Es un mundo de fantasía medieval mezclado con elementos de mitología oriental y épica clásica, existe una fuerza primordial llamada Ether, la “Esencia de la Creación”. El Ether otorgó poder a un grupo antiguo de guerreros supremos conocidos como los Semidioses, capaces de cambiar el curso de la historia con una sola voluntad. Los Semidioses ocultaron la ubicación del Ether para evitar que cayera en manos de reyes, imperios y criaturas ambiciosas. Esto desató la legendaria Guerra Primordial, un conflicto que destruyó reinos y terminó con la muerte de todos los Semidioses. Con su desaparición, también se perdió el secreto del Ether.
A partir de entonces, las razas del mundo, humanos, elfos, orcos, enanos, bestias espirituales, se lanzaron a una búsqueda desesperada. La aventura se convirtió en profesión.
Nacieron los Aventureros. Se formaron los Gremios. Y comenzó la Era de la Aventura. En este escenario surge un chico llamado Kael , debil… hasta que el destino intervie
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Capítulo 6: La CACERÍA DE LAS BESTIAS DEL BOSQUE BRUMOSO.
La bruma matinal se aferraba a los tejados de la aldea como si se negara a abandonar la comodidad de la mañana. Kael ajustó su chaqueta de entrenamiento y se colgó la pequeña bolsa de suministros al hombro. Su madre, Mara, revisaba por tercera vez los nudos de su capa.
—Mamá, de verdad… ya estoy grande. —protestó Kael en voz baja, aunque no se movió para detenerla.
—Grande, dice. Tienes quince años y las bestias mágicas no se van a apiadar de tu edad—respondió ella mientras le acomodaba los hombros—. Y si vas a participar en la cacería oficial, al menos quiero ver que tus nudos no se deshacen al primer salto.
Kael suspiró, pero sonrió. Había decidido unirse porque necesitaba experiencia real… y porque necesitaba dinero para más pociones de maná. Eso, y porque quería demostrar que no era el inútil que muchos aseguraban.
—Gracias, mamá. En serio.
Mara lo miró en silencio, con esa mezcla de orgullo y preocupación que solo las madres conocen.
—Solo vuelve entero —dijo finalmente, dándole un golpecito en el pecho—. Y, Kael... confía en tu mente. Es más afilada que muchas espadas.
Él asintió, respiró hondo y partió hacia la entrada del Bosque Brumoso, donde decenas de aspirantes a guerreros se reunían para la cacería mensual. En el Bosque Brumoso La cacería era simple en teoría:
matar bestias mágicas, reunir núcleos o presas, y al final recibir puntos o recompensas según la dificultad del objetivo. En la práctica, era un caos. Equipos grandes, equipos pequeños, algunos solitarios imprudentes… y Kael, que había llegado para unirse al escuadrón donde se encontraba su madre y otros adultos de nivel intermedio. Pero nada de eso tardaría en romperse. El bosque era denso, oscuro pese a la mañana, y la humedad generaba pequeñas luces flotantes rodeando los hongos brillantes. Todo un espectáculo para quien no estuviera pendiente de no morir. Los primeros encuentros fueron rutinarios: lobos mágicos menores, bestias resplandor, una serpiente neblina… Kael cumplió su papel, usando estrategias más que fuerza, distrayendo, acordonando, guiando. Su madre lo miraba con un creciente orgullo discreto. Hasta que llegó el rugido. Un estallido profundo, gutural, que vibró en los huesos. Los pájaros huyeron. Los equipos se tensaron. Y Kael sintió cómo el aire alrededor se hacía más pesado.
El grupo reorganizó su formación.
—No nos acercaremos a eso —ordenó uno de los cazadores veteranos—. No está en el nivel permitido de hoy. Daremos la vuelta.
Y ahí, justo ahí, ocurrió el desastre. Una manada de ciervos lumínicos cruzó entre los árboles, espantados por el rugido, y arrollaron el camino. Kael intentó apartarse, tropezó con una raíz húmeda y rodó por una pendiente, golpeándose contra un tronco caído.
—¡Kael! —gritó Mara desde arriba.
Pero la bruma lo tragó, y su voz se desvaneció. Encuentro inesperado. Kael se incorporó con un gemido. La caída lo había aturdido, pero estaba entero. Miró alrededor… y no reconoció nada. La bruma era más espesa, y los árboles estaban cubiertos de musgo azul.
—Perfecto. Solo yo podía perderme en línea recta —murmuró Kael.
—Eso es porque no miras por dónde caminas —respondió una voz detrás de él.
Kael dio un salto. Lena estaba apoyada contra un árbol, con los brazos cruzados, su capa alta de cazadora y la mirada tranquila. Su cabello negro sobresalía como una fuerza en la penumbra del bosque.
—¿Lena? ¿Qué haces aquí?
—Lo mismo que tú, supongo. Cazar. Aunque a diferencia de ti, yo no me caí por un barranco ridículo —añadió con una media sonrisa.
Kael se ruborizó.
—Fue… una pendiente estratégica.
—Claro. Estratégica —repitió ella sin creerlo—. Ven. Si quieres salir vivo, mejor vayamos juntos. No eres malo, Kael, pero la bruma te comerá si vas solo.
Él asintió, agradecido. Y así, inesperadamente, comenzó su primer trabajo en dúo con ella.
Aprendizaje entre cuchillas y sonrisas fue lo que surgía después de ese encuentro. Durante horas avanzaron por el bosque, enfrentando criaturas de nivel medio. Para Kael, entrenar junto a Lena era como intentar no quedarse atrás en un río impetuoso. Ella era rápida, precisa, elegante como un tigre que bailaba. Kael era… bueno, Kael.
Pero compensaba su falta de fuerza con ingenio.
—No ataques de frente —le dijo Lena mientras examinaban un rastro—. No tienes poder bruto, así que piensa como la presa… no como el cazador.
—¿Eso no sería contradictorio?
—Solo si piensas como un idiota —respondió ella con total naturalidad.
Kael rió. Entre bestia y bestia, Lena le enseñaba posturas, técnicas de respiración, formas de mantener la guardia. Kael compartió pequeños trucos sobre trampas, distracciones y análisis de patrones. Y por primera vez, se sintió… útil.
—Eres inteligente, Kael. Muy inteligente —dijo Lena mientras limpiaba su espada —. Eso vale más que tener maná abundante.
Kael bajó la mirada, algo avergonzado, algo orgulloso. Pero no que no sabían era que la bestia reina del Bosque acechaba entre las sombras. Cuando ya pensaban en regresar, el bosque tembló.
Un rugido estalló tan cerca que las hojas cayeron de los árboles. Y entonces la vieron. Un Tigre Escamasombra, una bestia mágica de clase alta, del tamaño de un carro, con escamas negras, ojos azules y colmillos que parecían fragmentos de hielo. Era la criatura más peligrosa del bosque. Y valía una recompensa enorme.
—...No podemos derrotarlo —susurró Kael.
—No podemos. Pero… ¿y si sí? —respondió Lena, con una chispa peligrosa en los ojos.
Kael respiró hondo. Era una locura. Una locura que podía pagar todas las pociones de maná por meses.
—¿Tienes un plan? —preguntó ella.
—Solo si tú puedes mantenerlo ocupado por treinta segundos.
Lena sonrió.
—Puedo hacerlo durante un minuto.
La batalla fue un torbellino de garras, gritos y estrategias improvisadas. Kael colocó trampas de cuerda, usó ramas afiladas como lanzas improvisadas y guió a la bestia hacia un terreno más estrecho. Lena luchó como si hubiera nacido para ello. Y al final, justo antes de que el Tigre Escamasombra destrozara a Kael, Lena clavó su lanza en el punto vulnerable que él había identificado bajo las escamas del cuello. La bestia cayó. Ambos quedaron jadeando, cubiertos de tierra, sudor y hojas.
—Eso estuvo cerca… —Kael murmuró.
—Sí. Pero lo logramos —respondió Lena, dejando caer su lanza mientras sonreía, un poco más de lo habitual—. Eres increíble cuando piensas rápido.
Kael sintió que el pecho se le estrechaba un poco.
Pero no dijo nada. Transportaron el núcleo y parte de la piel del Tigre Escamasombra al puesto de recolecta. El encargado los miró con incredulidad absoluta.
—¿Esto lo mataron ustedes dos?
—Sí —respondió Kael, intentando sonar natural.
—Esto… vale más que toda la cacería junta.
Dividieron la recompensa en partes iguales.
—Toma —dijo Lena entregándole su mitad a Kael.
—¿Qué haces? Esto es tuyo también.
—Lo sé —dijo ella, acercándose un poco más de lo necesario—. Pero quiero que lo uses para entrenar. Quiero ver qué tan fuerte puedes llegar a ser.
Kael se quedó helado. Lena se dio media vuelta, aunque él notó cómo su rostro se había sonrojado ligeramente.
—No llegues tarde mañana. Practicaremos.
Y se marchó entre la bruma. Kael se quedó allí, mirando la bolsa de monedas, incapaz de contener la sonrisa. No sabía que Lena, desde la distancia, también lo observaba.bY tampoco sabía que ese día había sido el primer paso hacia algo que ninguno de los dos había previsto.