Anhelaba con tener un empleo digno, donde tuviera la oportunidad de tener mi propio hogar, saliendo de la esclavitud de nada más de escuchar las palabras vulgares y maltratos físicos de mis padres. Hasta qué, un día que no podía más, una hermosa luz en mi vida, que me reflejaba el aspecto de un Dios Griego me iluminara ese oscuro cuarto negro. Pero, no todo es como un cuento de hadas... Mejor nos hubiésemos quedado en la parte donde nos mirábamos de lejos y no sabíamos ni nuestros nombres.
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CAPÍTULO 6: NITOFILIA
La oscuridad de la noche había envuelto la ciudad, y en el estudio de Lyam, solo la luz fría del monitor iluminaba su rostro. Sentado frente a la pantalla con gráficos bursátiles que subían y bajaban con el pulso del mercado, un sutil zumbido interrumpió la concentración. Era su móvil. Lo tomó sin desviar la mirada de los números, acostumbrado a los constantes informes de sus hombres. El mensaje, sin embargo, captó su atención de inmediato: «Señor, Erick Vélez se ha ido. ¿Desea que hagamos algo?»
Un atisbo de contrariedad cruzó el rostro de Lyam. La imagen de Tessa, con esa mirada que lo había intrigado desde el primer encuentro, se coló en sus pensamientos. ¿Por qué ese tal Erick pasaba tanto tiempo con ella? La pregunta le provocó un sabor amargo, casi metálico en su paladar.
Su respuesta fue lacónica:
—Déjenlo. Sigan vigilando a Tessa.
Los hombres, eficientes y silenciosos, volvieron a sus puestos en la penumbra de la ciudad. Lyam se recostó en el respaldo de su silla giratoria, mirando el techo por unos minutos, perdido en la maraña de sus cavilaciones. La curiosidad por Tessa, una emoción inusual para él, crecía en su interior.
Entre suspiró, el nombre de Tessa se deslizó repetidamente de sus labios. Se preguntó, una y otra vez, por qué se había atrevido a proteger a una chica que apenas conocía, a la que había encontrado hacía solo unas horas.
Sin embargo, una fuerza inexplicable lo impulsaba a seguir haciéndolo. Una necesidad insólita de saber que estaba bien.
La frustración y el estrés lo ahogaban. Necesitaba liberar esa tensión. Se puso de pie, ajustándose la camisa.
Bajó las escaleras. Kevin, su hermano, estaba absorto frente a la pantalla de su computadora, los dedos volando sobre el teclado, ajeno al mundo exterior. El brillo azul de la pantalla iluminaba su rostro concentrado.
—¿Acaso nunca descansas, hermanito? —preguntó Lyam, un tono que intentaba ser divertido, pero que apenas ocultaba su propia irritación.
Kevin ni siquiera lo miró, sus ojos fijos en el código—: Yo sí tengo mucho que hacer. ¿Vas a alguna parte?
Lyam sonrió con orgullo, una mueca de superioridad—: Siempre hay algo que atender. ¿No te aburre estar encerrado con todas esas leyes?
Kevin negó con la cabeza, una expresión resignada. Su hermano mayor nunca cambiaría—: Hay quienes encuentran la verdadera adrenalina en el control, Lyam. No todo es caos.
Lyam soltó una carcajada burlona—: Y hay quienes prefieren vivir. ¿Qué me dices de ti, Kevin? ¿Cuándo vas a salir de esa cueva?
Kevin suspiró, finalmente levantando la vista—: Tan arrogante como siempre. ¿Crees que la vida solo se mide por las fiestas y el derroche? Hay más mundo ahí fuera, Lyam, un mundo que tú no ves.
Lyam resopló, descartando sus palabras—: Bueno, en fin, te deseo suerte con tus códigos. Dile a mamá que la amo.
—Adiós, tonto hermano mayor —respondió Kevin, volviendo a su pantalla.
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Los días transcurrieron en una calma aparente. Tessa disfrutó de unos días de sosiego, sus heridas, casi sanadas, apenas eran un recuerdo lejano.
El proyecto de investigación de Erick avanzaba de maravilla. Los profesores notaron su notable mejoría y sus calificaciones ascendían sin cesar.
La amistad entre Tessa y Erick se mantuvo inalterable, el beso, relegado al olvido. Aunque ciertas inquietudes persistían en la mente de Erick, él optaba por ignorarlas.
Una tarde, Tessa fue citada a la dirección. El director mostraba un semblante serio, mientras ella, en contraste, irradiaba una sorprendente tranquilidad.
—¿Me mandó a llamar, señor director? —preguntó Tessa.
—Sí, quiero hablar de unas cosas que están sucediendo.
En ese momento, dos personas del área de control de estudios entraron en la oficina y se situaron detrás del director.
—Señorita Rondón, hay un problema... —comenzó uno de ellos, su voz formal y distante.
Tessa frunció levemente el ceño, una punzada de nerviosismo la asaltó—: ¿Qué sucede?
—Se trata del pago de sus matrículas. Ha estado atrasada por seis meses.
El director intervino con un tono más grave, aunque intentando sonar comprensivo—: Queríamos esperar un tiempo, ya que es comprensible que las familias tengan dificultades para pagar a tiempo, pero esto ya es demasiado.
Tessa se sintió aturdida—: ¡¿Qué?! Pero si voy al día.
Ambos negaron con la cabeza. Una de las secretarias le mostró en la pantalla de la computadora el último pago registrado a su nombre. La sorpresa y la vergüenza invadieron a Tessa como una marea helada.
Una sensación de ahogo la oprimió—: Esto debe ser un error. Mi tía, que está en el extranjero, es quien paga mis matrículas en la universidad, no creo que ella... —su voz se apagó, y bajó la cabeza, el silencio llenando la oficina, pesado y acusador.
Quizás no había sido su tía. Estaba segura de que su tía continuaría pagando sus matrículas; y en caso de no poder, se lo habría comunicado de inmediato para que Tessa buscara una solución.
Fue su madre. Después de todo lo que había pasado, era capaz de quedarse con el dinero y utilizarlo para ella y ese bastardo.
El director le habló con amabilidad, aunque con firmeza—: Señorita Rondón, usted es la mejor alumna de nuestra institución en la carrera de Administración, pero nuestra universidad es rigurosa.
—Queremos advertirle que si no se pone al día con el pago de sus matrículas, será expulsada de la institución.
—Nos duele mucho decirle esto, pero son las reglas.
Las asistentes de control de estudios y el director sentían un profundo pesar al pronunciar esas palabras, pero sabían que, si seguían esperando, su propio trabajo estaría en riesgo, acusados de encubrimiento.
Tessa asintió con la cabeza gacha—: Está bien, creo que ya he encontrado el error en todo esto. Prometo solucionarlo. —se puso de pie, su voz apenas un murmullo—. Con permiso.
Con esas palabras, Tessa salió de la dirección, sus ojos, ahogados en lágrimas desesperadas que amenazaban con desbordarse.
¿Por qué debía sufrir tanto si era una buena persona?
Sus ojos cansados perdieron su brillo, volviéndose gradualmente fríos, endurecidos. Salió a paso veloz de la universidad. La furia la consumía, un fuego gélido en sus entrañas, pero sabía que debía enfrentarlos ahora mismo. Debía dejar de ser una cobarde.
Tessa tiró con furia la puerta de su casa, el estruendo resonando en el silencio de la noche. En ese instante, sus padres se entregaban a sus "cochinadas" en la cocina.
Deghar detuvo sus embestidas de repente. Desnudo y furioso, se dirigió hacia Tessa, su rostro contorsionado por la ira, el vello erizado—: ¡¿Qué carajos es lo que te pasa?! ¡¿Cómo se te ocurre llegar así?!
Tessa le gritó con impotencia, la voz quebrada por la desesperación—: ¡No te metas, imbécil! ¡Esto no es contigo!
Deghar enmudeció al instante, su rostro reflejaba asombro ante la intensidad de la ira de Tessa. Su bravuconería se disipó ante la furia contenida de la joven.
Tessa dirigió su mirada hacia su madre, que se vestía a toda prisa, con el cigarro encendido y una sonrisa cínica, ajena a la tormenta que se desataba—: ¡Madre, ¿qué has hecho con el dinero de las matrículas?! ¡Me han llamado a dirección para decirme que no he cancelado por seis meses!
Ambos se rieron, una risa hueca y cruel que exasperó aún más a Tessa. Su cinismo era palpable, se podía sentir a kilómetros, apestando a hipocresía.
Ella rechinó los dientes de rabia—: ¡¿Qué hicieron?!
Vilma, indiferente, exhaló una bocanada de humo, el humo gris flotando entre ellas como una barrera—: Ese dinero no lo hemos tomado para nosotros. Deghar tiene muchas deudas y había que pagarlas, o si no nos quitarían la casa.
La mirada de Tessa era espeluznante, tan intensa que incluso el propio Deghar sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. Jamás la había visto así, sus ojos destellando un odio puro, ardiente.
—¡¿Cómo se les ocurre hacerme esto?! ¡No tenían ningún derecho a robarme ese dinero! ¡Ahora, por su culpa, me echarán de la universidad!
Vilma se enojó, su rostro se endureció, la máscara de indiferencia cayendo para revelar una furia igualmente salvaje—: ¿Nuestra culpa? Es decir, ¿prefieres vivir en la calle y terminar esa maldita carrera?
—¡Prefiero vivir mil veces en la calle que aquí con ustedes! —gritó Tessa, el control abandonándola por completo.
Vilma la abofeteó, un golpe seco que dejó a Tessa aturdida, el ardor en su mejilla la encendió. Pero al mismo tiempo, Tessa, con una fuerza insospechada nacida de la desesperación, le devolvió la bofetada con la misma intensidad.
Vilma, sorprendida por la reacción, un rugido de ira escapó de su garganta, y se abalanzó sobre ella, y madre e hija comenzaron a forcejear violentamente, arrastrándose por el suelo, una maraña de brazos y piernas.
Vilma quedó bajo Tessa, ambas tirándose del cabello, las uñas arañando la piel, jadeando por el esfuerzo—: ¡Deghar, ayúdame con esta perra! ¡Vamos a encerrarla en su maldita habitación!
Deghar dudaba, paralizado por una premonición gélida que le decía que, si tocaba a Tessa de nuevo, algo muy malo podría suceder. Un temor ancestral lo detuvo.
—¡Deghar! —le gritó Vilma, su voz un rugido desesperado, arrastrándolo de su letargo.
Después de tanto pensarlo, el temor a Vilma fue más fuerte que su premonición. La tomó por el cabello, no sin antes abofetearla con brutalidad. La fuerza de Tessa contra la de ellos dos era mínima; era imposible que ella pudiera resistir el embate conjunto.
Ambos la arrastraron y la encerraron en el ático. Ella golpeó la puerta, intentando abrirla con desesperación, pero era de hierro, pesada e inamovible, haciendo su intento inútil, sus nudillos sangrando.
Estaba furiosa y adolorida, cada músculo de su cuerpo gritaba. Sus malditos padres le habían robado el dinero de sus matrículas, destrozando su futuro, cada sueño que había tejido con tanto esfuerzo.
La poca esperanza de ser una profesional se había desvanecido en el aire rancio y opresivo del ático.
Después de golpear la puerta hasta que sus dedos sangraron, se detuvo, el dolor punzándole los huesos con cada latido. Se sentó en el polvoriento suelo de madera, abrazando sus gruesas piernas, un ovillo de miseria, el cuerpo tembloroso.
Sus lágrimas no cesaron, pero cuando tocó sus mejillas, las sintió secas, una sequedad extraña y perturbadora. Fue entonces cuando se dio cuenta de que había llorado tanto durante todos esos años que quizás sus lágrimas se habían agotado.
¡Por supuesto que es una hipérbole!
Tessa escuchó el sonido de las ratas royendo objetos dentro de las cajas viejas del ático. Eran su única compañía ahora en esa oscuridad. Se sumió en el silencio, cerró los ojos y se detuvo a escucharlas, encontrando una extraña paz en su monótono roer, un ritmo constante que la anclaba.
Tessa sufre de nitofilia, una especie de trastorno que la lleva a crear escenas irreales en su mente, encontrando placer en ellas, un escape dulce y peligroso de su cruda realidad.
Es su única forma de desviar su mente para no cometer una locura. Muchos pensarían que está loca, pero no lo está… simplemente trata de ocultar su depresión creando realidades en su cabeza, cosas que anhela vivir algún día.
Ser feliz, con hijos, un esposo que la quiera tal y como es… pero eso puede esperar. Su mayor deseo es ser profesional e independiente. Tener su propio negocio, su propia casa… pero, sobre todo, tener paz mental, esa esquiva calma que nunca había encontrado.
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Pasaron tres días. Mónica y Erick fueron a ver a Tessa, la preocupación dibujada en sus rostros, sus llamadas sin respuesta. Vilma los recibió con una sonrisa forzada, los ojos esquivos, excusándose:
—Tiene un fuerte dolor estomacal y prefiere no ver a nadie.
Mónica frunció el ceño, la sospecha creciendo en ella como una mala hierba—: ¿Y su teléfono? ¿Por qué no responde a sus llamadas?
Vilma negó con la cabeza, su actuación apenas convincente—: Dijo que su teléfono se había caído en una alcantarilla el día que regresó. Estamos reuniendo dinero para comprarle otro. No se preocupen, ella está bien.
Mónica no estaba segura de las palabras de Vilma. Tessa nunca había desaparecido de esa manera, y mucho menos sin avisar o enviar un mensaje. La inquietud se aferró a ella.
—Gracias, señora Vilma. Por favor, dígale que, en cuanto pueda, nos llame. Queremos saber de ella —dijo Erick, su voz teñida de inquietud.
Vilma les habló con una amabilidad exagerada, casi empalagosa—: ¡Sí, claro! No se preocupen.
Mónica se marchó indispuesta, la excusa de la enfermedad de Tessa no la convencía en absoluto. Su instinto le gritaba que algo andaba muy mal.
La expresión de su rostro, una mezcla de duda y miedo, no pasó desapercibida para Erick, quien la observaba con atención.
—¿Qué sucede, Mónica? —preguntó él, su voz suave.
Ella tardó unos segundos en responder, luego lo miró, intentando disimular su preocupación, aunque sus ojos la delataban—: Oh, no es nada. Solo me preocupa Tessa, eso es todo.
Él la consoló, aunque las palabras sonaran vacías ante la duda que sentía. —Su madre dijo que estaba bien, no te preocupes.
—Tienes razón —replicó Mónica, aunque su mente le decía lo contrario, una alarma silenciosa sonando en su cabeza.
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...Empresas Lambert...
Lyam había estado tan absorto en sus negocios los últimos días que ni siquiera había logrado responder a todas sus llamadas, el estrés palpable en cada gesto, cada línea de expresión en su rostro. La imagen de Tessa se había desdibujado entre cifras y reuniones, pero ahora, el reporte de su asistente la traía de vuelta al frente de su mente.
Tomás entró a la oficina, la puerta de cristal opaco se cerró silenciosamente detrás de él. Lo encontró frente a la pantalla de su ordenador, con aspecto de zombi, los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño. Tomás avanzó con un nerviosismo inquieto, sintiendo en el aire la certeza de que las noticias no serían de su agrado.
—Mi señor, traigo noticias de la señorita Rondón —dijo Tomás, su voz ligeramente tensa, casi un susurro cauteloso.
Lyam levantó la mirada, el ceño fruncido, una sombra de impaciencia cruzando su rostro. Con el arduo trabajo, había olvidado por completo a Tessa, sumergido en el torbellino de sus responsabilidades.
—¿Qué es? —preguntó, su tono tajante.
—No hemos sabido de ella en tres días, señor. Mis hombres no la han visto salir de su casa desde entonces. Sin embargo, ese mismo día que desapareció, escucharon gritos de discusiones fuertes. Después de eso, la señorita Rondón no ha vuelto a ser vista fuera de la residencia.
Lyam entrelazó sus manos sobre el escritorio, su interés reavivado por la extraña inactividad de Tessa. Una chispa de preocupación que lo tomó por sorpresa se encendió en sus ojos oscuros, transformándose rápidamente en una furia contenida.
—¿Cómo saben todo esto? ¿Algún hombre de los míos la vio?
Tomás tragó saliva, el nerviosismo haciéndole sudar las palmas. —Uno de nuestros hombres, el que está encubierto en la universidad, escuchó a Mónica Ferrer y a Erick Vélez hablar sobre el asunto. Ellos fueron a la casa de la señorita Rondón para verla, pero siempre reciben la misma respuesta de parte de sus padres.
—¿Cuál respuesta? —inquirió Lyam, su voz un murmullo grave y peligroso.
—Que la señorita Rondón está enferma e indispuesta para ver a nadie. Mónica comentó que no responde a sus llamadas, a lo que su madre respondió que su teléfono había caído en una alcantarilla.
Lyam se levantó de inmediato, sus ojos negros, profundos como un abismo infinito, se posaron en Tomás con una intensidad gélida. El asistente, aunque entrenado, tembló ligeramente ante su penetrante escrutinio, sintiendo la furia latente que emanaba de su jefe.
—Rastree su teléfono —ordenó Lyam, su voz un filo de acero.
Tomás asintió, apresurado. —Ya lo hice, mi señor, y la señal proviene del interior de su casa, no de una alcantarilla.
Lyam no quiso escuchar más. Su rostro se endureció, la furia silenciosa, fría y controlada, comenzando a burbujear en su interior. Se levantó de su escritorio con una determinación férrea, cada músculo tenso, el aire a su alrededor pareciendo electrificarse.
Al salir de su oficina, le dio una orden concisa a su asistente que lo esperaba afuera, quien de inmediato se puso en marcha, sabiendo la urgencia en la voz de su jefe.
Lyam salió de su empresa con sus escoltas, la caravana de vehículos de lujo avanzando rápidamente por las calles oscuras de Londres hacia la casa de Tessa. La noche ya cubría el barrio, y al acercarse, Lyam pudo escuchar los gemidos que provenían del interior de la vivienda. Un asco profundo le revolvió el estómago. La visión de ello en su mente lo enfermaba.
¿Cómo podía Tessa vivir con ese tipo de escándalo? Ver a su padrastro fornicar con su madre en la sala de estar era repulsivo, una degradación que no podía soportar.
Lyam tocó la puerta con insistencia, el sonido retumbando en el silencio nocturno, eco en la calle. Nadie salía. Siguió insistiendo, el puño golpeando la madera con más fuerza, hasta que Vilma finalmente abrió. Iba vestida con una bata desaliñada, y ese repugnante olor a sudor y licor que la envolvía provenía de ella, llenando el aire.
Lyam arqueó las cejas, una expresión de asco cruzando su rostro sin disimulo. Vilma se sintió avergonzada, no por haber sido sorprendida en tan íntima situación, sino por ver a tan majestuosa figura en su puerta mientras ella lucía tan desaliñada, como si un huracán hubiera pasado sobre ella, dejándola hecha un desastre.
—¿U-Usted es...? —balbuceó Vilma con timidez, sus ojos recorriendo la imponente figura de Lyam, una mezcla de temor y fascinación.
Lyam entró en la casa con máxima autoridad, su presencia llenando el espacio con un aura de poder—: Vine a ver a Tessa, ¿ella está aquí?
Vilma se sorprendió al escuchar aquello, un tic nervioso en su ojo—: ¿T-Teressa? ¿Usted conoce a mi hija?
Lyam se volvió y la miró con una seriedad gélida, sus ojos negros perforándola. Su aspecto era sombrío, desprendiendo una dominancia abrumadora, una amenaza latente en cada músculo tenso. Le preguntó de manera lenta y precisa, su voz un eco resonante que llenó la sala:
—Pregunté... ¿dónde está Teressa?
En ese momento, Deghar bajaba las escaleras, medio desnudo y con el cabello revuelto, la resaca y la vergüenza en su rostro. Su sonrisa se desvaneció al ver a Lyam, su corazón latió con fuerza, un tambor desbocado en su pecho, y su nuez de Adán se movió lentamente mientras tragaba saliva, el miedo evidente en sus ojos.
—Señor Lambert —balbuceó.
Lyam, al ver ese rostro odioso de nuevo, no pudo contener su ira. Un puñetazo certero, rápido como un rayo, lo mandó a volar. Deghar cayó sobre una mesa de madera, el impacto rompiéndola en pedazos, y los fragmentos de la madera se clavaron en su espalda, haciéndolo quejarse de dolor y soltar un gemido ahogado, una mancha de sangre extendiéndose.
Vilma gritó desesperada, un chillido agudo. En ese instante, los escoltas de Lyam entraron en la casa, sus rostros impasibles, ojos escaneando el entorno. Al ver a su jefe tan furioso, se mantuvieron firmes y visiblemente nerviosos, preparados para cualquier orden, para la batalla si era necesario.
Lyam, al ver el miserable estado de Deghar, la repugnancia en su rostro, ordenó, su voz un trueno contenido, sin una pizca de emoción:
—Busquen a Tessa.
Todos se pusieron en marcha, revisando cada rincón de la casa, cada habitación, cada clóset. Lyam miró a Vilma, que temblaba de miedo, incapaz de moverse, como una estatua de sal.
—¿No piensas ayudar al bastardo de tu esposo?
Vilma asintió, y con pasos vacilantes, fue a ayudar a Deghar, que yacía herido, sangrando sobre los trozos de madera, gimiendo. Lyam les dedicó una última mirada cargada de desprecio y comenzó a buscar por todas partes, al igual que sus escoltas.
No encontraban a Tessa en ningún lugar, la frustración creciendo con cada minuto, cada puerta abierta revelando el vacío, hasta que uno de sus hombres habló en voz alta, su voz rompiendo el tenso silencio:
—Señor, ahí hay una última puerta. Es de hierro y está cerrada con llave.
Lyam caminó hacia allí, la ira dándole una fuerza sobrehumana, su mandíbula tensa. Después de dar tres patadas contundentes, el golpe resonó en la casa, y la puerta, con un crujido metálico, se abrió de golpe, revelando la oscuridad del ático.
Era un lugar lúgubre, apenas iluminado por algunos agujeros en el techo, de donde se filtraba una tenue luz de luna. El aire era pesado, cargado de polvo y olvido, el olor a humedad y encierro golpeando sus sentidos.
—Tessa, ¿estás aquí? —preguntó Lyam, su voz, sorprendentemente, suave en la penumbra, una caricia en la oscuridad.