Faltaban veintitrés días para mi boda cuando descubrí que el príncipe Cassiel planeaba matarme después de convertirse en emperador.
Esa misma noche, mi padre apareció muerto.
Solo tenía una forma de escapar de mi prometido: casarme con su hermano mayor.
Killian, el príncipe maldito que todo el Imperio temía.
Creí que estaba eligiendo al menor de dos monstruos.
Hasta que llegué al Norte y miles de soldados se arrodillaron ante mi esposo.
—Bienvenido a casa, mi rey.
Entonces se arrodillaron ante mí.
—Bienvenida, mi reina.
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Capítulo 7: El lobo negro.
La herida de mi cuello era tan pequeña que apenas necesitaba un vendaje.
Greta, sin embargo, parecía convencida de que había sobrevivido a una decapitación.
—Quieta.
—Estoy quieta.
—Acaba de moverse.
—Estoy respirando.
—Intente hacerlo menos.
La miré a través del espejo.
Greta continuó limpiando el corte con una concentración admirable. Habíamos regresado a la fortaleza hacía poco más de una hora y, desde entonces, Killian había desaparecido con Ronan para interrogar al hombre que había entrado en la mansión Aster.
No había preguntado qué métodos utilizarían.
Prefería conservar el apetito.
—Ya está —dijo finalmente Greta.
Me entregó un pequeño espejo.
Una línea rojiza atravesaba el lado izquierdo de mi cuello.
—Gracias.
Greta comenzó a recoger los frascos.
—Su Majestad casi mata al hombre.
La miré.
Greta estaba junto a una pequeña mesa, acomodando varios frascos con una tranquilidad que no correspondía en absoluto con lo que acababa de decir.
—¿Su Majestad?
Sus manos se detuvieron.
—Su Alteza.
—No ha dicho Alteza.
Greta tomó otro frasco y lo examinó con particular interés.
—Debe haber escuchado mal.
Entrecerré los ojos.
—Greta.
La mujer continuó ordenando los frascos como si aquella conversación no tuviera ninguna importancia.
Era la segunda vez que alguien llamaba rey a Killian.
Ronan lo había hecho aquella misma mañana, justo antes de nuestra boda.
Ahora Greta.
Dos personas. Dos veces.
Y ambas habían corregido el título con una rapidez demasiado sospechosa.
—¿Por qué los norteños llaman rey a mi esposo?
Greta dejó finalmente el frasco sobre la mesa.
—Debería preguntárselo a él.
—Lo hice.
—Entonces seguramente recibió una respuesta.
—Dijo que los norteños tienen malas costumbres.
Una sonrisa apenas perceptible apareció en los labios de Greta.
—También parece haber recibido una respuesta bastante propia de él.
La miré con frustración.
—Eso no responde mi pregunta.
—No pretendía hacerlo.
Por supuesto que no.
Antes de que pudiera insistir, Greta tomó la bandeja y se dirigió hacia la puerta.
—Descanse, mi lady.
—Todos en esta fortaleza son desesperantemente buenos evitando preguntas.
Greta se detuvo un instante y me miró por encima del hombro.
—Es una habilidad muy valorada en el Norte.
Hizo una pequeña reverencia.
—Sobre todo cuando las respuestas pueden resultar incómodas.
Y se marchó.
Me dejé caer sobre la cama y contemplé el dosel durante unos segundos.
Había demasiadas preguntas. Lo peor era que, cada vez que encontraba una respuesta, aparecían dos preguntas nuevas detrás.
La muerte de mamá. Vhalen. El asesinato de mi padre. El hombre que había entrado en su habitación buscando sus documentos. Las marcas negras de Killian. Morvath. Y ahora aquel misterioso título que todos parecían conocer menos yo.
Mi matrimonio estaba resultando extraordinariamente educativo.
⬩➤
No cené con Killian. Greta informó que Su Alteza seguía ocupado y dejó una bandeja en mi habitación. Intenté leer, pero después de pasar tres veces por la misma página comprendí que no había retenido una sola palabra.
También intenté dormir.
Fracasé.
Finalmente me rendí y abandoné la cama.
La fortaleza estaba silenciosa cuando salí al corredor. Esta vez me aseguré de memorizar cuidadosamente el camino. No tenía ninguna intención de terminar accidentalmente frente a otra sala de entrenamiento.
Ni frente a otro esposo semidesnudo.
Aunque, considerando el resultado de la primera ocasión, tampoco podía decir que hubiera sido una tragedia.
Bajé las escaleras y encontré una puerta lateral que conducía a los jardines interiores. La abrí y el frío me golpeó de inmediato. Agradecí haber tomado una capa antes de salir.
La lluvia había desaparecido y el cielo estaba despejado. La luna bañaba los muros de piedra con una luz pálida, mientras los árboles se balanceaban suavemente bajo el viento nocturno. Después de pasar todo el día rodeada de personas, aquella quietud resultaba casi reconfortante.
Caminé sin rumbo, dejando que el aire frío despejara un poco mi cabeza.
Por unos minutos no pensé en Cassiel, ni en mi padre, ni en las marcas de Killian.
Entonces escuché un gruñido.
Me detuve.
El sonido había sido bajo, profundo y extraño. Exactamente igual al que había escuchado dentro de la fortaleza.
Mi corazón comenzó a latir más deprisa.
Miré hacia los muros.
Esta vez no provenía de debajo de la fortaleza.
El sonido volvió a escucharse.
Venía del jardín.
Y estaba mucho más cerca.
—¿Killian?
No hubo respuesta.
Otro gruñido atravesó la noche, esta vez mucho más cerca.
Retrocedí un paso y miré entre los árboles. Mi mano buscó instintivamente algún arma, aunque sabía perfectamente que no llevaba ninguna. Había salido a buscar aire, no a enfrentarme a criaturas desconocidas en mitad de la noche.
Entonces algo se movió entre las sombras.
Me quedé inmóvil.
La figura avanzó lentamente entre los árboles, apenas visible bajo la luz de la luna. Por un instante pensé que se trataba de un caballo, pero aquella idea desapareció en cuanto levantó la cabeza.
Vi sus ojos.
Plateados.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
El animal dio otro paso y salió finalmente de la oscuridad.
Era un lobo.
Pero no un lobo normal.
Era enorme, mucho más grande de lo que cualquier criatura de su especie debería ser. Sus patas parecían capaces de alcanzar mi cintura y su cuerpo estaba cubierto por un pelaje oscuro que la luz de la luna convertía en sombras plateadas.
Se quedó observándome.
Yo hice lo mismo.
Ninguno de los dos se movió.
Entonces el lobo inclinó ligeramente la cabeza.
Y tuve la extraña sensación de que no estaba mirando a una desconocida.
Estaba mirándome como si ya me conociera.
Entonces lo reconocí.
El tapiz.
La criatura representada en aquella enorme pieza de tela que había visto durante mi llegada al Norte.
—Morvath.
El lobo levantó las orejas al escuchar su nombre.
Magnífico.
Había encontrado exactamente a la criatura sobrenatural que mi esposo me había pedido que evitara.
Tal vez Cassiel no necesitaba asesinarme después de todo. Parecía perfectamente capaz de hacerlo yo sola.
Morvath avanzó.
Retrocedí hasta que mi espalda chocó contra la piedra fría de una fuente. Ya no tenía espacio para seguir alejándome.
—Bonito lobo.
Sus labios se levantaron y dejaron al descubierto unos colmillos demasiado grandes.
Tragué saliva.
—Muy bonito lobo.
Morvath no pareció impresionado.
Un gruñido profundo hizo vibrar el aire entre nosotros.
—Supongo que no serviría de nada explicarte que soy la esposa de Killian.
Otro paso.
—Probablemente tampoco te importe.
Sus ojos plateados permanecían fijos en los míos.
No tenía dónde correr.
Y entonces ocurrió algo extraño.
El miedo comenzó a desaparecer.
No completamente. Todavía podía sentir el pulso acelerado en mi garganta y la tensión de cada músculo preparado para huir. No había perdido el instinto de supervivencia.
Pero debajo del terror apareció otra sensación.
Una familiaridad imposible.
Era como si aquella presencia hubiera estado esperando en algún rincón olvidado de mi memoria y, al verla, una parte de mí simplemente la hubiera reconocido.
Morvath dejó de gruñir.
Inclinó ligeramente la cabeza.
Entonces sentí calor bajo la piel de mi mano derecha.
Fruncí el ceño y bajé la mirada.
Una pequeña luz plateada comenzó a envolver mis dedos.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué...?
La luz aumentó.
Morvath reaccionó de inmediato. Sus orejas se echaron hacia atrás y todo su cuerpo se tensó.
Pensé que iba a atacarme.
En cambio, el enorme lobo bajó lentamente la cabeza.
Una de sus patas delanteras se dobló.
Después la otra.
Contuve el aliento.
Morvath se arrodilló frente a mí.
—Eso es imposible.
La voz de Killian sonó detrás de nosotros.
Me volví.
Estaba a pocos metros, acompañado por Ronan.
Nunca había visto a Killian tan pálido.
Sus ojos estaban clavados en Morvath y, por primera vez desde que lo conocía, parecía completamente desconcertado.
—Alamea —dijo con voz baja—. No te muevas.
—No estaba planeando hacerlo.
Killian avanzó lentamente.
Morvath levantó la cabeza y el gruñido regresó.
Pero esta vez no estaba dirigido hacia mí. Estaba dirigido hacia Killian.
Mi esposo se detuvo y por un instante, ninguno de los dos se movió.
Morvath enseñó los colmillos.
Killian cerró lentamente la mano.
Y comprendí algo que me hizo olvidar incluso la criatura que tenía delante.
Killian no le tenía miedo a Morvath.
—Morvath.
El lobo mostró los dientes.
Ronan llevó una mano hacia su espada.
—No.
Killian levantó un brazo para detenerlo.
—Alamea, ven hacia mí.
Intenté moverme.
Morvath se levantó inmediatamente y se colocó entre Killian y yo.
—Creo que no quiere que vaya contigo.
—Ya lo veo.
—¿Esto ocurre normalmente?
Killian me lanzó una mirada que respondía perfectamente.
No.
Definitivamente no.
El lobo volvió a mirarme.
La luz de mis dedos continuaba brillando.
Sin pensar, extendí la mano.
—Alamea, no.
Ignoré a Killian.
Morvath permaneció inmóvil frente a mí, con la cabeza inclinada y aquellos ojos plateados fijos en los míos. Por alguna razón, ya no sentía que quisiera atacarme.
Extendí lentamente la mano.
Mis dedos rozaron su pelaje. Esperaba sentir pelo. En cambio, sentí hielo. Un frío brutal atravesó mi palma y recorrió todo mi brazo. Intenté apartarme, pero fue demasiado tarde.
El jardín desapareció.
Durante un instante ya no estuve allí.
Vi nieve.
Una extensión interminable de blanco cubierta de cuerpos.
Vi fuego elevándose entre los árboles y escuché gritos que parecían llegar desde muy lejos. El olor a humo llenó mis pulmones.
Entonces apareció una mujer.
Corría entre los árboles, tropezando sobre la nieve y dejando manchas de sangre a su paso. Su vestido blanco estaba desgarrado y cubierto de rojo.
Cabello oscuro.
La reconocí sin saber cómo.
Helena.
Mi madre.
Intenté acercarme, pero la visión cambió antes de que pudiera hacerlo.
Ella se volvió.
Sus ojos buscaron algo detrás de los árboles.
Y entonces escuché una voz.
Una voz masculina.
Urgente.
Aterrada.
—¡Corre, Helena!
La visión se quebró.
Aparté la mano de Morvath de golpe.
El jardín regresó de una sola vez.
El aire frío.
La piedra bajo mis pies.
El lobo frente a mí.
Intenté respirar, pero mis piernas dejaron de responder.
Caí hacia atrás.
Killian llegó antes de que tocara el suelo y me sostuvo entre sus brazos.
—Alamea.
Lo escuché pronunciar mi nombre, pero su voz parecía venir desde muy lejos.
Miré a Morvath.
El enorme lobo seguía arrodillado.
Y por primera vez, Killian no parecía estar preguntándose qué acababa de ocurrirme.
Parecía haber entendido exactamente lo que había visto.
—Alamea...
Lo miré, incapaz de respirar correctamente.
—Mi madre.
Killian se quedó inmóvil.
Morvath continuaba observándome.
—¿Qué dijiste?
—La vi.
Los dedos de Killian se tensaron alrededor de mis brazos.
—¿Qué viste?
—Nieve. Fuego. Había cuerpos y alguien dijo su nombre.
Killian miró a Morvath.
Por primera vez desde que lo conocía, vi miedo verdadero en su rostro.
—Eso no puede ocurrir.
—Pues ocurrió.
Ronan se acercó.
—Killian...
—Lo sé.
—¿Qué está pasando?
Ninguno respondió.
Me aparté de Killian.
—Estoy cansada de que todos sepan cosas sobre mi familia excepto yo.
Killian me observó.
—Morvath no permite que nadie lo toque.
Miré al lobo.
—Acaba de permitírmelo.
—No entiendes.
Su voz era extrañamente tensa.
—Morvath está vinculado a mi sangre. No obedece a nadie fuera de ella.
Recordé cómo se había arrodillado.
—Entonces ¿por qué lo hizo?
Killian miró nuevamente la luz que todavía brillaba débilmente alrededor de mis dedos.
—No lo sé.
Morvath avanzó hacia mí.
Killian intentó interponerse, pero el lobo no atacó. Se limitó a acercar el hocico hasta mi mano y cerró los ojos.
La luz plateada desapareció.
Durante unos segundos, nadie se movió.
Killian permaneció en silencio, contemplando a Morvath como si acabara de presenciar algo que no debería existir. Después volvió lentamente la mirada hacia mí.
Ya no había únicamente sospecha en sus ojos.
Había algo mucho más inquietante.
—Mañana —dijo— vamos a hablar de tu madre.
Mi corazón se aceleró.
—¿Finalmente piensa contarme la verdad?
Killian tardó demasiado en responder.
—Voy a contarte lo que sé.
—¿Cuál es la diferencia?
Su expresión se endureció.
—Que Helena Aster sabía cosas que incluso yo sigo intentando comprender.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Qué cosas?
—Eso es lo que vamos a descubrir.
Morvath se sentó junto a mis piernas.
No parecía dispuesto a apartarse.
Casi como si estuviera protegiéndome.
Killian bajó la mirada hacia el enorme lobo y luego volvió a mí.
—Ahora necesito descubrir por qué una criatura que solo reconoce la sangre de mi familia acaba de arrodillarse ante ti.
El viento recorrió el jardín y levantó ligeramente mi capa. La apreté alrededor de mi cuerpo mientras intentaba ordenar todo lo que acababa de ocurrir.
Había salido de la fortaleza buscando un poco de aire.
En cambio, había encontrado una criatura ancestral, una visión de mi madre y otra pregunta que nadie parecía capaz de responder.
Pero mientras observaba el rostro de Killian, comprendí algo que me inquietó mucho más que todo lo demás.
Por primera vez desde que nos conocimos, el príncipe maldito no parecía peligroso.
Parecía preocupado.
Y la persona que le preocupaba era yo.
gracias me dejas sin palabras, hermosa y misteriosa historia ❤️❤️❤️🥰🥰🥰