Dicen que ten cuidado con lo que desees... ¡Pero yo pedí un trono!, bah, que más da. Y si no fuera poco, resulta que ahora soy un omega puro. La nueva cáscara, que, aunque tenga mi nombre, en realidad era un... ¡Idiota, migajero, sin nada de dignidad! Y para el colmo; un personaje que sería utilizado por el protagonista y luego desechado.
No gracias, arreglaré eso, y mientras tanto me voy a divertir, porque este mundo donde los alfas dominan; no va conmigo, es más, haré que se inclinen a mis pies.
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Epi 22; Mi vida le pertenece a él... mi omega
El silencio del ático es pesado, roto solo por la respiración rítmica de Inel. Lo observo una última vez antes de salir; parece un ángel de mármol envuelto en sábanas de seda, pero yo sé que es un demonio que ha perdido temporalmente sus alas. Me aseguro de que los sistemas de seguridad de Cifra & Sombra estén en alerta máxima. He dejado a tres de mis hombres más leales —hombres que no responden a los Vargas, sino a mi paga— custodiando la entrada del ascensor.
—Si alguien intenta entrar, incluso si es Víctor Vargas, le disparan a las piernas —les ordeno con una voz que no admite réplicas.
Bajo al sótano de la mansión Vargas, donde Marco tiene a Leonard. He tenido que negociar con el "hermano mayor" para que me dé media hora a solas con el prisionero. Marco aceptó, a estas alturas es imposible que no sepa del estado de Inel, supongo que él también quiere respuestas, o quizás le aterra de lo que soy capaz de hacer si me quedo de brazos cruzados.
La celda es un cubo de hormigón frío. Leonard Ruiz está encadenado a una silla, con la camisa hecha jirones y el rostro que yo mismo me encargué de desfigurar hace unos días. Cuando entro, levanta la cabeza. Sus ojos están hinchados, pero esa arrogancia de Alfa herido sigue ahí, supurando como una herida infectada.
—Vaya... el perro faldero ha venido a buscar su hueso —sisea Leonard, escupiendo un coágulo de sangre al suelo—. ¿Cómo está mi pequeño genio? ¿Ya ha empezado a olvidar cómo se llaman las cosas?
No respondo con palabras. No he venido a parlamentar. Saco un estuche de cuero de mi chaqueta y lo despliego sobre la mesa metálica. No hay cuchillos grandes ni pinzas toscas. Hay herramientas de precisión: finas agujas de acupuntura, pinzas eléctricas de bajo voltaje y un frasco de ácido cítrico concentrado.
—Inel odia el rosa —digo mientras me pongo unos guantes de látex, mi voz es un susurro gélido que llena la habitación—. Y yo odio que la gente toque lo que es mío. Y tú has cometido el error de hacer ambas cosas.
La siguiente media hora es un ejercicio de brutalidad calculada. No busco romperle los huesos; busco sobrecargar sus nervios. Aplico los electrodos en las terminaciones nerviosas de sus dedos mientras le explico, con lujo de detalles, cómo voy a ir pelando su orgullo capa por capa. Leonard aguanta al principio, gritando insultos sobre la casta de los Omegas, pero cuando empiezo a usar el ácido en los pequeños cortes que le he hecho entre los nudillos, su voluntad se quiebra como cristal viejo.
—¡Basta! ¡Maldita sea, basta! —alardea, con lágrimas y mocos mezclándose con la sangre en su rostro—. ¡No hay antídoto, Montana! ¡No existe!
Le aprieto la mandíbula con una mano, obligándolo a mirarme. Mi aroma a ozono es tan fuerte en la celda que incluso a mí me cuesta respirar. Es el olor de un depredador a punto de dar el golpe final.
—Mientes —gruño—. Dame la cura o te juro que desearás que te hubiera matado en esa vez que tuve la oportunidad.
—¡Te digo que no hay! —grita desesperado— El compuesto se diseñó para ser irreversible en dosis altas. Es una neurotoxina que reescribe las sinapsis. ¡Pero él! —suelta una risa histérica y rota—. Ese maldito bastardo tuvo suerte. La dosis que recibió fue mínima... apenas un roce de aguja. No es suficiente para un borrado permanente.
Me detengo. Mi corazón late con una fuerza que me retumba en los oídos.
—Explícate —ordeno, mi mano cerrándose más fuerte en su cuello.
—Solo es cuestión de tiempo... —jadea Leonard—. Su cuerpo de Omega Puro tiene un metabolismo ridículamente alto. Su cerebro está luchando. La niebla se disipará sola en unos días, tal vez una semana. Volverá a la normalidad... volverá a ser ese monstruo arrogante que nos desprecia a todos. No puedes hacer nada más que esperar. Disfruta de tu "muñeco dócil" mientras puedas, porque cuando despierte, volverá a tratarte como a una herramienta.
Suelto su cuello con tal fuerza que su cabeza rebota contra la pared. Me quito los guantes, sintiendo una mezcla extraña de alivio y una furia que no termina de irse. Leonard se queda sollozando en el suelo, una sombra de lo que fue.
Salgo de la celda y encuentro a Marco apoyado en la pared del pasillo, fumando un cigarrillo.
—¿Y bien? —pregunta, escrutando mi rostro manchado de sangre ajena.
—No hay antídoto —respondo, caminando hacia la salida sin detenerme—. Pero no hace falta. Inel va a volver. Solo es cuestión de tiempo.
Regreso al ático cuando el alba empieza a teñir el cielo de un naranja sangriento. Me limpio la cara y las manos, quitándome el olor a Leonard antes de entrar en la habitación.
Inel se ha movido durante la noche. Está abrazando mi almohada, su rostro hundido en el tejido donde aún queda mi aroma. Me siento en el borde de la cama, observando cómo la luz del sol empieza a bailar sobre su piel. Pensar que en cualquier momento sus ojos recuperarán ese brillo cínico y afilado me llena de una anticipación que me asusta.
Leonard cree que me duele que me trate como a una herramienta. No entiende nada. Prefiero mil veces ser el arma en las manos del genio que el dueño de un muñeco vacío.
Le acaricio la mejilla y, por primera vez en días, Inel murmura algo entre sueños. No es una palabra infantil, no es un balbuceo.
—...Ochocientos... cuarenta y dos... punto seis... —susurra.
Es una cifra de una de sus cuentas.
Mi corazón da un vuelco. Está volviendo. La computadora más potente del mundo está reiniciando sus sistemas. Me inclino y le beso la frente, sintiendo cómo mi propia alma vuelve a su lugar.
—Vuelve pronto, Inel —susurro contra su piel—. El mundo se está volviendo demasiado aburrido sin alguien que me insulte con palabras de cinco sílabas.
Me acuesto a su lado, rodeándolo con mis brazos, decidido a ser lo primero que vea cuando la niebla termine de despejarse. Leonard dijo que lo "disfrutara" mientras pudiera. Lo que no sabe es que, despierto o dormido, genio o niño, mi vida ya no me pertenece. Le pertenece a él, mi omega.
inel es simplemente inel