Él es Leonardo "Leo" Santamaría, hijo de uno de los dueños del hospital más prestigioso del país. Un médico brillante, pero arrogante y mujeriego. Es conocido por sus noches de fiesta, su actitud despreocupada y su fama de ser un profesor insoportable. Para él, la vida es un juego en el que nunca ha tenido que luchar por nada… hasta que la conoce a ella.
Ella es Isabela "Isa" Moreno, una estudiante de medicina determinada a convertirse en doctora para asegurar un futuro para su hijo. A sus 24 años, ha aprendido a ser fuerte, a sobrevivir sin ayuda y a mantener su vida privada en secreto. La última persona con la que querría cruzarse es con un profesor prepotente como Leo, pero el destino tiene otros planes.
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capítulo 7
Isabela miró la calificación en su hoja, y su corazón dio un vuelco. Sabía que no se había equivocado en el examen, pero aún así, el resultado era claro: cinco puntos menos de los que necesitaba para graduarse. Sentía que algo no estaba bien, y no podía dejarlo pasar.
Cuando la sala estuvo vacía, se acercó al escritorio de Leo. Él la miraba tranquilamente, como si nada estuviera en juego.
—Santamaría, sé que no me equivoqué. Te pido una oportunidad para rehacer el examen —dijo, intentando mantener la calma.
Leo la observó un momento y luego sonrió con esa arrogancia que siempre lo acompañaba.
—¿Por qué debería hacer eso? ¿Qué harías tú para que te dé otra oportunidad? —preguntó, como si estuviera jugando con ella.
Isabela no se dejó intimidar. Quería su oportunidad, y no iba a dejar que él la tratara como si no valiera nada.
—Solo quiero que me dejes demostrar que hice bien el examen. No es justo lo que pasó —respondió con firmeza.
Leo se recostó en su silla, observándola con una sonrisa que le hizo sentir incómoda.
—Te daré la oportunidad —dijo de manera fría—, pero a cambio de algo. Si pasas una noche conmigo, borraré esos cinco puntos y podrás graduarte.
Isabela sintió un nudo en el estómago. No podía creer lo que estaba escuchando. Su mente se nubló por la rabia, pero se obligó a mantener la calma.
Lo miró directamente a los ojos y le respondió, sin titubear:
—No voy a hacer lo que me pides. No soy una de tus conquistas. Si crees que voy a aceptar, estás muy equivocado.
Por un momento, Leo pareció sorprendido, como si no esperara esa respuesta. Pero Isabela no iba a ceder. No iba a permitir que él la usara para su propio beneficio.
—¿Vas a rechazarlo? —preguntó él, claramente frustrado.
—Sí —respondió Isabela con seguridad—. Lo que estás ofreciendo no es una oportunidad, es un chantaje. No me vas a manipular.
Leo la observó en silencio, sin saber qué decir. Isabela se dio media vuelta y, con la cabeza en alto, salió del aula. Aunque no había conseguido lo que quería, sentía que acababa de ganar algo mucho más importante: su dignidad.
Isabela llegó a casa esa noche con la cabeza llena de pensamientos confusos. Apenas podía pensar en otra cosa que no fuera el examen, esa calificación que la ponía al borde del abismo. Una semana. Solo una semana para demostrar lo que valía, para luchar por lo que tanto le había costado conseguir.
El jueves llegó antes de lo que pensaba. Se miró en el espejo de su habitación, respirando hondo. Estaba a punto de hacer algo que nunca habría imaginado. Se odiaba por pensar en hacerlo, pero la realidad era que si no lo hacía, perdería todo. Y en su corazón sabía que no podía permitírselo.
Isabela se quedó en silencio por un momento, sus pensamientos se entrelazaban, dándole vueltas a todo lo que había vivido hasta ahora. Sabía que no podía permitir que el esfuerzo de su madre y su hermano, todo lo que habían sacrificado por ella, se fuera a la basura. Había visto el cansancio en los ojos de su madre, cómo se había deslomado para darle lo mejor, y cómo su hermano había trabajado incansablemente para apoyarla. No podía dejar que todo eso quedara en vano por un error de cálculo.
Pero no solo pensaba en ellos. Pensaba también en sus propios hijos, en el futuro que quería construir para ellos. En una vida donde no tuvieran que sufrir, donde pudieran tener las oportunidades que ella había tenido que pelear con uñas y dientes. Se merecían una vida mejor, una vida sin los miedos que ella había vivido, sin tener que cargar con los errores del pasado.
Con esa determinación en su mente, Isabela levantó la vista, enfrentando a Leo, que la observaba, como si ya supiera lo que iba a decir.
—Lo haré —dijo, y por primera vez en mucho tiempo, su voz sonaba firme, sin dudas.
No le gustaba la decisión, no quería ser parte de ese juego sucio, pero sabía que no podía dejar que todo lo que su familia había hecho por ella se viniera abajo. Si eso significaba aceptar las condiciones de un hombre arrogante y egoísta, lo haría. Porque el fin justificaba los medios. La graduación, su futuro, el futuro de sus hijos, era lo que importaba ahora.
Leo levantó una ceja, como si no creyera lo que estaba escuchando. Por un momento, hubo un silencio incómodo entre ellos. Pero Isabela no vaciló.
—Voy a hacerlo —continuó, su voz más baja, pero segura—. Haré lo que sea necesario para poder graduarme.
Leo la observó un momento más, y luego, con una sonrisa fría, se inclinó hacia ella.
—Sabía que cederías.
Isabela cerró los ojos un instante, como si necesitara confirmar que realmente estaba tomando esa decisión. No le gustaba, no lo quería, pero a veces, para ganar, había que hacer cosas que no se deseaban.
Lo único que podía hacer ahora era esperar que al final, valiera la pena.
Estimada escritora, ojo con los cambios de nombres y apellidos.