Keily siempre pensó que su vida sería tranquila: libros, estudios y pasar desapercibida. Lo último que esperaba era verse comprometida con Gastón Moretti, el capitán del equipo de básquetbol de la universidad… y también el chico que más la había molestado en el pasado.
Entre compromisos familiares, apariencias que mantener y la presión de una relación inesperada, ambos descubrirán que este acuerdo no será tan sencillo como parecía.
¿Podrán sobrevivir a la farsa sin que el corazón se les escape de las manos?
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Capítulo 8: Domingo de descubrimientos
Keily
Desperté lentamente con los rayos del sol filtrándose por las cortinas de la habitación de Gastón. La noche anterior había sido un caos, pero también extrañamente reconfortante. Él, completamente borracho, había llegado tambaleándose a mi habitación, insistiendo en acostarse conmigo. Por compasión y para que no se lastimara, lo dejé recostarse a mi lado.
Cuando finalmente se quedó dormido, respirando profundamente, me levanté con cuidado y, sin despertarlo, lo dejé durmiendo en mi cama. Sonreí para mí misma y me dirigí a la habitación de Gastón, que estaba justo al otro lado del pasillo. Allí podía estirarme tranquilamente, disfrutar de la sensación de soledad y ordenar mis pensamientos después de tantas semanas de tensiones y peleas.
El silencio del domingo era casi sagrado, y me acomodé en la cama de Gastón, todavía medio adormilada, pensando en lo absurdo de nuestra convivencia. Nunca imaginé que alguien como él podría terminar durmiendo en mi cama de esa manera, y sin embargo, allí estaba, dormido y vulnerable.
No pasó mucho tiempo antes de que lo escuchara moverse y acercarse a mi habitación. Abrí los ojos con un sobresalto, y ahí estaba él, con el cabello despeinado, camiseta arrugada y mirada entre dormida y traviesa.
—Buenos días… Cerebrito —dijo, con voz ronca—. ¿Ya te levantaste?
—Sí —respondí, cruzándome de brazos y arqueando una ceja—. Y veo que sobreviviste a la noche sin caerte de la cama ni hacer ninguna tontería grave.
—¡Torpe! —exclamó, simulando indignación—. Solo estaba… explorando mis límites de equilibrio y afecto, nada más.
Nos reímos, y por un momento, todo el estrés de la convivencia desapareció. Su presencia, incluso en ese estado desaliñado y semi dormido, tenía un efecto extraño sobre mí: hacía que mi día empezara más ligero y con una sonrisa en los labios.
—Entonces… ¿qué haces normalmente los domingos? —preguntó él, apoyándose en la cama y mirándome con curiosidad.
La pregunta me sorprendió. Mis domingos eran casi siempre solitarios: libros, apuntes, videojuegos o series, sin que nadie se interesara en mis hábitos.
—Depende —dije, sonriendo un poco—. A veces estudio, otras veces juego, leo cómics o intento cocinar cosas raras… como muffins experimentales de avena. Algunos sobreviven, otros no tanto.
—Muffins experimentales… suena peligroso —repitió él, arqueando una ceja y sonriendo—.
—Lo es —contesté divertida—. Pero hasta ahora no me he muerto de hambre, así que supongo que es un logro.
Gastón soltó una risa que hizo que mi pecho se relajara aún más. Luego se incorporó sobre la cama, apoyando la espalda y observándome con atención.
—Nunca imaginé que fueras tan… casera, Cerebrito —dijo—. Siempre pensé que eras solo libros, apuntes y nerdismo extremo.
—Bueno… sorpresa —le respondí, dándole un golpe suave en el brazo—. Y tú tampoco eres solo el arrogante y guapo Gastón que todos creen.
—¿Ah no? —preguntó, curioso y burlón—. ¿Qué sabes que yo no quiera que se sepa?
—Varias cosas —sonreí—. Por ejemplo, coleccionas figuras de acción y tienes playlists ridículas que escuchas en secreto.
Él se sonrojó levemente, y por primera vez lo vi realmente humano, sin la armadura de chico perfecto.
—Eso… no lo digas a nadie —susurró, aunque su sonrisa lo traicionaba.
—No lo haré —le aseguré—. Pero quiero que tú también me cuentes cosas que nadie se atrevería a preguntar.
Pasamos la mañana entre risas, historias, confesiones y pequeñas bromas sobre nuestras manías y gustos. Descubrí que, detrás de su arrogancia, había alguien que se preocupaba, que disfrutaba de cosas sencillas y que tenía un lado vulnerable que nadie conocía. Él, por su parte, parecía fascinado por mis lecturas, mis cómics y hasta mis fracasos culinarios.
—Oye —dijo Gastón después de un rato—. Esto… ¿qué es?
—¿Qué cosa? —pregunté, arqueando una ceja.
—Esto —dijo, señalándonos a los dos mientras caminábamos por el salón, riendo de alguna broma tonta—. ¿Somos… pareja perfecta o algo así?
—Solo estamos cumpliendo expectativas —respondí, encogiéndome de hombros—. Padres, universidad… nada más. No hay nada romántico aquí.
Él levantó las manos en señal de rendición, pero no pudo evitar sonreír.
—Vale, vale… fachada oficial, entonces. Pero no me digas que no es divertido —murmuró—.
Me reí y negué con la cabeza. La idea de actuar como pareja perfecta era absurda, pero divertida, y nos permitió pasar el día entre risas y confidencias, sin compromisos ni intenciones románticas todavía.
El resto del domingo transcurrió con paseos por la ciudad, helados improvisados, bromas y conversaciones sinceras sobre gustos, películas, videojuegos y planes para la semana. Cada descubrimiento sobre el otro nos acercaba, y aunque seguíamos actuando para mantener la imagen de pareja perfecta frente a todos, entre nosotros todo era genuino y relajado.
Al final del día, mientras regresábamos al departamento, nos miramos y reímos por lo absurdo de la situación: compartíamos secretos, manías y risas, y a pesar de la fachada, nos sentíamos cómodos y tranquilos juntos. Y eso, sin duda, era suficiente para un domingo perfecto.