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UN CHILANGO EN TIERRAS SALVAJES

UN CHILANGO EN TIERRAS SALVAJES

Status: En proceso
Genre:Viaje a un mundo de fantasía / Grandes Curvas / Romance
Popularitas:224
Nilai: 5
nombre de autor: Anthony Helios

Alejandro pensó que tocar fondo era encontrar a su novia "reforzando la amistad" con un pendejo del tamaño de un refrigerador. Ternurita.
En un intento patético por encontrar consuelo, este Godínez promedio -de esos que piden perdón cuando los pisan- compra un libro viejo que promete curar su corazón. ¿El resultado? No recibe terapia, sino un boleto de ida (y sin retorno) a un mundo salvaje donde su tarjeta de puntos y su buena educación no valen nada.
Ahora, Alejandro está atrapado en una tierra hostil armado con lo único que tiene: unos tenis de tela que ya pasaron de moda, cero condición física y una ansiedad galopante.
Aquí no hay señal, no hay Oxxos en cada esquina y, lamentablemente, las bestias que lo acechan no entienden de "buenos modales". Si quiere volver a la comodidad del asfalto (y a sus tacos al pastor), tendrá que aprender a sobrevivir en un lugar donde todo lo ve con cara de snack.

NovelToon tiene autorización de Anthony Helios para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 6 De heavy metal, panes accidentados y una muñeca de trapo

​Si pensaba que la resaca era lo peor que me podía pasar en Villa Raíz, estaba muy equivocado. Lo peor tenía nombre, apellido y unos abdominales de acero que seguramente podían rallar queso: Kaia Valerius.

​Apenas el cielo empezó a pintarse de un violeta amanecer, sentí cómo me jalaban de la pierna y me tiraban de la cama (bueno, del montón de pieles que usaba de colchón). Aterricé de cara contra la madera.

—¡Arriba! —gritó Kaia—. El sol ya salió y tus músculos siguen en huelga.

​—Cinco minutos más, jefa... —balbuceé, abrazando mi bota—. Solo cinco... estoy en etapa de crecimiento...

​—En el campo de batalla, cinco minutos es la diferencia entre cenar o ser la cena. —Me pateó suavemente las costillas—. ¡Muévete!

​Salimos al claro detrás de la taberna. El aire estaba helado y mis pulmones chilangos, acostumbrados al smog de Tlalpan, se sentían extrañamente ofendidos por tanto oxígeno puro.

Kaia estaba parada frente a mí, con esa ropa ajustada color vino que me recordaba constantemente que debía mantener la vista arriba de su cuello si quería conservar mis dientes intactos.

​—Primero, resistencia —dijo ella, señalando un sendero empinado que subía por las raíces gigantes—. Correrás hasta la cima y volverás. Diez veces.

​—¿Diez? —Me ajusté los pantalones mágicos—. Oye, tranquila. Mi cardio consiste en correr detrás del camión de la basura cuando se me olvida sacarla los martes.

​—Corre —ordenó, y su tono tenía el peso de una sentencia judicial.

​Suspiré. Saqué mi celular mágico (gracias, tortuga divina).

—Si voy a morir, al menos que sea con un buen soundtrack.

Abrí Amazon music. Necesitaba algo potente. Nada de pop suave. Seleccioné Master of Puppets de Metallica.

—¡A darle átomos! —grité cuando los riffs de guitarra me reventaron los tímpanos.

​Empecé a trotar. Me sentía Rocky Balboa, pero versión región 4.

Sin embargo, no contaba con el factor Ringo.

El mono estaba sentado en una rama baja, con una sonrisa maliciosa. Cuando pasé por debajo, me lanzó una nuez dura que me dio directo en la frente.

—¡Au! —me sobé sin dejar de correr.

​—Corres como un pato con una espina en el trasero, piel suave —chilló Ringo, bajando de un salto y corriendo a mi lado.

Lo peor es que el maldito mono corría en dos patas, imitándome, pero más rápido.

—¡Más ritmo, flan! —gritó, y me metió una zancadilla.

​Tropecé, trastabillé y casi me voy de boca, pero logré mantenerme en pie.

—¡Hijo de tu peluda madre! —le grité—. ¡Déjame en paz!

​—¡El enemigo no te deja en paz! —respondió Ringo, dándome una patada en la espinilla—. ¡Soy el general del Rey Sombra, temed mi furia!

​A la quinta vuelta, yo ya veía a San Pedro saludándome en la entrada del cielo. Metallica seguía sonando: Master! Master!, pero yo me sentía más como el títere que como el maestro.

De repente, algo pasó zumbando cerca de mi oreja. Era un zumbido molesto, como de mosca gigante.

​—¡Vamos, grandulón! ¡Mueve esas patas de Grompo! —gritó una vocecita aguda.

​Era Trixie, el hada borracha. Volaba erráticamente a mi lado, con una botellita de néctar fermentado en la mano, riéndose como desquiciada.

​—¿Qué chingados es un Grompo? —pregunté entre jadeos, casi escupiendo un pulmón.

​—Es una bestia del pantano —explicó Ringo sin dejar de correr a mi lado—, gorda, babosa y que arrastra la panza al caminar porque sus piernas no le dan. Básicamente, tú, pero con menos ropa.

​—¡Gracias por la motivación! —grité, mentándoles la madre mentalmente a los dos.

​Llegué a la meta y me desplomé, buscando aire como pez fuera del agua. Marina, la ninfa, apareció como un ángel azul con una jícara de agua fresca.

—Pobrecito —dijo con lástima—. Kaia, lo vas a romper.

​—Si se rompe, no sirve —dijo Kaia fría, tomando un sorbo de agua—. Descansa dos minutos. Ahora quiero que observes.

​Kaia caminó hacia el centro del claro y desenvainó su espada. No era una espada cualquiera; el metal tenía un brillo oscuro y letal.

Empezó a moverse.

Olvidé el cansancio. Olvidé que me dolían los pulmones. Era hipnotizante. Se movía con una fluidez que parecía danza, pero una danza mortal. La espada cortaba el aire con silbidos agudos: swish, swish.

Pero, siendo honesto, mis ojos no solo seguían el acero. Al principio intenté enfocarme en sus pies, en su técnica, pero la gravedad y la física hacían su trabajo. Con cada giro y estocada, noté cómo su cuerpo reaccionaba bajo esa ropa ajustada. Sus pechos rebotaban con firmeza y sus caderas se movían con una potencia hipnótica.

Tragué saliva.

—Ay, nanita —pensé, sintiendo un calor que no era por el ejercicio—. Está más buena que el aguinaldo.

​—Wow... —se me escapó en voz alta.

​Ella terminó con una estocada seca y enfundó el arma en un movimiento fluido. Se giró hacia mí, respirando apenas un poco más rápido.

—La espada es una extensión de tu brazo. Pero antes de usar acero, tienes que saber usar tus huesos. Arriba. Combate cuerpo a cuerpo.

​Me levanté, temblando.

—¿Qué te pegue? —La miré horrorizado—. No le pego a las mujeres porque mi mamá me deshereda y me mata, y luego me vuelve a revivir para volverme a matar.

​—No me vas a pegar. Vas a intentar sobrevivir.

​Y vaya que intenté.

Me puse en guardia, imitando lo que había visto en la UFC.

—¡Ahí te voy! —grité, lanzando un golpe recto de derecha.

Kaia ni siquiera parpadeó. Desvió mi puño con la palma abierta y usó mi propio impulso para girarme el brazo.

—Muy lento —susurró—. Y eres demasiado obvio. Me avisas con la mirada media hora antes de tirar el golpe.

​Intenté barrerle el pie. Ella saltó ligeramente, aterrizó sobre mi pierna extendida y me dio un empujón en el pecho que me mandó de espaldas al pasto.

—Levántate —ordenó—. Otra vez.

​Durante los siguientes veinte minutos fui su trapeador humano. Me hizo llaves que no sabía que existían. Me torció dedos, me inmovilizó el cuello y me usó de tapete.

​—Tu guardia es un asco —dijo, soltándome después de tenerme con la cara en la tierra—. Estás pensando demasiado.

​Estaba tirado, tratando de recuperar el aliento y la dignidad, cuando sentí un peso caer sobre mi pecho.

—¡Relevo! —gritó una voz chillona.

​El mono saltó sobre mí. Y no estaba jugando.

—¡Toma esto, saco de papas! —chilló Ringo, dándome de manotazos rápidos en la cara—. ¡Pif, paf, puf!

​—¡Quítate, Ringo! —manoteé, tratando de agarrarlo.

​El mono era jabonoso. Se deslizó por mi brazo, se me subió a los hombros y me aplicó un candado al cuello con sus piernitas peludas.

—¡La quebradora simia! —chilló, apretando—. ¡Ríndete, humano! ¡Besa la tierra ante el rey de la selva!

​Rodé por el pasto intentando quitármelo, pero Ringo me mordió la oreja y luego me jaló el cabello.

—¡Suéltame, chango del demonio! —grité desesperado, dando vueltas como croqueta—. ¡Kaia, ayuda! ¡Me está matando el peluche!

​De repente, escuché un sonido que detuvo todo.

Una risa.

Pero no era la risa burlona de Ringo, ni la risa de borracha de Trixie. Era una risa clara, genuina y un poco ronca.

Kaia se estaba riendo. Se estaba agarrando el estómago, con los ojos cerrados, viendo cómo el mono me sometía.

Me quedé quieto, con la cara aplastada en el pasto y Ringo sentado en mi cabeza como si fuera un trono.

Verla reír así le quitó diez años de amargura de encima. Se veía... humana. Se veía preciosa.

​—Está bien, está bien —dijo ella, secándose una lágrima de risa—. Ringo gana por sumisión técnica. Levántate, Alejandro.

​Me sacudí al mono (que salió corriendo victorioso haciendo la señal de la victoria) y me levanté, sobandome el cuello.

—Me alegra ser tu payaso personal —dije, pero no pude evitar sonreírle. Me gustaba esa versión de ella.

​—Te falta mucho, Narvarte —dijo, recuperando la compostura, aunque sus ojos seguían brillando divertidos—. Pero tienes aguante.

​Por la tarde, me dirigí a la cúpula del Sabio. Iba sobándome los moretones y murmurando maldiciones contra los primates.

Justo cuando iba a subir las raíces que llevaban a la entrada, la puerta se abrió.

​Salió una chica. Y... ¡ay, Dios mío!

Era una elfa, pero no como los estirados del otro día. Tenía el cabello largo, liso y de un color plateado brillante que parecía luz de luna líquida. Sus ojos eran grandes y de un color violeta intenso. Y, bueno, tenía unos atributos delanteros que competían seriamente con los de Kaia, y que parecían querer escapar de su vestido blanco.

​Ella traía una canasta llena de panes que olían delicioso. Al verme, se sobresaltó.

—¡Oh! —exclamó.

​Tropezó con una raíz salida. La canasta voló.

Mi instinto de "caballero águila" se activó.

—¡Yo te ayudo! —grité, lanzándome para atrapar la canasta y, de paso, sostenerla a ella para que no cayera.

​Mala idea. Pésimo cálculo.

Atrapé un pan con la mano izquierda. Pero mi mano derecha, en su intento de sostenerla, aterrizó de lleno en... bueno, en su pecho izquierdo.

Y no fue un roce. Fue un apretón sólido. Squeeze.

​El tiempo se detuvo.

Mi mano estaba hundida en una suavidad celestial. Sus ojos violetas se abrieron como platos.

—Eh... —dije, sintiendo que el alma se me salía del cuerpo—. Está... está esponjoso. Digo, ¡el pan! ¡El pan está esponjoso!

​La elfa se puso roja como un tomate, soltó un chillido agudo —¡Eeep!— y me dio una cachetada que resonó en todo el árbol.

—¡Pervertido! —gritó, me arrebató el pan de la otra mano y salió corriendo, dejando un rastro de aroma a vainilla.

​Me quedé ahí, con el cachete ardiendo y la mano todavía hormigueando.

Ringo apareció en mi hombro, negando con la cabeza.

—Eres una vergüenza para la especie, flan. Pero buena técnica de agarre. Un poco brusca, pero efectiva.

​—¡Fue un accidente! —grité al aire, mortificado.

​Subí con el Sabio, todavía rojo de la vergüenza. La tortuga flotaba entre sus libros.

—Llegas con el aura revuelta... y con la marca de una mano en la mejilla —dijo el Sabio—. Veo que ya conociste a Briana, la aprendiz de sanadora.

​—Fue un malentendido táctico —dije rápido, sentándome—. Hablemos de magia, por favor. Antes de que me tire de un puente.

​El Sabio me explicó que la magia no era decir palabras en latín.

—Escucha: el mundo está tejido por el Maná. Es como... ¿cómo lo llaman en tu tierra? ¿El Wi-Fi?

​—¿El Wi-Fi? —abrí los ojos—. ¿La magia es internet?

​—Es una red invisible de energía que conecta todo —explicó la tortuga—. Está en el aire, en la madera. La mayoría solo "navegan". Los magos tenemos la contraseña de administrador.

​—Okay, soy admin. ¿Y el Rey Sombra? ¿Es un hacker?

​—Es un virus. El Rey Sombra no crea, Alejandro. Él borra. Se alimenta de historias. Quiere dejar las páginas del mundo en blanco. Por eso el libro te trajo. Un libro vacío contra un Rey que borra... es la paradoja perfecta.

​—Chale... suena denso.

​—Lo es. Ahora, práctica. —Señaló una vela—. Enciéndela con tu voluntad.

​Me concentré. Fruncí el ceño. Hice fuerza.

Nada.

Ringo bostezó.

—Qué aburrido. Tienes menos magia que una piedra.

​Pasé dos horas intentándolo. Solo logré humo.

—Es inútil —me quejé—. Soy un fraude.

​—La magia responde a la emoción, no a la terquedad —dijo el Sabio—. Estás bloqueado. Tienes miedo de soltarte. Vete. Inténtalo mañana.

​Bajé al anochecer. Kaia estaba sentada afuera de la taberna, bajo la luz de las dos lunas.

Me senté junto a ella.

—¿Sobreviviste a la tortuga? —preguntó.

​—Apenas. Hice humo. Y creo que acosé a una elfa sin querer. Fue un día largo.

​—El humo es el principio del fuego —dijo ella, girando para verme. Su rostro se veía suave bajo la luz lunar—. ¿Qué es eso?

​Era mi celular.

—Mi espejo negro. Oye... te quería enseñar algo.

Desbloqueé la pantalla y abrí la galería.

—Mira —empecé a deslizar las fotos—. Esto son unos tacos al pastor, el manjar de los dioses en mi tierra. Esto... bueno, esto es el Metro a las siete de la mañana, un lugar horrible donde la gente se aplasta. Y esto...

​Me detuve en un video. Le di play.

Eran mis papás en la sala de la casa vieja. Se escuchaba el ritmo lento y elegante del danzón. Mi papá, con su guayabera, guiaba a mi mamá con una delicadeza infinita, y ella sonreía con los ojos cerrados, dejándose llevar.

—Ellos me enseñaron que el ritmo no solo se escucha, se siente —dije con la voz un poco ronca—. Llevan años bailando juntos. En mi mundo, a veces el amor se acaba rápido... como me pasó a mí. Pero verlos a ellos me recordaba que a veces, si tienes suerte y aguante, puede durar para siempre.

​Kaia miró el video en silencio, hipnotizada por las pequeñas figuras bailando.

—Se ven... en paz —murmuró—. En mi mundo, los viejos tienen cicatrices y ojos tristes. Ellos sonríen.

​—Sí. Allá también hay cosas que valen la pena.

​Busqué en mi música. Puse Muñeca de Trapo de La Oreja de Van Gogh.

La voz dulce y melancólica llenó el espacio.

​Me abrazaría al diablo sin dudar, por ver tu cara al escucharme hablar...

​Kaia escuchó en silencio.

—Es triste —dijo—. Suena a rendición.

​—Suena a cuando te rompes —corregí—. A cuando te sientes usado. Como una muñeca de trapo.

​Kaia bajó la vista a mis manos.

—Tú no eres de trapo, Alejandro. —Su voz fue firme—. Te vi hoy. Te vi aguantar mis golpes y te vi soportar al mono. Te vi levantarte diez veces en la colina. Quizás allá eras suave... pero aquí te estás endureciendo. Como el acero en la forja.

​Me quedé callado, con el corazón latiéndome fuerte. La miré. Ella me miraba con una intensidad que me hizo olvidar el frío y la cachetada de la elfa.

—Gracias, Kaia. Creo que... creo que necesitaba escuchar eso.

​Ella se levantó de golpe, rompiendo el momento.

—Mañana a la misma hora. Y más te vale que traigas esa música de los tambores rápidos, porque vas a correr el doble.

​Se fue. Me quedé ahí, con la canción terminando.

Miré la vela apagada en la mesa.

Me concentré. No pensé en fórmulas.

Pensé en mis papás bailando. Pensé en la risa de Kaia. Pensé en el león de mi brazo.

Sentí el calor en el estómago.

Chasqueé los dedos frente a la mecha.

​¡Fwshh!

​Una llama pequeña, azulada y vibrante, brotó de la nada y encendió la vela.

Me quedé mirándola, con una sonrisa boba en la cara.

—¡A huevo! —susurró la flama en mis ojos—. ¡Este arroz ya se coció!

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