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Hades
CAPÍTULO 16: Tiara
En lo más profundo del reino de las tinieblas, donde la oscuridad lo envuelve todo y las almas errantes susurran sin descanso, Hades caminaba con paso firme. A su lado, una pequeña criatura de tres cabezas lo seguía con lealtad inquebrantable. Hades, observando a la criatura con una mezcla de frialdad y aprobación, habló con voz grave.
Hades: Ya sé. Desde ahora te llamarás Cerbero, —declaró, su tono firme y autoritario—. Sí, eso es lo que serás, CERBERO.
Desde ese instante, se forjó un vínculo indestructible entre el dios exiliado y el pequeño monstruo. Juntos, caminarían en las sombras eternas, con un destino compartido que parecía inevitable.
Después de días de vagar por la vastedad del reino, finalmente encontraron una cueva imponente, oculta en la base de una montaña negra como la noche. Las estalactitas colgaban como colmillos afilados, y la cueva misma parecía una boca dispuesta a devorar a cualquiera que se atreviera a entrar. Hades observó el lugar con una leve sonrisa de satisfacción.
Hades: Por fin, un lugar donde podré empezar a forjar mi retorno, —murmuró, mientras acariciaba la cabeza central de Cerbero—. Tú cazarás tu comida una vez al día. Pero yo… yo tengo asuntos más importantes que atender. Mi venganza no se servirá sola, aunque me faltan los recursos por ahora.
El tiempo pasaba sin sentido en el reino de las tinieblas, donde no había día ni noche, solo una oscuridad interminable. Para Hades, esto no era más que un escenario perfecto, hecho a su medida.
Hades: Este reino… parece estar diseñado para alguien como yo, —reflexionó en voz baja, observando la vastedad de su nuevo dominio—. No necesito dormir, y aunque no hay frutas ni alimentos, no los necesito. Mis ojos se han adaptado a la oscuridad, y el agua aquí es tan pura… aunque las almas gemebundas pueden resultar molestas, es un pequeño precio a pagar por esta tranquilidad.
A medida que pasaba el tiempo, Hades se adaptaba más a su entorno. Había descubierto que podía ver los recuerdos de los muertos, una habilidad que utilizaba para orientarse y sacar provecho de la miseria ajena.
Las semanas se convirtieron en meses y los meses en años y años , Hades exploraba su reino incansablemente, conociendo cada rincón y cada criatura que habitaba en él. Se dio cuenta de que su dominio era vasto, mucho más grande que el Olimpo o cualquier otro reino vecino. Con este descubrimiento, su determinación de reclamar su lugar creció.
En una de sus exploraciones, encontró a un alma interesante: un antiguo barquero que, en vida, había navegado los ríos más peligrosos con reyes a bordo. Hades, fascinado por el relato de las proezas del hombre, lo utilizó para aprender más sobre su reino, cada vez más consciente del poder que estaba acumulando.
Las noticias comenzaron a filtrarse en el reino de las tinieblas: Zeus, en su incansable búsqueda de poder, había derrotado a las bestias más fuertes del mundo, ganando fama y fuerza. Los otros dioses del Olimpo prosperaban, y la tierra florecía bajo su dominio. Pero con cada victoria de Zeus, la memoria de Hades se desvanecía más. Los dioses y los mortales lo habían olvidado, como si nunca hubiera existido.
Hades: ¿Olvidado? —murmuró para sí mismo, su tono frío—. No puedo dejar que esto continúe. Ha pasado demasiado tiempo desde mi exilio. Es hora de que el mundo recuerde quién soy.
Cerbero, que con el tiempo había crecido hasta alcanzar el tamaño de un elefante, se convirtió en su fiel montura. Juntos, viajaban por el reino, una presencia imponente e intimidante.
Un día, mientras recorrían un sendero oscuro y estrecho, se encontraron con un hada que, perdida y desorientada, vagaba por el reino de las tinieblas.
Hades: ¿Qué haces en mi reino, hada? —preguntó Hades, su tono gélido y lleno de desprecio—. Responde, o Cerbero te devorará de un solo bocado.
Hada: Lo lamento, señor, —respondió el hada, temblando de miedo—. No era mi intención entrar en su reino, pero me he extraviado y no sé cómo regresar.
Hades: Tu problema no me interesa, —replicó con frialdad—. La salida es todo recto, hacia la derecha.
Hada: Muchas gracias, pero… —vaciló, su voz débil—, ¿No tendrá algo de comer que me regale? No he comido en días y estoy a punto de desmayarme.
Hades la miró, sus ojos brillando con un interés calculador.
Hades: ¿De qué reino dijiste que venías?
Hada: Vengo del reino de las hadas, es un reino vecino al Olimpo.
Hades: El reino de las hadas… —repitió con un tono reflexivo—. Te daré algo de comer si respondes algunas preguntas.
Tiara: ¿Qué clase de preguntas? —preguntó el hada, ahora con un poco de esperanza en su voz.
Hades: Primero, dime tu nombre, hada.
Hada: Mi nombre es Tiara.
Hades: Bien, Tiara. Primero, ¿cómo está organizado tu reino? —preguntó con aparente desinterés, pero escuchando cada palabra atentamente.
Tiara: Mi reino está organizado por hadas recolectoras, que se encargan de recolectar, construir, criar… Luego están las hadas básicas, que aseguran que todas las recolectoras cumplan con su deber, además de organizarlas. Luego están los Grandes 13, que protegen al Gran Rey Hada. Son muy poderosos, cada uno tan fuerte como Crono, o incluso más. Y finalmente está el Gran Rey, el ser más antiguo de la historia, que posee los grandes secretos del mundo.
Hades la observaba, sus pensamientos ya urdiendo planes.
Tiara: No somos una gran civilización, no tenemos gran influencia, pero los otros reinos nos respetan por nuestra magia, alquimia, y sobre todo por los Grandes 13 Hadas y el Gran Rey. Aunque… —su voz se quebró un poco—, antes éramos una potencia, incluso más grande que el Olimpo, pero desde que hubo ese gran incendio… nada fue igual.
Hades: ¿A qué te refieres? —preguntó Hades, su tono helado pero sus ojos brillaban con un nuevo interés.
Tiara: Continuará...
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