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Amor A Destiempo

Amor A Destiempo

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Época / Posesivo
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Ariane Blackrose

México, 1910.
Amalia De la Vega siempre creyó conocer el rumbo de su vida. Hija de una poderosa familia hacendada, creció entre privilegios, comodidades y un futuro que otros parecían haber decidido por ella.
Hasta que la Revolución llegó a su puerta.
Secuestrada para obligar a su padre a negociar, Amalia termina en manos de un grupo revolucionario liderado por un hombre al que todos llaman Sombra: frío, reservado y peligroso, con demasiados secretos detrás de sus ojos ámbar.
Ella debería odiarlo.
Él jamás debió acercarse demasiado.
Pero entre enfrentamientos, silencios y una atracción que ninguno estaba dispuesto a reconocer, algo comienza a cambiar.
Cuando Amalia finalmente recupera su libertad, descubre que otra prisión la espera: un matrimonio arreglado con Gustavo Conde, un hombre relacionado con un pasado que Sombra se niega a revelar.
Separados por dos mundos, mentiras y una guerra que amenaza con destruirlo todo, Amalia descubrirá que quizá nunca conoció realmente al hombre del

NovelToon tiene autorización de Ariane Blackrose para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7 — Una melodía distinta

Los días continuaron pasando.

Y con ellos comenzó a suceder algo que Amalia se negaba a reconocer incluso ante sí misma.

Había dejado de contar cada amanecer.

Al principio despertaba pensando en cuántos días llevaba lejos de la hacienda. Después calculaba cuánto tardaría su padre en encontrarla, estudiaba los caminos y esperaba cualquier oportunidad para escapar.

Todavía quería regresar.

Por supuesto que quería regresar.

Pero el campamento había dejado de ser un conjunto de desconocidos.

Ahora tenía nombres.

Voces.

Costumbres.

Mariel se había convertido en la persona a la que acudía cada vez que necesitaba algo, aunque ambas discutían prácticamente por todo. Rafael continuaba fastidiándola siempre que encontraba oportunidad. Nicolás había avanzado considerablemente con la lectura y ahora aparecía casi todas las tardes con algún papel entre las manos.

Y Sombra…

Sombra seguía siendo Sombra.

Una pregunta sin respuesta vestida de negro.

Aquella semana había estado fuera con frecuencia.

Amalia no sabía exactamente qué hacían los hombres cuando abandonaban el campamento, pero había aprendido a reconocer las señales.

Preparaban armas.

Revisaban caballos.

Hablaban alrededor de mapas.

Y regresaban cansados.

Cuando regresaban.

Aquella tarde fue diferente.

Mucho antes de que los jinetes aparecieran, alguien gritó desde la parte alta del camino.

—¡Ya vienen!

El campamento entero pareció despertar.

Mariel soltó lo que tenía en las manos.

Amalia, que estaba ayudando a Nicolás con una palabra que él insistía en pronunciar mal, levantó la cabeza.

—¿Quiénes?

Mariel ya corría.

—¡Los nuestros!

Amalia se puso de pie.

Los caballos comenzaron a entrar entre gritos y celebraciones.

Los hombres reían.

Algunos levantaban los sombreros.

Otros gritaban cosas que Amalia no alcanzaba a entender.

Entonces vio a Rafael.

Mariel también.

—¡Rafael!

Él apenas había desmontado cuando ella llegó.

—Esta vez no delante de mí —murmuró Amalia.

Naturalmente, Mariel no le hizo caso.

Lo abrazó con fuerza.

Rafael rio y la levantó del suelo.

—¿Me extrañaste?

—Cállate.

—Eso significa que sí.

—Significa que cállate.

Amalia sonrió.

Después buscó a otro hombre sin darse cuenta de que lo estaba haciendo.

Un caballo negro apareció al final del grupo.

Su corazón dio un pequeño golpe.

Sombra.

Regresaba cubierto de polvo. El sombrero negro ocultaba parcialmente su rostro y una parte de su camisa estaba manchada de tierra.

Pero estaba bien.

Amalia sintió alivio.

Un alivio tan inmediato que la incomodó.

Sombra desmontó.

Le entregó las riendas a uno de los hombres.

Entonces levantó la cabeza.

Sus ojos ámbar encontraron los de Amalia.

Ella dejó de sonreír inmediatamente.

Sombra arqueó ligeramente una ceja.

Amalia levantó el mentón.

Como si no hubiese estado buscándolo entre todos los jinetes.

Él comenzó a caminar hacia ella.

—Señorita De la Vega.

—Sombra.

—Parece decepcionada.

—¿Por qué habría de estarlo?

—No lo sé. Por su expresión.

—Ésta es mi expresión normal.

—Qué preocupante.

Amalia cruzó los brazos.

—Veo que sigue siendo insoportable.

—Y usted sigue aquí.

—Contra mi voluntad.

—Por supuesto.

Pasó junto a ella.

Amalia lo siguió con los ojos.

—¿Ganaron?

Sombra se detuvo.

—Sí.

—¿Qué ganaron?

Él la miró por encima del hombro.

—Una batalla.

—Eso ya lo había supuesto.

—Entonces ¿para qué pregunta?

Amalia abrió la boca.

Sombra continuó caminando.

—¡Algún día voy a conseguir que responda una pregunta completa!

Él levantó una mano sin volverse.

—Suerte con eso.

Aquella noche el campamento se transformó.

Amalia nunca había visto nada parecido.

Habían encendido varias fogatas grandes. Alguien había conseguido más comida de la habitual y unas cuantas botellas circulaban entre los hombres. Las mujeres prepararon tortillas, frijoles, carne y otras cosas cuyo aroma hizo que Amalia abandonara rápidamente cualquier intención de preguntar si había una alternativa.

Después aparecieron los instrumentos.

Una guitarra.

Luego otra.

Una armónica.

Una flauta.

Amalia observó todo desde un banco de madera.

—¿Qué hacen?

Mariel la miró como si hubiese formulado la pregunta más absurda del mundo.

—Celebrar.

—Eso ya lo veo.

Un hombre comenzó a tocar la guitarra.

Otro lo acompañó con la armónica.

El ritmo creció.

Alguien golpeó las palmas.

Las conversaciones se convirtieron en gritos de ánimo.

Y entonces comenzaron a bailar.

Amalia abrió los ojos.

—¿Así bailan?

Mariel rio.

—¿Qué tiene?

—Todo.

—¿Todo qué?

Amalia señaló discretamente.

—Mire cómo la está sujetando.

Una pareja giraba junto a la fogata.

El hombre tenía una mano en la cintura de la mujer mientras ella reía y seguía el ritmo.

—La está sujetando de la cintura —dijo Mariel.

—Exactamente.

—¿Dónde quieres que la sujete?

Amalia abrió la boca.

—Pues…

Mariel esperó.

—No sé. Pero no así.

—En tus fiestas, ¿qué hacen? ¿Se mandan cartas desde extremos opuestos del salón?

Amalia pareció ofendida.

—Bailamos.

—¿Así?

—No.

—Entonces no bailan.

Amalia soltó una risa.

La música que conocía era distinta.

Había aprendido a bailar desde niña. Le habían enseñado los pasos adecuados para reuniones, celebraciones y salones donde todo tenía un orden.

Aquello no tenía ninguno.

O al menos no uno que ella comprendiera.

Los hombres zapateaban.

Las faldas se levantaban con los giros.

Las parejas se acercaban y se separaban.

Había palmas, silbidos, risas.

Nadie parecía preocupado por hacerlo perfectamente.

Sólo por disfrutarlo.

Rafael apareció frente a Mariel.

Extendió una mano.

—Mujer.

Ella lo miró.

—¿Qué?

—Baila conmigo.

—Pídelo bien.

Rafael suspiró exageradamente.

—Mariel Mares, mujer cruel y despiadada que ha convertido mi vida en una tragedia, ¿tendría la bondad de bailar conmigo?

—Así está mejor.

Aceptó su mano.

Rafael la llevó hacia los demás.

Amalia rio al verlos.

Mariel bailaba como hacía todo.

Sin vergüenza.

Sin pedir permiso.

Rafael intentó hacerla girar y ella terminó siendo quien lo hizo girar a él.

Todos rieron.

—¡Eso es trampa! —protestó Rafael.

—¡Aprende a bailar!

—¡Yo te enseñé!

—¡Y yo mejoré!

Amalia aplaudió con los demás.

—¡Eso, Mariel!

Rafael la señaló.

—¡No la anime!

Amalia rio.

Entonces sintió una mirada.

No tuvo que buscar demasiado.

Sombra estaba al otro lado de la fogata.

No bailaba.

Por supuesto.

Estaba apoyado contra una carreta, con una taza en una mano y el sombrero proyectando sombra sobre sus ojos.

La observaba.

Amalia sostuvo su mirada.

Esta vez no la apartó.

Algo cambió.

Fue pequeño.

Pero deliberado.

Le sonrió.

Sombra dejó de beber.

Amalia sintió una satisfacción inesperada.

Mariel regresó poco después, respirando agitadamente.

—Te toca.

—No.

—Sí.

—No conozco esos bailes.

—Pues aprende.

—No pienso hacer el ridículo.

—Llevas semanas haciéndolo gratis.

Amalia le dio un empujón.

—¡Mariel!

La joven rio.

—Entonces baila algo que conozcas.

Amalia miró a los músicos.

—No sabrían tocarlo.

Un hombre con guitarra la escuchó.

—Pruebe, señorita.

Amalia dudó.

—¿Conocen algo más lento?

—¿Qué quiere?

Ella intentó explicar una melodía que recordaba de algunas reuniones de su familia.

El guitarrista probó unas notas.

Amalia corrigió.

Otro músico se unió.

Después la flauta.

No era exactamente la misma melodía.

Tenía algo diferente.

Más áspero.

Más vivo.

Pero Amalia sonrió.

—Así.

Mariel la empujó suavemente hacia el espacio junto al fuego.

—Ahora baila.

Amalia miró alrededor.

Todos la observaban.

Semanas atrás aquello no le habría importado.

Había crecido siendo observada.

Pero allí era diferente.

No era Amalia de la Vega, hija del hacendado.

Era simplemente Amalia.

Respiró profundamente.

Y comenzó.

Al principio sus movimientos fueron contenidos.

Elegantes.

Exactos.

Los pasos que le habían enseñado desde niña regresaron a su cuerpo con naturalidad.

Las conversaciones disminuyeron.

Amalia levantó ligeramente la falda para no pisarla y giró.

Mariel sonrió.

Rafael silbó.

—¡Mire nada más a la señorita!

Amalia rio.

Y algo se liberó.

La música no era exactamente la que conocía.

Así que dejó de intentar bailar exactamente como le habían enseñado.

Improvisó.

Giró otra vez.

La falda sencilla de algodón se abrió alrededor de sus piernas.

Su cabello negro, que aquella noche llevaba menos recogido de lo habitual, se movió sobre sus hombros.

Sus ojos azules brillaban con el reflejo del fuego.

Y entonces miró a Sombra.

Directamente.

Él continuaba junto a la carreta.

Pero ya no parecía relajado.

La taza permanecía inmóvil en su mano.

Amalia sonrió.

No la sonrisa caprichosa que utilizaba para conseguir algo.

No la sonrisa educada que había aprendido a mostrar en reuniones.

Otra.

Una que ni siquiera ella sabía que tenía.

Siguió bailando.

Y no dejó de mirarlo.

Sombra entrecerró ligeramente los ojos.

Algo había cambiado.

Hasta aquella noche había visto muchas versiones de Amalia.

La muchacha furiosa que había encontrado sobre un caballo con las manos atadas.

La señorita consentida que se quejaba del café.

La joven curiosa que hacía demasiadas preguntas.

La cautiva que planeaba escapar.

La mujer que se sonrojaba cuando Mariel besaba a Rafael delante de todos.

Pero aquello era diferente.

Amalia sabía que él la estaba mirando.

Y, por primera vez, no parecía avergonzarla.

Al contrario.

Parecía disfrutarlo.

Sombra dejó lentamente la taza sobre la carreta.

Rafael lo vio.

Después miró a Amalia.

Luego otra vez a Sombra.

Una sonrisa apareció bajo su bigote.

—Oh.

Mariel le dio un codazo.

—Ni se te ocurra.

—No dije nada.

—Tu cara sí.

—Estoy observando.

Mariel lo miró.

—Eso dice ella.

Amalia giró una vez más.

Al terminar, los aplausos estallaron.

Ella hizo una pequeña reverencia exagerada.

—Gracias.

—¡Otra! —gritó Nicolás.

—¡No!

—¡Otra!

Más voces se sumaron.

Amalia rio.

—Está bien.

Entonces miró hacia Sombra.

—Pero ahora necesito pareja.

El campamento estalló en silbidos.

Sombra no se movió.

Amalia sintió que el corazón comenzaba a golpearle el pecho.

No sabía qué estaba haciendo.

O quizá sí.

Eso era lo peligroso.

—¿Algún voluntario? —preguntó.

Tres hombres levantaron inmediatamente las manos.

Amalia rio.

Pero sus ojos continuaron sobre Sombra.

Él lo entendió.

Todos terminaron entendiéndolo.

Rafael murmuró:

—Esto se va a poner interesante.

Mariel volvió a golpearlo.

Sombra finalmente se separó de la carreta.

Caminó hacia ella.

El campamento se llenó de gritos.

Amalia sintió que su seguridad comenzaba a abandonarla.

Demasiado tarde.

Sombra se detuvo frente a ella.

—Creí que no conocía nuestros bailes.

—No los conozco.

—Entonces eligió mal compañero.

—¿Usted tampoco sabe?

—No dije eso.

Amalia levantó una ceja.

—¿Tiene miedo?

Sombra inclinó ligeramente la cabeza.

—¿De usted?

—Sí.

—Constantemente.

Ella sonrió.

Sombra extendió la mano.

Amalia la tomó.

El guante negro contrastó con sus dedos claros.

La música comenzó.

Sombra colocó la otra mano en su cintura.

Amalia se quedó quieta durante una fracción de segundo.

Aquello era distinto cuando le sucedía a ella.

—¿Problemas? —murmuró él.

—Ninguno.

—Parece nerviosa.

—No lo estoy.

—Su mano dice otra cosa.

Amalia apretó los dedos sobre los suyos.

—Cállese y baile.

Una sonrisa apareció en el rostro de Sombra.

—Como ordene, señorita De la Vega.

Comenzaron a moverse.

Y para sorpresa de Amalia, Sombra sabía bailar.

Muy bien.

Demasiado bien.

Ella lo miró.

—Lo sabía.

—¿Qué?

—Usted no es un simple hombre de campo.

La sonrisa desapareció apenas.

—Estamos bailando y aun así encuentra tiempo para interrogarme.

—Soy talentosa.

—Eso empieza a preocuparme.

Sombra la hizo girar.

Amalia regresó hacia él.

Más cerca.

Sus ojos se encontraron.

El ruido del campamento pareció alejarse durante un instante.

—¿Quién le enseñó? —preguntó ella.

—Alguien.

—¿Una mujer?

Sombra arqueó una ceja.

Amalia se arrepintió inmediatamente.

—Era sólo una pregunta.

—Pareció otra cosa.

—No sea presumido.

—No lo soy.

—Entonces responda.

Sombra acercó ligeramente el rostro.

—No.

Amalia soltó una pequeña risa.

—Algún día.

—Sigue creyendo eso.

—Estoy segura.

La melodía comenzó a terminar.

Pero ninguno de los dos apartó la mirada.

Cuando la última nota desapareció, Amalia descubrió que todavía tenía una mano apoyada sobre Sombra.

Y él todavía sostenía su cintura.

Rafael silbó.

El momento se rompió.

Amalia se separó inmediatamente.

Mariel estaba sonriendo.

Demasiado.

—Ni una palabra —advirtió Amalia.

—No dije nada.

—Pero quiere.

—Muchísimo.

Amalia se alejó intentando recuperar la dignidad.

Sombra permaneció donde estaba.

Rafael se acercó a él.

—Bonito baile.

Sombra tomó su taza.

—Cállate.

—Yo no dije nada.

—Estás a punto.

Rafael sonrió.

—Sólo iba a comentar que la señorita parece haberse acostumbrado bastante rápido a ciertas cosas del campamento.

Sombra miró hacia Amalia.

Ella estaba discutiendo con Mariel, todavía sonrojada.

—No se ha acostumbrado.

—No.

Rafael siguió su mirada.

—Pero tampoco es la misma que llegó.

Sombra no respondió.

Porque aquello era cierto.

Amalia estaba cambiando.

Pero esa noche había ocurrido algo más.

Por primera vez, ella había elegido conscientemente mantener su mirada.

Había bailado para todos.

Pero durante buena parte de aquella melodía había mirado solamente a él.

Ya no había sido la muchacha escandalizada que apartaba los ojos ante cualquier insinuación.

Había algo nuevo en ella.

Una seguridad distinta.

Una curiosidad que comenzaba a perder la inocencia de las primeras semanas.

Y Sombra había cometido el error de responder a aquella mirada.

Desde el otro lado del fuego, Amalia levantó los ojos.

Lo encontró observándola nuevamente.

Esta vez no sonrió.

Tampoco apartó la mirada.

Sombra hizo lo mismo.

Entre ambos ardía la fogata.

Alrededor continuaban la música, las risas y el baile.

Pero durante unos segundos ninguno pareció escuchar nada.

Y Amalia comprendió algo que le produjo una sensación extraña en el pecho.

Ya no estaba mirando a Sombra únicamente porque quisiera descubrir quién era.

Ahora comenzaba a querer descubrir al hombre que se escondía detrás de él.

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Carolina A²V
sino lo haces a tiempo te la robas 🤭🤭🤭
Carolina A²V
casi te gana el subconsciente 😊🤭
Carolina A²V
no rubia 🤭
Carolina A²V
otra vez podría ☝🏼
Carolina A²V
se ha dicho suponen
Carolina A²V
Lo sabemos 🫤
Carolina A²V
que fastidio con ese hombre 🫤😒
Carolina A²V
exacto 🤭🤭🤭
Carolina A²V
déjalo así por ahora 🤔
Carolina A²V
no alcanza la vida 🤔
Carolina A²V
se ven lindos
Carolina A²V
no te lo dirá pero sabes que si lo es 🤔😊🤭
Carolina A²V
mentiroso 😊
Carolina A²V
La estabas espiando 😊🤭
Carolina A²V
ayyy Joel por favor a quien quieres engañar 🤔🤨
Carolina A²V
pero ese idiota te gusta 😊🤭🤭
Carolina A²V
te tardaste 😁😂🤣
Carolina A²V
que paso Sombra se te pegaron los zapatos 😂🤣🤣
Carolina A²V
estás celoso 😊😁
Carolina A²V
apareció Sombra 😊😁
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