novela juvenil de romance que demuestra que tanto se puede esperar a una persona por amor , también lo que es capaz de hacer una persona por proteger a ser que ama desde la niñez en sus vidas habrá mucho tropiezos y tendrá que salir de ese mundo oscuro para llegar a la persona que siempre la espero
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Lo que se pierde
Un mes después de la boda, Amber desapareció.
No literalmente.
Pero sí de todos.
Franco fue quien dio la noticia por mensaje primero, y luego por llamada breve y fría: había habido una complicación. El embarazo no avanzó. Fue algo repentino. Doloroso. Inevitable.
—Amber no quiere ver a nadie —dijo con voz medida—. Está devastada.
Diego intentó ir esa misma noche.
Era su hija le preocupaba que pasara por eso sola .
No lo dejaron entrar.
Diego sabía que algo no estaba bien como su hija a la que siempre avían apoyado no lo dejaría entrar o solo será su imaginación y de verdad no quiere ver a nadie porque todos no toman el dolor de el mismo modo el quería creer eso que le decía su mente, pero su corazón de padre no lo dejaba en paz.
Necesita espacio —repitió Franco.
Alana lloró en silencio desde el teléfono. Abraham preguntó si podía llevarle algo. Aslan insistió en verla, aunque fuera cinco minutos.
La respuesta siempre fue la misma: no.
Amber envió un único mensaje grupal tres días después.
Estoy bien. Solo quiero pasar esto sola. Por favor, respeten eso.
Nadie notó que el mensaje no decía “estamos”.
Decía “estoy”.
Durante ese mes, la casa donde vivía con Franco permaneció cerrada a visitas. Las cortinas siempre corridas. El teléfono de Amber, apagado largas horas del día.
La pérdida fue el escudo perfecto.
Nadie pregunta demasiado cuando hay duelo.
Nadie sospecha cuando una mujer dice que no quiere que la miren en su tristeza.
Y así, el silencio se volvió costumbre.
Cada vez se alejaba más de su familia
Cada vez su miedo y vergüenza era peor
_______
Cuando finalmente regresaron a la casa de Diego, el ambiente era distinto.
Más tenso.
Más expectante.
Amber bajó del auto primero. Llevaba un suéter amplio color gris, mangas largas que le cubrían hasta las muñecas, y pantalones sueltos que no marcaban su figura.
Antes vestía con vestidos ligeros, blusas ajustadas, colores suaves.
Ahora parecía esconderse dentro de la tela.
Diego la observó desde la puerta.
Algo no encajaba.
No era solo la ropa.
Era la postura.
Los hombros ligeramente encorvados. La mirada baja. El movimiento calculado.
Alana corrió a abrazarla.
Amber respondió, pero sin fuerza.
—Lo siento tanto, hija…
—Ya pasó, mamá.
Su voz estaba tranquila.
Demasiado tranquila.
Franco entró después, saludando con una formalidad casi impecable. Llevaba el brazo en la espalda de Amber, como guiándola.
Como marcando territorio.
En la sala ya estaban Abraham y Aslan
Y también Eros.
Había llegado esa mañana para visitar a Abraham. Según dijo, necesitaba despejarse, retomar rutinas, reconectar.
Nunca pensó que esa manaña vería a la que fue el amor de su vida.
Estaba más delgado.
Más callado.
Pero su mirada, cuando vio a Amber entrar, se quebró apenas un segundo antes de endurecerse.
Franco lo notó.
El aire cambió de inmediato.
—No sabía que teníamos visita —dijo Franco, quitándose el saco con lentitud estudiada.
Aslan se levantó del sillón sin apartar los ojos de él.
—Eros no es visita.
La frase cayó firme.
Franco sonrió con cortesía forzada.
—Pensé que, considerando las circunstancias… algunas presencias ya no eran apropiadas.
Eros se puso de pie también, aunque sin acercarse.
—Yo estaba aquí antes de que tú llegaras —dijo con calma controlada.
Franco dio un paso hacia Amber, como si necesitara asegurarla a su lado.
—Mi esposa no necesita revivir cosas del pasado.
_Si deberías de tener más confianza en ti si lo sabes ? además Amber y yo nos conocemos desde pequeño no dejarte de ver a su familia solo por qué a ti te de la gana
Aslan avanzó entonces.
No era el más impulsivo, pero sí el más protector cuando se trataba de Amber.
—Tiene más derecho que tú a estar aquí —dijo, mirándolo directo—. No vamos a echarlo solo porque firmaste un papel.
El silencio se tensó.
Diego intervino antes de que escalara.
—Basta. Esta es mi casa, y Eros es como un hijo más que eso quede claro franco.
Franco sostuvo la mirada unos segundos más, luego se relajó lo justo para no parecer agresivo.
—Por supuesto.
Pero el mensaje estaba claro.
Amber no miraba a nadie.
Solo al suelo.
Eros fue el primero en notar el detalle que los demás tardaron más en ver: las mangas largas incluso con calor.
Cuando ella levantó el brazo para acomodarse el cabello, la tela se deslizó apenas, revelando un borde oscuro en la piel antes de que lo cubriera de inmediato.
Él lo vio.
No dijo nada.
Pero lo vio.
¿Te sientes mejor? —preguntó Abraham con suavidad.
—Sí —respondió Amber automáticamente—. Fue difícil, pero… estamos saliendo adelante.
“Estamos.”
Esta vez sí lo dijo.
Franco apoyó la mano en su cintura.
Demasiado firme.
Eros sintió cómo algo dentro de él se contraía.
No era celos.
No era rencor.
Era otra cosa.
Incomodidad.
Instinto.
La conversación continuó forzada. Marian preguntaba por médicos, Diego por fechas, Abraham intentaba cambiar el tema.
Franco respondía por Amber la mayoría de las veces.
El doctor dijo que puede intentarlo más adelante.
—Fue algo hormonal.
—Ya lo superamos.
Cada vez que ella intentaba hablar, él completaba la frase.
La interrumpía con una sonrisa.
Eros no apartaba la vista.
Y Amber lo sabía.
Lo sentía.
Cuando por fin sus miradas se encontraron, fue apenas un segundo.
Pero fue suficiente.
Él vio miedo.
Ella vio preguntas.
Franco lo notó otra vez.
—Creo que ya es hora de irnos —dijo con tono amable que no escondía la tensión—. No queremos cansarla.
Acaban de llegar —protestó Marian
—El médico recomendó no agitarla.
Siempre el médico.
Siempre una razón externa.
Aslan cruzó los brazos.
—Desde cuándo ella necesita permiso para quedarse en casa de sus padres.
Aslan lanzo la pregunta sin medir nada ya estaba cansado de franco.
Franco lo miró con frialdad abierta ahora.
—Desde que es mi esposa.
El golpe fue directo.
Diego dio un paso adelante.
—En esta casa nadie impone nada siempre se lo he dicho a mi hija si ella quiere venir y estar un mes para mí no es problema y para ti tampoco debería ser franco no cruces los límites que tú eres su esposo pero nosotros su familia ve aprendiendo.
Franco sostuvo la mirada, pero esta vez no respondió.
Amber tomó aire.
—Está bien —dijo rápido—. Podemos quedarnos un rato más.
Todos la miraron.
Fue la primera decisión que expresó en toda la tarde.
Franco sonrió.
Pero sus dedos se tensaron en su cintura.
Eros vio cómo ella respiró hondo, casi imperceptible, como preparándose para soportar algo.
Y entonces entendió que la historia que le habían contado no encajaba del todo.
Cuando Franco se apartó unos minutos para contestar una llamada, Aslan se acercó a Amber.
—¿Estás segura de que estás bien?
Ella asintió.
—Sí.
—No tienes que fingir aquí.
La sonrisa que ella le dio fue pequeña.
Cansada.
—No estoy fingiendo.
Pero evitó su mirada.
Eros dio un paso hacia ellos, con cuidado.
—Si necesitas hablar…
No terminó la frase.
Franco regresaba.
Y Amber dio un paso atrás.
Instintivo.
Demasiado rápido.
Eros lo notó también.
Franco guardó el teléfono.
—¿Todo bien?
—Todo perfecto —respondió ella.
La visita terminó poco después.
En la puerta, Diego abrazó a su hija más tiempo del habitual.
Sintió su cuerpo rígido.
Frágil.
Aquí siempre puedes volver —le susurró.
Amber cerró los ojos un segundo.
Pero no respondió.
En el auto, Franco no habló hasta que arrancó.
—Te gustó verlo, ¿verdad?
Amber miró al frente.
—No empieces.
—No me mires así frente a él.
—No te mire de ninguna forma.
El silencio se volvió pesado.
—Recuerda lo que pasó cuando no obedeciste —dijo en voz baja.
No necesitó más.
Amber cerró las manos sobre su regazo, escondiéndolas dentro del suéter.
________
Eros permaneció en la puerta mucho después de que el auto desapareció.
Aslan se colocó a su lado.
—No me gusta esto.
Eros tampoco.
Había ido esa mañana convencido de que estaba mejorando.
Había estado entrenando de nuevo.
Había logrado dormir noches completas.
Pero lo que vio en los ojos de Amber no se parecía a una mujer en duelo.
Se parecía a una mujer atrapada.
—Ella no está bien —dijo finalmente.
Aslan asintió.
—Yo también lo vi.
Eros apretó la mandíbula.
Todo lo que había intentado enterrar volvió a despertar.
No era rabia descontrolada esta vez.
Era algo más frío.
Más calculado.
Si Franco creía que el matrimonio lo había eliminado de la ecuación…
Se equivocaba.
Porque puede fingirse una pérdida.
Puede fingirse un duelo.
Puede fingirse un embarazo.
Pero el miedo en los ojos de alguien que amas…
Eso no se finge.
Y Eros ya no estaba dispuesto a ignorarlo.