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HADES
CAPÍTULO 11
Katalina
Zeus había comenzado su maquiavélico plan, y como era de esperarse, en menos de una noche los rumores sobre Hades se habían esparcido por todo el Olimpo. A medida que las habladurías crecían, Hades se convirtió en la oveja negra de la familia divina.
AL DÍA SIGUIENTE
FALTA 1 DÍA PARA LA CORONACIÓN Y LA REPARTICIÓN
Mientras tanto, en el mundo humano, Hades yacía en una cama en el hogar de una desconocida. Su cuerpo, desprovisto de camisa, estaba cubierto de paños húmedos que Katalina había colocado para aliviar la fiebre y el dolor. Hades, exhausto y sudoroso, empezaba a recuperar la conciencia.
—¡Hades! —exclamó, su voz rasposa y confusa—. ¿Dónde estoy? ¿Quién es esa mujer?
Luchando contra el dolor, intentó moverse, pero la herida en su hombro le provocaba un dolor agudo.
—¿Qué son estos trapos húmedos? ¿Serán de esta mujer? Maldita sea, no puedo moverme...
La mujer, con cabello castaño oscuro y ojos cálidos, despertó lentamente. Sus movimientos eran tan suaves que parecía que estaba tocando plumas.
—Oh, ya despertaste —dijo con voz delicada—. Tenías mucha fiebre. Incluso creí que ibas a morir.
Hades la miró con confusión, tratando de enfocar su visión.
—¿Quién eres y dónde estoy?
—Lo siento, no me he presentado. Soy Katalina, pero puedes llamarme como gustes —respondió ella, su tono tranquilo.
—¿Dónde estoy?
—Estamos en el reino del rey Faros.
Hades frunció el ceño, aún aturdido.
—¿Cuánto tiempo he estado dormido?
—Varios días, creo que tres o cuatro —contestó Katalina—. Tenías una herida muy grave.
—¿Tú me recogiste? —preguntó Hades, su voz cargada de gratitud.
—Sí, estabas muy herido. ¿Qué te pasó en el hombro? ¿Fue algún animal salvaje o algo parecido?
—Así que una humana me salvó. Bueno, hasta ahora ha sido lo mejor que me ha pasado. En cuanto a cómo me hice la herida, digamos que mi padre estaba de muy mal genio. A propósito, gracias por salvarme. Prometo recompensarte.
Katalina sonrió suavemente.
—No hace falta que me des nada. No te preocupes. ¿Tienes a alguien a quien podamos llamar para decirle que estás bien? ¿Algún familiar o algo por el estilo?
—No tengo a nadie —respondió Hades, su voz grave—. Tampoco tengo a dónde ir. Se podría decir que estoy solo.
Katalina bajó la mirada, con un atisbo de tristeza en su expresión.
—Oh, qué coincidencia. Yo tampoco tengo a nadie. Supongo que no soy la única que está sola en el mundo.
Hades la miró con un leve atisbo de sorpresa.
—Para ser humana, no me desagradas.
Katalina levantó una ceja, intrigada.
—¿Humana? ¿A qué te refieres? ¿Ni porque tú no fueras humano?
Hades la miró fijamente, sus ojos brillando con un destello de tristeza.
—Pues no soy humano. No te compares así conmigo.
—Bueno, digamos que te creo entonces. Dime, ¿cuál es tu nombre?
—Mi nombre es Hades.
—Hades... Un nombre poco común. Me gusta —dijo Katalina con una sonrisa amistosa.
Hades, a pesar del dolor, trató de levantarse con dificultad.
—Ya han pasado varios días desde que Crono fue derrotado. No sé qué habrá pasado en este tiempo. Tengo que volver lo antes posible antes de que ocurra algo que me pueda perjudicar —dijo, intentando levantarse.
—¡No! —exclamó Katalina—. Tienes que quedarte y reposar. ¿Sabes lo que me costó traerte hasta aquí y recolectar plantas para tu herida?
—Lo lamento, pero me tengo que ir. Tengo asuntos pendientes.
Katalina frunció el ceño.
—¿Qué asuntos pendientes? Dijiste que no tenías familia. ¿Qué vas a hacer? Morirás si te mueves mucho con esa herida.
Hades suspiró, derrotado.
—Tienes razón. Con esta herida no puedo hacer mucho. Solo buscaré que me maten rápido. Será mejor esperar un poco más.
Katalina asintió, aliviada.
—De acuerdo. Quédate unos días.
Hades se recostó de nuevo, aceptando la oferta.
—Como está evolucionando la herida. ¿Sigue mal?
Katalina examinó la herida con atención.
—En comparación con cuando te encontré, ha mejorado mucho. Me sorprende que esté sanando tan rápido. Ayer estaba peor, pero parece que se está curando bastante bien.
—Sí, los humanos no tienen esta velocidad de curación —murmuró Hades.
Katalina sonrió ante el comentario.
—De nuevo hablando así. Bueno, no importa. En fin, ha mejorado mucho. Casi creí que estabas muerto antes de que despertaras.
Hades la miró, intrigado.
—¿Por qué dices eso?
Katalina parpadeó, un tanto nerviosa.
—No respirabas. Literalmente no podía sentir tu respiración. Incluso ahora, parece que casi no respiras, pero solo es mi imaginación.
Hades sonrió débilmente, sintiéndose un poco incómodo.
—Sí, es una costumbre. Además, me sentiría incómodo si de repente empezara a respirar de manera normal. A propósito, ¿no crees que eres demasiado joven para vivir sola?
Katalina lo miró sorprendida.
—Joven, ¿se ve que tenemos la misma edad? Además, tú también vives solo. Tengo 20 años. ¿Y tú?
—Supongo que me veo de 20 años. Bueno, en fin, solo me quedaré unos pocos días. No te preocupes por nada.
—Claro, te serviré algo de comida. Debes estar hambriento.
Hades negó con la cabeza.
—No te preocupes. Hace mucho tiempo que no siento hambre. No comeré.
—¿Estás seguro de que no tienes hambre? —preguntó Katalina, preocupada.
—Sí, seguro. No te preocupes —respondió Hades.
Katalina asintió y se levantó para preparar algo de comida, mientras Hades se recostaba en la cama, intentando descansar.
A medida que la coronación y la repartición de tierras se acercaban, el plan de Zeus ganaba fuerza. Todo estaba dispuesto para que él se convirtiera en el nuevo rey del Olimpo y que el dominio sobre la tierra fuera repartido entre los humanos. Sin embargo, el destino de Hades seguía siendo una incógnita.
EN EL OLIMPO
Hestia y Hera conversaban mientras caminaban por los jardines del Olimpo.
—Hemos comprado muchas cosas para la repartición —dijo Hestia—. No creen que será grandioso tener una parte de la tierra. Zeus hará un gran rey, se los aseguro.
Hera asintió.
—Sí, concuerdo contigo.
Hestia frunció el ceño.
—Aunque todavía no sabemos nada de Hades. ¿Qué estará haciendo en estos momentos? ¿Estará bien?
Hera trató de tranquilizarla.
—No te preocupes. Seguro estará bien. Además, él sabe defenderse solo.
Hestia asintió, aunque la preocupación seguía latente.
—Tienes razón. No hay por qué preocuparse.
En un rincón del Olimpo, los guardias conversaban en voz baja.
—¿Escuchaste los rumores? —preguntó uno de ellos.
—¿Qué rumores? —respondió el otro.
—Sobre el hermano Hades. Dicen que traicionó a sus hermanos.
—Algo había escuchado. A pesar de que él los rescató, dicen que los traicionó.
—¿Cómo pudo hacerle eso a Zeus? Ese Hades es el tipo de persona que solo le importa él mismo.
—Escuché que por eso no está en el Olimpo. Nadie sabe dónde está. Dicen que huyó.
Hestia, que pasaba cerca, escuchó parte de la conversación y se giró hacia Hera con una expresión preocupada.
—¿Escuchaste eso, Hera?
Continuará...
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