Cathanna creció creyendo que su destino residía únicamente en convertirse en la esposa perfecta y una madre ejemplar para los hijos que tendría con aquel hombre dispuesto a pagar una gran fortuna de oro por ella. Y, sobre todo, jamás ser como las brujas: mujeres rebeldes, descaradas e indomables, que gozaban desatarse en la impudencia dentro de una sociedad atrancada en sus pensamientos machistas, cuya única ambición era poder controlarlas y, así evitar la imperfección entre su gente.
Pero todo eso cambió cuando esas mujeres marginadas por la sociedad aparecieron delante de ella: brujas que la reclamaron como una de las suyas. Porque Cathanna D'Allessandre no era solo la hija de un importante miembro del consejo del emperador de Valtheria, también era la clave para un retorno que el imperio siempre creyó una simple leyenda.
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CAPÍTULO OCHO
036 del Mes de Maerythys, Diosa del Agua
Día del Viento Susurrante, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio deValtheria
Cathanna soltó un gemido ahogado de dolor cuando la tela terminó de ajustarse alrededor de su cintura, presionándole el estómago y realzando levemente sus senos. Otra muchacha tiró con fuerza de los cordones del corsé por detrás, mientras Cathanna apretaba los dientes para no soltar una maldición. En pocos minutos partirían a la capital por el festival que se llevaba a cabo ahí una vez al año, y aunque no deseaba salir del castillo, no tenía más opción.
—El vestido es precioso, señorita Cathanna —dijo Devani, una de las muchachas, con una sonrisa leve—. Definitivamente, encantará a todos en Aureum. —Le acomodó la falda rápido.
Cathanna asintió sin llevarle la mirada, acomodando su cabello liso hacia la espalda. La parte superior estaba suavemente recogida, sujeta por una horquilla dorada que era atravesada por un palillo metálico plateado, decorado con mariposas azul celestes. De él colgaban varias cadenas delgadas del mismo color, adornadas con pequeñas perlas y mariposas. Al menos podía sentirse bien con eso.
Minutos después, Cathanna salió de la habitación con la compañía de Celanina, quien hablaba y hablaba, pero ella no la escuchaba. ¿Cómo podía escucharla cuando sentía que se iba a desmayar debido a la presión de su estómago? Se dio aire con ambas manos, buscando alivio, que desafortunadamente no encontró.
—Te ves tan hermosa, mi Cathanna —continuó Celanina, mirándola con una sonrisa grande, como una madre a su hija—. Me pregunto cuántos hombres se enamorarán de ti hoy. A tus padres se les cansará la boca rechazándolos.
—Celanina, no quiero hablar de hombres ni hoy ni nunca —dijo, torciendo los labios con irritación—. Y no me importa cuantos sé enamoren de mi hoy. Solo voy porque es mi obligación. No estoy interesada en ser el trofeo visto con avaricia por todos esos.
—¿Por qué dices eso, mi Cathanna? —Su frente se arrugó, confundida—. La atención de los hombres es lo mejor del mundo. Hace que las mujeres nos sintamos hermosas. ¿Cómo alguien podría odiar ese tipo de atención?
—Si eso es lo único que aspiras en la vida, qué tragedia ser tú —dijo Cathanna, adelantando el paso—. Ninguna mujer consciente quiere tener la atención de tantos varones al mismo tiempo. Ninguno mira con respeto. Solo imaginan a las mujeres desnudas en sus camas. ¿Acaso no te da mucho asco eso? ¿Qué no tengan respeto por ti?
—Para eso nacimos, ¿no? Para complacer a los hombres en todas sus necesidades. No entiendo por qué te pones de esa manera.
Cathanna arrugó el rostro, viendo a Celanina de reojo, sin detener su caminar. No deseaba complacer a ningún hombre. Les tenía un miedo tan profundo que una simple mirada, un roce o una palabra bastaba para que su cuerpo se sacudiera con fuerza, porque recordaba vívidamente a su abuelo. Apretó los labios de una manera que sintió dolor, al tiempo que sus manos envueltas en los guantes se cerraban de golpe, y obstruyendo la luz de sus ojos, respiró profundo.
—¿Complacer a los hombres? —Su voz salió en un hilo.
—Por supuesto, mi Cathanna. —Sonrió, como si sus palabras fueran la única verdad absoluta—. Es nuestro deber como mujeres complacer a nuestros hombres. Siempre ha sido de esa forma.
—Por favor, Celanina… solo cállate. —Puso las temblorosas manos detrás de su espalda, como si eso pudiera ayudarla a calmarse, pero solo resultó peor—. No quiero escuchar más sobre esa estupidez.
Cathanna continuó caminando sin prestarle mucha atención a la mujer, que cambió de tema rápido, hasta que sus pies se detuvieron en seco cuando visualizó a su abuelo hablando con su madre. Siempre que lo veía, bajaba la mirada o cambiaba de ruta, porque no quería sentir su asqueroso olor, mucho menos su mirada lasciva sobre ella. Pero a veces le resultaba tan difícil cuando era obligada a interactuar con él por culpa de su madre, quien no entendía ni sabía nada.
—Buen día. —Hizo una reverencia, respirando pesado—. Madre, ya es hora de irnos a la ciudad. —Levantó el rostro despacio—. Mi padre debe estar esperándonos ya en el coliseo. —Su voz salió baja.
Efraím la miraba de esa forma que la hacía estremecer por completo, como si creyera que su piel era algo que tenía derecho a reclamar, con una sonrisa enorme. Había algo muy turbio que Cathanna notó de inmediato, y su mente se empeñó en traer de vuelta eso que quería borrar de sus recuerdos. Tragó duro.
—Cathanna, estás hermosa. —Su voz salió suave, como el canto de los pájaros en la mañana, pero la realidad era diferente; era un veneno que nadie quería probar—. Estoy seguro de que tu prometido quedará más que encantado cuando finalmente te tenga frente a él.
Cathanna desvió la mirada, sintiendo el asco llegar a ella sin previo aviso. Giró su cuerpo y comenzó a caminar hacia la salida del castillo, sin esperar a su charlatana madre. Afuera, el sol estaba más brillante que nunca, haciendo que su vestido dorado se iluminara. Un guardia la miró por medio segundo más de lo necesario. Y aunque no dijo nada, Cathanna sintió cómo su piel pedía esconderse.
Bajó las gradas con la ayuda de dos guardias —aunque no deseara que ellos tocaran sus manos— y subió en el carruaje dorado, donde su hermano Cedrix, ya se encontraba, leyendo un libro de política y guerra demasiado sangriento para un niño de su edad.
—¿No te cansas de leer siempre lo mismo, hermano? —curioseó Cathanna, con una voz baja, mirando por la ventana cómo los guardias se preparaban para abrir las grandes rejas de metal que rodeaban el castillo—. Además, eso es muy grotesco para tu cabeza.
—Mi padre dice que debo conocer todo sobre Valtheria —confesó, dejando el libro en el asiento, sonriendo de forma tierna—. También dijo que ya debo tener conocimiento sobre las sangrientas guerras del reino, para cuando empiece a entrenar con la espada, como tú, hermana mayor. No entiendo cómo te ha permitido levantar una cuando hace unos meses, te hubiera regañado duramente por hacerlo.
Cathanna no era el mejor espadachín ni en sueños, pero su padre insistía en que debía aprender a utilizar una espada como si de eso dependiera algo más que ella no comprendía aún. Pensaba que era por tradición, pues su familia llevaba ciclos manchando el campo de batalla con su sangre. Sin embargo, eso le parecía completamente estúpido. Su familia, donde los hombres violentaban a las mujeres por lo más mínimo, jamás aceptaría una mujer guerrera entre ellos como uno más. Era un chiste con el que ella no se reía como los demás.
—Tu padre es extraño, Cedrix —dijo Cathanna, sin ganas—. Me decía que no era un hombre para ser combatiente, pero ahora pretende que sepa usar una espada tal cual un hombre. No entiendo de qué me servirá más adelante si solo me convertiré en una esposa.
—Nunca se sabe cuándo estarás en peligro, hermana mayor. Puede que te encuentres con los gigantes, un ogro, o incluso con otras criaturas mucho más peligrosas que quieran hacerte cosas malas.
—Tienes una gran imaginación, hermano —dijo Cathanna, soltando una risa leve—. Tal vez deberías escribir una historia de un niño, o sea tú, combatiendo con criaturas nacidas del mismísimo mal.
Anne subió al carruaje después de unos minutos. Y sin más demora, este se puso en marcha hacia la salida. Cathanna llevó la mirada a la ventana, jugando con sus dedos, y cuando salieron del castillo, un portal apareció frente al carruaje. Al cruzarlo, aparecieron en un sendero lleno de grandes hongos, hadillas que revoloteaban y mariposas azules que dejaban un destello detrás de ellas.
—Por cierto, tu prometido ya se encuentra en la ciudad —dijo Anne, acomodándose el cabello—. Debes prepararte para él. Le diré a Celanina que te dé menos comida. Estás subiendo mucho de peso y eso te hace ver horrible, mi niña. No puedes estar gorda para él.
—No veo la necesidad de bajar de peso, madre —dijo con un tono cansado, mirándola de reojo—. Siento que tengo un peso que no debería ser el ideal para mí. No es que me desagrade, pero… no sé.
—Tú no sabes nada todavía, Cathanna —le escupió con una mirada llena de condescendencia, cruzando sus piernas—. Cuanto más flaca estés, será mejor para ti. ¿Entiendes? No quiero verte inflada como una vaca el día de la boda y que los demás se burlen por eso. Si estás gorda… será tu culpa cuando él no te quiera ni tocar.
Cathanna apretó los labios con fuerza, obligándose a contener las lágrimas que amenazaban con brotar con el rigor de un huracán. Ya estaba acostumbrada al desprecio por su cuerpo: que sí subía demasiado, que sí bajaba de más. Ya no le sorprendía que le dijeran cómo debía verse, pero eso no significaba que no le doliera igual.
—Yo solo quiero lo mejor para ti, hija. —Le regaló una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Si no me haces caso ahora, te arrepentirás cuando él te vea y piense que eres una mujer sin disciplina. ¿Eso quieres, Cathanna? ¿Empezar tu matrimonio con vergüenza?
—Lo que quiero es que dejen de tratarme como si fuera carne en oferta. —Su voz salió temblorosa. No dejó de jugar con sus dedos—. Dejen de maltratar mi cuerpo solo para cumplir las expectativas de otros que jamás sabrán lo que se siente vivir diariamente con esto.
—No empieces con tus dramatismos. No eres la única mujer en este mundo, Cathanna. Todas pasamos por esto. Es parte del deber.
—Sí, madre, parte del deber…
Aureum se hizo presente en cuestión de minutos. Las calles estaban repletas de personas que iban de un lado a otro, con sonrisas de felicidad y vistiendo los trajes típicos de la región: vestidos y trajes hechos con hilos de oro puro. Ante sus ojos, parecían ajenos a cualquier sufrimiento. No era de extrañar que se dijera que era la ciudad más feliz del reino; por ese motivo atraía a muchos turistas.
Cathanna iba contando cada persona que veía con tal de distraer su mente, hasta que su mirada terminó en ellos: cazadores, considerados por todos como la élite del reino. Tan letales como venerados. Muchas mujeres perdían la cabeza por ellos, soñando con desposar a uno, porque según así, podrían ser protegidas de todo mal.
Era un grupo muy selecto compuesto por hombres y mujeres, las cuales solo fueron aceptadas oficialmente hace treinta y cinco años, un lapso insignificante para una orden con más de tres eras de existencia. Sin embargo, los rumores decían que siempre hubo mujeres en sus filas, aunque sus nombres jamás salieron a la luz.
Pero considerando que hasta hacía apenas cuarenta años las mujeres fueron reconocidas como humanas y no como animales gracias a la Ley Femenina —una ley que, irónicamente, solo las valoró al asumir que podían poseer el mismo pensamiento crítico y lógico que un hombre—, no se podía esperar mucho de una organización como la suya, donde la discriminación seguía siendo demasiado fuerte.
—Madre, quiero ser un cazador —dijo Cedrix, con entusiasmo, mirando a través de la ventana a esos hombres de cabeza rapada, vestidos de negro y con fusiles descansando sobre sus espaldas—. ¿Puedo, madre?
—Claro que sí, mi amor —respondió Anne, con una sonrisa—, pero tienes que esperar unos años más, cuando ya estés grande. Ahora eres solo un niño que tiene que seguir aprendiendo.
—¿Y yo también puedo serlo? —curioseó Cathanna, sin ocultar la ironía—. Vamos, di que sí, madre.
—¿De qué te serviría ser uno? —preguntó Anne, sin despegar la mirada de la revista—. Eso es para hombres, Cathanna. No es tu lugar. No sé cuántas veces tengo que decirte que te comportes como una señorita.
—Claro, dile a tu hijo de ocho años que puede ser un rey, un guerrero, lo que quiera… pero a tu hija de casi veinte, mándala a lavar platos y a sonreír como una muñequita. Qué lógica tan brillante, madre. —Rodó los ojos.
El carruaje continuó su trayecto hasta detenerse en la entrada del gran coliseo blanco, donde había tantas personas que, de solo verlas, el pánico llegó como una avalancha difícil de parar. Respiró hondo, volviendo a jugar con sus dedos, sin apartar la mirada de la infraestructura. La última vez que había ido fue hace casi dos años.
—¿Tienes miedo, hermana?
—No es nada, Cedrix. —Le regaló una sonrisa pequeña.
Comenzaron a caminar, recibiendo varias miradas y saludos que Cathanna no quería corresponder, pero se obligó a hacerlo con la mejor de sus sonrisas falsas. Subió detrás de su madre por las escaleras de piedra hasta llegar al palco, donde su padre conversaba animadamente con los demás miembros del consejo. Levantó la mirada y vio al emperador, acompañado de sus hijos, sentado en el trono.
El príncipe bajó la mirada y le regaló una sonrisa que hizo que Cathanna se pusiera nerviosa de inmediato. Agitó ligeramente la cabeza y se apresuró a ir con su familia. Anne se sentó al lado de su Vermon; Cedrix junto a ella; y Cathanna a la izquierda, incómoda.
—Padre, un gusto volver a verte —dijo, besando las dos mejillas de Vermon. Luego, volvió a elevar la mirada a la familia real.
Tragando duro, llevó nuevamente la mirada a su padre, pero algo en él la hizo tensarse. Aquellos ojos, tan similares a los de su abuelo, la hacían recordar demasiado. Eran los mismos ojos que la habían mirado con lascivia. Los mismos ojos del hombre que había destrozado su vida. Los mismos ojos del hombre que hicieron la sombra en la que se ahogaba cada noche sin ningún escape.
Sonrió con falsedad, mostrando los dientes, como si una máscara hubiera caído sobre su rostro, impidiendo que su verdadero sentimiento se filtrara. No podía mirarlo directamente sin sentir la repulsión crecer en su pecho. No podía mirarlo sin pensar en su abuelo y en lo que él le hizo, y ese pensamiento solo la hizo sentir peor de lo que ya estaba, pues le parecía injusto imaginarse a su padre de esa manera. ¿Pero qué podía hacer cuando ambos se veían idénticos?
—¿Cómo ha ido todo contigo?
—Todo está en orden, padre —dijo Cathanna, tensa.
—Disculpad mi atrevimiento —habló un desconocido, posicionándose frente a ellos, con la vista puesta en Cathanna—. Pero, Vermon… posees una hija de una belleza verdaderamente excepcional.
Cathanna sintió las náuseas subir por la garganta, notando la mirada de ese hombre puesta en ella sin descaro, como quien elegía carne en el mercado, esperando llevarse la más exquisita. Su padre no pareció molestar por eso; al contrario, inclinó la cabeza con orgullo, como si le hubieran dicho el mayor halago en la historia.
—Os agradezco, Lord Haryn —dijo con una sonrisa grande, echándole una mirada rápida a Cathanna—. Mi hija ha sido educada para reflejar la dignidad y la belleza de nuestra santificada casa.
—No tengo dudas de ello. —La sonrisa en su rostro no decaía, solo se hacía más grande con el pasar de los segundos—. Espero que me pueda conceder un baile cuando llegue la Hora del Marcial. Sería un gran honor para mí tener cerca esta mujer tan hermosa.
—Ella estará encantada de hacerlo.
Cathanna bajó la mirada a sus manos, no por vergüenza, sino por contener la furia que creció demasiado rápido. Si abría la boca, acabaría escupiendo fuego. No quería bailar con ese hombre, menos cuando no se lo habían pedido directamente a ella, sino a su padre, el hombre, que, según la sociedad, era el único que podía tomar las decisiones importantes en su vida, como si ella no tuviera derechos.
—Aunque hay que tener en cuenta que mi hija ya se encuentra apartada a otro hombre —dijo Vermon, soltando una risa casi vanidosa—. Así que solo será un baile, Lord Haryn. No trates de engatusarla porque ella no caerá.
—Entonces... me tocará secuestrarla para que sea solo mía —respondió Haryn, entre risas, sin desviar la mirada de ella.
—No será necesario secuestrarme, Lord Haryn —dijo Cathanna, levantando la vista con una sonrisa demasiado falsa—. Y si lo hiciera, mi prometido no dudaría en desplegar a todos los guardias del reino para salvarme, señor. Así que será mejor que borre esa estúpida idea de tu cabeza. No me iré contigo, señor.
—Tienes carácter, mujer —dijo Haryn, con los ojos entrecerrados—. Considero que es momento de irme. —Inclinó la cabeza, haciendo una reverencia a Vermon—. Fue un gusto compartir estos minutos con ustedes. Espero verlos en unas horas. Disfruten de la festividad.
Cathanna miró como el hombre se alejaba, con una expresión de enojo, antes de llevar su mirada al centro del coliseo, donde los bailarines, con sus trajes sedosos de color rojo, narraban la historia de la diosa del aire a través de sus movimientos suaves.
—No puedes hablar de esa manera tan poco elegante hacia las personas, Cathanna —espetó Vermon, con una mirada severa, esperando sumisión inmediata—. ¿Cómo se te ocurre decirle eso al honorable Lord Haryn?
Cathanna apretó la mandíbula.
—No deseo ser secuestrada por nadie, padre.
—Era solo una broma —respondió él, restándole importancia con un movimiento de mano—. Tienes que dejar de ser tan dramática, hija.
—Claro… porque cuando un hombre habla de secuestrar a una mujer, es gracioso, ¿verdad? Lo más normal que existe —soltó, clavándole la mirada—. Pero si una mujer se incomoda, entonces es “demasiado sensible”, “demasiado dramática”, “demasiado todo”. Estoy harta de los chistes de hombres como él. No me hace gracia. Nunca me hizo. Y no me voy a reír solo porque tú digas que debería, padre. No quiero hacerlo.
—Cállate la boca, por favor —ordenó Vermon, dejando de mirarla—. No quiero escuchar tus estúpidos lloriqueos. Solo harás que nos vean raro.
—Solo te digo lo que no me gusta, padre. —Lo miró de reojo—. No es motivo para que las personas me crean una demente. No es para tanto, como tú dices.
—Te digo que cierres la boca, Cathanna.
Cathanna asintió con frustración, llevando su vista al cielo, buscando un respiro de todas las personas que parecían juzgarla, pero al mismo tiempo, devorarla con la mirada, sin ningún pudor. Allí, flotando como si nada, vio una figura que la paralizó por completo: una mujer con alas negras, con su vista en ella. Una bruja. Sin embargo, antes de que pudiera reaccionar como lo haría cualquier persona en ese lugar —con miedo— la bruja comenzó a desvanecerse en ese característico humo negro que siempre las acompañaba.
—Una bruja —logró susurrar, sintiendo su pecho contraerse de miedo—. Acabo de ver una bruja, padre…
—Cathanna, esto no es un juego —habló, desconcertado—. No puedes andar diciendo cosas así. Menos en lugares como estos, dónde hay muchas personas que podrían alarmarse y destruir la calma. Por favor, concéntrate en la danza y deja de querer llamar la atención, hija. Ya no eres una niña pequeña.
Ella cerró los ojos por un segundo, tomando una gran bocanada de aire.
—No busco llamar la atención, padre. —Su mirada se despegó del cielo, dirigiéndose ahora hacia el hombre junto a ella—. Tienes que creerme. De verdad acabo de ver una bruja. Era hermosa y sus alas… sus alas eran aterradoras. Iguales a las de los cuervos. Debemos avisar que hay brujas en este lugar.
La expresión de frustración de Vermon, fue decayendo poco a poco, hasta que solo le quedó confiar plenamente en la palabra de su hija. Llevó su mirada al cielo, buscando rastro de aquella bruja, pero no encontró nada, aun así, sabía que esperar a que sucediera algo, no sería más que una muerte avisada.
—Esto no es bueno —murmuró para sí, aunque Cathanna lo oyó con claridad—. Nada bueno. Si realmente viste una de esas cosas… debes irte. Tienes que regresar al castillo de inmediato, hija.
Antes de que pudiera pronunciar una palabra, Vermon se levantó de golpe, la tomó del brazo con una fuerza que le arrancó un gesto de dolor y, sin dar explicación alguna, la arrastró hacia la salida bajo la mirada confundida de Anne y Cedrix. Bajaron las escaleras a toda prisa. Cathanna apenas lograba seguirle el ritmo, intentando entender qué estaba pasando.
—¿Qué sucede? —cuestionó respirando agitada—. ¿Por qué tengo que volver al castillo de repente?
—No hagas preguntas.
Cathanna miró a su padre con una mezcla de sentimientos. Pero no dijo nada más. Solo hizo una reverencia y subió al carruaje, con las manos temblorosas. Miró por la ventana cuando el vehículo comenzó a moverse. El vaivén debió haberla desconcentrado de sus pensamientos, pero tuvo resultados equivocados, hasta que, de pronto, el carruaje solo se detuvo de golpe, ocasionando que su frente impactara con fuerza contra la ventanilla. De sus labios escapó un gemido de dolor, mientras llevaba la mano a la frente.
Abrió la puerta y sin pensarlo demasiado, salió del carruaje, encontrándose con el cielo de color naranja.
—Vuelva adentro, señorita Cathanna —dijo uno de los guardias, mirando a un punto en el cielo.
—Quiero saber por qué nos detuvimos.
—Vuelva adentro —dijo otro guardia.
Cathanna entrecerró los ojos, notando algo raro entre los guardias. Sin embargo, aunque tratara de averiguar de que se trataba, su mente iba un paso atrás.
—¿Por qué nos detuvimos? —insistió Cathanna.
—Mi señorita Cathanna, vuelva adentro.
—¡Ya díganme que pasa!
Cathanna abrió los ojos de par en par cuando, de la nada, un corcel blanco apareció delante de ella. En su lomo, había un cazador cubierto por una capucha que dejaba entrever sus ojos. Sin darle tiempo a reaccionar, él la sujetó con fuerza por la cintura y la alzó como si no pesara nada, colocándola sobre el caballo, que comenzó a galopear rápido antes de que ella pudiera siquiera soltar una queja.
Pero entonces percibió ese exquisito olor que había comenzado a sentir desde hacía pocos días: vino fuerte y resina de pino, con un dulzor metálico, tan característico de la sangre. Frunció el ceño, con la mente girando en círculos. Nada de lo que estaba imaginando tenía sentido, o al menos eso quería creer, porque no era lógico que ese olor perteneciera a un cazador. ¿Qué podría estar haciendo el mismo cazador en los lugares a los que ella acudía cerca del castillo? Agitó la cabeza, tratando de borrar esos pensamientos.
Justo cuando abrió la boca para protestar, una risa macabra descendió desde el cielo, congelándole la sangre. Alzó la vista de manera lenta y vio a varias brujas volando hacia ellos con sus largas alas de cuervo. Un grito de terror escapó de su garganta, y por un instante, su cuerpo perdió todo rastro de equilibrio, inclinándose hacia abajo. Sin embargo, el hombre detrás de ella, la sujetó con fuerza de la cintura, evitando la caída a último momento.
Ese simple toque despertó algo que no tenía nada que ver con las brujas o con el peligro inminente de la situación en la que estaba atrapada, mucho menos con el intenso olor que desprendía ese hombro. Recordó todo lo que había pasado aquella noche: las palabras, los golpes y las humillaciones por parte de su abuelo.
Abrió la boca, deseando gritar algo, pero las palabras no querían salir. Maldijo internamente y solo se obligó a levantar la vista hacia el cielo, donde las brujas seguían persiguiéndolos, soltando risas.
Cathanna sintió que el agarre en su cintura se hacía cada vez más flojo, hasta que él se levantó, sacando detrás de su espalda una hoja envuelta en rayos que por poco la atrapan. Lo miró de reojo, con los ojos más abiertos que nunca. Soltó un chillido ahogado al verlo saltar del caballo, como si hacer eso fuera pan de cada día, encontrando su blanco sin mucho problema: el cráneo de la bruja se partió en dos con un sonido seco que sacó gruñidos de las otras.
Aterrizó con cuidado sobre el caballo que galopeaba en círculos, al tiempo que las brujas volaban hacia el lado contrario de donde estaban ellos. Guardó la espada nuevamente en su espalda, al lado de ese fusil que adoptaba un leve tono rojo, por los rayos de sol.
—¿¡Qué carajos acabas de hacer!? —exclamó Cathanna, alterada, mientras apretaba con fuerza las cuerdas del caballo y miraba de reojo al hombre que seguía de pie, con la vista clavada en el cielo—. ¿¡Quién... carajos eres tú!? ¿¡Y de dónde saliste!?
—Pues… técnicamente, del vientre de mi madre, hace un par de años, casi veintiocho —respondió con una seriedad que rozaba el sarcasmo, mientras se acomodaba en el caballo y le quitaba las riendas de las manos de un tirón—. ¿Quieres matarnos o qué, señorita? Porque así no se sujetan las correas de un animal en movimiento. Eres la peor copiloto que he tenido en mi vida.
—¡Déjame bajarme ya mismo de esta cosa! —Se retorció como un pez fuera del agua, apretando los ojos con mucha fuerza—. ¡Esto es un secuestro y está penado con la muerte, con varios años de cárcel o con la deshonra para ti y toda tu familia, sinvergüenza! ¡Libérame!
Zareth detuvo el caballo, y de un salto, sus pies tocaron el suelo. Posteriormente, extendió su mano a Cathanna, quien lo miró como si se tratara de una víbora a punto de sacar sus dientes para morderla. No quería tocarlo. El simple hecho de que su mano se uniera con la de un desconocido, le mandaba corrientes de electricidad por la espalda que la hacían temblar. Pero tampoco sabía cómo bajarse de ese caballo por su cuenta, pues era la primera vez que estaba sobre uno. Así que, obligando a su mente a calmarse, tomó esa mano y descendió.
—¿Cómo se supone que llegaré a casa ahora? —preguntó, abrazándose a sí misma y mirando el lugar con desagrado—. No sé dónde estoy, ni con quién. Esto es una completa estupidez. ¿Y por qué te echaste todo el tarro de perfume? —susurró solo para ella.
—¿Crees que yo tengo la respuesta, brujilla? —Sonrió de lado, dejando asomar sus colmillos afilados, para luego volverse completamente serio, que ella no pudo notar, debido a su rostro cubierto por esa capucha negra—. Solo es un bosque. Estoy seguro de que Aureum no se encuentra tan lejos. Lo importante es que estás bien.
Cathanna cerró sus manos con fuerza, mirándolo fijamente, sin siquiera pestañear, como si quisiera lanzarle mil cuchillos encima para destruirle la cara que no podía ver. Para ella, que la compararan con una bruja, era el peor insulto que alguien podría decirle.
—¿Has osado llamarme de esa manera tan ordinaria? —cuestionó Cathanna, sintiendo el enojo crecer en su cabeza—. ¿Acaso no sabes quién soy yo? Mejor ni me respondas. Llévame a casa ahora mismo. Estoy muy consternada y confundida. Necesito mi habitación.
—Estúpida niña caprichosa y mimada —escupió Zareth, acercándose lo suficiente a ella—. No soy tu padre para que vengas a darme órdenes. No tengo ninguna responsabilidad contigo, brujilla. Solo salvé tu vida. ¿Lo entiendes o tengo que explicarlo más fácil?
—¿Quién te crees que eres para hablarme de esa manera tan descortés? —examinó, abriendo la boca ofendida—. Si no me llevas a casa, iré yo misma y le contaré a mi padre como me has dejado tirada aquí a mi suerte, con tantos animales rabiosos cerca. Por los dioses que él te mandará decapitar. —Se alejó varios pasos—. Lo hará sin pensarlo dos veces, así que, por favor, utiliza esa cabeza que tienes.
—¿Terminaste tu discurso barato?
—¡Eres un idiota y un cretino!
—No seas tan dramática, brujilla. —Relajó los hombros—. Dentro de unos minutos vendrán los guardias por ti. Solo tienes que esperar aquí, como toda una niña bonita. Nada de ruido. Los lobos podrían venir por ti. Créeme cuando ye digo que solo dejan los huesos.
—¡No me digas brujilla!
Zareth dejó escapar una risa sarcástica. Nunca en su vida alguien se había atrevido a hablarle de esa manera, y mucho menos una bruja. La idea de partirle el cuello en ese mismo instante le resultaba demasiado tentadora, pero no podía hacerlo… y esa impotencia solo lo molestaba más. Chasqueó los dedos y, en un parpadeo, desapareció, dejándola completamente sola.
Cathanna soltó un soplo de fastidio y comenzó a maldecirlo en todos los idiomas que conocía, hasta que por fin los guardias llegaron hasta donde estaba. Les dio una mala mirada y se metió en el carruaje, apoyando la espalda en el respaldo de la silla. Soltó un bufido otra vez.
—Qué hombre tan… imbécil.
Al regresar al castillo, se apresuró a entrar sin saludar a nadie, todavía con la cabeza hirviendo de enojo por lo ocurrido. Pero justo cuando estaba por entrar en su habitación, se topó con Katrione saliendo del cuarto de su hermano. Ambas se miraron por unos segundos. Katrione se acercó de inmediato y tomó del brazo a Cathanna, ganándose una mirada cargada de desprecio de su parte.
—¿Qué quieres?
—¿Qué sucede contigo, Cathanna? —le preguntó Katrione, nerviosa—. ¿Por qué me estás ignorando? No entiendo nada.
—No sé de qué hablas —dijo, soltándose de su agarre con brusquedad—. Tal vez andar de zorra con mi hermano te está haciendo imaginar cosas que no existen.
Katrione arrugó el rostro al instante, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar. Por un instante quiso convencerse de que estaba soñando, porque jamás hubiera esperado algo así de Cathanna. De los demás, por supuesto que sí. De ellos ya estaba acostumbrada a las burlas y a los juicios, y había aprendido a ignorarlos y vivir con ello. Pero de ella... de su única amiga de verdad, nunca.
Retrocedió unos pasos, sintiendo el ardor en los ojos y un nudo formarse en la garganta. No entendía por qué, de repente, Cathanna se comportaba igual que el resto de Valtheria. Justo ella, que siempre había sido diferente, la única que no la había juzgado jamás.
—¿Eso es lo que crees de mí, Cathanna? —preguntó, sin despegar su mirada de los ojos grises de ella—. ¿En serio? ¿De verdad piensas que soy una zorra? ¿Por qué me dices esto?
—Es lo que todo el mundo piensa de ti, Katrione —dijo, con la mente nublada por el rencor, tratando de desviar la mirada—. Me arrepiento tanto de no haberme alejado de ti antes. Eres la peor amiga que alguien podría tener. —Soltó una risa carente de gracia—. No sabes cuanto te estoy odiando. Me da vergüenza que me vean con la gran prostituta de Valtheria, la mujer que deja que todos los hombres la llenen de sus genes solo para tener la boca llena de comida. —Volvió a reír de la misma manera, cruzándose de brazos—. Simplemente ya no quiero que te acerques a mí, mucho menos a mi hermano. No quiero que te acerques a este castillo en tu miserable vida. Mejor ve a divertirte con tus hombres, ya que es a lo único que aspiras.
—¿Crees que yo quiero que me toquen todos esos malditos hombres de mierda? —dijo, con rabia, apretando los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas—. ¿De verdad crees que quiero ir todos los días a ese lugar para que me toquen? No lo hago por placer, Cathanna. Lo hago porque necesito vivir. Lo hago para comprar la medicina de mi madre que se está muriendo poco a poco en casa. Lo hago porque no todas nacimos con el privilegio de ser la hija de un hombre importante como tú. Lo hago porque la vida me ha obligado a vender mi cuerpo para no terminar en la calle mendigando unas monedas. —Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas—. Y pensé que tú lo entendías más que nadie. Pensé que tú...
—Yo nada —interrumpió Cathanna, con dureza, dándole un empujón con el dedo—. Lo haces porque te gusta andar de zorrita. Siempre hay otras salidas para no ser una asquerosa prostituta, pero tú no quieres buscarlas. No eres la única mujer en el mundo que tiene problemas, Katrione. No eres la única mujer con una madre enferma, ¿pero sabes la diferencia entre esas muchas mujeres y tú? Es que ellas no se la pasan llorando con las piernas abiertas para comer.
—¿¡Cómo te atreves a decir eso!? —gritó Katrione, con la voz quebrada por completo, conteniéndose para no lanzarle un golpe—. No tienes derecho... no sabes nada de mí, ni de lo que hago, ni de lo que siento. No sabes por qué no he dejado ese lugar. ¡No quiero estar un segundo más ahí! Pero tengo que quedarme, porque yo no soy tú, Cathanna —susurró, bajando la mirada a sus pies, mientras se mordía el labio—. No tengo la protección de una princesa. Yo solo soy yo, y si desobedezco, mi vida se termina. Y no puedo permitir que eso pase, porque tengo más responsabilidades que ser bonita y esperar a convertirme en la maldita esposa de un hombre.
—Por lo menos tengo la certeza de que algún día podré convertirme en la esposa de alguien —dijo, con frialdad, dejando que cada palabra cayera sobre Katrione, quien levantó la mirada, soltando una risa seca—. Créeme que prefiero ser la sumisa esposa de alguien, antes de tener tu miserable vida. Debería darte vergüenza mostrar tu rostro ante los demás, fingiendo que eres una mujer pura.
Antes de que Katrione pudiera responder, Cathanna se encerró en su habitación, cerrando la puerta con fuerza detrás de ella. Sabía que lo que había dicho estaba mal, que era algo sumamente cruel juzgarla por algo que Katrione no elegía, pero no podía evitar sentirse consumida por ese rencor en su interior.
Ya no trataba de ocultarlo como antes. Odiaba a Katrione por lo que había pasado esa noche, porque, según su versión, si no hubiera sido por la insistencia de ella, nada de eso habría ocurrido: su abuelo nunca la habría tocado de esa manera. Y le dolía demasiado no poder abrazarla, pero al mismo tiempo sentía un impulso feroz de querer destruirla hasta que no quedara nada de lo que fue su mejor amiga.
Cathanna comenzó a dibujar sin una idea clara, para no pensar en nada en ese momento. Solo quería vaciar su mente hasta que quedara como la parte superior de la hoja en blanco que no sabía cómo rellenar. La arrugó y la lanzó contra la pared, frustrada. Tomó otra hoja y la puso debajo de su mano.
Las horas fueron pasando hasta que llegó el momento de encontrarse con Taris, quien había regresado de su viaje hace pocos días. Sus botas pisaban las hojas secas del suelo mientras avanzaba con paso perezoso. Al llegar al lugar, sacó la espada que su padre le había dado hace unos meses, que tenía la asombrosa capacidad de aumentar o disminuir su tamaño según la necesidad requerida.
Después de observarla por unos segundos, comenzó a practicar, dejando que la frustración se filtrara en cada movimiento. Varios minutos después, Taris apareció detrás de ella, con los brazos cruzados, observando la brusquedad de todos sus movimientos. No hizo ningún ruido que pudiera desconcentrarla, solo analizó su cuerpo.
—Pensé que venías conmigo para entrenar sobre el aire, no con la espada —comentó al fin, acercándose con una expresión neutral.
Cathanna se giró hacia ella, bajando la espada.
—Ya sabes cómo es mi padre, Taris —dijo, con frustración—. Insiste en que debo aprender a usarla.
—Tus clases de control del aire son tu prioridad en este momento. —Puso la mano en su hombro—. Tienes que subir al siguiente nivel si no quieres quedarte atrás. —Sonrió.
Cathanna asintió, guardando la espada en su bota de un movimiento casi mecánico. No podía, ni quería darse el lujo de ser la única miembro de su familia incapaz de controlar su propio don, aun sabiendo que, en una situación de emergencia, probablemente no saldría a flote, como ocurrió aquella noche.
Su madre era una simple humana, sin nada especial en su sangre, pero eso no la hacía menos fuerte que los demás, aunque pocas veces lo demostrara por el miedo al que dirían las malas lenguas. En cambio, su padre era un hechicero extremadamente poderoso, capaz de invocar magia sin la necesidad de usar un objeto. Calen era un Elementista de fuego, mientras Cedrix estaba aprendiendo magia para ingresar al Colegio de Magia Florium. El resto de la familia también poseía dones excepcionales, aunque rara vez los usaban.
—No es solamente mover el aire, Cathanna —explicó Taris, arreglando sus brazos con movimientos delicados—. Se trata de escucharlo. Sentirlo en todo tu cuerpo. Recuerda que es tu aliado, no algo que solo usas una vez y luego a la basura.
Cathanna arrugó el rostro, asintiendo de arriba abajo con la cabeza, mientras Taris terminaba de acomodar sus brazos, como lo indicaba en el libro de Elementistas de aire, que estaba encima de la mesa. Se obligó a respirar con calma, sintiendo la paz fluir por sus venas, y entonces el viento respondió. Elevó sus brazos con ayuda de Taris, y una ráfaga de aire en espiral comenzó a formarse a su alrededor, levantando las hojas secas del suelo y remolinos de polvo.
—Lo estás haciendo increíble, Cathanna —le dijo Taris, viéndola con una leve sonrisa—. Pero debes tener más control sobre tus movimientos. No estás buscando una tormenta, sino precisión. Mantén la calma. Sin presiones. Nadie te está apurando.
Cathanna apretó los dientes con fuerza, tratando de moldear el aire, como se lo estaba explicando Taris con pequeños ejemplos. Le resultaba algo complicado, pero cuando por fin le pudo agarrar el hilo, la dirigió a donde estaba Taris, viéndola con una expresión de severidad, y antes de que pudiera destruirla, Cathanna elevó la corriente hacia el cielo, y por un breve instante, pareció moverse con la fuerza y la voluntad de un ser humano.
—Mucho mejor, Cathanna. Sin embargo, aún te hace falta más para ser realmente buena. —Se acercó a ella—. El viento no es solo una de las fuerzas más importantes que rigen nuestro mundo; también es voluntad. Cuando empieces a entenderlo como lo harías con una persona herida, no tendrás que darle órdenes porque él sabrá lo que quieres y solo lo hará.
—Lo tendré muy en cuenta, Taris. —Inclinó la cabeza en una reverencia—. Muchísimas gracias.
Taris era, sin duda, la maestra más poderosa que había tenido el gusto de conocer en sus pocos años de vida. Entendía perfectamente por qué sus padres la escogieron a ella para ser su tutora y no a otra persona. Poseía una paciencia que no muchos.
—Vamos a continuar. —Sonrió, dejando ver sus dientes—. Llegó el momento de enseñarte Levitación.
—Pensé que sería dentro de unas semanas —dijo, con un gesto de confusión—. ¿Por qué ahora?
—Creo que es un buen momento para que aprendas. —Avanzó hacia la mesa con Cathanna siguiéndola de cerca—. Si logras unir estas dos técnicas, serás mucho más poderosa, no solo para protegerte de caídas, sino también para atacar a tus enemigos.
Cathanna se sentó frente a ella, tomando uno de los libros que le brindó, el cual contaba con muchos dibujos sobre técnicas y la historia de la creación de ellas.
—La Levitación no es solo cuestión de empujar el aire bajo tus pies —explico Taris, tomando un libro—. Si lo haces de esa manera, perderás estabilidad y terminarás impactando con el suelo en cuestión de segundos.
—Entonces, ¿cómo se supone que lo haga?
—Como te dije antes, Cathanna, debes sentir el viento correr por tu cuerpo, sin forzamientos. Te pongo un ejemplo más sencillo: imagina que el viento es como un río invisible que fluye a tu alrededor. —Acompañó sus palabras con un gesto de manos, dibujando el movimiento en el aire—. Si se crea una corriente lo bastantemente densa bajo tu cuerpo, por supuesto que te sostendrá, pero si no la equilibras, simplemente te inclinarás y terminarás cayendo. —Señaló el dibujo de una persona flotando en el libro—. Mantén la presión bajo tus pies, estabiliza el aire a tu alrededor y usa ráfagas suaves para moverte. No tienes que luchar contra la gravedad, solo debes permitir que ella te ignore.
—Eso suena tan complejo —dijo Cathanna, dejando caer la cabeza en la mesa, soltando un suspiro dramático—. No sé si podré hacerlo algún día.
—Claro que no lo harás si eres pesimista. —Se puso de pie, extendiéndole la mano—. Vamos a intentarlo.
Cathanna torció los labios y tomó la mano de Taris para levantarse del banco. Se colocó frente a ella, cruzando los brazos. Tras unos segundos de observarla en silencio, empezó a imitar cada uno de sus movimientos. Sus pies se despegaron del suelo de manera brusca, y así mismo cayó nuevamente, soltando un gemido fuerte de dolor, mientras se llevaba la mano a la frente.
—¡No puede ser! —se quejó, frotándose la cabeza.
—Esto nos tomará mucho tiempo.
—¿Cuándo términos con aire, puedes ayudarme con la espada?
—Mmm podría intentarlo.