Ella creía tener la vida perfecta, hasta que descubrió que no era así.
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El arte de las disculpas
La luz matutina de la primavera filtraba una claridad tibia a través de los amplios ventanales de la cafetería. Situada en una de las avenidas más elegantes de la ciudad, el lugar ofrecía un refugio tranquilo, lejos del bullicio del centro financiero y del constante ir y venir de los ejecutivos.
Victoria estaba sentada en un reservado discreto, cerca de la terraza ajardinada. Lucía un vestido de punto suave en tono beige, acompañado por una gabardina ligera sobre los hombros. Frente a ella reposaba una taza de té Earl Grey cuyo vapor dibujaba espirales perezosas en el aire. Con la punta de la cuchara, daba giros lentos a la bebida, aunque su mente estaba lejos de allí.
El recuerdo de la gala de noches atrás aún persistía en sus pensamientos. La reacción de Julián al ver a Andrés —esa rigidez repentina en los hombros y la mirada helada que había intentado ocultar bajo una sonrisa ensayada— confirmaba que la llegada de su primo no era un hecho menor. En su primera vida, Victoria jamás había escuchado hablar de Andrés. Él no había formado parte de su entorno, o al menos Julián se había encargado de mantenerlo cuidadosamente enterrado en el olvido.
El leve crujido de unos pasos sobre el piso de madera pulida la hizo alzar la vista.
Un hombre alto se detuvo a dos metros de su mesa, sosteniendo un abrigo de paño oscuro sobre el brazo. Andrés Estrada vestía un traje de corte impecable, aunque sin la corbata tradicional, lo que le daba un aire de elegancia descontracturada pero peligrosa. Sus ojos oscuros, idénticos a los de Julián en color pero infinitamente más intensos en su expresión, la miraron con una seriedad calculada.
—Señora Morales —dijo él, inclinando levemente la cabeza en un saludo respetuoso—. Por favor, no se levante. No es mi intención interrumpir su mañana.
Victoria no mostró sorpresa ni alteración. Mantuvo la espalda recta y la mirada fija en él, manteniendo la compostura de la heredera educada en los mejores colegios.
—Señor Estrada —respondió ella con tono neutro—. No esperaba encontrarlo nuevamente.
—Tampoco yo esperaba tener la fortuna de cruzarme con usted —dijo Andrés, esbozando una sonrisa sutil y educada que atenuó la dureza de sus facciones—. Si me lo permite, me gustaría robarle solo dos minutos de su tiempo. Si considera que mi presencia es inoportuna, me retiraré de inmediato sin molestarla más.
Victoria midió la distancia entre ambos. Sabía que Andrés no estaba allí por casualidad; hombres como él no dejaban nada al azar. Sin embargo, la curiosidad de entender qué papel pretendía jugar en ese tablero superó cualquier reserva.
—Por favor, tome asiento.
Andrés agradeció el gesto con un asentimiento y se acomodó en la silla frente a ella, manteniendo una postura erguida pero relajada. No había en su actitud el descaro o la arrogancia que había insinuado la noche anterior. Por el contrario, proyectaba la imagen de un hombre sobrio, educado y genuinamente preocupado por causar una buena impresión.
—En primer lugar —comenzó él, fijando sus ojos en los de ella con una franqueza estudiada—, quiero pedirle mis más sinceras disculpas por mi comportamiento la noche de la gala. La forma en que irrumpí en el club y las palabras que crucé con Julián no fueron las adecuadas, y mucho menos frente a usted.
Victoria sostuvo su taza entre las manos, sintiendo el calor del porcelana contra la yema de sus dedos.
—Su presencia pareció alterar bastante a mi esposo, señor Estrada. Comprenderá que no sea una situación agradable para mí.
—Lo entiendo perfectamente, y por eso sentí la necesidad de buscar esta oportunidad para aclararlo —explicó Andrés con voz pausada y grave—. La verdad es que actué impulsado por el resentimiento. Julián y yo somos primos, crecimos en la misma familia, pero nuestras diferencias nos han distanciado durante años. Cuando me enteré de su boda... debo admitir que me dolió profundamente ser excluido.
Hizo una pausa calculada, dejando que las palabras calaran en el ánimo de Victoria. Bajó ligeramente la mirada, como si estuviera compartiendo una confidencia difícil de admitir.
—Sentí que me desplazaban una vez más de la vida familiar —continuó Andrés, alzar la vista con una expresión cargada de vulnerabilidad ensayada—. Pero usted no tenía la culpa de mis rencillas con Julián. Fue una falta de respeto hacia una dama, y le prometo que no volverá a repetirse.
Victoria lo escuchó en silencio. La explicación sonaba lógica, casi conmovedora para cualquiera que no supiera la clase de monstruos que habitaban en la familia Morales. Andrés estaba interpretando el papel del pariente marginado, dolido por la indiferencia, buscando la compasión de una esposa comprensiva.
—También me disculpo por mi actitud en el museo.
Era una maniobra brillante: no atacaba a Julián directamente, sino que sembraba la duda a través de la lástima.
—Agradezco sus disculpas, señor Estrada —respondió Victoria, manteniendo un tono suave pero reservado—. Las diferencias familiares deben resolverse en privado. Espero que entienda que mi prioridad es la tranquilidad de mi esposo y la de nuestro hogar.
—Lo comprendo y lo respeto profundamente —dijo Andrés, inclinándose levemente hacia adelante con una mirada que transmitía una mezcla de admiración y respeto respetuoso—. Julián es un hombre muy afortunado, Victoria. Tiene a su lado a una mujer no solo hermosa, sino con una clase y una lealtad admirables. Ojalá supiera valorarlo en su justa medida.
El elogio no fue descarado; fue dicho con la gravedad de quien hace una observación honesta.
—Si me permite un último comentario antes de retirarme —añadió Andrés, poniéndose de pie con parsimonia y tomando su abrigo—, me gustaría dejarle mi tarjeta personal. A veces uno no sabe cuando puede necesitar de alguien y tampoco quien está disponible.
Saco una tarjeta negra con letras grabadas en plata y la deslizó suavemente sobre la mesa, sin rozar los dedos de Victoria.
—Que tenga un excelente día, señora Morales.
—Igualmente, señor Estrada —contestó ella.
Victoria lo vio alejarse hacia la salida con paso firme y seguro. Cuando las puertas de cristal se cerraron tras él, tomó la tarjeta entre sus dedos. El apellido Estrada brillaba bajo la luz.
Andrés había jugado su primera carta con una maestría impecable. Se había presentado como un caballero herido, había pedido disculpas, había justificado su arrebato y había dejado caer la semilla de la duda sobre el carácter de Julián, todo en menos de cinco minutos.
«¿Crees que soy la inocente heredera que se compadece del primo incomprendido?», pensó Victoria, esbozando una sonrisa imperceptible mientras guardaba la tarjeta en su bolso.
El juego había comenzado, y Andrés no tenía idea de que su supuesta presa estaba observando cada uno de sus movimientos con un bisturí en la mente.