Amelia solo quería recuperar su inspiración, pero un espejo maldito la arrastró a una pesadilla victoriana. Ahora está atrapada en una dimensión oscura, habitando el cuerpo de Eleanor Bianchi, una duquesa de sangre de dragón tan cruel que su propio séquito planea asesinarla.
¿El problema? Sus sirvientes no son humanos. Son cuatro letales y seductores demonios que la odian con cada fibra de su ser.
Rodeada de traiciones y enemigos mortales, Amelia tiene dos opciones: convencer a los monstruos que desean su muerte de que ella no es la tirana que recuerdan... o despertar la verdadera magia de su linaje y someter al infierno entero. El juego de poder acaba de cambiar.
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El eco de mi voz
Paipper
Despierto sin saber exactamente en qué momento dejé de pensar y empecé a dormir, si es que realmente dormí, porque incluso ahora, con los ojos abiertos y la mirada fija en el techo oscuro de mi habitación, siento que mis pensamientos nunca se detuvieron, solo se volvieron más lentos, más pesados, como si algo dentro de mí se negara a descansar del todo.
Estoy acostado sobre la cama, con las manos apoyadas sobre mi pecho, completamente inmóvil, escuchando el silencio que me rodea, un silencio extraño, incómodo, diferente al de otros días, como si el mismo castillo supiera que algo está por romperse. Mi respiración es tranquila, pero mi mente no lo es. No deja de dar vueltas. No deja de insistir. No deja de preguntarme lo mismo una y otra vez.
¿Cuál es mi propósito?
La pregunta aparece sola, sin que la llame, sin que la quiera, pero ahí está, clavándose en mi cabeza con una insistencia que me incomoda. Siempre creí saberlo. Servir. Obedecer. Permanecer en silencio. Eso era todo. Eso era lo único que debía hacer. Eso era lo correcto. Aunque doliera.
Aunque me rompiera poco a poco. Aunque cada orden fuera una herida distinta. Porque si obedecía, si era suficiente, si no fallaba… tal vez algún día sería aceptado. Tal vez algún día mi ama dejaría de mirarme con desprecio. Tal vez algún día… me vería. Pero ese “algún día” nunca llegó. Solo llegaron más órdenes, más castigos, más silencios incómodos, más miradas frías. Y aun así, yo seguía ahí. Siempre ahí.
Recuerdo el momento. No debería, pero lo hago, su voz, su disgusto... su expresión.
“Tu voz es insoportable, conejo estúpido.”
Esa frase sigue resonando en mi cabeza con una claridad dolorosa. Y luego… el castigo. No grité y no porque no doliera. Dolió y mucho. Pero porque pensé que lo merecía. Porque creí que era mi culpa. Porque si mi voz la molestaba… entonces debía desaparecer. Así de simple, así de fácil y así de cruel. Y sin embargo… ahora está de vuelta.
Paso la lengua por mis labios lentamente, sintiendo cada movimiento, cada sensación, cada pequeño detalle que antes no existía. Es extraño, es nuevo y es… cálido. Como si algo dentro de mí hubiera cambiado junto con ella. Porque no solo me devolvió la voz. Me devolvió algo más. Algo que no logro nombrar.
Cierro los ojos un momento. Y entonces lo recuerdo, ese beso.
Mi cuerpo se tensa apenas al pensarlo. Fue tan repentino, tan inesperado y tan… delicioso. Nadie me había tocado así antes. Nadie me había mirado así. Nadie me había tratado como algo más que una herramienta rota. Pero en ese momento ella lo hizo. Y no lo entiendo, de verdad que no lo comprendo. No encaja con todo lo que sé. Con todo lo que viví y con todo lo que era.
¿Qué está pasando? ¿Quién eres realmente… ama?
Mi pecho se aprieta levemente mientras exhalo despacio. Si tengo alma, como dicen algunos… entonces algo dentro de ella se movió en ese instante. Algo despertó. Algo que ahora no puedo ignorar.
Y eso… me asusta.
El sonido de la puerta abriéndose de golpe rompe el silencio. Mis ojos se abren de inmediato. Mi cuerpo reacciona por instinto. Me incorporo lentamente, mi mirada fija en la figura que acaba de entrar sin permiso.
Y veo entrar a Odette.
Su presencia llena la habitación con una arrogancia tan evidente que casi puedo sentirla en el aire. Su postura es impecable, su sonrisa… desagradable. Y detrás de ella… está él. El demonio cuervo. Su mirada es afilada, burlona, como si todo esto fuera un simple entretenimiento.
Me levanto de la cama con calma, aunque mi interior se tensa.
—¿Qué hacen aquí?
Mi voz suena firme. Clara. Aún me sorprende escucharla.
—Mi ama no se encuentra disponible en este momento.
Odette ladea la cabeza, observándome como si fuera algo curioso.
—Oh… ¿En serio?
—Entonces… ¿Y yo qué hago aquí?
Su tono es venenoso. Juguetón. Molesto. El demonio cuervo deja escapar una risa baja.
—¿Escuchaste?
—Parece que tu ama escapó.
Mis manos se tensan a los costados.
—No escapó.
Mi voz sale más dura de lo que esperaba.
—Fue a buscar lo que le pertenece.
Odette levanta una ceja, divertida.
—¿Ah, sí? ¿Ese demonio que vendió? Qué curioso.
El cuervo se acerca un paso.
—¿De verdad crees que volverá? Si lo hace… dudo que él la perdone. Después de todo… la odia.
Siento algo hervir dentro de mí. No me gusta. No es obediencia y para nada es miedo. Es… enojo.
—Yo respeto y amo a mi ama.
Las palabras salen solas y automáticas. Como siempre.
—Mi deber es estar a su lado. Cueste lo que cueste.
Pero incluso mientras las digo… siento algo extraño. Una duda, una grieta. Porque hace días… yo también quise matarla.
Aprieto los dientes. No puedo permitir que eso se note.
Odette sonríe. Una sonrisa lenta. Calculadora.
—Qué leal. Qué… adorable.
Da un paso hacia atrás.
—Lástima que eso no te servirá de nada.
Su mirada cambia. Se vuelve fría.
—Atrápalo.
No tengo tiempo de reaccionar. El demonio cuervo se mueve demasiado rápido y en un segundo estoy de pie y al siguiente… estoy inmovilizado. Sus garras me sujetan con fuerza brutal. Intento moverme,pero no puedo.
—¡Suéltame!
Mi voz resuena, pero es inútil; él me arrastra. Sin esfuerzo. A través del pasillo.
Mis uñas raspan el suelo intentando detenerme, pero no sirve de nada. Mi cuerpo es arrastrado como si no pesara nada. Cruzo pasillos, escaleras, puertas, todo borroso, todo rápido, todo fuera de control, hasta que finalmente me lanza dentro de una habitación.
Caigo al suelo y el aire se escapa de mis pulmones. Levanto la vista y las veo. La duquesa Roberta y Odette. Ambas de pie, como si hubieran estado esperando. No dicen nada al principio. Pero no necesito que lo hagan. Sus miradas lo dicen todo.
Estoy en problemas, lo sé e intento moverme, pero no puedo. El demonio cuervo me mantiene inmovilizado.
Entonces escucho que por fin hablan. Y lo que dicen… me hiela la sangre.
—Mañana, querida hija, sin importar lo que pase. El ducado será tuyo. Tu padre no puede decidir nada desde la tumba. Eleanor no aparecerá y, si lo hace… no ganará.
Mi corazón golpea con fuerza, no. No puede ser. Están planeando robarlo todo.
El legado. El derecho. Todo lo que le pertenece a mi ama.
Los días pasan lentos. Demasiado lentos. Me mantienen encerrado y vigilado, inmovilizado. A veces me permiten sentarme. A veces no. El tiempo pierde sentido. Solo hay una cosa constante en mi mente. Ella.
¿Vendrá? ¿Realmente vendrá?
Quiero creer que sí. Necesito creerlo. Pero cada hora que pasa… la duda crece. El día del duelo llega y el lugar está lleno. Puedo escuchar las voces. Los murmullos. Las expectativas. Me llevan y me obligan a presenciarlo. Atado. Inmóvil. Como un trofeo.
El sol inexistente del inframundo marca el paso del tiempo de otra forma. Pero sé que ya es tarde. Muy tarde.
Veo a Odette sonreír.
—Parece que no vendrá.
El demonio cuervo se ríe.
—Te abandonó. Como todos.
Mi pecho duele. No físicamente. Algo más. Algo peor.
—No…
Pero mi voz suena débil. Incluso para mí.
—Ella vendrá, yo lo sé.
Intento convencerlos, intento convencerme. Pero el tiempo sigue pasando. Nada cambia. Nada aparece. Nada se mueve. Y entonces… lo siento. Un cambio en el aire. Una presencia. Mi corazón se detiene. Y la veo. Entrando y caminando con paso firme.
Es Eleanor.
No… mi ama. Y por un segundo… solo un segundo… me siento feliz de volver a verla.