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UN CHILANGO EN TIERRAS SALVAJES

UN CHILANGO EN TIERRAS SALVAJES

Status: En proceso
Genre:Viaje a un mundo de fantasía / Grandes Curvas / Romance
Popularitas:224
Nilai: 5
nombre de autor: Anthony Helios

Alejandro pensó que tocar fondo era encontrar a su novia "reforzando la amistad" con un pendejo del tamaño de un refrigerador. Ternurita.
En un intento patético por encontrar consuelo, este Godínez promedio -de esos que piden perdón cuando los pisan- compra un libro viejo que promete curar su corazón. ¿El resultado? No recibe terapia, sino un boleto de ida (y sin retorno) a un mundo salvaje donde su tarjeta de puntos y su buena educación no valen nada.
Ahora, Alejandro está atrapado en una tierra hostil armado con lo único que tiene: unos tenis de tela que ya pasaron de moda, cero condición física y una ansiedad galopante.
Aquí no hay señal, no hay Oxxos en cada esquina y, lamentablemente, las bestias que lo acechan no entienden de "buenos modales". Si quiere volver a la comodidad del asfalto (y a sus tacos al pastor), tendrá que aprender a sobrevivir en un lugar donde todo lo ve con cara de snack.

NovelToon tiene autorización de Anthony Helios para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 5 ​De resacas, tatuajes, curvas peligrosas y Wi-Fi mágico

​Kaia subió las escaleras con esa gracia letal que la caracterizaba, dejándome solo en la mesa con un Ringo que roncaba abrazado al salero como si fuera su tesoro más preciado. La taberna estaba casi vacía, solo quedaba el murmullo del agua de las ninfas limpiando y el crepitar de las últimas brasas en la chimenea.

​Miré la jarra que había dejado uno de los elfos sobre la mesa. Estaba llena de un líquido dorado y espeso, con una espuma color crema que se mantenía firme.

—Hidromiel... —murmuré, recordando el nombre. Lo había escuchado repetir varias veces durante la noche. Los enanos lo pedían a gritos y los elfos lo despreciaban por ser "demasiado dulce", así que deduje que debía estar bueno.

​—Pues... a falta de pan, buenas son tortas.

​Le di un trago largo. Estaba dulce, sí, pero con un golpe de alcohol traicionero que bajó quemándome la garganta de una forma deliciosa. El calor de la bebida me golpeó rápido. Y con el alcohol, llegó esa amiga tóxica que siempre aparece cuando estás solo en la madrugada: la nostalgia mezclada con autodesprecio.

​Saqué mi celular del bolsillo. La pantalla estaba estrellada en una esquina por la caída inicial en el bosque, y la batería marcaba un triste 14% en rojo. Sin servicio.

Desbloqueé la galería. Y ahí estaba. La última foto que nos tomamos en Coyoacán. Ella salía sonriendo, con esa mueca que yo adoraba, y yo salía con cara de idiota enamorado, con el helado escurriéndoseme en la mano.

​—Chale... —se me quebró la voz.

​Las lágrimas empezaron a salir sin permiso. No fue un llanto heroico de película, fue un llanto moco tendido, de esos que te hacen hipar.

—Pinche Diana... —sollocé, dándole otro trago al hidromiel—. Yo te compraba tus esquites del que no pica porque te daba gastritis. Yo me chutaba las películas francesas sin subtítulos solo para que fueras feliz. ¿Y me cambias por el refrigerador ese? ¡Ni cuello tiene el cabrón!

​Deslicé el dedo. Un video de su cumpleaños. Otro de Navidad.

—Qué hueva ser yo —me dije, limpiándome los nariz con la manga sucia—. Siempre el "lindo", el que pide perdón, el pendejo.

​Miré al mono dormido. Miré la jarra vacía. Sentí una rabia caliente en el estómago que nunca había sentido antes.

—Ya estuvo. A la chingada con esto.

​Seleccioné la carpeta "Diana <3". El dedo me tembló un poco sobre el icono de la basura.

—Adiós, solecito. Ojalá te de chorro.

Eliminar.

¿Estás seguro?

—Simón.

​La carpeta desapareció. Sentí un vacío en el pecho, pero también sentí que me quitaba una mochila llena de piedras. Me terminé el hidromiel de un fondo y me limpié la cara con el dorso de la mano.

—Mañana... mañana me vuelvo un cabrón —prometí al aire—. O por lo menos, dejo de ser tan güey.

​Desperté con la sensación de que un duende estaba usando mi cerebro como tambor de guerra.

—Agh... mi cabeza... —gemí, tratando de abrir los ojos.

​—Hueles a fruta podrida fermentada, humano —dijo una voz chillona cerca de mi oreja—. Y haces ruidos extraños al dormir. Como bestia herida.

​Ringo estaba sentado en mi pecho, comiéndose una manzana azul con mordiscos rápidos.

—Buenos días a ti también, Ringo. Quítate, me falta el aire.

​Me levanté a duras penas. Tenía resaca, sí, pero extrañamente, la tristeza había mutado. Ya no sentía ganas de llorar. Sentía ganas de hacer cosas. De moverme.

​Bajé a la zona común arrastrando los pies. Marina, la ninfa hija, apareció con una sonrisa y un montón de toallas.

—Madre dice que no pueden presentarse ante el Sabio oliendo a pantano —dijo amablemente—. Preparamos los baños termales de atrás. Y... les conseguimos algo de ropa. La suya, señor Alejandro, creo que ya pide piedad a los dioses.

​Miré mis Converse rotos y mi camisa que ya era más lodo que tela.

—Punto válido.

​Los baños eran pozas naturales de agua caliente excavadas en la misma madera del árbol gigante. Me metí en uno privado y, por primera vez en días, sentí que volvía a ser una persona civilizada. Me tallé hasta que la piel se me puso roja. El agua caliente se llevó la mugre, el sudor y la cruda física.

​Cuando salí, Marina había dejado un conjunto de ropa doblada en un banco de madera.

No eran mallas ridículas, gracias al cielo. Eran unos pantalones de una tela oscura, gruesa pero flexible, perfecta para moverse. La camisa era de un material grisáceo que parecía lino, pero mucho más resistente al tacto. Y unas botas. Botas de verdad, de cuero suave y suela firme.

​Me lo puse. La ropa vibró levemente al contacto con mi piel y se ajustó sola a mis medidas.

—¡No mames! —exclamé al verme en un espejo de agua—. ¡Me queda pintado! Hasta me veo más ancho de espalda.

​Me arremangué la camisa hasta los codos porque el vapor del baño me daba calor. Y ahí fue cuando mis tatuajes quedaron al descubierto, limpios y visibles.

En la parte interna del brazo derecho, el rostro de un león geométrico rugiendo. En el antebrazo izquierdo, cubriendo desde el codo hasta la muñeca, un reloj de arena entrelazado con una rosa negra estilo realista.

​Salí al patio central, sintiéndome nuevo. Y entonces se me cayó la mandíbula al suelo.

Kaia acababa de salir de su baño.

Y... madres.

​Se había quitado la armadura de cuero estorbosa y las hombreras que siempre usaba. Llevaba unos pantalones de tela negra que se le ajustaban como una segunda piel, y una blusa sencilla de tirantes color vino.

Me quedé pasmado.

Su cabello negro y corto brillaba húmedo, cayendo sobre su cuello. Pero lo que me dejó bizco fue lo demás. Sin la armadura, se le notaba todo. Tenía unos brazos tonificados, marcados por años de espada, pero con una elegancia femenina. Sus piernas se veían fuertes y torneadas, y los pantalones delineaban un trasero que, honestamente, estaba para ponerle un altar. Y arriba... la blusa dejaba ver unos pechos firmes y generosos que la armadura había tenido ocultos injustamente.

​—Cierra la boca, piel suave —dijo Ringo, apareciendo en mi hombro—. Se te van a meter los insectos. Aunque... debo admitir que la hembra guerrera tiene buena estructura para la crianza. Se ve robusta.

​—¡Cállate, Ringo! —susurré, dándole un golpecito—. Pero sí... se ve... wow.

​Kaia levantó la vista y me vio. Se detuvo un segundo. Sus ojos ámbar me recorrieron de arriba abajo, notando la ropa limpia y cómo me quedaba.

Se acercó despacio. No miraba mi cara, miraba mi piel expuesta.

—¿Qué son esas marcas? —preguntó, señalando mis brazos.

Me tomó el antebrazo izquierdo, pasando sus dedos callosos sobre el reloj de arena. Su toque me dio un escalofrío eléctrico.

—Son tatuajes —dije, tratando de mantener la compostura y no mirar su escote—. Tinta en la piel. El león es... bueno, porque quería ser valiente. Y el reloj es porque el tiempo se nos va.

​—En mis tierras, solo los hechiceros oscuros o los esclavos marcan su piel —dijo ella, fascinada, sin soltarme—. Pero esto es... detallado. Es arte. Te hace ver peligroso, Alejandro. O al menos, no tan inofensivo.

​—Tú también te ves... —Tragué saliva—. Te ves muy bien, Kaia. Digo, sin la armadura. Te ves... diferente.

​Ella soltó mi brazo y noté un leve rubor en sus mejillas, aunque lo disimuló rodando los ojos.

—La ropa limpia ayuda a pensar claro. Vámonos. El Sabio no espera.

​Caminamos hacia la parte alta del pueblo, donde las raíces de los árboles formaban una especie de cúpula.

—Oye, Kaia —dije, rompiendo el hielo mientras subíamos—. Estaba pensando... ayer tuve suerte con el elfo. Pero la suerte se acaba.

​—Sí, se acaba. Y rápido.

​—Entréname —solté de golpe—. Enséñame a pelear. No quiero ser la "mula" que siempre tienes que salvar. Quiero poder defenderte a ti también. Y a Ringo, aunque sea un dolor de cabeza.

​Kaia se detuvo y me miró. Esta vez no hubo burla en su rostro.

—Mi entrenamiento no es un juego, Alejandro. Vas a sangrar. Vas a querer vomitar. Y vas a odiarme.

​—Ya he llorado mucho por tonterías —dije, sosteniéndole la mirada con firmeza—. Ya estuvo bueno. Dale con todo.

​Ella sonrió de lado, una sonrisa depredadora.

—Bien. Empezamos mañana al alba.

​Llegamos a la cúpula. La puerta era una boca tallada en madera gigante. Entramos.

El lugar olía a incienso y a papel viejo. Sentado en un cojín flotante, en medio de una montaña de pergaminos, había un ser extraño. Parecía una tortuga humanoide, arrugada y viejísima, con unos anteojos de fondo de botella que le agrandaban los ojos.

​—Pasen, pasen —dijo la tortuga con voz lenta y rasposa—. Los estaba esperando. Veo que el libro sigue en silencio.

​Saqué La Leyenda del Corazón Valiente de mi mochila nueva.

—Oiga, jefe. ¿Sabe qué es esto? ¿Por qué estoy aquí? ¿Cómo me regreso a mi casa?

​El Sabio soltó una risita seca.

—Tantas preguntas. Estás aquí porque el libro te eligió, muchacho. Este no es un libro que se lee. Es un libro que se escribe. Busca almas rotas, aquellos que son personajes secundarios en sus propias vidas, y los trae aquí.

​—¿Soy un personaje secundario? —pregunté, ofendido.

​—Lo eras. Eras un extra. El libro te obliga a ser el protagonista. —El Sabio flotó hacia mí—. Y para regresar a tu mundo, debes llegar al final de la historia.

​—¿Y cómo llego al final?

​—Derrotando al antagonista, por supuesto. El Rey Sombra ha despertado en el norte y amenaza con devorar estas tierras. El libro necesita ese conflicto. Necesita que tú seas quien lo detenga. Si logras escribir esa última página con tu victoria... se abrirá el portal para que decidas si volver o quedarte.

​—¿Derrotar a un Rey Sombra? —Me temblaron las piernas—. Oiga, yo vendía seguros, no mataba reyes.

​—Aprenderás. —El Sabio me miró—. Además, hay algo más en ti. Siento una vibración.

​—¿Vibración?

​—Afinidad al Maná —dijo la tortuga, olfateando el aire a mi alrededor—. Tienes magia dormida en las venas, viajero. Débil, muy cruda, pero existe. Por eso pudiste tocar el libro sin quemarte.

​Kaia levantó una ceja.

—¿Él? ¿Mago? Si se tropieza con su propia sombra.

​—La magia responde a la emoción, no a la coordinación —replicó el Sabio. Luego vio mi celular en la mano—. ¿Qué es ese artefacto extraño?

​—Es mi celular. Pero ya valió, está estrellado y sin batería.

​—Un espejo de conocimiento... —El Sabio lo tomó. Puso su garra sobre la pantalla rota.

Hubo un destello de luz violeta. El cristal se reparó solo, como si el tiempo retrocediera. La pantalla se iluminó.

​—He reparado el vínculo —dijo el Sabio, devolviéndomelo—. Y he cambiado su fuente de alimentación. Ya no necesita de tus extraños cables. Ahora bebe del éter del ambiente. Energía pura y constante.

​—¿Es neta? —Miré la pantalla. Batería al 100%—. ¡Y tengo señal! ¡Tengo internet!

​—Tienes acceso a los Archivos del Viento —corrigió el Sabio—. Puedes consultar mapas, escuchar a los bardos de tu mundo, leer enciclopedias. Pero... —me miró severamente— he puesto un sello.

​—¿Un sello?

​—He bloqueado esos espejos de vanidad donde la gente pierde el alma mirando la vida de otros. Nada de esas galerías de retratos falsos ni pergaminos de chismes inmediatos. Necesitas enfoque para la guerra, no distracciones vacías.

​Intenté abrir Instagram. Acceso Denegado por el Sello del Sabio. Intenté WhatsApp. Bloqueado.

—Chale... bueno, con Spotify y Wikipedia me conformo. Gracias, tortuga... digo, Sabio.

​—Este es el plan —sentenció el Sabio—. Te quedarás en Villa Raíz. Por las mañanas, la guerrera te enseñará a sobrevivir físicamente. Por las tardes, vendrás conmigo para despertar tu magia.

​—¿Gimnasio con Xena y Hogwarts con usted? —resoplé—. Suena a que voy a terminar muerto.

​—Es probable que mueras si no aprendes rápido —dijo Ringo, robándose una uva de un tazón—. El Rey Sombra tiene generales muy feos. Yo los he visto.

​Miré a Kaia. Ella se cruzó de brazos, y juro que el movimiento hizo resaltar sus atributos de una forma que casi me hace perder el hilo, pero su mirada era seria.

—¿Estás listo, Narvarte?

​Apreté los puños. Sentí la tela de mi camisa nueva. Recordé la foto borrada de Diana.

—Simón —dije, sonriendo con una nueva determinación—. Estoy listo. Vamos a escribir este pinche libro.

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