeño suspiro aliviado y me dispuse a comer mientras ellos hablaban. Los observé conversar y reírse sintiéndome fuera de lugar, mi preocupación por lo que me sucedía hacía que me mantuviera al margen de todo.
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Cuando salimos, nos acercamos al auto de papá Ilan y nos subimos ocupando los lugares de siempre: mis amigos atrás y yo de copiloto. Durante el camino hablamos distraídamente de las clases y contestábamos las preguntas que nos hacía mi padre de vez en cuando. Una vez que dejamos a Isabelle y Suzana en la casa de la segunda, volvimos a mi casa en silencio. Me dediqué a mirar por la ventanilla las pocas cuadras que había entre nuestros hogares.
—Cariño, estás muy callado estos días, ¿te sucede algo? —preguntó mi padre entrando al garaje.
—No es nada.
—¿Sucede algo en la escuela? —negué con la cabeza—. ¿Qué es, entonces? Normalmente no hablas mucho con nosotros, pero ahora estás más taciturno que de costumbre. Me preocupas.
—Déjame en paz, no me sucede nada.
Fruncí levemente el ceño, tomé mi mochila y bajé del auto para entrar en casa. Lo escuché seguirme llamándome, pero corrí escaleras arriba, me encerré en mi habitación y, luego de tirar mi mochila a un rincón, me desplomé en la cama. Unos golpes en mi puerta resonaron junto con la voz de mi padre, pero no respondí, no tenía ganas de hablar con él. Pasaron unos minutos hasta que los golpes cesaron y escuché sus pasos alejarse, solté un suspiro intentando relajarme ahora que mi padre había dejado de golpear la puerta. Me dediqué a mirar el techo por largo rato dándole vueltas a lo que haría, aunque duré poco en la cama, las náuseas me hicieron levantarme de un salto e ir corriendo al baño. Salí del baño unos minutos después, me acerqué a la cama y me senté a los pies soltando un suspiro; esperaría hasta la otra semana, si no mejoraba, no me quedaría otra opción que decírselo a mis padres. Luego de unas horas en mi cuarto, unos golpes en la puerta resonaron en la habitación haciéndome sobresaltar.
—¿Qué?
—Eve, hijo, ¿me dejas pasar?
Era papá Aidan, me levanté a regañadientes y abrí la puerta, él traía una bandeja con un par de cafés y un platito de galletas. Seguramente quería psicoanalizarme de nuevo, o tal vez usaría alguna de sus tretas para hacerme hablar de lo que me sucedía. No quería aguantar esto, pero el café y las galletas no se veían nada mal. Lo dejé pasar sin decir absolutamente nada y volví a sentarme en la cama. Mi padre dejó la bandeja en el cofre que estaba a los pies de la cama, acercó la silla que estaba frente al escritorio y se sentó.
—¿Qué?
—¿Quieres hablar de algo, pequeño?
—No estás en el trabajo, papá.
—Sí, lo estoy. Ser padre es el trabajo más importante que tengo —tomó una de las tazas y le dio un sorbo al café—. Nos tienes preocupados, ¿sabes? —entorné los ojos logrando que soltara un suspiro—. Sé que estás enojado...
—Un castigo no pone a nadie contento, papá —lo interrumpí.
—Sí, lo sabemos, Eve, pero fue necesario, te pusiste en peligro así.
—Ahórrate el sermón —me crucé de brazos frunciendo ligeramente el ceño—. No es justo que mis amigos tengan la misma edad que yo y ellos sí puedan salir. Me he ganado el privilegio de salir, ¿no? He tenido las mejores notas desde que era niño, merezco una recompensa.
—Llegaste oliendo a alcohol, eso quiere decir que los amigos de tus amigos son mayores que tú —volvió a suspirar—. Ni siquiera tienes la edad legal para beber.
—Como digas, papá.
Tomé la taza que quedaba sobre la bandeja y tomé un sorbo sintiendo la mirada de mi padre fija en mí. Si seguía hablando, sabía que terminaría ganándome otro castigo. Dejó la taza en el escritorio, se sentó a mi lado y me rodeó por los hombros en un pequeño abrazo.
—Hijo, sabemos que te molesta, pero es lo mejor para ti. Eres nuestro pequeño y lo último que queremos es que termines en un hospital en coma etílico, o por una sobredosis de alguna droga, o por haber sufrido un accidente.
—Sé lo que hago, papá —suspiré—. Deja de tratarme como un niño pequeño, ya no lo soy.
—Lo eres mientras no puedas valerte por ti mismo —me besó en la cabeza—. Escucha, Eve, necesito que me cuentes si algo te sucede, tu padre me ha dicho que has estado muy ausente estos días.
Solté un suspiro un poco cansado de repetirme.
—No es nada, papá —dije luego de unos instantes en silencio.
Cómo esperaba, mi padre no dejaba de intentar sacarme algo de información, pero me mantuve en silencio o contestando lo justo y necesario mientras me dedicaba a merendar. Cuando la comida se acabó, y se le acabaron las estrategias para hacerme hablar, mi padre puso las tazas a cada lado del platito en dónde estaban las galletas, tomó la bandeja y me dejó solo en mi cuarto. Solté un suspiro pesado y me recosté sacando mi celular, tenía varios mensajes en el grupo con mis amigos que no había visto. Entré rápidamente en el grupo y los leí, de nuevo saldrían el fin de semana y no podría ir con ellos. Bufé decidiendo que lo mejor sería no contestar, de todas maneras ya sabían cuál era mi situación, no necesitaban que confirmara que iría con ellos o no.
Miré el techo aburrido, los domingos no había nada que hacer en casa, mis padres se dedicaban a ver películas de cuando eran jóvenes o a mirar los álbumes de fotos desde que se conocieron hasta ahora. Hice un esfuerzo para poner mi celular delante de mi cara y desbloquearlo para ver qué hora era; las ocho, pronto me llamarían para cenar, o al menos esperaba que fuera así, no había bajado desde el almuerzo y moría de hambre. Dejé mi celular sobre mi pecho y esperé a que alguno de mis padres subiera a tocar la puerta o a cerciorarse de que estuviese vivo. Esperé unos largos minutos hasta que escuché a papá Ilan llamarme del otro lado de la puerta. Me levanté de la cama con algo de pereza, salí y bajé al comedor para sentarme en el lugar de siempre, donde me esperaba un plato de comida. Me llevé la comida a la boca, o eso pretendía cuando las náuseas me hicieron levantarme de un salto e ir corriendo hasta el toilette del primer piso. Detrás de mí, escuché a mis padres precipitarse hacia mí, pero logré cerrar la puerta antes de hincarme delante del inodoro. ¡Perfecto! Lo que me faltaba ahora, no quería que mis padres me descubriesen antes de que pudiera decidir qué hacer con esto.
—¿Estás bien, hijo?
Tiré la cadena haciendo caso omiso a la voz de papá Aidan, me enjuagué la boca un par de veces y salí del baño encontrándome con el semblante preocupado de mis padres. Solté un suspiro bajando la mirada.
—Creo que me voy a dormir... —musité enfilando a la escalera.
—Espera, hijo, ¿no quieres que te llevemos a la clínica?
—No... —subí el primer escalón y me giré hacia ellos—. ¿Está bien si mañana falto a clases?
—Sí, bebé, quédate a descansar.
Asentí, me di media vuelta y me dirigí a mi cuarto para acostarme. Tomé mi celular, le envié un mensaje rápido a Dylan que lo vio casi al instante y bloqueé la pantalla dejándolo en la mesa de luz. No pasó mucho hasta que papá Ilan entró a mi cuarto con una taza entre las manos, me miró con una pequeña sonrisa cariñosa, se acercó y, mientras se sentaba al borde de la cama, dejó la taza en la mesa de luz. Me acarició el pelo con suavidad, como cuando era un niño, pero esta vez dejé que lo hiciera por largo rato; esta vez necesitaba que me tratara así, como el niño que veía en mí.
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Comments
Pipi
tan lindos pero tan lindos que me va a dar diabendos
2023-09-14
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fuko matsuda
awww por fin se dejó mimar 🥺🥺
2022-06-02
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