Lady Valeria Ansford siempre creyó que su destino estaba escrito. Durante años, toda la corte dio por hecho que algún día se convertiría en la esposa del príncipe Edward, el heredero del trono.
Pero una noche, en medio del baile más importante de la temporada, Valeria descubre que el hombre al que amaba no era quien decía ser.
La traición rompe su corazón… y provoca un escándalo que sacude a todo el reino.
Cuando todo parece perdido para su honor y su futuro, el destino da un giro inesperado: el poderoso y enigmático Rey Alexander IV toma una decisión que nadie imagina.
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Un encuentro que parecía casual
En el palacio real de Eldoria, el nombre de Lady Valeria Ansford había dejado de escucharse en voz alta.
La corte tenía una curiosa forma de actuar frente a los escándalos: hablaban de ellos con intensidad durante unos días… y luego fingían que nunca habían ocurrido.
Pero eso no significaba que todos hubieran olvidado.
Especialmente el rey Alexander IV.
Desde aquella noche del baile, la imagen de Valeria permanecía en su memoria con una claridad inesperada.
No era algo que él buscara deliberadamente.
Pero había algo en la forma en que aquella joven había soportado la humillación frente a toda la corte que le resultaba… difícil de ignorar.
Alexander había visto a muchas personas en situaciones similares a lo largo de los años.
Gritos.
Escenas.
Lágrimas.
Reacciones desesperadas.
Pero Valeria Ansford no había hecho nada de eso.
Simplemente se había marchado.
Con dignidad.
Aquella actitud decía más sobre su carácter que cualquier rumor de la corte.
Y el rey era un hombre que prestaba atención al carácter de las personas.
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Una tarde, mientras revisaba algunos informes del reino en su despacho, Alexander dejó el documento sobre la mesa y miró hacia la ventana.
El pensamiento apareció nuevamente.
¿Dónde estaba ella ahora?
No era una pregunta que un rey hiciera normalmente sobre una joven noble sin relación directa con la corona.
Pero Alexander había aprendido algo durante sus años de gobierno.
A veces, los detalles aparentemente insignificantes terminaban siendo los más importantes.
Golpeó suavemente la mesa con los dedos.
Luego tomó una decisión.
—Haz entrar a Lord Whitmore —ordenó al guardia en la puerta.
Whitmore era uno de los hombres de mayor confianza del rey.
Discreto.
Inteligente.
Y, sobre todo, leal.
Minutos después, el consejero entró en el despacho.
—Majestad.
Alexander lo observó con calma.
—Necesito que averigües algo para mí.
Whitmore inclinó ligeramente la cabeza.
—Por supuesto.
El rey habló con tono tranquilo.
—Lady Valeria Ansford.
El consejero levantó apenas una ceja.
—¿La joven de la casa Ansford?
—La misma.
Whitmore esperó.
—Quiero saber dónde se encuentra actualmente.
El hombre dudó apenas un segundo.
No era una solicitud común.
Pero tampoco era su función cuestionar al rey.
—Lo averiguaré de inmediato.
Alexander asintió.
—Con discreción.
Whitmore entendió perfectamente.
—Como siempre, majestad.
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No pasaron más de dos días antes de que el consejero regresara con la información.
Alexander estaba revisando documentos cuando Whitmore entró nuevamente al despacho.
—Majestad.
El rey levantó la mirada.
—¿La encontraste?
Whitmore asintió.
—Sí.
Dejó un pequeño informe sobre el escritorio.
—Lady Valeria se encuentra en la finca de verano de su familia.
Alexander tomó el documento.
—¿Lejos de la capital?
—A unas seis horas de camino.
El rey recorrió la información con la mirada.
Campos.
Un pequeño lago.
Una propiedad tranquila utilizada por la familia Ansford durante los meses de verano.
Alexander cerró lentamente el informe.
—¿Está sola?
Whitmore negó ligeramente con la cabeza.
—Tiene algunos sirvientes y trabajadores de la finca, pero su familia permanece en la capital.
Alexander apoyó la espalda en la silla.
El silencio se instaló por unos segundos.
Whitmore lo observaba con discreción.
—¿Desea enviar algún mensaje, majestad?
Alexander negó lentamente.
—No.
Whitmore esperó.
El rey parecía pensar en algo.
Finalmente habló.
—Preparad un carruaje para mañana.
El consejero frunció apenas el ceño.
—¿Un carruaje, majestad?
Alexander se levantó.
—Necesito inspeccionar algunas propiedades del reino en esa región.
Whitmore no era ingenuo.
Pero tampoco preguntó más.
—Como ordene.
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A la mañana siguiente, el carruaje real abandonó el palacio sin demasiada ceremonia.
No había escoltas excesivas ni anuncios oficiales.
Alexander prefería viajar con discreción cuando las circunstancias lo permitían.
El camino hacia la región donde se encontraba la finca Ansford era largo, pero agradable.
Campos abiertos.
Bosques tranquilos.
Pequeños pueblos donde la vida parecía avanzar con una calma completamente distinta a la de la capital.
Durante el viaje, Alexander observaba el paisaje en silencio.
No estaba completamente seguro de por qué había decidido hacer aquello.
Podría haber enviado un mensaje.
Podría haber ignorado el asunto por completo.
Pero algo dentro de él había tomado la decisión antes de que su mente intentara analizarla demasiado.
No iba a buscar a Valeria directamente.
No.
Eso sería inapropiado.
Pero tal vez… un encuentro casual.
Una coincidencia.
Algo que no llamara la atención.
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Esa misma tarde, Valeria Ansford caminaba por el sendero que bordeaba el lago de la finca.
Era uno de sus lugares favoritos desde niña.
El agua estaba tranquila y el viento movía suavemente las hojas de los árboles cercanos.
Había aprendido a disfrutar del silencio.
Le permitía pensar con claridad.
A veces llevaba un libro.
Otras veces simplemente caminaba sin rumbo.
Aquella tarde había decidido salir sola.
Necesitaba despejar la mente.
Mientras avanzaba por el sendero, escuchó el sonido distante de un carruaje.
Algo poco común en aquella zona.
Valeria levantó la mirada.
El carruaje se detuvo a cierta distancia del camino principal.
Un hombre descendió.
Vestía con elegancia, pero no con ostentación.
Durante un segundo, Valeria no prestó demasiada atención.
Hasta que el hombre comenzó a caminar por el sendero… en su dirección.
Algo en su porte llamó su atención.
Era alto.
Sereno.
Y había una autoridad natural en su forma de moverse.
Valeria frunció ligeramente el ceño.
Le resultaba… familiar.
El hombre también pareció notarla en ese momento.
Sus miradas se encontraron.
Y por primera vez desde aquella noche en el baile, Valeria Ansford y el rey Alexander IV quedaron frente a frente.
En silencio.
En medio de un lugar donde ninguno de los dos esperaba encontrarse.
Valeria sintió una ligera sorpresa.
Porque reconoció su rostro casi de inmediato.
El hombre que tenía delante no era un noble cualquiera.
Era el rey de Eldoria.
Y lo que ella aún no sabía…
era que aquel encuentro aparentemente casual no había sido tan accidental como parecía.
Pero en ese momento, ninguno de los dos dijo nada.
Solo se miraron.
Como si el destino, finalmente, hubiera decidido presentarles. 👑