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Mil Montañas entre Nosotros

Mil Montañas entre Nosotros

Status: Terminada
Genre:CEO / Secuestro y encarcelamiento / Romance oscuro / Completas
Popularitas:11.3k
Nilai: 5
nombre de autor: DulceSilencio

Mil Montañas entre Nosotros
— o La Jaula de Cristal —

Nieves Solano tiene dieciocho años, los padres muertos y ningún lugar al que ir.

Cuando Adrián Montalvo —el CEO más temido de Ciudad de México— le ofrece un trato, ella no tiene opción: vivir en su penthouse de Polanco a cambio de que su tío no termine en prisión. Lo que él no le dice es por qué. Lo que ella no imagina es que ese hombre guarda un odio antiguo contra su familia… y un secreto mucho más peligroso que el odio.

Durante tres años, Nieves sobrevive entre las paredes de cristal de un departamento que parece un palacio y se siente como una cárcel. Adrián es frío, controlador y cruel. Pero a veces —solo a veces— ella descubre grietas: un perro llamado Cariño que solo ella puede acariciar, flores frescas que aparecen cada semana en su habitación, y un celular privado que guarda únicamente su nombre.

Cuando por fin recupera su libertad, Nieves jura no volver jamás.

Pero el destino no ha terminado con ella.

Un favor desesperado la lleva de regreso a sus brazos. Un pacto de treinta días. Una casa de playa donde el hombre que la destruyó le muestra, por primera vez, quién es realmente. Y una red de mentiras tejida por la esposa de él —Regina Valcárcel— que amenaza con destruirlos a ambos.

Cuando la verdad explote, Nieves tendrá que elegir: salvar al hombre que la enjauló… o salvarse a sí misma.

Y en el fondo de una maleta vieja, un celular esconde tres palabras que él nunca tuvo el valor de decir en voz alta.

Género: Dark Romance / CEO Romance / Drama
Tono: Angst · Slow Burn · Enemies-to-Lovers
Contenido: Temas maduros (16+). Relaciones tóxicas, coerción, trauma. No apto para lectores sensibles.

NovelToon tiene autorización de DulceSilencio para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Capítulo 10. El teléfono

—Explícame quién es él.

Adrián no se movió del sofá.

La tableta sobre la mesa seguía encendida con mi foto junto a Emilio. En la imagen, él estaba de perfil, yo con los lentes de Valentina y la boca apretada. Parecíamos muchas cosas: cómplices, pareja, montaje. Lo único que no parecíamos era dos desconocidos tratando de sobrevivir a una mentira.

—Un compañero —dije.

—No mientas mal.

—No lo conozco.

—Entonces, ¿por qué dijo ser tu novio?

—Porque la gente estaba grabando.

Adrián levantó la vista. Sus ojos no tenían furia visible. Eso era peor. La furia al menos hacía ruido.

—¿Y aceptaste?

—No acepté nada. Lo dijo frente a todos.

—Pudiste negarlo.

Solté una risa seca.

—Claro. Porque cuando media universidad te llama amante de un casado, lo más inteligente es rechazar a la única persona que cambia la historia.

Su mandíbula se marcó.

—No vuelvas a acercarte a él.

Ahí estaba. No "¿estás bien?". No "¿quién te hizo esto?". No "voy a buscar al que publicó esas fotos". Solo otra frontera alrededor de mi cuerpo.

—No es asunto suyo.

Adrián se puso de pie.

—Todo lo que te expone es asunto mío.

—Me expuso alguien que tiene fotos de su edificio, su coche y su aeropuerto.

La frase lo detuvo.

Por primera vez desde que entré, pareció mirar la pantalla de verdad. El ángulo del lobby. La maleta. El reflejo parcial del Mercedes. Algo en su rostro se volvió más oscuro.

—¿Recibiste mensajes?

No respondí.

—Nieves.

—Uno.

—Muéstramelo.

—No.

—No discutas.

Me quité la mochila del hombro y la apreté contra el pecho.

—¿Para qué? ¿Para que investigue porque le molesta que lo vean conmigo, o porque de verdad le importa lo que me hicieron?

Adrián dio un paso.

Yo retrocedí.

El movimiento fue mínimo, pero él lo vio. Siempre veía lo que no quería que viera. Se quedó quieto.

—Sube a tu cuarto —dijo.

—Con gusto.

Pasé junto a él sin mirarlo.

Esa noche, el departamento volvió a ser una caja cerrada. Desde mi cama, escuché puertas, llamadas bajas, el sonido breve de un vaso contra madera. Adrián estaba investigando, quizá. O controlando daños. Con él nunca sabía dónde terminaba una cosa y empezaba la otra.

Al día siguiente fui a La Nacional con los lentes de sol de Valentina y la pulsera apretada contra la muñeca.

El escándalo no había desaparecido, solo había cambiado de forma. Ahora los comentarios discutían si Emilio existía, si era actor contratado, si yo tenía "dos patrocinadores" o si la historia del empresario casado era invento. Valentina decía que eso era progreso.

—Pasamos de lapidación pública a circo mediático —me informó por teléfono—. En términos de relaciones públicas, no estamos muertas.

—Qué alivio.

—No te burles. Estoy leyendo hilos sobre crisis de imagen.

—Eso sí me preocupa.

—Debería. Una cuenta dice que te ves "demasiado pálida para ser villana". Me parece ofensivo. Tú podrías ser villana si desayunaras.

Colgué con una sonrisa pequeña y crucé hacia la cafetería.

No llegué.

Algo salió volando desde la escalera.

Un celular negro me golpeó el hombro, rebotó contra mi mochila y cayó al piso con un sonido seco. Varias personas voltearon. Yo me quedé helada, no por el golpe, sino por la sensación absurda de que la escena ya venía marcada para ocurrir.

—¡Perdón!

Emilio bajó corriendo los últimos escalones.

—¿Estás bien?

Me agaché antes que él y tomé el celular.

—¿Tus cosas siempre atacan mujeres o solo hoy?

—Depende de la mujer.

—Respuesta pésima.

—Lo sé. Estoy nervioso.

No parecía nervioso. Parecía Emilio. Pulcro, amable, demasiado dueño de sí mismo.

La pantalla se encendió en mi mano.

Una llamada entrante.

Regina.

El nombre brilló antes de que él pudiera arrebatármelo.

No decía "mamá". No decía "casa". No decía un apellido. Solo Regina, con una foto pequeña: una mujer de ojos ámbar, perfecta, elegante, la misma que yo había visto años atrás junto a Adrián en la ceremonia de Montalvo Energía.

El aire se me fue del pecho.

Emilio tomó el teléfono, cortó la llamada y se lo guardó.

—Gracias.

—¿Regina quién?

Su sonrisa desapareció.

—Nieves...

—¿Regina Valcárcel?

No contestó.

Eso fue respuesta.

Recordé el vestido marfil de la inauguración, los reportajes de sociedad que Valentina me había mostrado alguna vez entre chismes de millonarios, una fotografía de Regina Valcárcel en una gala, con la mano apoyada sobre el brazo de Adrián y un anillo de diamante rosa brillando como una gota imposible de luz.

Regina Valcárcel.

La esposa de Adrián.

Miré a Emilio como si acabara de cambiar de cara delante de mí.

—Es tu hermana.

—Sí.

La palabra fue suave. Casi cuidadosa.

—Y Adrián es...

—Mi cuñado.

El pasillo se movió.

No me caí porque apoyé una mano en la pared. Emilio intentó acercarse y yo levanté la otra para detenerlo.

—No me toques.

Se detuvo.

—No iba a...

—No me toques.

Los estudiantes alrededor fingían no mirar. Algunos no fingían.

De pronto, todo lo que había pasado desde que Emilio apareció junto a la pelota se acomodó con un ruido feo. Sabía mi nombre. Se paró a mi lado frente a las cámaras. Dijo ser mi novio con una facilidad demasiado útil. Habló de alguien que quería dejarme sola, como si conociera el tablero.

Porque lo conocía.

O al menos conocía a quienes movían piezas.

—¿Desde cuándo? —pregunté.

—¿Desde cuándo qué?

—¿Desde cuándo sabes quién soy?

Emilio apretó la mandíbula. Era la primera vez que veía una grieta real en su cara de principito.

—Desde antes de ayer.

—Qué específico.

—Nieves, no soy tu enemigo.

—Eso dicen todos antes de escoger un bando.

—Yo ya escogí.

—¿Y cuál es?

No respondió de inmediato.

Una notificación sonó en su bolsillo. Tal vez Regina otra vez. Tal vez alguien más de ese mundo donde todos tenían apellidos que abrían puertas y cerraban vidas.

—El que evita que mi hermana siga prendiendo fuego a todo —dijo al fin.

El suelo se me hundió.

—¿Regina hizo esto?

Emilio cerró los ojos un segundo, como si acabara de decir más de lo que debía.

—No dije eso.

—Pero lo pensaste.

—Dije que no soy tu enemigo.

Me reí. No porque fuera gracioso. Porque si no me reía, iba a vomitar.

—Eres el hermano de la esposa del hombre que me tiene encerrada.

Emilio miró alrededor. El pasillo seguía lleno de oídos.

—No digas eso aquí.

—¿Por qué? ¿También te preocupa que alguien grabe la verdad?

Su rostro perdió color.

Ahí entendí que sí. Que sabía más. Mucho más.

Me colgué la mochila al hombro y di un paso atrás.

—Ayer fingiste protegerme.

—Te protegí.

—No. Te acercaste.

La frase lo hirió. Lo vi, y por un segundo eso me dio miedo, porque las personas heridas de ese mundo siempre hacían pagar a alguien más.

—Nieves...

—No vuelvas a buscarme.

Me fui sin esperar respuesta.

Al llegar al Jardín de los Ahuehuetes, Valentina me encontró sentada en una banca, con las manos tan frías que casi no podía desbloquear el teléfono.

—¿Qué pasó?

Le conté.

Con cada frase, su cara cambiaba.

—No manches —susurró al final—. El principito es cuñado del monstruo.

Yo miré el estanque.

Las hojas seguían flotando como si el mundo no acabara de partirse otra vez.

—No fue casualidad que me encontrara.

—No.

—Ni que supiera mi nombre.

Valentina se sentó a mi lado, muy despacio.

—Nieves...

—Desde el principio sabía algo.

Y lo peor no era que Emilio hubiera mentido.

Lo peor era la pregunta que venía detrás.

¿Cuánto sabía?

¿Y quién se lo había contado?

1
Ester Curros
No me gustó el final esperaba más mucho mas
Juana Francisca López
me fuera gustado que quedara con el
Graciela Mauchiere
la autora pregunta si me gusto....
no no me husto
Francisca Daniela Jimenez Valdes
entonces... ¿hasta violación hubo?😰
Francisca Daniela Jimenez Valdes
algo me dice que eso debe torturarle mucho. el no poder admirar siquiera una sonrisa de ella 🤔
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