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Latidos Prohibidos

Latidos Prohibidos

Status: Terminada
Genre:CEO / Romance / Enfermizo / Completas
Popularitas:22.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Thanan

Valentina Romero siempre ha vivido con una sonrisa, tratando de ver el lado bueno de la vida a pesar de su corazón frágil. Cada día es una batalla silenciosa entre la fuerza que muestra al mundo y la vulnerabilidad que la acompaña en la soledad de su habitación. Sabe que amar podría significar dolor, que entregar su corazón podría ser un lujo que no puede permitirse.

Hasta que conoce a Dante Moretti , un CEO poderoso, frío y seguro de sí mismo, cuya mirada no la trata con lástima, sino con un interés que la desconcierta y la atrae como nunca antes. Él percibe sus miedos y debilidades, pero no los juzga; él la ve.

Juntos comienzan una relación sin promesas, sin etiquetas, marcada por la pasión contenida, la complicidad y la química que ambos sienten, aunque el tiempo no esté de su lado. Mientras la enfermedad de Valentina avanza silenciosa, los sentimientos crecen y la tensión entre lo que desean y lo que temen alcanzar se hace insoportable.

NovelToon tiene autorización de Thanan para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7: Primer Roce de Miradas

La ciudad respiraba con la energía pausada de una tarde de sábado.

El sol, ya bajo en el cielo, bañaba las calles con una luz dorada y perezosa que alargaba las sombras y suavizaba los contornos de los edificios.

Para Valentina, cada paso fuera de su apartamento era un acto de valentía deliberada. La sombra del episodio de palpitaciones aún se cernía sobre ella, un recordatorio frágil de su propia precariedad. Pero hoy se había rebelado. Se había puesto un vestido ligero color azul cielo, uno que le traía recuerdos de días más despreocupados, y había salido a caminar sin otro objetivo que demostrarse a sí misma que aún podía hacerlo.

Su destino, casi por inercia, fue el parque frente al Museo de Arte Moderno. Un espacio abierto lleno de gente disfrutando del buen tiempo, de niños corriendo, de parejas paseando.

La normalidad era un bálsamo que buscaba absorber a través de los poros. Se sentó en un banco de madera, bajo la sombra de un roble antiguo, y simplemente observó. Dejó que el murmullo de las conversaciones ajenas, las risas y el lejano sonido de un violín callejero la envolvieran, ahogando el zumbido de ansiedad que siempre llevaba consigo.

Fue entonces cuando lo vio.

No era una alucinación. No era su mente jugándole una mala pasada. Era él.

Dante Moretti estaba sentado en un banco opuesto, al otro lado del camino de gravilla que serpenteaba por el parque. No vestía el traje gris de ejecutivo que ella recordaba. Llevaba unos jeans oscuros y una camisa de lino blanco, abierta en el cuello, con las mangas enrolladas hasta los antebrazos. Leía un libro de tapa dura, completamente absorto, la frente ligeramente fruncida en concentración. La imagen era tan discordante con el hombre arrogante y frío del café que a Valentina le costó respirar por un segundo.

Él parecía… humano. Accesible. Peligrosamente atractivo.

Su primer instinto fue huir. Levantarse y marcharse antes de que él la viera. Su decisión de imponer distancia era sensata, lógica. Pero sus piernas se negaron a obedecer. Estaba clavada en el banco, hipnotizada por la escena.

La luz del atardecer acariciaba los ángulos de su rostro, suavizando su dureza habitual. Sus manos, aquellas manos que habían dejado los billetes con tanta frialdad, hojeaban las páginas del libro con una delicadeza que no le hubiera imaginado.

Él alzó la mirada en ese momento, como si hubiera sentido el peso de la suya. Sus ojos grises barrieron el parque con desinterés hasta que se encontraron con los suyos. No hubo sorpresa en ellos. Solo un reconocimiento lento, profundo, como si la hubiera estado esperando.

Valentina sintió que el aire escapaba de sus pulmones. El parque, los sonidos, todo se desvaneció hasta quedar reducido a ese punto fijo: esos ojos que la miraban desde la distancia.

Él cerró el libro sin apartar la mirada y se levantó. No con la arrogancia de antes, sino con una calma deliberada. Cruzó el camino de gravilla, sus pasos haciendo un crujido suave que a Val le pareció ensordecedor. Se detuvo frente a su banco, bloqueando el sol, y la sombra que proyectó sobre ella fue fresca y abarcadora.

—Parece que los dioses del mobiliario urbano son más amables con nosotros hoy —dijo con su voz grave, esa voz que le había resonado en los sueños. No sonaba brusca, pero tampoco exactamente amable. Tenía un deje de ironía seca.

Valentina forcejeó por encontrar su armadura sarcástica. Estaba oxidada, desgastada por el miedo de los últimos días.

—Parece que sí. Aunque todavía hay riesgo de colisión si no mira por dónde camina —respondió, esperando que su voz no delatara el temblor interno.

Una esquina de su boca se curvó ligeramente. No era una sonrisa, pero casi.

—He aparcado el teléfono. Considerémoslo una tregua.

Ella no supo qué decir. Lo observó, buscando en su rostro algún rastro de la irritación o la condescendencia del primer encuentro. Solo encontró una curiosidad intensa y contenida.

—¿Qué lee? —preguntó, por decir algo, por romper la tensión que crecía entre ellos como una enredadera.

Él miró el libro en su mano como si hubiera olvidado que lo llevaba.

—«El mito de Sísifo». Camus. —La miró de nuevo—. ¿Le interesa la filosofía?

—Me interesa la parte en la que Sísifo, a pesar de todo, encuentra algo parecido a la felicidad en su tarea absurda —respondió ella sin pensar. Era un tema del que había reflexionado mucho en sus noches de insomnio.

Los ojos de Dante se estrecharon, y esta vez la luz que brilló en ellos era de genuino interés.

—Una interpretación esperanzadora para un libro tan nihilista.

—No es esperanzadora. Es… resistencia. Es encontrar significado en el acto mismo de empujar la roca, no en llegar a la cima.

Quedaron en silencio un momento. El violín callejero comenzó a tocar una melodía lenta y melancólica que se entrelazó perfectamente con la tensión no dicha entre ellos.

—¿Y usted? —preguntó él, su voz un poco más baja—. ¿Empuja alguna roca en particular hoy?

La pregunta era demasiado directa, demasiado perspicaz. Le llegó a un lugar que nadie tocaba. Valentina sintió que su pulso se aceleraba. No el latido errático del miedo, sino el tamborileo rápido del nerviosismo. Tragó saliva, sintiendo cómo la conversación escapaba a su control.

—La de siempre. Intentar que un vestido azul nuevo me haga sentir más valiente de lo que soy —contestó, desviando la pregunta con una honestidad que la sorprendió a ella misma.

La mirada de Dante se suavizó. Recorrió el vestido brevemente, con una mirada de aprecio puramente estético que, sin embargo, le provocó un calor en la piel.

—Funciona —declaró, con su típica economía de palabras y una franqueza desconcertante.

Ella rió, un sonido breve y nervioso.

—¿Siempre es tan directo?

—Siempre. Ahorra tiempo y malentendidos. ¿Le molesta?

—Me descoloca.

—Bueno —dijo él, y esta vez sí esbozó una media sonrisa—. La descolocación mutua parece ser nuestra base común.

Fue entonces cuando un grupo de niños corrió cerca de ellos, persiguiendo una pelota. Uno de ellos pasó rozando el banco de Valentina, y ella, por reflejo, se inclinó hacia atrás. El movimiento fue brusco. Demasiado brusco.

Un breve mareo, un velo negro instantáneo en el borde de su visión, la hizo parpadear con fuerza. Se llevó una mano al pecho, no de manera dramática, sino en un gesto pequeño e instintivo de buscar estabilidad, de sentir el latido familiar bajo su palma. Fue un microgesto, apenas perceptible. Duró menos de un segundo. Ella recuperó la compostura de inmediato, enderezándose y forzando una sonrisa.

—Estos niños… llenos de energía —murmuró, intentando enmascarar el segundo de pánico.

Pero él lo había visto. Lo supo por la forma en que su sonrisa se desvaneció y fue reemplazada por esa misma expresión analítica e intensa del café. Sus ojos no se apartaron de ella. No dijo nada. No preguntó «¿Está bien?». Simplemente observó. Escudriñó. Su mirada se posó en su mano, que ahora reposaba inocentemente en su regazo, y luego volvió a sus ojos, buscando la verdad detrás de la máscara.

El silencio se extendió, pero ya no era incómodo. Era denso, cargado. Él había captado su momentánea vulnerabilidad y, en lugar de ignorarla o de invadirla con preguntas, la estaba acusando con su silencio. La estaba viendo. De nuevo.

Valentina sintió una necesidad urgente de escapar. Si se quedaba un minuto más, bajo esa mirada que parecía capaz de desarmarla por completo, terminaría por decir o hacer algo de lo que se arrepentiría.

—Tengo que irme —dijo, levantándose. Sus piernas se sentían un poco débiles, pero aguantaron.

Él no intentó detenerla. Solo asintió, lentamente.

—Por supuesto.

Ella hizo una mueca, intentando recuperar algo del terreno perdido con sarcasmo.

—No se quede ahí plantado. Podría chocar con alguien.

La sonrisa volvió a sus labios, un destello breve pero genuino.

—Haré mi mejor esfuerzo.

Valentina asintió y se dio la vuelta, empezando a caminar por el sendero de gravilla. Sentía su mirada en la espalda, una sensación física, cálida e intensa. Cada paso era un esfuerzo. Quería girarse, mirarlo una última vez. No lo hizo.

Al llegar al borde del parque, no pudo resistirlo. Se volvió.

Él seguía allí, de pie junto al banco, observándola. La distancia era demasiado grande para ver su expresión con claridad, pero su postura era relajada, segura. Levantó una mano en un gesto de despedida breve, casi imperceptible.

Ella, impulsivamente, levantó la suya en respuesta. Luego, avergonzada por el gesto casi íntimo, giró sobre sus talones y se marchó rápidamente.

Su corazón latía con fuerza contra sus costillas, pero esta vez era un ritmo acelerado por la adrenalina, la confusión y una atracción que ya no podía negar.

No había pasado nada. No se habían tocado. Apenas habían intercambiado unas palabras. Pero algo había cambiado. Algo importante había comenzado allí, en la luz dorada del atardecer, entre la filosofía absurda y una vulnerabilidad apenas vislumbrada.

Y por primera vez en mucho, mucho tiempo, Valentina no sintió miedo al pensar en el futuro. Sintió… curiosidad. Y una punzante, peligrosa e irresistible expectación.

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Linsol
tocaste una realidad de amor incondicional autora, nos hiciste caer lágrimas x miedo a q Val se fuera, sentí en cada letra el dolor q sentía Dante, el miedo a perder a la única persona q en realidad lo ama tal como es, en fin una historia de amor excelente💯💯💯💯💯💯💯👏👏👏👏👏👏👏
Linsol
ojalá en la vida real existieran hombres así, lástima sólo existen en novelas
Melany Taberas
Quedé fascinada, esto es una auténtica obra de arte...waoooo llore, rei, me entristeció, me enoje, la disfrute muchisimo una de mis novelas favoritas una genial autora te felicito. Super recomendable.
America Lopez
encantadora historia, muy auténtica
Thana: Me da gusto que le gustara 🥰
total 1 replies
Melisuga
Una pareja real es un 100 % en sí misma, como un todo único e indivisible. El cómo distribuyen las porciones de ese 100 es una cuestión interna, particular de cada una, y se reacomoda minuto a minuto, según las fortalezas, debilidades y necesidades de cada uno de sus integrantes. Unas veces irán a la mitad y otras, uno tendrá que poner más que el otro para equilibrarse mutuamente. Pero siempre, SIEMPRE serán el 100 los dos JUNTOS.
💖💖💖
Melisuga
Es un proceso muy fuerte y desgastante. Se precisa mucha fuerza de voluntad y mucha fe para salir adelante. Por suerte, ellos la tienen y se sostienen mutuamente.
💖💖💖
Thana: Me alegra mucho que le esté gustando ❤️
total 1 replies
Melisuga
Ha sido un capítulo precioso y muy emotivo.
🥹💖🥹
Melisuga
Otra declaración de amor descarnada y poco común.
Melisuga
Un hombre sin conflictos externos ni hogar difícil, tan solo su propia personalidad y habilidades enfocadas hacia objetivos específicos.
Melisuga
Es el toque de humanidad que faltaba en su vida.
💖
Melisuga
Dante está desnudando su alma sin dejar nada oculto.
😍😍😍
Melisuga
A mí me resultó muy provocador...
😍😍😍
Melisuga
Sofía es una gran amiga.
💖💖💖
Melisuga
Absurdo, torcido y sacrificado; pero puro y limpio.
🥹💖🥹
Melisuga
¡Qué corazón tan grande tiene Val!
💖💖💖
Melisuga
¡Oh!
Esto sí que no me lo esperé. Me parecían unos padres medio lejanos, pero nada más. Igual, ella debió decirles.
Melisuga
Lo suponía. Sofía no sabía nada de la enfermedad de Valentina.
Izy Maldonado
Ijole que le digo, pues que logro trasmitir lo que pensaba, y me llego, gracias, gracias por compartir tu talento.
Thana: Muchas gracias por leerla y disfrutarla ❤️
total 1 replies
Melisuga
💖💖💖
¡Un amor más grande que el amor!
Melisuga
Esa es una gran respuesta. De hecho, la mejor que podría darle en estas, y cualquier otra, circunstancias.
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