Ella no recuerda nada. Él no puede olvidar. Atados por una maldición que los obliga a renacer para perderse, Rose y Dagmar se encuentran de nuevo en el siglo XXI. Él es un brujo que desafía las leyes de la magia; ella, una estudiante de arte que ignora su pasado real. ¿Podrá esta vez, Dagmar cambiar el destino?
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Capítulo 8: Amuleto de protección.
Al entrar al salón, el efecto fue inmediato. La tía Clarisa, que sostenía una bandeja, casi la deja caer al ver a Dagmar. Su rostro se descompuso. Me estaban ocultando algo; lo sentía en la médula. Mis tías jamás tratarían así a un extraño a menos que ese "extraño" representara una amenaza que yo no comprendía.
—Parece que Marcos y tu chico se llevan bien —susurró Leslie mientras señalaba a los hombres que intercambiaban palabras cordiales sobre deportes y el clima.
—No es mi chico —protesté por inercia, aunque mis ojos no se apartaban de él.
—¿Y a qué se dedica? ¿Acaso no trabaja?
—Creo que lo hace de forma virtual, en bienes y raíces, pero, la verdad no le he preguntado más —respondí, dándome cuenta de lo poco que realmente sabía de su vida material.
—Bueno, a las que parece no agradarle es a tus tías —observó Leslie con perspicacia—. Mira cómo lo miran. Es como si fuera el diablo en persona. ¿Alguna vez habías traído a un chico a casa que pasara de los seis meses de la "mala suerte" que tienes encima?
Me quedé pensativa. Lo que decía Leslie era una verdad estadística incómoda. En el pasado, mis relaciones nunca superaban el sexto mes; los chicos simplemente perdían el interés de forma súbita, o sufrían accidentes extraños que los alejaban, como si un mecanismo invisible me mantuviera aislada. Pero lo de hoy era distinto. Las palabras de Dagmar a mi tía —"Siempre podré encontrarla"— resonaban en mi cabeza.
Cantaron el "Feliz Cumpleaños". Por un momento, las luces de las velas y los abrazos de mis tías suavizaron la atmósfera. Pero cuando cerré los ojos para pedir mi deseo, no pedí amor ni dinero. Pedí la verdad.
—¿Pediste un deseo, amiga? —preguntó Leslie.
—Sí, lo pedí —mentí, porque la verdad no se pide, se descubre.
Marcos propuso un brindis. Las tías se unieron con sonrisas que no llegaban a sus ojos.
—Deberíamos salir a bailar —sugirió Leslie, intentando salvar la noche.
—Creo que no es buena idea —cortó la tía Egle de inmediato—. Mañana tienen clases, Rose tiene que leer a Kant y es mejor dejarlo para otro día.
Poco después, la tensión se volvió insoportable. Los invitados empezaron a retirarse. Acompañé a Leslie y Marcos a la puerta, sintiendo que la casa se cerraba sobre mí como una trampa.
Al volver al salón, el aire se sentía espeso, cargado de ozono. Mis tías y Dagmar estaban en un rincón, hablando en un susurro tan bajo que parecía el siseo de una serpiente. En cuanto me vieron, se separaron con una naturalidad ensayada que me irritó profundamente.
—Creo que es tiempo de que me retire también —dijo Dagmar, recuperando su máscara de cortesía gélida—. Con su permiso, señoras. Ha sido un placer.
Se acercó a cada una y les tendió la mano. Era un gesto de desafío. Ellas asintieron con la cabeza rígida, sin pronunciar palabra, negándose a tocarlo. Antes de darse la vuelta, Dagmar las miró fijamente y soltó una frase que me heló la sangre:
—Nos vemos muy pronto. El tiempo de esconderse se ha terminado.
No sonó a una despedida social. Sonó a una declaración de guerra, a una promesa de retorno que mis tías recibieron con un resentimiento que deformaba sus facciones.
Lo acompañé hasta el porche. La noche estaba fresca y la calle permanecía en un silencio sepulcral, como si la naturaleza misma estuviera conteniendo el aliento. Cerré la puerta detrás de mí, queriendo un momento de honestidad bajo la luz de la luna. Lo miré fijamente, buscando la verdad tras esos ojos oscuros que parecían contener galaxias enteras.
—¿Ocurre algo entre ustedes? —le pregunté, sintiendo que mis teorías filosóficas se quedaban cortas—. Parecía que ya se conocían, y no de una forma agradable. Mis tías te miraban de mala forma…
Dagmar se quedó en silencio, observando las sombras que los árboles proyectaban sobre el asfalto. Por un segundo, creí ver un destello de luz violeta en sus pupilas.
—Rose —dijo finalmente, y su voz vibró en mi pecho—, hay cosas que el olvido protege por una razón. Tus tías creen que el silencio es una armadura, pero yo sé que es solo una tumba. Ellas me conocen porque he estado aquí antes. Y volveré a estar, hasta que logres recordar quién eres realmente….
Su confesión sobre mis tías había dejado una grieta en mi percepción de la realidad, pero antes de que pudiera exigir más respuestas, él llevó una mano al bolsillo interior de su abrigo.
—Rose… —su voz bajó un tono, adquiriendo una calidez que me erizó la piel—. Quisiera entregarte esto. Es un obsequio por tu cumpleaños. Realmente espero que sea de tu agrado.
Terminó de ignorar mi pregunta anterior con una elegancia que en otro momento me habría irritado, pero mi curiosidad filosófica se vio inmediatamente desplazada por la fascinación material. Sacó una pequeña cajita cilíndrica, forrada en un terciopelo rojo tan intenso que parecía absorber la luz de la luna. Al abrirla, mis ojos se abrieron de par en par.
Sobre el lecho de seda descansaba una cadena plateada, de un metal que brillaba con un fulgor blanco, casi lunar. Era sutil pero larga, y de ella colgaba un dije extraño, un símbolo que no reconocí en ninguno de mis libros de simbología antigua. Eran líneas entrelazadas, una geometría perfecta que sugería movimiento y permanencia al mismo tiempo. Era, sencillamente, la joya más hermosa que había visto.
—No debiste molestarte, Dagmar... es preciosa —susurré, rozando el metal con la yema del dedo—. ¿Qué significa el símbolo?
Él mantuvo su expresión enigmática, esa máscara de mármol que solo él sabía portar.
—En algún momento te lo contaré... —dijo, evadiendo una vez más la explicación directa—. ¿Me permites colocártela?
Siempre tan retórico, tan cuidadoso con la información que soltaba. Asentí en silencio. Me di la vuelta, ofreciéndole mi nuca, y sujeté mi cabello hacia un lado. Sentí su presencia detrás de mí como una corriente de calor. Sus manos se acercaron, manejando el cierre de la cadena con una destreza asombrosa. Lo que más me impresionó fue su control: a pesar de la cercanía, no tocó mi piel ni por error, como si mi cuerpo fuera una frontera prohibida que no se atrevía a cruzar.
Cuando terminó, volví a girarme hacia él. La cadena era lo suficientemente larga para quedar oculta bajo mi ropa ante el ojo público, descansando cerca de mi corazón, pero su peso se sentía real, una ancla en medio de la confusión.
—Me encantó. Gracias —le dije, obligándolo a sostener mi mirada.