Ella es de la Dea se infiltra en la mafia para buscar un arma química llamada Error 44 Pero nada será tan fácil, la corrupción la mafia y el jefe mafioso obsesionado con ella
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Capitulo 8
Sloan avanzó por el pasillo como un demonio sediento de sangre. Cada paso era una batalla. Cada metro, una condena. Los sicarios enemigos aparecían de todas partes, armados hasta los dientes, con la furia de quienes han venido a sembrar muerte.
Él disparaba sin piedad. Un hombre caía. Luego otro. Luego otro. La pólvora quemaba sus pulmones. La sangre ajena salpicaba su rostro. Pero no se detenía.
En su mente solo había una imagen: Renata Escondida. Aterrorizada. Indefensa.
Ella es solo una enfermera, pensó mientras recargaba el cargador con manos temblorosas. Una secretaria. No sabe pelear. No sabe defenderse. La van a matar.
El pánico, ese viejo conocido al que Sloan nunca había dejado entrar, llamaba a su puerta.
—¡CIELO! —gritó, pero su voz se perdió entre los disparos.
Apretó los dientes y siguió avanzando. El consultorio estaba al fondo. Ya casi llegaba. Ya casi…
De repente, un hombre salió volando por la puerta del consultorio.
No caminó. No cayó. Salió volando, como si una fuerza invisible lo hubiera arrancado del suelo y lo hubiera lanzado contra la pared opuesta. Su cuerpo impactó con un ruido sordo y resbaló hasta el suelo, inconsciente. Tal vez muerto.
Sloan se quedó helado.
Su pie, a medio levantar, se congeló en el aire. Su arma, apuntando hacia adelante, descendió un par de centímetros. Sus ojos, acostumbrados a la violencia, se abrieron como platos.
—¿Qué…? —murmuró.
Y entonces ella salió.
Renata
Pero no la Renata que él conocía. No la secretaria tímida que bajaba la mirada cuando él la miraba. No la enfermera de voz cortante pero manos suaves.
Esta Remata era otra.
Salió del consultorio como una exhalación, con el rostro desencajado en una máscara de furia letal. En una mano sostenía un cuchillo de hoja curva, de esos que se usan en combate cuerpo a cuerpo. En la otra, una pistola que no parecía pesar nada entre sus dedos.
Un sicario enemigo se abalanzó sobre ella. Ella no retrocedió. No gritó. No pidió ayuda.
Simplemente… actuó.
Esquivó el golpe con un movimiento de cadera que parecía de bailarina. Al mismo tiempo, su cuchillo se hundió en el brazo del hombre, justo en el punto donde la arteria late más cerca de la piel. El sicario soltó un alarido y cayó de rodillas. Ella no esperó a que se levantara. Un golpe seco en la nuca con la culata de la pistola y el hombre quedó inconsciente.
Otro vino por la izquierda. Ella se giró como un resorte. Sus piernas dibujaron una trayectoria perfecta: una patada que impactó en la rótula del atacante. El hueso crujió. El hombre gritó. Cayó. Ella lo remató con un golpe en la mandíbula que le rompió los dientes.
Sloan no podía mover los pies. No podía hablar. No podía disparar. Solo podía mirar, hipnotizado, mientras aquella mujer que creía frágil destrozaba a los sicarios enemigos uno tras otro.
No solo los vencía. Los humillaba.
Sabía pelear. Pero no era una pelea callejera, de esas que se aprenden en los barrios duros. Era algo más. Había técnica en sus movimientos. Precisión. Estudio. Cada golpe estaba calculado para causar el máximo daño con el mínimo esfuerzo. Cada esquive era milimétrico. Cada desplazamiento, quirúrgico.
Sabía dónde golpear para derribar a un hombre en tres segundos. Sabía usar un arma como si hubiera nacido con ella en la mano. Sabía manejar un cuchillo como un carnicero experto.
Sloan contó. Diez hombres habían entrado por ese pasillo. Diez sicarios armados, entrenados, violentos.
En menos de dos minutos, Renata había derribado a ocho.
Ocho.
Ni siquiera sus mejores hombres eran tan eficientes. Ni Ciro, que era una máquina de matar. Ni Vargas, que había sobrevivido a tres guerras. Ni siquiera él mismo, que se había ganado su reputación a base de sangre y plomo.
Ocho hombres. Ocho cuerpos en el suelo. Ocho almas que ya no representaban una amenaza.
—¿Qué carajos? —murmuró Sloan.
Su voz fue apenas un susurro. Pero ella lo oyó.
Renata se dio vuelta.
El cuchillo aún goteaba sangre. La pistola humeaba ligeramente. Su pecho subía y bajaba con la respiración agitada del combate. Pero sus ojos… sus ojos estaban clavados en él.
Y en ese momento, ella supo.
Lo supo por la forma en que él la miraba. No era sorpresa. No era miedo. Era otra cosa. Era el instante en que todas las piezas encajaban en la mente de Sloan. El momento en que él comprendía que ella no era quien decía ser.
Cometí un gran error, pensó Cielo
La adrenalina del combate se disipó como un espejismo, dejando al descubierto la cruda realidad. Sloan la había visto pelear. Sloan sabía. Sloan no la dejaría ir ahora. No después de esto.
Su mente, entrenada para el caos, empezó a calcular opciones. Podía atacarlo. Podía intentar noquearlo y huir. Pero él estaba armado. Y aunque ella era buena, él era Sloan. Había sobrevivido a todo. Había matado a todos.
Podía intentar explicarse. Inventar una mentira. Decir que aprendió a pelear en la calle, que tuvo una infancia dura, que cualquier mujer puede defender si la acorralan.
Pero una sola mirada a los ojos de Sloan le dijo que no le creería.
No había salida. No había excusa. No había mentira lo bastante gruesa para tapar lo que acababa de ver.
Entonces, en un instante de claridad, Renata tomó la única decisión que podía salvarla.
Dejarse vencer.
No era rendirse. No era cobardía. Era estrategia. Era la única forma de que Sloan no la matara allí mismo. Si seguía peleando, si seguía mostrando su verdadero poder, él la eliminaría sin dudarlo. Pero si caía… si parecía vulnerable… si le daba la oportunidad de sentirse poderoso…
Tal vez, solo tal vez, sobreviviría.
Renata bajó la pistola. Aflojó el cuchillo. Hizo un amago de girarse hacia el pasillo, como si fuera a enfrentar a más enemigos.
Y entonces, el golpe llegó por detrás.
No lo vio venir porque no quiso verlo. Un sicario enemigo, que había estado agazapado tras una columna, se abalanzó sobre ella. Un brazo grueso como una rama de roble se cerró alrededor de su cuello. El otro la sujetó por la cintura, inmovilizándola.
Renata forcejeo. Lo justo. Lo necesario para parecer creíble. Dio dos manotazos débiles contra el brazo de su atacante. Emitió un sonido ahogado, como si le faltara el aire. Sus piernas se doblaron ligeramente.
—¡Suéltenla! —gritó Sloan, levantando su arma.
Pero el sicario usó a Renatacomo escudo. La giró hacia Sloan, escondiendo su cuerpo detrás del de ella. La pistola de Sloan quedó apuntando al pecho de Cielo.
Él no podía disparar.
Y ella lo sabía.
—¡Jefe! —gritó Vargas, apareciendo por detrás con un fusil—. ¿Qué hago?
Sloan no respondió. Sus ojos estaban clavados en Cielo. En sus ojos. En su rostro. Buscando algo. Una señal. Un indicio. Una explicación.
Ella lo miró. Y en su mirada, por primera vez, no había odio. No había desprecio. No había indiferencia.
Había… miedo.
O al menos, eso quería que él viera.
—Por favor —susurró Cielo, con voz entrecortada—. Ayúdeme.
Y Sloan, el hombre que nunca ayudaba a nadie, el hombre que solo tomaba, el hombre que había matado por menos de lo que acababa de ver…
Sloan apretó la mandíbula. Apuntó. Y disparó.
Pero no a ella.
La bala silbó rozando la oreja de Renata y se incrustó en el hombro del sicario que la sujetaba. El hombre soltó un alarido. Su brazo se aflojó. Renata cayó al suelo, pero no como una guerrera: como una víctima. Se llevó las manos a la cabeza. Se encogió. Fingió.
Vargas y sus hombres remataron al sicario en cuestión de segundos.
El pasillo quedó en silencio. Solo el eco de los disparos lejanos, en otras partes del edificio, recordaba que la batalla aún no había terminado.
Sloan caminó hacia Cielo. Se agachó frente a ella. Le levantó la barbilla con dos dedos, obligándola a mirarlo.
—Tú y yo —dijo, y su voz era un hielo negro— vamos a tener una conversación muy larga en cuanto esto termine.
Renata tragó saliva. Asintió. Y en sus ojos, por un instante, pasó algo que ninguno de los dos esperaba.
No era miedo. No era odio. No era desprecio.
Era respeto.
Mutuo. Inevitable. Peligroso.
Sloan se puso de pie. Tendió una mano hacia ella. Ella la tomó.
Y mientras él la ayudaba a levantarse, ninguno de los dos pudo evitar pensar que aquello no era el final de nada.
Era apenas el comienzo.