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Latidos Prestados

Latidos Prestados

Status: En proceso
Popularitas:812
Nilai: 5
nombre de autor: Mel G.

Después de años de matrimonio, Lauro y Cora se sienten más distantes que nunca. El silencio es lo que más se escucha en casa, y hay dos corazones que, aunque siguen latiendo, cada vez se gritan más por estar tan lejos. Lauro está decidido a pedirle el divorcio: ya no soporta la convivencia. Pero todo empieza a cambiar cuando a Cora le diagnostican una enfermedad del corazón. La única manera de salvarla será con un trasplante. Y cuando el destino los empuje al límite, Lauro descubrirá que, por más lejos que intente estar, su corazón nunca ha dejado de pertenecerle a ella.

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LO QUE CUESTA SER AMADA.

Al despertar Cora se dio cuenta qie era muy tarde, al voltear al lado derecho de la cama se dio cuenta de que la cama estaba completamente tendida, pero no le extrañaba, hace mucho que Lauro no se dignaba a dormir con ella.

Se levanto, aún sentía el sentimiento de furia de la discusión de la noche anterior.

Salió de su habitación, y al pasar por la habitación de Lauro, más bien la de visitas, se dio cuenta de que todo estable.

Lauro no había dormido ahí, por primera vez, el no había dormido en casa.

La rabia la recorrió completa.

¿Dónde estás, Lauro? ¿Con quién?

Apretó los puños imaginando lo peor y se juró así misma que si estaba con otra mujer seria capaz de cualquier cosa.

Aunque sabía que ella, le había dicho que o lo amaba, que lo odiaba, pero todo me tira. Pero todas las palabras eran mentiras, todas dichas con rabia, con heridas abiertas que no supieron sanar.

Cora esperaba que regresara. Aunque fuera tarde. Aunque no la tocara. Aunque durmiera en el sillón. Aunque no la mirara.

Pero no lo hizo.

Se preguntó si ya había ido demasiado do lejos, con todos las cosas horribles que le decía.

Pero es que ella quería lastimarlo, quería que él sufriera como el sufriera como el la hizo sufrir a ella.

—¿Por qué no puedo perdonarte… si todavía te amo? —susurró.

Lo odiaba por no quedarse a luchar. Lo odiaba por haberla hecho sentir menos, por haber destruido la confianza. Aunque él lo negara. Había pruebas y por esas pruebas ella no podía cegarse a sí misma. Quería pero no podía confiar más. Esa era su condena.

Fue al baño, se lavó la cara, sin mirarse al espejo. Ya sabía lo que vería: unos ojos cansados, unos labios partidos por la rabia y la tristeza. Un amor roto que no supo cómo sobrevivir.

Al salir, fue hacia la cocina, más por inercia que por hambre. Quiso preparar café, Pero entonces sonó el teléfono. El tono seco, directo. Miró la pantalla: hospital. Se le tensó todo el cuerpo.

—¿Bueno?

—¿La señora Cora Vivanco?

—Sí, soy yo.

—Habla de parte del doctor Bazán. Tenemos los resultados de los estudios que se realizó hace unos días. El doctor necesita verla con urgencia hoy. ¿Podría venir en cuanto le sea posible?

Cora se tensó, le habían dicho que le enviarían los resultados a dos por correo.

—¿Pasó algo malo? —preguntó con miedo.

—Es importante hablarlo en persona. Lo esperamos hoy mismo.

La llamada terminó. El teléfono quedó sobre la barra como si quemara.

Cora se quedó ahí, de pie, sin moverse. El temblor empezó en las manos y luego se extendió al resto del cuerpo.

Primero Lauro.

Ahora esto.

—No. — Se negó a di misma. — No es nada malo.

No perdido más tiempo y comenzó a prepararse para ir al hospital.

Al llegar, las luces blancas del hospital parecían más frías que de costumbre.

Cora caminaba con paso lento por el pasillo, sintiendo que cada paso la alejaba un poco más de la normalidad.

Al llegar ala recepción el gesto de la mujer detras de el no reflejaba nada.

—Pase, señora Vivanco —dijo una enfermera joven con voz suave.

El consultorio olía a desinfectante y a papeles viejos. El doctor Bazán estaba allí, sentado, con los anteojos a medio bajar sobre la nariz y un expediente abierto frente a él. No sonrió. No fingió cortesías.

—Cora —dijo con voz baja—. Gracias por venir tan pronto.

Ella apenas asintió. Se sentó sin hablar, con las manos apretadas en el regazo.

—¿Qué está pasando, doctor? —preguntó, sin rodeos.

Bazán cerró el expediente con delicadeza, como si cada movimiento tuviera un peso.

—Recibimos los resultados finales de tu ecocardiograma y de los marcadores que pedimos en sangre. También revisé el monitoreo de 24 horas que llevabas. Y… —respiró hondo—, hay algo que necesitamos abordar sin demora.

Cora tragó saliva. El corazón le latía tan fuerte, como no se daba cuenta ga que algo no estaba bien con el.

—¿Es grave?

Él no contestó enseguida. Luego dijo:

—Sí. Lamentablemente, sí.

El silencio se apoderó del espacio. Cora no hizo nada, como si lo qie acabara de escuchar fue un simple dato más.

—Tienes una miocardiopatía dilatada —continuó el doctor—. Es una enfermedad en la que el músculo del corazón se debilita y se agranda. No está bombeando sangre de forma eficiente.

Ella no respondió. Sólo apretó más las manos.

—¿Se cura? —preguntó al fin, casi sin voz.

Su mente no podia procesar lo que le estaban diciendo.

—Hay tratamientos que ayudan a controlar los síntomas. Medicamentos, monitoreo constante, dieta estricta, y evitar esfuerzos. Pero en tu caso… —abrió de nuevo el expediente y señaló los valores— el daño ya está bastante avanzado. El corazón está fallando.

Las palabras se sentían lejanas, como si hablara de otra persona.

—¿Qué significa eso, exactamente?

Bazán la miró de frente.

—Significa que vas a necesitar un trasplante.

Cora parpadeó. Pero no lloró. No se movió. Solo dijo:

—¿Un trasplante de corazón?

—Sí. Y debemos iniciar el proceso hoy mismo. Eso implica una serie de estudios de urgencia, evaluaciones psicológicas, inmunológicas… y entrar a la lista nacional de espera.

—¿Cuánto tiempo tengo?

Esta vez, Bazán no evadió.

—Con el estado actual de tu corazón… seis meses. Tal vez menos.

Cora sintió que el piso se inclinaba. El consultorio giró. Su vida también.

—Entonces hay que hacerlo ya, ¿no?

—Cora… aunque tu necesidad es urgente, no es tan sencillo. Necesitamos encontrar un donante compatible. Y los corazones disponibles no siempre coinciden con tu grupo sanguíneo ni con tu nivel de anticuerpos. A veces, hay que esperar semanas. A veces, meses. Y tú… —la miró con firmeza— estás en la frontera del tiempo.

Ella cerró los ojos. El peso de las peleas con Lauro le cayó encima como una avalancha. Pensó en todo lo que le gritó. En todo lo que no se dijo. En todo lo que creyó ver y no confirmó. En lo que dolía y no sabía cómo perdonar. ¿Y si ya no tenía tiempo? Pero no era su culpa haberlo alejado, ¿O si?

—¿Me voy a morir? —susurró.

El doctor negó con suavidad.

—No si actuamos rápido. Pero tienes que entender que esto no es solo un proceso médico. Es un camino largo, duro. Tendrás que pelearlo, día a día. Y no sola.

Ella desvió la mirada hacia la ventana. ¿No sola? ¿Entonces con quien? Ella estaba enojada da con Lauro, lo estaba, pero no pensó en otra persona a para pasar lo podrían ser sus últimos días.

Menos ella.

—¿Pudo haber influido… el estrés?

Tal vez el empeñarse en pelear con su esposo tenía algo que ver.

Bazán la miró con una compasión que no fue condescendiente.

—El corazón es un músculo, Cora. Pero también siente. Y sí… muchas veces se rompe antes por lo que no se dice, que por lo que se hereda.

Ella asintió, con la mirada perdida.

Cuando salió del consultorio, el mundo ya no era el mismo. El aire pesaba. La vida… también.

Cora se subió al coche con movimientos lentos, como si el cuerpo ya no le respondiera del todo. Cerró la puerta con suavidad, sin fuerza, sin apuro. El chofer, un hombre mayor con voz amable, le sonrió por el retrovisor.

—¿A dónde, señora?

Ella no respondió enseguida.

—A casa —susurró al fin, apenas audible.

Él asintió y encendió el motor. La radio sonaba bajito, una canción cualquiera, algo alegre. A Cora le pareció ofensiva. Quiso decirle que la apagara, pero no lo hizo. Solo bajó la mirada a sus manos, que temblaban levemente.

Marcó el número de Lauro.

Una vez. Dos. Tres.

Nada.

Buzón de voz.

Sintió una punzada seca en el pecho. Ni siquiera sabia si era algo emocional.

Lo volvió a intentar.

—Por favor… —murmuró—. Contéstame. Solo contéstame…

Pero él no loo hizo.

Apoyó la frente contra la ventana.

Su cuerpo no tenía fuerza y de una forma extraña no podia llorar.

El chofer miró por el retrovisor. Dudó.

—¿Se siente bien, señora? —preguntó, con genuina preocupación.

Ella no contestó.

Se mordió el labio. Cerró los ojos.

—¿Quiere que me detenga un momento?

—No —dijo al fin—. Solo… maneje, por favor.

La voz le salió hueca.

El chofer asintió. Volvió la vista al camino.

La puerta se cerró tras de ella con un clic seco. Al llegar a casa. Nadie la esperaba. Nadie preguntó cómo estaba.

La casa estaba como la dejó…

Dejó las llaves sobre la mesa del recibidor con una lentitud casi infantil, como si le costara soltar incluso lo más cotidiano.

Se quedó de pie, inmóvil, mirando un punto cualquiera en la pared. Como si por un momento no supiera si avanzar o rendirse ahí mismo.

Dio unos pasos. Entró a la sala.

Y entonces se dejó caer en el sofá.

El cuerpo vencido. Los hombros caídos.

La mirada fija en el techo.

El reloj de la pared marcaba apenas la una.

No volvió a mirar la hora.

Pensó en Lauro.

En cómo empezó todo. En la primera vez que le gustó. En la última vez que le creyó.

Pensó en sus palabras, en su voz quebrada.

En la manera en que él no supo defenderse… o simplemente se cansó de intentarlo.

¿Y si todo fue una confusión?

¿Y si estaba equivocada?

¿Y si todo esto era solo una manera absurda de protegerse de volver a romperse?

No ella sabía lo que vio, ella sabía.

Apretó los labios. Se abrazó a sí misma, como si ese gesto pudiera sostenerla.

“Estoy cansada de mí”, pensó de pronto, sin querer pensarlo.

“Cansada de ser fuerte. Cansada de exigirme ser valiente. Cansada de no saber pedir ayuda”.

Cansada de no poder dejar este resentimiento y dolor atrás. De no poderlo perdonar aunque no significara quedarse con el.

Su pecho dolía.

No el dolor del corazón enfermo…

Sino el otro. El que no tiene medicina.

El que arde en lo profundo del alma cuando te das cuenta de que es lo único que realmente quiere.

Pensó en cuánto costó llegar a ese amor.

En lo fácil que había sido confiar en el.

En cómo construyó un muro tan alto para no salir lastimada, que terminó encerrada sola, como prisionera de sí misma.Incluso ante su familia.

“Quise ser amada”, se repitió.

“Pero no supe ser amada sin miedo. Sin huir. Sin destruir”.

“Quise ser fuerte, pero me volví fría”.

“Quise no necesitar a nadie, pero me volví inaccesible”.

“Y ahora… ahora no sé si tengo tiempo de hacerlo bien”.

Miró sus manos.

Pensó en cómo le temblaban cuando el doctor le dijo “seis meses, quizá menos”.

Pensó en todo lo que aún no hizo. En todo lo que ya no podrá hacer.

En que quiso que la amaran pero que nunca se ami a sí misma lo suficientee como para hacer lo que realmente quería.

Pensó en Lauro.

Y se odió por seguirlo queriendo.

“Intenté hacerlo todo bien”, pensó.

“No porque fuera valiente, sino porque tenía miedo. Porque quería que me vieran. Que alguien dijera: ‘ella lo vale’”.

“Pero al final, ni yo supe si lo valía”.

El sol se apagaba tras las cortinas.

La casa comenzó a cubrirse de sombra, lentamente.

Ella no se movía.

No lloraba.

No hablaba.

Pero por dentro, estaba gritando.

“Esto es lo que cuesta ser amada… arriesgarte a perder. Entregar lo que no sabes si te van a devolver”.

“Y yo me entregué sin calcular el daño. Sin anticipar el dolor”.

“Tal vez lo arruiné todo por no saber cómo se ama bien” o más bien como se ama a uno mismo.

En algún punto, pensó que debía comer. Pero no lo hizo.

Luego pensó en llamar a alguien. Pero no tenía a quién.

La familia estaba. Sí. Pero nadie sabía lo que le estaba pasando. Nadie sabría cómo mirarla.

Se hundió más en el sofá.

Los pensamientos se le agolpaban como olas.

No sabía si quería seguir.

Pero tampoco quería rendirse sin más.

Solo supo algo, ahora se amaría, y haría lo que quisiera, y una de esas cosas era estará con el amor de su vida, aunque no todo haya sido Perfecto, aunque el se haya equivocado y ella tambien.

La noche llegó sin pedir permiso.

Y cuando por fin movió los ojos, el reloj marcaba las siete.

El día entero se le había ido…

entre el dolor de ser,

el miedo de dejar de ser,

y el anhelo —más fuerte que todo—

de ser amada… aunque ya fuera tarde.

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